- Medio Oriente
- Artículo cargado el 23/02/2009 - 23:47
“Holocausto”, “Antisemitismo” y una ensalada intolerable
Jorge Santiago Miranda
Secretario de Relaciones Institucionales
Centro de Estudios Nacionales SCALABRINI ORTIZ
Desde el inicio de la ofensiva genocida de las Fuerzas de Defensa de Israel sobre la Franja de Gaza venimos experimentando otra ofensiva mucho menos visible que es la del lobby sionista desde los grandes medios de comunicación, la cual busca desprestigiar a aquellos que nos atrevemos a denunciar las cotidianas violaciones a los derechos humanos que implica la existencia misma del Estado de Israel y la manipulación realizada de la información por los intereses a él vinculados.
Esto no se trata de la fantasía de algunos trasnochados que pretenden vendernos la imagen de banqueros judíos de New York manejando el mundo bajo vaya a saberse que maquiavélico plan. Eso es un delirio, está claro, pero cuando hablamos de lobby sionista sólo muy remota y arbitrariamente esto puede relacionarse a la comunidad judía, sino que nos referimos a los intereses económicos que impulsaron y sostuvieron materialmente la formación del Estado de Israel como una avanzada para el control y regulación de los inmensos recursos petroleros del Oriente Medio. Esto no tiene nada que ver con la atendible reivindicación de muchísimos judíos a lo largo y ancho del mundo sobre su derecho a habitar en el territorio de la actual Palestina, el proyecto sionista es otra cosa e implica la necesita de establecer un Estado Occidental en Oriente Medio, mediante el sojuzgamiento y, si fuese necesario, exterminio de la población nativa. Así entendemos que la principal cara visible del lobby sionista en los últimos tiempos ha sido el tejano George W. Bush, el cuál, por supuesto, no es judío y muy probablemente piense en su fuero más íntimo, como todo buen tejano, que los judíos deberían vivir aislados en ghettos para no “contaminar” a la misericordiosa población cristiana.
Quienes entendemos que la existencia misma del Estado de Israel es totalmente incompatible con todos los principios del derecho internacional, atentando contra el derecho de autodeterminación de los pueblos y promoviendo la suplantación de la población nativa por una extranjera, somos desprestigiados permanentemente por este lobby adjudicándosenos desde la defensa del terrorismo hasta una vinculación con los horrores del nazifascismo, poco importa que quienes somos desprestigiados tengamos una larga y basta trayectoria en la defensa irrestricta de las libertades democráticas y los derechos humanos, mientras quienes nos desprestigian han probadamente propiciado y apoyado todas las experiencias posibles de terrorismo de Estado y sojuzgamiento de los pueblos. Esto poco importa, sino que se nos adjudica un larga historia de persecuciones a la comunidad judía que históricamente reconoce como perseguidores a los mismos sectores de poder que hoy integran este lobby sionista, así, quienes avalan cosas tales como la legalización de la tortura y el confinamiento de la población palestina no judía en ghettos y campos de concentración, nos acusan de poco menos de nazifascistas a quienes entendemos que el Estado de Israel es una aberración jurídica y expresamos, por ejemplo, que hablar de Holocausto implica simplificar, parcializar y reducir los reales alcances y implicancias del horror implementado por el régimen nazi.
Y este lobby no es inocente, utiliza reivindicaciones, sino justas, al menos atendibles de la comunidad judía, tergiversándolas en su propio beneficio, hecho del cual, desgraciadamente, el gobierno de la Nación Argentina se ha tornado cómplice ya en sus actuaciones en la causas de la Embajada de Israel y la AMIA, como recientemente en las imbéciles y atolondradas propuestas de la titular del INADI, María José Lubertino, marcan un punto de no retorno en la persecución y desprestigio que venimos sufriendo quienes abiertamente nos oponemos desde la razón del derecho internacional a la existencia del Estado de Israel.
La mentira del antisemitismo
Primero y principal deberíamos especificar que significa “semita” y veremos que de ningún modo puede considerarse sinónimo de judío o, ni tan siquiera, de hebreo. Lo “semítico” es una categoría de escaso valor científico que alude a la descendencia de los tres hijos de Noe tras el Diluvio Universal, en concreto, lo “semítico” se refiere a la descendencia de Sem y abarca a los pueblos blancos que aproximadamente habitan en la zona comprendida entre desde Turquía al Norte, la península arábiga al Sur, Irán al Este y Egipto al Oeste. Tal categoría, a pesar de su escasa precisión científica, ha sobrevivido por su utilidad como criterio genérico para los distintos pueblos que se desarrollaron en la región manteniendo ciertas comunidades étnicas y culturales entre sí.
Quiénes defendemos el derecho a la autodeterminación de un pueblo, por definición, semítico como son los palestinos no judíos, consecuentemente, no podríamos ni queremos ser en modo alguno antisemitas, mucho menos los líderes de Hamas, los cuales por su creencia religiosa se entienden necesariamente como descendientes de Sem, podrían ser antisemitas. Si se quiere cabría hablar de otra cosa, ya sea antijudaísmo, antihebreísmo o antisionismo, como se quiera, pero decididamente no de antisemitismo. Sin embargo, todos esos “anti” son falsos para referirse a quienes sostenemos que la existencia del Estado de Israel es una aberración para el derecho internacional.
En primer lugar, nada decimos en contra de los judíos, es más, muchos entendemos que las reivindicaciones de la comunidad judía respecto a la actual Palestina no son sólo son atendibles, sino que son justas. Si la fe judía señala que todo judío tiene derecho a habitar en una “Tierra Prometida” que es la actual Palestina, no podemos oponernos a tal cosa. Tampoco nos oponemos a los hebreos considerados como una etnia específica, aunque esto resulta bastante difícil, si cualquier hebreo tiene el deseo de habitar en la tierra de sus ancestros, tampoco podríamos oponernos a ello. Pero, tampoco, puede ponérsenos el rótulo simplista de antisionistas.
Es necesario, aquí, explicar que es el sionismo. El centro del pensamiento sionista es que los judíos tienen el derecho a habitar en el territorio de la actual Palestina porque esta es la “Tierra Prometida” por Yahvé, lo cual no implica en principio la existencia de un Estado Judío, sino el simple derecho a habitar allí y a regirse dentro de sus propias comunidades según sus propias normas. Sólo de manera tardía, implementarán en ese territorio un reino judío que sobrevivió con interrupciones y particularidades hasta el siglo I, así sionismo y Estado Judío no son términos equivalentes, aunque si relacionados. Más cerca de nuestros tiempos, en el siglo XIX, dentro de cierta minoría laica y acomodada de origen judío, surge la ideología moderna del sionismo que, bajo el influjo de los nacional chauvinismos europeos de la época, promueve la instalación de un Estado Sionista, ya no judío ni hebreo, con exclusión de los pobladores nativos de dicho territorio, lo cuales debían ser sojuzgados o, si fuese necesario, simplemente exterminados.
Este sionismo moderno no puede confundirse en ningún aspecto con el sionismo en su sentido tradicional, con el cual guarda, en el mejor de los casos, una relación de mero uso. Por tanto, quienes denunciamos la flagrante violación al derecho internacional y a la autoderminación de los pueblos que es la existencia misma del Estado de Israel, en ningún sentido somos antisionistas, sino que estamos opuestos a una ideología basada en la propuesta supremacía moral y racial de un pueblo sobre otro, y, en consecuencia, no hacemos más que ratificar nuestro compromiso en la lucha contra el ideario nazifascista.
Sin embargo, los argumentos del sionismo moderno son tan peregrinos como los del nazifascismo basados en una imaginaria supremacía aria. El sionismo moderno centra su planteo en que los judíos fueron expulsados por los romanos de la actual Palestina en el siglo I, dando lugar a la llamada “Diáspora” y, por consiguiente, tienen el derecho a retornar a ese territorio y restaurar, bajo los modernos principios democrático-occidentales, el antiguo reino desmembrado por Roma. Todo esto es elementalmente falso y tendencioso, utilizando algún dato real para sostener una mentira repugnante.
Es cierto que tras aplastar la gran rebelión judía del siglo I, Roma realizó deportaciones masivas, medida de castigo que habitualmente aplicaba a modo de ejemplo para los pueblos que se sublevasen contra ella. Lo totalmente falso es que tal deportación hubiese implicado a la totalidad de los judíos o, tan siquiera, a la mayoría. Los deportados fueron un grupo cuantitativamente menor, siguiendo la gran mayoría de los judíos allí, tal como demuestra que tras la gran rebelión del siglo I se producen muchos otros intentos para derrotar la ocupación romana. Deportar a toda la población de una colonia, si no resulta ilógico, es, al menos, antieconómico. El argumento del sionismo moderno es una falsedad, la gran mayoría de los judíos siguieron habitando Palestina participando de la dinámica histórica, haciendo que mientras unos mantenían su religión, otros se convirtieran al cristianismo y, la inmensa mayoría, se convirtiera al Islam a partir del siglo VII. Los palestinos modernos no son otros que los legítimos herederos de quienes instauraron el antiguo reino judío, de quienes realizaron la gran rebelión del siglo I y sostuvieron todos los levantamientos posteriores. El argumento del sionismo moderno se desploma como el inmenso castillo de naipes que es y con él todo argumento favorable a la existencia del Estado Israel que no sea la única real y posible: el hecho que Occidente solucionó con su creación dos problemas en uno.
El “Holocausto” y el problema judío
El discurso del “Holocausto” ha sido siempre una hiriente simplificación que tiende a disminuir las culpas de Occidente disfrazándolas como una suerte de locura colectiva que afectó sólo a los alemanes entre 1933 y 1945. Lo cierto es que Occidente ha tenido con los judíos el mismo problema que con todo otro grupo culturalmente perfilado, el cual no es otro que afectar la dinámica de la racionalidad occidental, es decir, la racionalidad económica utilitarista. La historia de Occidente es la de la transformación de los distintos grupos étnicos y culturales en una inmensa masa homogénea, aculturizada, de trabajadores asalariados, los grupos perfilados culturalmente fueron objeto permanente de persecución, así sucedió con los judíos, con los gitanos y, actualmente, con los musulmanes y latinoamericanos.
La presencia de los judíos fue para Occidente un problema dado por la existencia de comunidades regidas autónomamente desde una racionalidad diferente, constituyendo un bolsón de resistencia natural ante el proceso histórico que devendría en el advenimiento del modo de producción capitalista. ¿Creemos que es mera casualidad que los más lúcidos pensadores europeos que enjuiciaron la racionalidad occidental, desde Averroes hasta Marx y pasando por Spinoza, tuviesen origen judío? No es casual y explica una constante persecución ejercida sobre estas comunidades que tuvo su corolario en el perfeccionamiento técnico del exterminio por parte del régimen nazi de Alemania.
Hablar de “Holocausto” simplifica la cuestión a un máximo, borra de los anales históricos las persecuciones sufridas por los grupos culturalmente perfilados, y, termina, por su exceso de simpleza, en tornarse una mentira. Las actuales políticas inmigratorias de Europa pierden su continuidad histórica, pues ya no se orientan hacia judíos cuando su realidad indica que son exactamente parte de una misma racionalidad.
Pero, además, hablar de “Holocausto” deforma y cercena los alcances de la política genocida del régimen nazi. Su accionar no se limitó en modo alguno a los judíos, ni tan siquiera fueron las principales víctimas del exterminio sistemático. El nazismo, como los demás nacional chauvinismo de su época, incluido el sionismo moderno y el arabismo, propugnaba la supremacía racial y moral de unos sobre otros, y, esos otros, eran las “razas inferiores”, es decir, los grupos étnicos culturalmente perfilados, ya los judíos, ya los gitanos, ya, especialmente, los eslavos.
La desaparición de pueblos enteros durante la campaña sobre la Unión Soviética marca que el objetivo principal del genocidio nazi fueron los eslavos y no los judíos, donde, por otro lado, tenían un peso poco significativo por las propias persecuciones realizadas por el régimen stalinista. Los números y el horror practicados sobre los eslavos hacen palidecer las aterrantes cifras de Auschwitz. Esto no disminuye ni relativiza en nada el sufrimiento inmenso de las comunidades judías, pero contar sólo esto despoja al accionar nazi de todo sentido histórico y político, minimizándolo como un simple exabrupto de la Historia, cuando la realidad marca todo lo contrario, es decir, que significó la máxima perfección técnica de Occidente en el exterminio directo de aquellos grupos que con su misma existencia enjuiciaban el pretendido carácter universal de su racionalidad económica y utilitarista.
El régimen nazi se planteó como refreno de la “horda” que intentaba imponer el “comunismo”, y, políticas coincidentes fueron llevadas por todos los gobiernos occidentales de su época. La idea del “Holocausto” simplifica la historia hasta desaparecerla, pero también es perversa, pues niega y diluye las innumerables expresiones de resistencia que se dieron ante el avance nazifascista.
El “Holocausto” nos lleva a pensar en víctimas que se entregan pasivamente ante la criminalidad desenfrenada, tal como el cordero ofrecido en holocausto durante la Pascua, sin embargo, la historia es extremadamente distinta, habla de fuertes movimientos de resistencia y levantamientos populares contra el nazismo y sus crímenes, entre los cuales destaca el del Ghetto de Varsovia. No hubo “Holocausto”, hubo un genocidio sistemáticamente planificado de acuerdo a una clara racionalidad histórica y política.
Pero lo más perverso de ello es la fría utilización que el sionismo moderno ha realizado de un hecho tan aberrante, impuso la idea de “Holocausto”, disminuyendo las culpas de Occidente todo en los crímenes perpetrados por el nazismo, pero además, lograría lo que Occidente no había conseguido: desembarazarse del problema judío, poniéndolos a todos y cada uno en un inmenso ghetto que llamarían Israel, y, por si fuese poca la utilidad, utilizarían a esos judíos como tropa de choque ante las legítimas aspiraciones de los pueblos del Oriente Medio por su autodeterminación.
La idea de “Holocausto” niega a las víctimas y sataniza a los victimarios, es decir, los despoja de todo contexto histórico y político, tornándolos una suerte de entelequias caricaturescas, y, lo peor de todo, es utilizado por los cómplices del crimen.
La infamia de Israel
Por parte de mi padre tengo antepasados kolla, pero, por la de mi madre, mis ancestros son sirios, particularmente, beduinos asentados en los alrededores de Damasco, pero por un segundo, supongamos que no proviniesen de esa ciudad, sino de la moderna Tel Aviv, lo cual es absolutamente posible. Tratemos de aclarar, cuando hablamos de Siria podemos referirnos al moderno Estado o a la Siria histórica, y, esta Siria histórica, denomina a los territorios que limitan con Egipto y la Mesopotamia, de Oeste a Este, y con Turquía y Arabia, de Norte a Sur. Si la categoría de “semítico” tiene algún arraigo, precisamente lo tiene en los habitantes de esta Siria histórica que comprende los modernos Estados de Siria, Libano, Israel y Jordania. En consiguiente, hasta el desmembramiento del Imperio Otomano, un sirio podía provenir indistintamente de Damasco, Beirut, Tel Aviv o Aman.
Es más, los reinos que se sucedieron en aquella región extendían su influencia sobre toda el área. Así fenicios, sirios, nabateos y los propios judíos, todos y cada uno, en su momento de apogeo reinaban efectivamente sobre esta Siria histórica, ya mediante la concreta ocupación territorial, ya bajo el sometimiento mediante tributos. Esto es claro y simple, los pueblos de la región representaban una unidad étnica y cultural caracterizada por la interdependencia económica entre sí, en tal marco, los judíos, por su particularidad religiosa representaban un perfil diferenciado, lo cual tiende a diluirse a partir del siglo VII con el poder unificador del Islam que es, en gran medida, una continuidad del propio judaísmo.
Volviendo al tema, bien mis antepasados sirios podrían ser oriundos de Tel Aviv. Ahora, sabemos que millones de argentinos disfrutan de la doble ciudadanía del país de donde proceden sus abuelos. Supongamos que por algún motivo quisiera tener doble ciudadanía del país donde nacieron mis ancestros. ¿Podría? No, lo cual no sería particularmente molesto pues bien podría ser que las regulaciones de actual Estado no me comprendan en los casos pausibles de doble ciudadanía, por ejemplo, por vía materna mi bisabuela era italiana, pero por dicha vía sólo se puede invocar hasta el grado de los abuelos para acceder a la ciudadanía italiana. En fin, sería una cuestión perfectamente entendible. Ahora el problema es que alguien descendiente de rusos convertidos al judaísmo en, supongamos, el siglo XIV, accedería sin ningún problemas a la ciudadanía israelí, por más que este no profese ya el judaísmo de sus antepasados, y no sólo que accedería a la ciudadanía sino que el Estado le proporcionaría los medios materiales para radicarse allí, por supuesto, bajo la única condición de servir cierta cantidad de tiempo en las Fuerzas de Defensa de Israel… ¿Me explico?
Israel ni tan siquiera es un Estado teocrático, la confesionalidad es indiferente, sino que se basa en el criterio de una supuesta supremacía moral de determinada raza, raza que, por si fuese poco, de ningún modo existe. Racialmente en nada difiere una persona oriunda de Palestina de otra de Jordania, Siria o Líbano. Cualquier argumento de comunidad religiosa, racial o de cualquier otro tipo entre un judío palestino y un eslavo proveniente de una familia que en algún momento profesó el judaísmo, es al menos, extremadamente circunstancial.
¿Cuál es entonces el fundamento del Estado de Israel si es evidentemente que es total y absolutamente insostenible tanto desde fundamentos religiosos como raciales? Sencillo, establecer una colonia occidental en Medio Oriente, y, por si fuese poco, una colonia ubicada justo en el centro neurálgico del tráfico comercial de la región, en tal sentido, la empresa del Estado de Israel no es más que la continuidad exacta de las Cruzadas, así como estas fueron disfrazadas de empresa religiosa cuando no eran más que una económica destinada a disputar el control musulmán sobe la Ruta de las Especias, hoy el Estado de Israel cumple esa función sobre la Ruta del Petróleo.
El fin de la Segunda Guerra Interimperialista marcó un escenario propicio para que un sector minoritario de la burguesía europea, sector laico pero caracterizado por su origen judío, desarrollara con posibilidades de éxito el proyecto del sionismo moderno surgido en el siglo XIX, los factores claves fueron:
- La necesidad de “manejar” políticamente el repudio generalizado que había generado la violencia ejecutada por el régimen nazi, descontextualizándola y reduciéndola a su mínima expresión para ocultar sus estrechas relaciones con políticas concordantes llevadas a cabo en la misma época por los países de Occidente. En este sentido, la exacerbada paranoia antijudía del nazismo sirvió como elemento característico que ocultaba los reales alcances del horror perpetrado por dicho régimen: el aniquilamiento de los bolsones de resistencia cultural y el refreno del avance de grupos políticos socialrevolucionarios. Es decir, el nazismo buscaba la homogeneización de la población, el discurso del “Holocausto” cuajó como elemento para negar que los mismos objetivos que el nazismo persiguió mediante la depravación violenta de campos de concentración, se lograban de manera más eficiencia mediante la aculturización promovida por el higienismo, la educación universalizada y la dependencia económica.
- El desarrollo de grupos nacionalistas judíos, ya de extrema izquierda, ya de extrema derecha, que como respuesta a los siglos de persecución en Europa comienzan a plantear con cierto éxito una política “aislacionista” de corte similar a la que años después llevaría la minoría negra estadounidense a través de la Nación del Islam y los Panteras Negras. El acercamiento de la minoría sionista con dichos sectores les dió un cierto basamento hacia el interior de la comunidad judía que hasta ese momento había permanecido ajena al discurso de esta minoría laica fuertemente aculturizada.
- La reestructuración de las relaciones coloniales impuesto por Estados Unidos y la Unión Soviética al Reino Unido y Francia exigía la reformulación de las antiguas colonias británicas en Estados inviables que desmembraran las unidades histórico-culturales existentes. En el caso específico de Asia, la situación era especialmente compleja, dado el alto grado de colaboración que las fuerzas del Eje había recibido de los nativos, tomando, en más de un caso, las apetencias imperialistas de estas potencias como una auténtica lucha de liberación. Esto se tradujo en el intento de mantener la colonia en India y el sureste asiático hasta sus últimas consecuencias así como un bastión fuerte en Oriente Medio. La imposibilidad real del Reino Unido para mantener ambas avanzadas coloniales, en India y Oriente Medio, creaba el marco adecuado para que propiciar el proyecto del sionismo moderno.
La resolución de la ONU de 1946 que da origen al Estado de Israel será la lógica consecuencia de estos intereses. Se intenta plantear dos Estados totalmente absurdos, sin un remoto criterio de división territorial real, ya que las poblaciones palestinas no eran exclusivas, sostenido en un grupo minoritario, los nacionalistas judíos, dentro de una minoría poblacional, los judíos palestinos, y, por si fuese poco, la alocada estrategia se completaba con el hecho de entregar el gobierno de uno de tales territorios a un grupo ínfimamente minoritario, los modernos sionistas laicos modernos, de otra minoría, la comunidad judía internacional. Bastarían dos dedos de frente para comprender que dicha entelequia no sería respetada por el nacionalismo judío de extrema derecha, acicateado por el sionismo laico, y tampoco por los clanes musulmanes que durante siglos habían ejercido el control sobre tales territorios. El origen de la confrontación árabe-israelí es exactamente el mismo que el de Corea o Viet Nam: la indudable incapacidad de los aprendices de brujo de la ONU.
Pero, sin embargo, aquí se presenta una particularidad. Esta división territorial es realizada a favor de una minoría ajena y extranjera, el sionismo laico, la lucha de Corea o Viet Nam responden a reinstaurar una unidad nacional perdida, incluso los conflictos entre los propios países árabes y persas responden a este sentido, pero el conflicto árabe-israelí es la lucha de los palestinos, incluso los propios judíos, por su liberación ante una ocupación extranjera, el sionismo laico tributario del imperialismo. Quienes nos oponemos al Estado de Israel no somos antijudíos, ni antihebreos y mucho menos antisionistas, en la idea tradicional del término, precisamente todos estos atributos corresponden endilgárselos a quienes propiciaron y sostuvieron su existencia.
Israel no responde a la atendible, e incluso justa, reivindicación de millones de judíos y hebreos por el derecho a vivir en su tierra ancestral, rigiéndose por sus propias leyes hacia el interior de sus comunidades. Israel toma un sentimiento noble de millones de judíos y hebreos para darles el derecho de morir en una guerra que no les he propia. No hay ningún argumento que valide la existencia del Estado de Israel, ni desde lo religioso, ni desde lo racial, ni mucho menos desde la presencia territorial. Su creación y continuidad en el tiempo viola las mínimas normas del derecho internacional, para que nos entendamos, sería lo mismo que otorgarle el derecho a la autodeterminación sobre Irak a las tropas estadounidense que hoy lo ocupan, o esa población implantada que son los kelpers en Malvinas. ¿Qué derecho a la autodeterminación tiene un ejército de ocupación? Ninguno, excepto en Israel donde tiene derecho incluso a su propio Estado.
La solución de los dos Estados se mantendrá siempre imposible, tanto en 1946 como en el día de hoy, la historia y la razón dicen que Palestina es y ha sido una sola. Tampoco la binacionalidad es posible, sería como sostener que los rosarinos ateos y los cristianos somos dos nacionalidades diferenciadas. La única solución posible para esa larga guerra fraticida es la instauración de un único Estado donde gobierne la mayoría y otorgue el debido respeto a la minoría, esto es que gobiernen los palestinos no judíos y de fe islámica, y la única fórmula posible es la de la República Islámica, donde los millones de judíos y hebreos tendrán garantizado su justo derecho a habitar en la tierra que consideran ancestral rigiéndose por su propia ley hacia el interior de sus comunidades. Esta es la única fórmula posible y lejos de representar el odio hacia a los judíos, el anhelo de que este Estado de Israel desaparezca de los anales de la historia, representa el amor y el respeto a las tradiciones de nuestros hermanos, con quienes compartimos sangre, raza y una cultura ancestral que nos hermana más allá de nuestra confesionalidad, esto resulta mucho más de lo que puede exponer el sionismo laico.
¿Sería imaginable una fórmula mejor que la República Islámica, o, al menos, que hiera menos la sensibilidad de quienes no somos religiosos? Sí, pero como bien dijo Juan Domingo Perón, la única verdad es la realidad, y dicha realidad muestra que los dos únicos países que han intentando establecer democracias laicas al estilo occidental, Israel y Líbano, se encuentran inmersos en guerras fraticidas, así como otros regímenes laicos, tal el caso de Egipto o en su momento Persia, sólo pueden mantenerse en el poder mediante la constante represión ejercida sobre la mayoría musulmana de sus países.
Israel es una infamia a la humanidad, y, el resultado de esta guerra, como el de toda guerra justa y popular, no puede ser otro que la victoria de quienes luchan por su liberación. Mis hermanos de sangre palestinos seguirán naciendo y generación tras generación su anhelo de libertad será más fuerte, nuestra victoria es una mera cuestión matemática. Cada día le cuesta más al Estado de Israel engañar a jóvenes judíos y hebreos para morir en una guerra que no les he propia. Sólo el absoluto exterminio del pueblo palestino puede garantizar la existencia de Israel, y, aún así, quedaremos millones que honraremos la sangre de nuestros hermanos asesinados por el imperialismo.
Israel es una infamia a la humanidad y más temprano que tarde sólo será una página horrenda de la Historia…El deseo es que esto no lleve más sangre, porque cada muerte joven en esta lucha, cada caído en esos hombres y mujeres llevados engañados al Holocausto, cada vida que se cobran los heroicos luchadores de Hamas, es la vida de nuestro hermano… Y eso nos duele mucho más a nosotros que a los sionistas.
censo.rosario@gmail.com
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