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- Artículo cargado el 06/11/2009 - 07:18
Infelices ilusiones de la pequeñoburgesía
Alberto Valenzuela
Un análisis crítico de la historia política de la clase media arroja frutos amargos y certeras conclusiones. Se siente despojada por la avidez de los sectores opulentos, pero no se atreve a estrechar filas con los niveles más humildes. Aferrada a una actitud soberbia, sueña con una mesocracia paradisíaca donde armónicamente, sin ningún tipo de lucha, se vayan borrando las injusticias más salientes
Una sociedad entra en crisis cuando no logra satisfacer las necesidades elementales de sus principales integrantes. Durante los períodos estables, los distintos estratos consiguen, de algún modo, saciar sus apetencias primarias. En las etapas azarosas, en cambio, reina la insatisfacción en un medio vertiginoso donde todo se transforma de un modo generalmente perverso. En la precipitación son frecuentes las rupturas de continuidades, en las que cada cosa valiosa conservada se siente como la última de su especie.
Con sólo compararla con la de 1930, no caben dudas de que el país ha quedado sumido en la más profunda crisis de su historia. Se trata de una crisis global por su pluridimensionalidad; afecta tanto a lo económico (prolongada y aguda recesión) y social (fuerte polarización y fragmentación), como a lo político (irrepresentatividad de una partidocracia degradada) y cultural (impotencia creativa y noseológica de la intelligentsia). Se fue haciendo evidente en las diferentes áreas con diversa intensidad hasta alcanzar a afectar con su progresiva agudización a la vida nacional en su conjunto. Además, por su hondura y permanencia se ha convertido en una crisis feroz que supera largamente lo coyuntural para adquirir caracteres estructurales. En cuatro años el PBI se redujo en un 50% y la misma disminución se registra entre los obreros industriales; 19 millones de habitantes viven en la pobreza, con una población de 37 millones. Por un lado, el neoliberalismo encuentra problemas para continuar aplicando sus políticas, y por otro lado no aparecen canalizados emprendimientos capaces de imponerse como reemplazo a este capitalismo dependiente con los gobiernos de una partidocracia que oscila entre la sumisión y la ruindad.
La ominosa decadencia argentina, caracterizada por la imposibilidad de construir un país autónomo e integrado, ha instalado la crisis con un señorío perdurable. Con la pauperización masiva y la concentración selectiva de la riqueza, las clases populares se encuentran convulsionadas sin focalizar las causas verdaderas de la declinación que no se originan en un sádico capricho de la historia. A principios de la década del cincuenta se desaceleró la transformación nacional iniciada por el peronismo y en el segundo lustro se inició la contraofensiva liberal que aún ejerce su atroz reinado a través de la horrenda versión neoliberal. En medio del torbellino, en una actitud quejosa y vacilante los sectores intermedios se sienten la víctima mayor del proceso, sin tener en cuenta la imposibilidad de descenso de la clase baja sumida en la indigencia.
Saben que no pueden ahora aspirar a vivir la opulencia de las clases altas. Si la pobreza no ha entrado por las ventanas, golpea las puertas de cada casa. Pero, siguen aparentando una saturación que realmente no poseen mientras encubren domésticamente la humildad en lo más privado. Las heladeras sin quesos ni jamones guardan la elocuencia del empobrecimiento en su frío hermetismo. Mientras tanto los ocupados prolongan las jornadas de labor y emprenden las actividades más diversas para mantener ingresos aceptables.
Desposeída del realismo de la burguesía y del proletariado, en continua desacomodación, la clase media tiende a explicaciones ingenuas de la problemática social. El bienestar y los fracasos invariablemente son atribuidos a factores personales. No se perciben las venturas como el fruto de conquistas alcanzadas en las luchas colectivas y las desventuras tampoco se relacionan con condiciones generales adversas. Cada personaje aparece como dueño de su destino independiente de las condiciones objetivas. A partir de esas visiones individualistas desarrolla expectativas desmesuradas que son seguidas invariablemente de decepciones profundas. Renuente a reflexionar sobre su propia experiencia, mantiene un bajo nivel de autocrítica. Ello expresa el alto grado de declinación en que se encuentra sumida (pérdida de capacidad productiva, desclasamiento de franjas importantes, disminución global de ingresos, desempleo creciente, pauperización en sectores importantes). Dificultada para desarrollar programas realistas, sus devaneos escasamente precavidos la llevan a diseñar un comportamiento ciclotímico de repentinos y constantes entusiasmos y abatimientos, euforias y depresiones donde los sueños se transforman súbitamente en pesadillas.
Un análisis crítico de la historia política de la clase media arroja frutos amargos y certeras conclusiones. Carente de estrategia propia y de una dirección independiente, con altibajos temperamentales su derrotero fluctúa cándidamente entre los intereses del proletariado y de la burguesía. Se siente despojada por la avidez de los sectores opulentos, pero no se atreve a estrechar filas con los niveles más humildes. Recela de las conquistas obreras como una forma de nivelación indebida, pero mantiene reticencias con la actividad gremial que posibilita esas conquistas. Aferrada a una actitud soberbia no renuncia a la pretensión narcisista de lograr una situación autónoma y, a la vez, hegemónica de los restantes estratos. Sueña con una mesocracia paradisíaca donde armónicamente, sin ningún tipo de lucha, se vayan borrando las injusticias más salientes.
Tomado de El progresismo pequeñoburgués, historia de infelices ilusiones: del alfonsinismo al Frepaso, Alberto Valenzuela, Ediciones de la Izquierda Nacional.
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Comentarios:
Carlos A. Zelada dijo:
Interesante caracterización de un estrato social inasible en su composición, cuyo origen se remonta a la década del ‘20 del siglo pasado, su comportamiento, fundado en esa actitud ciclotímica que Valenzuela señala, está más emparentada con las esperanzas y penalidades de sectores inmigrantes, del que descienden en su mayor parte. De ahí, tal vez, su ascendrado individualismo, algo ciego, muchas veces superficial, siempre pendiente del reconocimiento al que su ingenua vanidad le hace perseguir con un ahinco digno de mejores fines.
Es dificil hacer generalizaciones de un tan extendido estrato social que tiene la aspiración de dar el “tono” a lo argentino moderno y que circunscribe su identificación con la Buenos Aires cosmopolita. Que “ignora” de ex profeso el modus operandi verdadero, ese que otros países con más experiencia política cultivan. Tal vez esa configuración hecha con buena dosis de ilusiones, individualista a ultranza, reacia al “nosotros” aunque el “yo” solo sea un pronombre vacío, tal vez por eso lo más sustancial del fragmento del libro de Valenzuela sea
“Recela de las conquistas obreras como una forma de nivelación indebida, pero mantiene reticencias con la actividad gremial que posibilita esas conquistas. Aferrada a una actitud soberbia no renuncia a la pretensión narcisista de lograr una situación autónoma y, a la vez, hegemónica de los restantes estratos”
Enviado el 09/11/2009 a las 00:13
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