• América Latina 
  • Artículo cargado el 26/01/2010 - 01:23

Haití, la danza de las hienas y la solidaridad verdadera

Facundo Arrieta

El terremoto y sus réplicas no han sido el mal mayor para el sufrido pueblo haitiano. A través de sus legítimos representantes, el pueblo de Haití debe tener el control político durante la emergencia y toda ayuda debe someterse a dicha soberanía.

Las miradas del mundo se han vuelto sobre Haití debido a las consecuencias del terremoto que lo sacudió y que dejó más de 150 mil muertos y cuantiosas pérdidas materiales. Pero el terremoto y sus réplicas no han sido el mal mayor para el sufrido pueblo haitiano.

Corresponde repasar fugazmente la historia. El pueblo haitiano fue el primero de América Latina en independizarse, marcando el camino de la lucha emancipadora de nuestra Patria Grande. También protagonizó la primera revolución triunfante de esclavos. A pesar de ello, la ignominia y la tragedia han sido su destino. Cincuenta años después de la llegada de los españoles, no quedaba uno solo de los habitantes originarios, víctimas del exterminio y de enfermedades traídas por los “civilizadores”.

A España le sucedió Francia como potencia colonialista y explotadora, que convirtió a Haití en la colonia más “productiva” del mundo, saqueando sus riquezas gracias al trabajo de miles de esclavos traídos de África.

Obtenida su independencia respecto de Francia en 1804, Haití sufrió un criminal bloqueo político, económico y militar a manos de Francia, con la complicidad de Inglaterra y EE.UU.. Décadas pasaron antes de que las potencias reconocieran su independencia a cambio de humillantes condicionamientos. En 1844, Haití perdió la parte oriente de la isla, territorio que pasaría a ser República Dominicana. En 1908, EE.UU. comenzó a desarrollar negocios, y siete años después, en 1915, invadió por primera vez Haití con la excusa de “defender sus intereses”; ejerció un control absoluto hasta 1934, y en 1937, por órdenes del dictador dominicano Rafael Trujillo, fueron masacrados más de 15 mil haitianos.

Con el abierto respaldo militar y económico de EE.UU., durante décadas se sucedieron dictadores sanguinarios que a cambio de riquezas personales aterrorizaban y sumían en la miseria a sus gobernados para proteger los intereses estadounidenses. El más conocido, François Duvalier, conocido como papa Doc, a quien se le atribuyen más de 60 mil asesinatos.

Elegido democráticamente en 1990, Jean-Bertrand Aristide fue derrocado en 1991 por un golpe de Estado liderado por el asesino Raoul Cédras, con el respaldo de EE.UU. y Francia. En 2001 Aristide volvió a ganar las elecciones y en 2004 volvió a sufrir un golpe de Estado; secuestrado por fuerzas de EE.UU. y Francia, fue deportado a Sudáfrica. Luego de un gobierno interino, René Préval gana las elecciones en 2006. Sus llamados a la comunidad internacional caen en saco roto. La respuesta siempre es la misma: Haití debe cumplir con las premisas del Consenso de Washington.

Antes del devastador terremoto de enero de 2010, el 76 % de los haitianos vivía con menos de 2 dólares diarios y el 56% lo hacía con menos de 1 dólar por día, y eso gracias a que las remesas de los haitianos en el extranjero –la mitad de sus ciudadanos– representan el 52,7 % del producto interno bruto, según datos del Banco Mundial para 2007.

El caos generado por un sismo de 7,3° en un contexto semejante, sin duda, obliga a tomar medidas extremas en materia de salud, alimentación y seguridad. Que sea necesario poner orden para hacer efectiva la ayuda humanitaria no puede discutirse; que sea EE.UU. –o cualquier otro país– el que se arrogue el derecho de poner el imprescindible orden es inadmisible.

Más de 16 mil soldados estadounidenses –hasta al momento de escribir estas líneas– ocuparon literalmente Haití; controlaron el aeropuerto, la sede del gobierno y demás instalaciones estratégicas. Mientras algunos gobiernos, como el español, alaban las acciones “humanitarias” del invasor, otros, como Francia, señalan su “derecho a participar”. La ONU, como siempre, hace declaraciones, los bancos españoles cobran escandalosas comisiones por la “administración” de los donativos, el papa reza en su majestuosa residencia y EE.UU. consolida su nueva invasión.

En contraste, uno de los pueblos más castigados del mundo, invadido y sometido al exterminio por el sionismo –el pueblo palestino–, ha donado lo poco que puede a la Cruz Roja. Silenciosamente, durante más de una década, colaboradores cubanos han permanecido en Haití. Desde el terremoto, 400 médicos de Cuba constituyen la primera fuerza de asistencia médica a los sobrevivientes. Otros 600 médicos cubanos se sumaron al contingente en las primeras horas luego del desastre.

Las graves consecuencias del terremoto son resultado de la dramática historia. Las potencias que explotaron Haití buscan sacar tajada del horror y no se debe permitir. El pueblo haitiano, a través de sus legítimos representantes, debe tener el control político durante la emergencia y toda ayuda debe someterse a dicha soberanía.

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