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Manuel Fernando Carpio, fundador del Frente de Izquierda Popular, miembro de su Junta Nacional y antiguo militante del socialismo revolucionario, fue entrevistado por Izquierda Popular. Su larga trayectoria como activista y dirigente sindical, fundamentalmente en la Unión Obrera Metalúrgica, en cuya fundación también participó poco tiempo después del golpe militar de junio de 1943, sus recuerdos sobre el nacimiento del sindicalismo moderno y del peronismo, constituyen el material central de esta nota que permite descubrir, entre otras cosas no menos importantes, los profundos lazos que han vinculado a la labor y el pensamiento de los hombres y mujeres de la izquierda nacional y popular, con la experiencia gremial y política de la clase obrera desde los orígenes mismos del movimiento peronista. El reportaje constituye además un justiciero homenaje a la consecuencia militante de Carpio y Blanquita, su compañera de todos estos años y todas estas luchas. Su lealtad proletaria, su firmeza indoblegable en mantener en alto las banderas del socialismo en los duros tiempos de cerco y la proscripción oligárquicos, el testimonio de su vida dedicada a la liberación de sus hermanos de clase son un imponderable capital político con que cuenta el Frente de Izquierda Popular. Sus militantes, los que compartimos las esperanzas o las decepciones de antaño y los que sólo participamos de los triunfos actuales, nos sentimos orgullosos de ser sus camaradas, de integrar el movimiento que Carpio y Blanquita han ayudado a construir. Izquierda Popular: ¿Cuándo y dónde comenzó a trabajar como obrero industrial? Fernando Carpio: Poco después del 30, entré en la Italo y ahí estuve unos tres o cuatro años más o menos. Me echaron por hacerle una gauchada, bueno, por “orientar” a un amigo que no tenía ni para comer. Este vivía en Barracas, nunca me voy a olvidar. Era amarillo y escuálido. Era muy dicharachero para la época que vivíamos. Un día me dice: “Mirá, Carpio, cómo ando, che”. “Y, andá y piantale una capa, total…”, le digo. Y me echaron. Después entré en la CATITA. Era uno de los talleres metalúrgicos más grande que había. Se arreglaban los tranvías. En Barracas, ahí creo que laburé un par de años. IP: ¿Cómo recuerda usted esa época? Era la Década Infame, ¿no es cierto? FC: Y, hay que ver lo que era Buenos Aires. Nosotros vivíamos en Parque Chacabuco. Había hornos de ladrillos.. Estaba Firpo en el horno de Mazola. Yo lo llegué a conocer. IP: ¿A qué Firpo? FC: Al boxeador. Era un peón rudo, grandote. Eso de que daba vuelta la noria es cierto. Yo me acuerdo de haberlo visto ahí. En esa época todos se conocían. La gente era flaca. No había tipos gordos. Andaban remendados. Lo que a mí me asombra ahora es que la gente anda mejor vestida. Vos vas a San Justo y parece Florida. Las chicas arregladitas. Claro, eso fue después del peronismo. Hay que ver la magnitud que tuvo el peronismo para la gente de trabajo. De pibe, por ejemplo, yo me iba a bañar en un arroyo que le decían “La Cuarta”. Después, al ser dirigente de la UOM, yo atendía a los muchachos de la Comisión Interna de Volcán y me invitaron al comedor de la empresa, instalada donde antes estaba aquel arroyo, que era realmente un pozo. El cambio era notable. Nosotros no podemos negar esa etapa que yo creo que de no haber existido todavía andaríamos con la plumita. IP: ¿Estaba afiliado a algún partido? FC: Sí. De muchacho yo me afilié al radicalismo, porque mi padre era radical. Estaba en la sexta, en Avenida La Plata e Independencia. Ahí aprendí lo que son los viejos partidos. En el Comité estaba el doctor Salinas y había de encargado un tal Ronzalito que tenía un homicidio encima, y era un tipo que venía la gente humilde con las boletas de empeño y él se las demoraba. En el subcomité de la calle Yapeyú estaban los hermanos Picicelli de encargados, que eran delincuentes comunes indultados. Entonces, los tipos transformaban los viernes el comité en un prostíbulo clandestino. Una cosa impresionante. Estaba Carlos Farsi, que después fue un gorilaco terrible. Tenía dos guardaespaldas que eran unos asesinos tenebrosos. Nanao y Carrascal, les decían. Me llegó a decir a mí: “”Pero, Don Carpio, si los muchachos son primarios, tráigalos” ¡Claro! Querían gente con poca instrucción para convertirlos en delincuentes y hacer negocios. IP: ¿Negocios? FC: Sí. Estafas. Cualquier cosa. Eso es lo que me propuso a mí el hermano de Juan Ruggiero, Guillermo, en Avellaneda, cuando le fui a pedir laburo. ¡No! La cosa acá hay que ver lo que era. Después a un tipo le metían en gayola, ellos lo sacabn y siempre lo tenían de “punto”. IP: ¿Qué hacían en el Comité? FC: Y, mirá, engrupir a la gente. Había un tal Panno de presidente de parroquia y cuando caía gente nueva lo primero que hacía era sacar presos. Después daban tarjetitas para ir al hospital, un certificado de pobre. Para conseguir leche gratis en el hospital. Había mucha miseria, y ellos eran los parásitos de la miseria. IP: Carpio, usted en el 43, como obrero metalúrgico, ¿notó el cambio de política del gobierno militar? FC: ¿Qué te parece? Los sueldos empezaron a aumentar. Los patrones tuvieron que aprender buenos modales, ya no pudieron tratarnos como antes. Yo en 1942 trabajaba en la fábrica de Miguel Miranda, el que después fue ministro de Perón. Era un rico tipo Miranda: se las daba de hombre modesto porque se levantaba temprano y tenía una querida que era obrera. Miranda me pagaba 80 pesos por mes, una miseria. No sé cómo hacía Blanquita para estirar la plata y que nos alcanzara todo el mes. Pero además del sueldo bajo estaba la cosa de la disciplina. Me acuerdo que una vez dos muchachos se enojaron porque un capataz los insultó. Al día siguiente no los dejaron entrar. Yo armé un remolino, fui a encarar el problema, y me mandaron en cana. Si uno reclamaba algo, en esa época, iba a parar a la sombra. En cambio, desde que Perón apareció en el ministerio de Trabajo las cosas cambiaron. Yo fui peón de la Tamet y enseguida miembro de la primera paritaria metalúrgica. Le mojaba la oreja al patrón y después volvía al taller. Eso, en aquel tiempo, era una revolución. IP: ¿Cómo se vinculó usted a la acción sindical? FC: Mirá, mi vida siempre estuvo entrelazada con los problemas de la gente. De chico fundé un club de barrio, después organicé y dirigí varias sociedades de fomento, en La Salada, en La Matanza. Siempre me gustaron los entreveros. Una vez vino a verme Alfredo Rosas, un amigo mío, músico. Era hijo de un sastre que me había tenido en su casa, apoliyando sobre una mesa cuando me fui de casa a los 15 años. Yo era representante de la orquesta Los Baqueanos, una típica, y vivía a una cuadra de la casa de Alfredo. Eramos muy amigos. Ninguno de los dos vivía de la música, claro. El era textil y yo metalúrgico. Viene un día y me dice que habían conseguido un convenio fenómeno, que le iba muy bien, que habían ido todos juntos a la calle México al dos mil donde funcionaban varios sindicatos nuevos y también había gente de la metalúrgica. Yo ya por esa época escuchaba los discursos del Coronel, desde la Secretaría de Trabajo, y me gustaban. Decía que los trabajadores tenían derecho a hacer petitorios individuales si estaban disconformes con el sindicato. IP: ¿Y allí, en la calle México, funcionaban los sindicatos nuevos que impulsaba Perón? FC: Era gente independiente, luchadora, que había visto que se abría una nueva etapa y que no se sentían representados por las antiguas direcciones sindicales. Yo, cuando fui, me los encontré a los tres Perelman: Angelito, que era metalúrgico; Adolfo, que era textil, y el padre de los dos, que trabajaba en la Tamet. Los tres eran “troskos”, porque los chantapufi esos de Anchorena, que gritan “ni yanquis ni marxistas”, no saben que el peronismo y el movimiento de 1945 no nacieron de la nada. Los fueron haciendo militantes socialistas, sindicalistas y comunistas descontentos con sus organizaciones, y también anarquistas y trotskistas. Los Perelman me hablaron un largo rato y me dijeron que un petitorio aislado no servía, que tenía que hablar con los compañeros y juntar voluntades. Volví una semana después con otros siete. Yo hice prender la nueva idea, lo que decía Perón, y me puse a la cabeza del movimiento, de las peticiones. La primera la escribimos en el sótano de un restaurante de la calle Alcorta con otros tres muchachos. Unos días después me cae a casa el viejo Pochelú, un cana jubilado, amigo de mi viejo, que me había hecho entrar en la Tamet, porque él trabajaba allí, en seguridad. Me viene con la noticia de que el directorio de Tamet me acusaba de comunista, me empieza a llorar la carta. Yo lo hice pasar a la pieza, le mostré y le dije: “Mire, Pochelú, yo no tengo colchón, y la mayoría de los muchachos tampoco. Yo quiero dormir en cama decente y si eso es ser comunista, soy el primero”. Me dio que él iba mandado para arreglar la situación, y me estiró un cheque en blanco, que le rechacé. Claro, los tipos estaban con un julepe bárbaro y, entre paréntesis, yo era medio inocente, era nuevo en esas cosas y ante cada injusticia me subía a un tablón, no sé lo que decía y paraba la fábrica por cualquier cosa. Después, fui aprendiendo a cuidar las fuerzas de los compañeros, a administrarlas mejor. Esa vez perdí; fue la única lucha que perdí. Pochelú me avisó: “cuidesé o lo van a meter en cana”. Dicho y hecho. IP: Pero, ¿usted siguió en la UOM? ¿Ya había autoridades, estaba fundada? FC: Primero estaban los Perelman. Después hicimos una comisión medio sui generis, conmigo y Victor Gossi, otro amigo político de Abelardo, que después fue el primer agregado obrero en una embajada, un tipo muy capaz. Pero la UOM recién se organizó en serio con Salvo. Hilario Salvo. En esa primera comisión estuve yo. IP: ¿Cómo vivió el 17 de Octubre? FC: Lo habían sacado a Perón, los del sector gorila del Ejército y los viejos partidos, y entonces los patrones empezaron a vengarse. “Vayan a pedirle el sueldo a Perón”, decían. Nosotros nos movimos mucho Había gente que veía a Mercante, otros hablaban con Cipriano Reyes y la gente del frigorífico. Parece que Evita también ayudó. Lo cierto es que el 17 nos largamos a la Plaza con mucha gente atrás. De a ratos a pie, después agarramos varios tranvías y les cambiamos el recorrido. “Todos a Plaza de Mayo”. Algunos pasajeros se asustaban, pero muchos se vinieron con nosotros. Lo demás ya lo sabés: Abelardo lo contó en sus libros, que todos los muchachos de ahora deberían leer. IP: ¿La conoció a Evita? FC: ¡Era una mujer formidable! Tenía una polenta, una capacidad de trabajo… Era incansable. Pero alrededor de ella se juntaban muchos vivos y muchos alcahuetes. Todas las mañanas, los funcionarios de una Comisión 17 de Octubre que cada gremio había formado, iban a saludarla, le daban los buenos días y el informe del día anterior. Todos los días eso. Esos mismos tipos, muchos de ellos, por lo menos, metían la mano en la lata con los repartos de la Fundación, la leche, los fideos, esas cosas. Pero Evita no fue importante por la beneficencia, sino por lo que representó como espíritu de lucha y por la participación de las mujeres. Preguntale a Blanquita las que tenían que aguantar las mujeres del pueblo, las trabajadoras, antes del 45. Ni siquiera votaban. El ejemplo de Evita sirvió para que muchas compañeras se lanzaran a la pelea al lado de los varones. Se avanzó mucho en eso, y todavía se va a avanzar más. A muchos les va a dar miedo, porque le tienen miedo al progreso histórico. IP: ¿Y cómo trataba Evita a esa gente aprovechada de la que usted habla? FC: Ella los rigoreaba mucho, claro. Pero vos sabés que un gran movimiento político recoge a mucha gente, no solamente a los santos. Especialmente, en el caso del peronismo, porque se armó desde arriba, no había partido que hubiera ido seleccionando a su gente, a sus dirigentes, a los hombres y mujeres de confianza en el sacrificio y desde el llano. Allí hubo muchos oportunistas, y esa es una de las razones por las que cayó el peronismo y por las que es preciso que los trabajadores nos organicemos desde abajo en un partido revolucionario y popular. ¡Allí había cada tipo! Muchos creían que el movimiento se había hecho para enriquecerlos a ellos. IP: Y Salvo, ¿qué tal tipo era? FC: Fijate la mente del tipo: contrabandeaba armascon Montevideo y después invertía las ganancias montando amuebladas. ¡Qué manera de estar en la guerra y en el amor, el sujeto! IP: ¿Y después de Salvo quién vino? FC: El Turco Balluch Abdala, que ahora está en la seccional Matanza. El venía de un partido de la izquierda gorila, de donde lo habían rajado por cuestiones “de moralidad”, según dijeron. El tipo era enamoradizo, por eso. ¡Mirá vos si esa es razón para expulsar a alguien de un partido! Balluch era tipo de pelea. Ahora está viejo, como yo. Pero eso no es un obstáculo para seguir en la línea. IP: Después de esos primero años a usted lo expulsaron del sindicato y lo pusieron en la lista negra… FC: Claro, nosotros organizamos el sindicato, y después del 55 los gorilas intervinieron la UOM y vinieron las sanciones. Yo en el 55, después del golpe, trabajaba en la RCA Víctor. Un día vino un oficial del Ejército a arengarnos. Yo lo interrumpí y le dije que él tenía que hablar en el cuartel, que allí hablábamos los trabajadores. El tipo se fue, y a la media hora volvió con seis milicos. Me llevaron en cana. Entonces apareció Cerruti Costa, este que anduvo con los terroristas hace poco en el diario “El Mundo”. El había sido abogado de los metalúrgicos, y había pedido licencia un mes antes del golpe para prenderse con los gorilas. Así fue ministro de Trabajo. Viene y me dice: “Lo voy a hacer soltar, Carpio. Creamé, yo agarré el Ministerio para evitar cosas como ésta. Habia una lista enorme de gente para amasijar”. ¡Mirá vos qué coraje, el canalla! IP: ¿Usted lo conoció al “Lobo” Vandor? FC: Sí. En la época de la resistencia, y después lo traté en las reuniones de las “62”. Fue uno de los dirigentes sindicales más capaces, en el plano de la lucha por el salario, se entiende. Era un tipo muy dinámico, muy vivo. El es el que les enseñó a todos los que están ahora. IP: Rucci, Vandor y Avelino Fernández salieron de Ballester Molina, ¿verdad? FC: Salieron muchos dirigentes de esa fábrica. Pero Avelino salió de Volcán. Y sigue laburando allí. La última vez que lo vi me llamó la atención porque me dijo: “Qué bien que están ustedes, eh”, y ahí ví que debían haber algunos delegados con revistas y cosas; pensé cómo había cambiado la cosa; la gente lee. IP: Los dirigentes de su época estaban muchos más cerca de la base, ¿no? FC: Bueno, era distinto. No había organización, había menos cultura sindical, digamos. La cosa empezó a cambiar y la gente está más predispuesta… Decí que la burocracia no es capaz de organizar bibliotecas, nada, no les da material a la gente para capacitarse sindicalmente, aunque sea eso. Ahí tenés a los metalúrgicos, por ejemplo. Salen de puro coraje, porque el sindicato no les da formación, pese a lo cual está lleno de muchachos combativos y con mucha claridad. En aquel tiempo ningún oficial agarraba, los dirigentes siempre salían del operario, del peón o cosas así. Como ganaban buenos sueldos, no agarraban. Me acuerdo que en la Vasconia nombraron un italiano, pobre, que no conocía las leyes ni nada. IP: Pero, ahora que hay más organización, ¿los dirigentes no están mucho más lejos de la gente? FC: La dirección, claro. Es otra cosa. El gran desarrollo de la industria en el Gran Buenos Aires ha alejado a los obreros. Y la burocracia está mucho más cerrada. Cada año está más, porque se van olvidando de cuando trabajaban en el taller. Para hablar con uno de ellos tenés que estar dando vuelta la calesita. Y si no sos de la cofradía, no te dan ni la hora. Y en este desarrollo está la gran fuerza y la gran debilidad de los burócratas. Porque el día en que empiecen a no cumplir, vos no sabés la que se va a armar. Si yo veo que los muchachos en las fábricas están cada día más alzados. No les perdonan ni una. IP: ¿Qué consejo daría usted a los sectores más jóvenes de la clase trabajadora que recién se incorporan al sindicalismo y a la política? FC: Mirá yo soy de la idea de que toda la juventud tiene que entrar en política. Porque la liberación total de la clase obrera sólo se logra con el socialismo. Cada trabajador lleva adentro a un socialista, porque el esfuerzo de la vida cotidiana le va dando el carácter de tal. Padeceos todas las situaciones del país y el sindicalismo no alcanza. Tiene un techo. Hecho el desarrollo de las industrias del país y establecido el capitalismo, digamos, como en los países europeos, va a suceder el mismo fenómeno: que no van a poder, como está sucediendo en Italia, ni conseguir 15 centavos de aumento. Los trabajadores, para seguir con nuestra liberación, tenemos que ir hacia el socialismo, hacia la expropiación de la oligarquía, de los monopolios imperialistas. Y además tenemos que participar en la dirección de las empresas, en la autogestión. Porque con la experiencia que tenemos en la fábrica, y sabiendo que allí está el pan nuestro de cada día, ¿no te parece que sabremos algo del asunto? http://www.izquierdanacional.org/soclat/articulos/437/
Nuevo Folleto de la Izquierda Nacional: “Malvinas: 30 años de desmalvinización, 30 años de democracia colonial”