02 Sep 2002En lucha
Hay que Reconstruir el Frente Nacional Antiimperialista
El contubernio, etapa superior de la “alternancia”. La trampa electoral. ¿La clase obrera al poder? La alternativa revolucionaria.
La temperatura del último verano, medida en términos políticos, fue la más elevada de las últimas décadas. Los clase media estafada por Cavallo se amontonaba frente a los bancos exigiendo, furiosa, la devolución de sus ahorros. Los piquetes de los desocupados mostraban descarnadamente el verdadero rostro de un país que había soñado con pertenecer al “primer mundo”. Asambleas vecinales proliferaban haciendo tronar las cacerolas. Miles de ciudadanos se concentraban semanalmente frente a los Tribunales para exigir la renuncia de la Corte. La Argentina era un hervidero. Los políticos partidocráticos, que poco antes se floreaban por los canales televisivos exhibiendo sus sonrisas radiantes, debían ocultarse de la ira popular. Al ex presidente Alfonsín lo fueron a buscar hasta su casa para insultarlo. Otras estrellas de la política mediática corrieron peor suerte. Identificadas en lugares públicos, recibieron golpes y escupitajos.
Mientras todo esto sucedía, un grupo selecto de escritores y profesores se reunía para debatir qué era lo que estaba sucediendo. Eran los mismos que a partir de 1983 habían ocupado los lugares privilegiados en los aparatos ideológicos, desde la universidad hasta los suplementos culturales de los diarios, pasando por los medios radiales y televisivos. Después de repetir durante casi dos décadas que las reglas de juego “democráticas” constituían la garantía de que los males endémicos de la sociedad argentina serían resueltos de una vez y para siempre, ahora confesaban: “Que muchos de nosotros, después de la reacción ciudadana, estemos presos de una buena dosis de perplejidad, se debe al hecho de que no nos imaginábamos que todo esto podía suceder”. Pero lo que los profesores eran incapaces de imaginar que iba a suceder, finalmente sucedió. Los “representados” se hartaron de sus “representantes” y les exigieron con vehemencia “que se vayan todos y no quede ni uno solo”. Entonces, los profesores dictaminaron con renovada sapiencia: “se vive una crisis de hegemonía sin alternativas contrahegemónicas a la vista”.
El contubernio, etapa superior de la “alternancia”
La hegemonía de la que hablan los profesores es la que ejerce la rosca oligárquico-imperialista sobre el conjunto de la sociedad argentina a través de la mediación político-ideológica de los políticos partidocráticos y los intelectuales que los asesoran. Este control se efectiviza mediante una serie de mecanismos institucionales y reglas de funcionamiento cuyo núcleo duro lo constituye la llamada “alternancia”. Se trata de una trampa en la que un polo progresista o de centroizquierda y otro más o menos conservador o de centroderecha se reparten alternativamente los espacios instituidos del gobierno y la “oposición”. De este modo, la resistencia popular a las políticas impuestas por el imperialismo resulta inexorablemente deglutida y procesada por el propio régimen que aplica aquellas políticas. La “alternancia” es la versión moderna del gatopardismo: cambiar algo para que nada cambie. Sacar un Menem para poner un De la Rúa, sabiendo que siempre habrá un Cavallo para resguardar la continuidad del modelo.
Es esta “alternancia” la que entró en crisis con el levantamiento popular de diciembre. El descrédito de los unos ya no se compensaba con el crédito otorgado a los otros, sino que afectaba a todos por igual. El equilibrio estaba roto. En estas condiciones, el juego de la alternancia ya no era viable, y sus protagonistas recurrieron casi por instinto de supervivencia al contubernio, es decir, a una cohabitación ilícita pergeñada en el Parlamento a espaldas de la voluntad popular y bajo protección policial. La “crisis de hegemonía” impuso entonces un carácter transicional al gobierno duhaldista, hasta tanto ella se resolviera.
Pero la resolución de la crisis de hegemonía admite diferentes posibilidades. Una de ellas, de carácter regresivo, consiste en la recuperación del control hegemónico por parte del bloque dominante, devolviendo la representatividad perdida a sus aparatos políticos e ideológicos. La otra, de carácter progresivo, implica profundizar la crisis hasta que un nuevo bloque de poder construya esa “alternativa contrahegemónica” que los profesores no tienen a la vista. Esta disyuntiva es la que aún permanece abierta, y que se irá definiendo en uno u otro sentido en los próximos meses.
La trampa electoral
El radical Leopoldo Moreau declaró que “soy de los que creen que, en vez de que se vayan todos, en un momento de gravedad como el que vivimos debemos sumarnos todos para salvar la democracia que está en peligro si sigue primando la irracionalidad”. El frepasista Aníbal Ibarra, en la misma tónica, calificó de “oportunista” a la consigna “que se vayan todos”, proponiendo que “sea la gente la que elija a través del voto”. Que dos encumbrados representantes de la casta partidocrática se pronuncien en favor de una salida electoral frente a la crisis y en contra del “que se vayan todos”, está revelando el significado que adquieren los comicios programados: se trata de una ingeniería política diseñada para devolverle la legitimidad a quienes la perdieron durante las jornadas de diciembre.
Curiosamente –o quizá no tanto– un pretendido dirigente de los trabajadores se expresó en términos parecidos. Dijo Moyano: “Yo analizo tres alternativas: vamos a protestar los millones de argentinos y nos apoderamos del Congreso, la Casa de Gobierno, del poder, o que todos los políticos se vayan y que vengan los militares y se hagan cargo de nuevo de la situación, o una tercera, que apoyamos nosotros, que es por la vía de las urnas: elegir un hombre que nos gobierne y darle poder suficiente. Para nosotros ese hombre es Rodríguez Saá”. Al dirigente de la CGT rebelde debe reconocérsele el mérito de la claridad: la “vía de las urnas” es una vía contrapuesta a la perspectiva de que “millones de argentinos tomemos el poder”. En lugar de esto último, el poder debe quedar en manos de los mismos dirigentes políticos que después de veinte años de gobierno condujeron el país al estado actual. Moyano sólo explicita lo que fue el propósito perseguido por los contubernistas que impusieron a Duhalde. Un propósito con el que el propio Moyano colaboró operando en estos meses como desmovilizador de las energías populares: dejar que la rebelión popular se desgaste y, sobre ese desgaste, ir reoxigenando, sin prisa pero sin pausa, el averiado régimen partidocrático. En este marco, aun cuando las vagas promesas “nacional-populares” del candidato de Moyano fueran algo más que un recurso demagógico semejante al que empleó Menem en 1989, quedarían prisioneras de un sistema de fuerzas comprometido con la conservación del statu quo, lo que les impediría traducirse en hechos concretos. Tal vez sea ésta la razón por la cual Cavallo ya está evaluando la conveniencia de apoyar a “el Adolfo”.
¿La clase obrera al poder?
Si la “vía de las urnas”, diseñada en el curso mismo de una crisis de hegemonía, es decir, de una crisis de poder, adquiere un sentido regresivo al intentar descomprimir la situación reoxigenando al sistema, entonces se impone una pregunta: ¿cuál será la salida progresiva y posible? Cuando Moyano menciona la posibilidad de que los argentinos “nos apoderemos del Parlamento y la Casa de Gobierno”, es para descartarla de inmediato . Para Moyano, al igual que para los profesores perplejos, no existe “alternativa contrahegemónica”. Quienes sí creen, en cambio, que hay una alternativa a la vía electoral, son algunos grupos de izquierda como el Partido Obrero. Según Jorge Altamira, es “la unidad histórica del movimiento piquetero y de las asambleas populares la que llevará a la clase obrera argentina al poder”. Piqueteros y asambleístas deben protagonizar “una nueva rebelión popular” para echar al gobierno e imponer una “Asamblea Constituyente con poder” que inice “la transición hacia un gobierno de trabajadores entendido como la dictadura del proletariado”.
El lenguaje maximalista del dirigente del PO constituye el mejor obsequio a quienes proclaman que “no existe alternativa contrahegemónica” e intentan abortar electoralmente la potencialidad revolucionaria de las fuerzas desatadas en diciembre último. La perspectiva de un gobierno de los piqueteros y las asambleas barriales constituye un sueño ultraizquierdista por el momento irrealizable. El fenómeno piquetero es el resultado de más de veinticinco años de destrucción de las bases materiales del movimiento obrero, como resultado de un modelo de acumulación centrado en la valorización financiera y la destrucción del aparato productivo. Refleja la debilidad de la clase obrera, y no su fortaleza. Por sí mismos, los trabajadores desocupados no están en condiciones de tomar el poder. Como Altamira intuye esto, invoca “la unidad histórica con las asambleas populares”. Pero las asambleas “populares”, es decir, barriales, hace tiempo que han perdido su calor inicial. Motorizadas fundamentalmente por la pequeña burguesía porteña, tienden a evaporarse a medida que la clase que las animó es recapturada por el régimen partidocrático, que es el que mejor encaja a sus intereses más profundos.
La alternativa de poder planteada por PO es en realidad una alternativa inexistente. Pero no por ello dejará de incidir sobre el desenlace de la situación. Contraponer al régimen partidocrático una abstracta “dictadura del proletariado”, basada en la democracia directa de piqueteros y asambleístas, es lo mismo que no contraponerle nada. La táctica del PO, tributaria de las concepciones seudoclasistas de la ultraizquierda, deja el camino expedito a quienes no encuentran ni desean encontrar una alternativa contrahegemónica.
La alternativa revolucionaria
Tras descartar la “toma del poder por los millones de argentinos”, Moyano aventuró que si se renuncia a la “vía de las urnas”, sólo cabe esperar que vengan los militares y se hagan cargo de nuevo de la situación”.
Por supuesto, en caso de que la partidocracia no consiga controlar la crisis desviándola por canales parlamentarios, los altos mandos liberales de las fuerzas armadas intentarán hacerse cargo de la situación. Pero la propuesta de Moyano para que esto no suceda se asemeja a la decisión de entregarle voluntariamente la billetera a un ladrón para impedir que nos la quite por la fuerza. Tanto la “vía de las urnas” como la intervención militar directa de la que habla Moyano constituirían meras variantes de una misma política: disciplinar a las masas para replantear las condiciones de la sumisión al imperialismo sin que la correlación de fuerzas sea favorable a las masas.
La advertencia de Moyano, por otra parte, pierde de vista un aspecto decisivo de la situación actual. El respaldo militar al orden instituido no requiere, salvo en circunstancias excepcionales, de la intervención directa sobre los poderes del Estado. El “profesionalismo” siempre ha sido la opción preferida de las clases dominantes en el seno del ejército, porque es la que mayores garantías ofrece a su cohesión interna y a la verticalidad en que ella se asienta. El golpe de 1976 no puso en peligro esa cohesión debido a que un factor externo –el terrorismo– operaba en su favor (es por tal razón, entre otras, que Montoneros y el ERP fueron objetivamente funcionales al proyecto videlista, más allá de la honestidad revolucionaria de muchos de sus cuadros). En 1943, en cambio, ese factor externo de cohesión faltaba, y los antagonismos sociales se trasladaron al seno del ejército generando una lucha interna de la que salió triunfante el sector nacionalista popular encabezado por Perón.
La situación actual se asemeja más a la de 1943 que a la de 1976. Eso explica, en parte, que las clases dominantes aún no hayan recurrido a las fuerzas armadas. La implicación directa de los militares en el ejercicio del poder podría tener consecuencias impredecibles. En la actual coyuntura, el ejército interviene no interviniendo, es decir, permitiendo por omisión que la partidocracia se arrodille ante la usura mundial mientras la resistencia popular se debate en la impotencia de no poder torcer el rumbo de entrega y miseria crecientes.
¿Significa esto que los socialistas de la Izquierda Nacional apostemos a un golpe militar? Eso es lo que han comenzado a decir de nosotros los voceros de la izquierda cipaya. La respuesta contundente es que cuando en el centro de la escena se plantea la cuestión del poder, no se puede prescindir de una política hacia las fuerzas armadas. No la tiene Moyano, que claudica frente al régimen resignándose a la “vía de las urnas”. Tampoco la tienen la ultraizquierda y el PO, para quienes, a contramano de lo que enseña nuestra historia, el ejército es un bloque sin fisuras, inmune a las tormentas desatadas por la lucha de clases. Para la Izquierda Nacional, por el contrario, no puede descartarse a priori que el ejército se convierta en el agente catalizador que abra el curso a una nueva situación más favorable para las masas. Los militares, cuando renuncian al calor popular, terminan sirviendo a los peores intereses. El inmenso pobrerío que clama por su derecho a la vida, sin un brazo armado, se condena a la derrota. Es en la unión de los patriotas, civiles y militares, en un Frente Nacional Antiimperialista, donde reside la clave de la victoria.



