• Crítica de libros: desenredando la madeja 
  • Artículo cargado el 18/11/2011 - 02:48
MILITÓ EN EL PRT Y EN PO. FUE PROFUNDAMENTE ANTIPERONISTA

Gregorio Flores: los extravíos ultraizquierdistas de un militante obrero

Gustavo Cangianotwitter @gcangianoSocialismo Latinoamericano

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Resulta comprensible que el fallecimiento de Gregorio Flores, el histórico dirigente de SITRAC-SITRAM en los años 60, no haya sido pasado por alto en el campo de la izquierda argentina. Así, por ejemplo, lo homenajean desde el Partido Obrero, al cual se sumó Flores a partir de 1983, hasta Néstor Kohan, referente político-intelectual de un sector de la militancia del PC que rompió con este partido “por izquierda” girando hacia posiciones “guevaristas”. Lo que no debería resultar tan comprensible, en cambio, es que las simpatías que la figura de Flores (como la de todos los luchadores obreros) pueda despertar en la izquierda, opere como obstáculo emocional para emprender una profunda e imprescindible crítica teórico-política de su actuación militante.

En 2006 el grupo ultraizquierdista universitario “Razón y Revolución” editó el libro de Flores Lecciones de Batalla. Una historia personal de los ‘70. Tiene razón Kohan cuando afirma que ese libro es “un texto fundamental que debería ser estudiado en Argentina y en América Latina”. Pero no solamente por tratarse del testimonio de un protagonista central de las luchas obreras de hace cuarenta años, sino porque, al mismo tiempo, nos ilumina acerca de los profundos errores que condujeron a la derrota de aquellas luchas.

¿Quién es revolucionario? Objetivismo y subjetivismo

Empecemos nuestra crítica por lo que sería una “cuestión de método”.  Flores militó en el PRT hasta entrada la dictadura militar. En uno de los capítulos de su libro reivindica a ese partido y a su máximo dirigente, Mario Roberto Santucho. Dice de éste: “Mario Roberto Santucho fue a mi entender un auténtico revolucionario. Puso a toda su familia al servicio de la revolución. El trágico saldo: siete muertos, cuatro desaparecidos, nueve exiliados son un testimonio elocuente de lo que digo”. Ahora bien, la pregunta que debemos formularnos es la siguiente: ¿constituye el “trágico saldo” de la familia Santucho una razón suficiente para caracterizar al jefe del PRT-ERP como “auténtico revolucionario”?

Existen dos criterios diferentes a partir de los cuales se puede caracterizar a un individuo o a una organización política como revolucionarios. Uno es un criterio que podríamos denominar “objetivista”. El inspirador de este criterio fue el propio Marx, al afirmar que los individuos deben ser considerados por lo que objetivamente son, y no por lo que ellos creen que son. Siguiendo este criterio, Santucho y el PRT habrían sido revolucionarios sólo en el caso de que su práctica política hubiera favorecido a las fuerzas revolucionarias, y no a las contrarrevolucionarias, sin importar la idea que ellos hubieran tenido acerca de sí mismos. Un criterio opuesto, que podría denominarse “subjetivista”, sería el de fundamentar la condición revolucionaria de un individuo o de una organización política en aspectos que tienen que ver con la subjetividad de esa entidad individual o colectiva: la intencionalidad, las motivaciones, los deseos, etc. Cuando Flores recurre al “trágico saldo” de la familia Santucho como prueba del carácter revolucionario de Santucho y del PRT, está incurriendo en el error “subjetivista”.

Hay en su libro innumerables ejemplos de este error, que es verdaderamente sorprendente en alguien que dice ser marxista. Por ejemplo, Flores escribe lo siguiente: “los objetivos del PRT-ERP eran la revolución socialista. Esto está fuera de toda duda. Que los caminos elegidos hayan sido los correctos o no, es parte de otra discusión”.

Hay que disentir con Flores ¡Que los caminos elegidos hayan sido los correctos o no para obtener el fin que el PRT-ERP decía perseguir, es el nudo de toda la discusión político-estratégica que la izquierda debe realizar! Y es lo que determinará, en última instancia, que el PRT-ERP sea ubicado como una fuerza revolucionaria o como una fuerza contrarrevolucionaria.

Sirva el siguiente ejemplo para entender mejor el punto. Supongamos por un instante que Alfredo Astiz haya realizado sus actividades de infiltración en los organismos de derechos humanos con la plena convicción subjetiva de que estaba actuando en favor de su país y de sus compatriotas, a quienes defendía del peligro de una dictadura totalitaria que los sumergiría en el peor de los infiernos. ¿Diríamos en tal caso que entonces Astiz no ha desempeñado la función política contrarrevolucionaria, antinacional y antipopular que efectivamente desempeñó? Es decir: ¿resulta la subjetividad de Astiz un factor determinante o prioritario a la hora de caracterizar su conducta política? Y si para caracterizar a Astiz desestimamos las intenciones subjetivas que motorizaron su conducta, ¿por qué no vamos a proceder del mismo modo para caracterizar a Santucho?

Digamos, además, que la misma crítica que se le puede hacer al subjetivismo de Flores respecto de su caracterización de Santucho, podría hacérsele a quienes -como Kohan o como el jefe de “Razón y Revolución”, el profesor Sartelli- reivindican a Flores en función de las “buenas intenciones” que sin duda presidieron su militancia política y gremial. No hay motivos para desconfiar de la honestidad personal de Flores y de su deliberada intención de acompañar la lucha de los más humildes en favor de un cambio social. Sin embargo, tanto su compromiso militante -primero en el PRT-ERP, y luego en PO- como sus puntos de vista políticos, son merecedores de una severa crítica, puesto que no conducen al propósito que supuestamente lo guió en vida.

Cóctel ultraizquierdista: lucha armada y “clase contra clase”

Veamos el siguiente párrafo del libro de Flores, escrito en 2005: “Para aplastar a la resistencia de los burgueses y sus funcionarios, no hay otra forma que la lucha armada, es decir, el enfrentamiento clase contra clase. Hasta hora, julio de 2005, no estoy enterado de que alguien haya logrado despojar del poder a la burguesía por otros medios que no sea el enfrentamiento armado. Es más, todas las experiencias tratando de ir reformando los estados burgueses para algún día llegar al socialismo, han terminado con el aplastamiento de la clase obrera, como sucedió en España, o más recientemente en Chile con el Frente de Unidad Popular. Para que haya socialismo en un determinado país es necesario, inevitable que los explotados sometan, aplasten a los explotadores. Sólo así la clase obrera podrá erigirse en clase gobernante. Esto, qué duda cabe, se logra por la vía armada. Mario Roberto Santucho fue consecuente con lo que pensaba, por eso está vivo en la memoria de quienes lo conocimos y lo estará seguramente en las nuevas generaciones”.

Se trata de un párrafo sin desperdicios, porque contiene una suma de errores fácticos, interpretaciones erróneas, verdades a medias y afirmaciones sin sustento. Dice Flores: “no hay otra forma que la lucha armada, es decir, el enfrentamiento clase contra clase”. Pero el primero de los términos hace referencia a un método de lucha, y el segundo al contenido de la lucha. Por tanto, la equivalencia que sugiere el “es decir” es incorrecta y sólo consigue confundir al lector. Por lo demás, es falso que la experiencia histórica indique que la “lucha armada” y no “otra forma” (de lucha)  ha conseguido “aplastar la resistencia de los burgueses”. Es una frase que puede sonar bien a ciertos oídos, pero que es decididamente falsa. En Argentina, por ejemplo, la “lucha armada” del ERP o de Montoneros no sirvió para “aplastar la resistencia de los burgueses” sino para que los burgueses aplastaran la resistencia popular. Lo mismo en otros países latinoamericanos, como Bolivia, Perú, Chile, Uruguay, etc. Por su parte, la experiencia revolucionaria paradigmática del siglo XX, la Revolución Rusa, fue posible entre otras cosas porque los bolcheviques derrotaron a los partidarios de la “lucha armada”. ¿Y qué decir del “enfrentamiento clase contra clase”? Lenin y Trotsky enseñaron una y otra vez que en los países semicoloniales la clase obrera se condena al aislamiento y a la derrota si en vez de intentar acaudillar a otras clases interesadas en luchar contra el imperialismo, plantea su enfrentamiento contra todas ellas. “Clase contra clase” es el eslogan con el que la ultraizquierda quiere ganar las simpatías de adolescentes de clase media, pero su significado profundo es y ha sido siempre absolutamente perjudicial para los intereses históricos del proletariado.

Para no hacer demasiado extensa la crítica a tan desafortunado párrafo, digamos por último que hoy está más que claro que el socialismo no surge necesariamente a partir del “aplastamiento” de la burguesía, como lo prueban los trágicos destinos de las revoluciones rusa y china, cuya función hstórica hoy parece haber sido “crear” una burguesía, en vez de destruirla (y también el de la Revolución Cubana, donde el socialismo brilla por su ausencia a pesar de que la burguesía ha sido “aplastada” hace décadas). Y digamos también que el hecho de que Santucho haya sido “consecuente con lo que pensaba” no añade verdad alguna a ese pensamiento. Más bien podría afirmarse que Santucho fue absolutamente consecuente con los pensamientos erróneos que sustentaba, los cuales lo llevaron a él a la muerte y a su partido a la destrucción. En lugar de criticar estos pensamientos erróneos, que es lo que debe hacer todo revolucionario, Flores se conforma con destacar la “consecuencia” o la “honestidad” de quien los postulaba. Extraño método de análisis, sin duda.

Clasismo y Frente Nacional Antiimperialista

Lamentablemente, el párrafo arriba citado no es una excepción en el libro de Flores, cuyo primitivismo teórico-político asoma en cada renglón.

Véanse los términos en los que plantea sus críticas “fraternales” a Agustín Tosco, aquel gran luchador obrero antiperonista de la época, que osciló entre el ultraizquierdismo foquista del PRT y sus “organizaciones de masas” (como el FAS), y el “etapismo” stalinista pro-ruso. Escribe Flores: “El clasismo afirma la necesidad de la independencia de la clase obrera del Estado Burgués en todas sus variantes y postula la dirección de la clase obrera en la lucha nacional a través de su propio partido. En cambio, el presupuesto del ‘sindicalismo de liberación’ es que entre la clase obrera y la burguesía nacional existiría un terreno común que sería el de la ‘liberación nacional’, poniendo un signo igual entre el programa democrático de los explotadores y el de los explotados. La lucha de clases, presupuesto sobre el que se basa el clasismo, sería reemplazado por la ‘unidad nacional’, y los sindicatos, como agrupaciones de la clase obrera no debían ofrecer fronteras con los patrones ‘nacionales’ o sus agentes en los sindicatos. A esta política adhirió Agustín Tosco, y por eso se llevó a la tumba sus diferencias con el sindicalismo clasista”.

Se trata, otra vez, de un párrafo digno de ser analizado con detenimiento. Flores contrapone, como si fuesen categorías antagónicas, la política “clasista” con la política de “liberación nacional”, que atribuye (ya veremos que equivocadamente) a Tosco. ¿En qué consiste la política “clasista”? Su definición ahora ya no parece ser la típica definición ultraizquierdista de “clase contra clase”, sino la de “postular la dirección de la clase obrera en la lucha nacional a través de su partido”. Pero se trata de una mera coartada discursiva que deja intacto el ultraizquierdismo de base que hay en su concepción. Dice Flores: “Se puede, en determinadas circunstancias, conformar un frente donde esté la burguesía, siempre y cuando la dirección esté en manos de los trabajadores y estos tengan un partido propio que los dirija y en cuyo programa esté explicitado cuál es la clase que debe gobernar, o la destrucción del estado burgués”.

Ahora bien, si los trabajadores tienen la fuerza suficiente para conducir el Frente, para explicitar que son ellos los que van a gobernar y que están dispuestos a destruir el estado burgués, ¿para que van a construir “un frente donde esté la burguesía”? ¿No sería absurdo que los trabajadores, masivamente encolumnados en partidos como el PRT o el PO convocaran a “la burguesía” a hacer un frente dirigido a destruirla? Pero este absurdo se encuentra con un problema previo en el cual no parecen reparar los ultraizquierdistas: guste o no guste, la clase obrera real participa en esos frentes nacionales cuya conducción y cuyo programa no son los propios. ¿Qué hacer entonces? ¿Darles la espalda proponiendo esa política de “clase contra clase” que pretende ser la de la clase obrera contra la burguesía, pero que es en realidad la política de la pequeñaburguesía nihilista contra el Frente Nacional Antiimperialista de obreros y “burgueses”? ¿O participar de ese Frente Nacional desenvolviendo una política de Revolución Permanente, que consiste en el “apoyo crítico”, es decir, en el apoyo a la conducción no obrera del Frente desde una posición independiente, dirigida estratégicamente a disputar la hegemonía? La primera opción fue la del PRT, PO y demás organizaciones de la izquierda cipaya. La segunda opción, la que intentó desenvolver la Izquierda Nacional y Revolucionaria.

Pero si el “clasismo” de la ultraizquierda entra en cortocircuito con los intereses estratégicos de la clase obrera, tampoco el “frente de liberación nacional” de la izquierda reformista encarnada por Tosco y el PC constituye una alternativa viable para los intereses emancipatorios. Flores recuerda que Tosco le explicaba que “sin un frente nacional es impensable la revolución en la Argentina”, pero que a la hora de operacionalizar políticamente esa perspectiva teórica, Tosco se sumaba al Encuentro Nacional de los Argentinos, donde confluían el PC, el Partido Intransigente de Oscar Alende y la Democracia Cristiana. Ni Tosco, ni tampoco Flores, parecían advertir que la convergencia PC-PI-DC expresaba una convergencia centroizquierdista de la pequeñaburguesía objetivamente enfrentada con el Frente Nacional real y concreto (con sus claros y sus oscuros) que se constituía en torno de la figura de Perón. En tal sentido, el ENA era más parecido a una “unión democrática” como la de 1946, o a un “frente popular” como los que juanbejustistas y stalinistas ensayaban de la “década infame”, que a un Frente Unico Antiimperialista como los que postulaban Lenin y Trotsky en los países semicoloniales.

Gregorio Flores: militante antiperonista

Como “Rayuela” de Cortázar, el libro de Flores permite ser leído a partir de cualquier tramo, y los extravíos ultraizquierdistas que lo caracterizan no tardan en aparecer. Por ejemplo, dice en la página 82: “Cuando uno estudia la historia de la clase obrera argentina, cae en la cuenta de que la violencia contra los trabajadores ha sido una constante, bajo todos los regímenes políticos, se trate de gobiernos conservadores, oligárquicos, de gobiernos democráticos elegidos por el voto popular y ni qué hablar de las dictaduras militares cuya única razón de ser ha sido y será imponer la paz de los cementerios”.

Uno no puede menos que preguntarse: ¿qué historia de la clase obrera argentina ha estudiado Gregorio Flores? ¿La de Milcíades Peña? ¿La que estudian los pobres alumnos del profesor Sartelli?  Porque es absolutamente falso que “todos los regímenes políticos” y “todos los gobiernos” hayan significado la misma “violencia contra los trabajadores”. ¿Es para Flores idéntico un gobierno como el de Perón, que promovió la organización de los sindicatos, que un gobierno como el de Videla, que los prohibió y persiguió? Aunque parezca mentira, esto parece ser lo que pensaba Gregorio Flores, quien escribía lo siguiente: “Lo he dicho muchas veces, la burguesía tiene más de dos siglos de experiencia y tiene muy buenos reflejos. Por esta razón, cuando vio que sus intereses estaban en peligro prendió la luz roja y sin ningún prurito trajo al líder de los trabajadores para abortar el proceso que se había iniciado con el Cordobazo. Esa fue la razón del regreso de Perón: frenar las movilizaciones y desbrozar el camino para la llegada del golpe de Videla-Massera”.

Pero la realidad es que no fue Perón quien “desbrozó el camino para la llegada de Videla-Massera”, sino que quienes lo desbrozaron fueron, entre otros, las organizaciones ultraizquierdistas y terroristas como el PRT, que creían que Perón era el gran obstáculo para el triunfo de la “revolución socialista” que ellos supuestamente encarnaban. No advirtieron que, si el socialismo es una perspectiva viviente, esa perspectiva sólo tiene lugar en el curso mismo del desenvolvimiento de un Frente Nacional Antiimperialista, y no en la vereda de enfrente, donde está el imperialismo. Gregorio Flores pertenece a una generación de luchadores populares que no supieron verlo, y que por ello terminaron desempeñando un papel político opuesto al que pretendían. Hay que sacar las conclusiones del caso, pensando en los tiempos que vendrán.

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