17 Jun 2011Historiografía 

Polémica con Marcelo Gullo

El revisionismo científico y el panegírico rosista

Roberto A. Ferrero

I

En una ponencia presentada al “1° Congreso de Revisionismo Histórico” celebrado en Navarro el 14 de Mayo de 2011 el Doctor Marcelo Gullo (Master del Institut Universitaire de Hautes Etudes Internationals de la Universidad de Ginebra, diplomado en la Escuela Diplomática de Madrid y Doctor por la Universidad del Salvador) sostiene “La necesidad de un nuevo revisionismo histórico”. Tal el título de su trabajo.

Para justificar esta necesidad argumenta muy convincentemente acerca de la “vulnerabilidad ideológica” de los países mas débiles frente a “las grandes potencias” o “Estados emisores” (de ideología), como los llama, y encarece el deber de poner en práctica una “insubordinación ideológica” que asuma el carácter de “fundante” para liberarse de la dominación cultural de los centros imperialistas. Seguidamente explica que la “primera insubordinación” anti-hegemónica fue protagonizada por la Generación del 900 (José Enrique Rodó, Manuel Ugarte y José Vasconcelos, sus principales referentes).

Aun dejando de lado el hecho, no recordado por el autor, de que la oligarquía porteña era sin duda la pieza esencial del aparato de recepción ideológica de las ideas europeas porque ellas justificaban su propia hegemonía social y económica, no se puede sino coincidir plenamente con esta primera parte de la tesis del Dr. Gullo.

Pero es imposible acordar con él en los dos equívocos que recorren su ponencia, uno por defecto y otro por exceso.

El primero comienza cuando el ponente afirma que la “segunda insubordinación ideológica” —ahora más localizada en el área rioplatense— tuvo como protagonista central a la “Generación Revisionista” que conformaron Arturo Jauretche, Raul Scalabrini Ortíz, José María Rosa, José Luis Torres, Arturo Sampay, Rodolfo Puiggrós, Juan José Hernández Arregui, Jorge Abelardo Ramos, Fermín Chávez, los uruguayos Washington Reyes Abadie, Vivian Trías y el mas joven de todos ellos Alberto Methol Ferré. “Fuera del Río de la Plata —añade— pueden también considerarse inscriptos en esta corriente el boliviano Soliz Rada y el chileno Pedro Godoy, estos dos últimos aún en vida”.

Efectivamente: para mantener su argumentación de que hace falta un “nuevo” revisionismo, el Dr. Gullo se ve obligado a interpretar que el de Jauretche, Rosa, Soliz y demás es un viejo revisionismo, porque si lo aceptara como “nuevo” (como es en realidad) no podría sostener —por innecesaria— su tesis de actualizar “a nuevo” el movimiento de revisión histórica. Para afirmar, contra los hechos, esta tesitura, se ve entonces obligado a dar otro paso: negar —no en el sentido hegeliano de superar, sino en el más prosaico de ignorar su existencia misma— la presencia en su momento fulgurante de la “Primera Generación Revisionista” argentina (¡sin hablar ya de Saldías, Quesada, Silva, David Peña y otros!). Nos referimos, naturalmente, a aquellos ensayistas e historiadores que reivindicaron completamente la figura de Juan Manuel de Rosas a partir de los años 30 y pusieron de relieve la mendacidad de la historiografía oficial-mitrista: Carlos Ibarguren, Font Ezcurra, los hermanos Irazusta, Manuel Gálvez, Ernesto Palacios, Marcelo Sánchez Sorondo, Luis J. Ossés, Sáenz y Quesada, Ramón Doll y otros escritores menores. Fueron ellos —y no los que menciona el Dr. Gullo— los autores de la “segunda insubordinación ideológica”. En ellos preferentemente –antes que en los que menciona el Dr. Gullo, que fueron sus contemporáneos— abrevó Arturo Jauretche, además de hacerlo “entre los más remotos, los más altos: Saldías y Quesada”. [1] Ensayistas e historiadores como Jauretche, Scalabrini, Sampay, Rosa, Chávez, etc., son entonces los protagonistas de la “tercera insubordinación”, porque constituyen el segundo o “Nuevo Revisionismo”, tan vigente como antes. De manera que no hay necesidad alguna de ningún “Nuevo Revisionismo”.

De todas maneras, el Dr. Gullo defrauda nuestras expectativas, porque el “Nuevo Revisionismo” (“Novísimo” habría que llamarlo) que postula no entraña ningún paradigma más actualizado de una interpretación enriquecedora de los logros de los anteriores revisionismos. La misión del “Nuevo Revisionismo” es, en sus palabras, terminar la reivindicación del peronismo, tarea que “quedó inconclusa porque a la mayoría de estos hombres de pluma y política los sorprendió antes la muerte”. “Concluir esta tarea —termina el Dr. Gullo— es la misión ineludible del Nuevo Revisionismo Histórico”. Tarea en verdad modesta, cumplida ya en un 99 %, y para terminar la cual no hace falta, como decimos, ningún nuevo “Nuevo Revisionismo”, ya que está vigente el viejo “Nuevo Revisionismo”, por hacer un juego de palabras: Zuleta Alvarez, Sullé, Muñoz Azpiri, Alén Lascano, Galasso o el mismo Gullo, todos ellos prosiguen su trabajo.

El segundo equívoco es por exceso: incluye en su lista de la “segunda insubordinación” (que es en realidad la tercera, según vimos) demasiados historiadores o ensayistas políticos que no pertenecieron nunca a esa corriente rosista del revisionismo: Jorge Abelardo Ramos, Vivian Trías, Andrés Soliz Rada y Pedro Godoy. Ellos fundaron su reinterpretación de la historia argentina y latinoamericana en otros parámetros que los del simple endiosamiento del Ilustre Restaurador, atendiendo a las relaciones de clase, los cambios de la estructura económica, la evolución de la cultura dependiente y demás factores condicionantes. Por ello son integrantes de la Escuela del Revisionismo Científico —lo mismo que Norberto Galasso y Honorio Díaz, Salvador Cabral o Raúl Dargoltz, Alfredo Terzaga o Luis Alberto Rodriguez— y no de la corriente en los que los quiere subsumir el Dr. Gullo. ¡Y qué decir de Rodolfo Puiggrós, que aún siendo peronista (peronista marxista) escribió un libro especial contra el gobernador porteño que llamó —con resonancias victorhuguescas del tercer Napoleón— “Rosas el Pequeño” (Ediciones Perennis, 1953)!

II

Incluso Arturo Jauretche, que le sirve al ponente para hacer el panegírico de Rosas en su artículo “Jauretche, Rosas y el Revisionismo Histórico”, no era pese a lo que se diga, un rosista avant la lettre. Por el contrario: aunque no vacilaba en presentarnos a Rosas como “pivote histórico”[2], simultáneamente y en el mismo libro —“Política Nacional y revisionismo histórico”— advertía muy prudentemente: “El revisionismo histórico al restaurar a don Juan Manuel en su verdadera dimensión y significado, debe de darnos su imagen humana, es decir histórica; ni el diablo del tabú oficial, ni el santo de un nuevo tabú. Nada de mármol recompuesto, ni de yeso dorado” [3]. Los revisionistas rosistas no han seguido este consejo de moderación historiográfica.

La pintura que nos hace el Dr. Gullo del General Rosas y de su gobierno está también muy lejos seguir el prudente consejo de don Arturo. Por el contrario, y contrariando siempre los hechos, nos presenta al jefe de la oligarquía porteña como el adalid de una política de Patria Grande, defensor del federalismo, promotor de la industrialización argentina y héroe de una “insubordinación fundante” contra Inglaterra. Estos ditirambos, sin embargo, no resisten el análisis en cuanto dejamos de lado las proclamas y los actos de fe para atenernos a la realidad de lo efectivamente acaecido.

Como las distintas tendencias del revisionismo estamos de acuerdo en los méritos de Rosas —el mantenimiento de la soberanía en la Vuelta de Obligado y en las negociaciones con los franceses, el enfrentamiento a los unitarios vendepatrias, la disolución del Banco “Nacional” creado por Rivadavia para los comerciantes ingleses que lo controlaban, y la prohibición de exportar oro y plata, principalmente—[4], conviene mencionar brevemente los aspectos negativos de su gestión gubernamental (los de su personalidad los dejamos para José María Ramos Mejía y los psicólogos…), ocultados por sus panegiristas, para poder hacer así, con el debe y el haber, un balance más ecuánime de su dilatado gobierno

1. LA POLITICA DE PATRIA GRANDE. Veamos antes que nada la supuesta “Política de Patria Grande”, que don Arturo presenta como aquella “celosa del mantenimiento de la extensión” [5] y contraria por tanto a la de Sarmiento, que entendía que el mal que aquejaba a la Argentina era justamente el de la extensión, como tanto se le ha reprochado con justicia. En este aspecto creemos, con todo el respeto que nos merece don Arturo, en cuya lectura hemos crecido, que Rosas no practicó nada semejante a esa política que se le atribuye, sino la contraria: la de la Patria Chica, su patria, es decir, la provincia de Buenos Aires. Efectivamente: Rosas enconó al Paraguay arrinconándolo en el fondo de los ríos al prohibirle el comercio fluvial esencial para su existencia [6] y convenciendo cada vez más a sus gobernantes que con Buenos Aires era imposible cualquier acercamiento; no se supo ganar a los uruguayos, que en 1825, en el Congreso de La Florida habían expresado su voluntad de reincorporarse a la Patria común; abandonó al Brasil las Misiones Orientales y a Chile la zona del Estrecho de Magallanes al desinteresarse de ellos; dejó a Bolivia la provincia de Tarija porque se integraba de meros “pueblos miserables”, pero no obstante, en alianza con la oligarquía chilena y tomando como argumentos las intrigas del cónsul inglés Hood, ayudó a derrotar al Mariscal Andrés Santa Cruz, creador de la Confederación Peruano-Boliviana, primera tentativa de reagrupamiento sudamericano después de la Gran Dispersión balcanizadora de 1830 [7]; empujó a las provincias de Cuyo a los brazos de Chile al negarse a dar protección aduanera a sus industrias y oponiéndose al tratado de comercio que Mendoza —y San Juan— se vieron obligadas a firmar con el país trasandino el 3 de abril de 1835 para reactivar sus alicaídas economías, a la vez que el mendocino José Luis Calle se dirigía al Ministro Portales “por creer que el gobierno de Chile no rechazaría la solicitud de las provincias de Mendoza y San Juan, de que se les admitiese en la asociación política de ese país” [8]. Finalmente: por nota del 21 de septiembre de 1838 ofreció a Inglaterra cederle la explotación de los yacimientos de guano, yeso y minerales y las pesquerías de la Patagonia, y reconocerle la soberanía de las Islas Malvinas que había ocupado cinco años antes, a cambio de la cancelación de la injusta deuda del Empréstito de la Baring Brothers contraído por Rivadavia (y viene bien recordar aquí que cuando el Ministro Charles James Hamilton ofreció en Buenos Aires, el 18 de octubre del mismo año del atropello, un baile de honor por el cumpleaños de la princesa Adelaida, concurrió el propio Rosas y su gabinete, de manera que –como se señaló- “mientras el gobierno inglés colonizaba el archipiélago argentino de Las Malvinas, el Gran Americano bebía de la misma copa con el representante del gobierno usurpador”) [9]. Varios años después, en 1847, excusó a la Argentina de asistir al Congreso de Lima, citado para estudiar la forma en que los países latinoamericanos debían afrontar las agresiones neo-colonialistas del momento; alegó para no concurrir a la magna reunión “las extraordinarias circunstancias en que se encuentra la República” ¡que eran precisamente las de la invasión colonialista de Francia e Inglaterra!, que deberían tratarse en Lima, entre otras [10].

¡Esta era la “política de Patria Grande de don Juan Manuel! Con razón escribía Don Jorge M. Mayer que al Ilustre Restaurador “nada le interesaba fuera de la pampa verde”.[11] Cualquier parecido con la geopolítica de Mitre y Sarmiento no es pura casualidad: los tres eran representantes de la oligarquía argentina, que ponía sobre todas las cosas el imperio del latifundio, las vacas y los cueros, es decir: la pampa húmeda y su Puerto.

2. LA LEY DE 1835, LAS FANTASIAS INDUSTRIALISTAS Y ARTIGAS. Tampoco correspondía a una política de Patria Grande la aplicación de la célebre e invocada Ley de Aduana del 18 de diciembre de 1835, que estableció una serie de prohibiciones y elevación de aranceles a la introducción de la producción extranjera. No hay rosista –el Dr. Gullo incluído— que deje de mencionar las declaraciones de agradecimiento que por el dictado de esta ley de aprobaron las Legislaturas de Salta, Tucumán y Catamarca en 1836, primer año de vigencia de la ley, firmada sólo por Rosas sin intervención de su Sala de Representantes. Pero estas declaraciones expresaban las esperanzas de las provincias interiores y no eran un juicio sobre los resultados de su observancia —o violación— por parte de las autoridades porteño-rosistas, que —naturalmente— recién se advertirían años más tarde. Gullo acepta que esta legislación se debió a la “insubordinación ideológica” contra el librecambismo rosista protagonizado por el correntino Pedro Ferré, el santafesino Manuel Leiva y el cordobés canónigo Marín entre otros, y a la presión de “artesanos y fabricantes” afectados por la libre introducción de la mercancía inglesa. Descartemos en esta génesis la “conversión de Rosas al proteccionismo” imaginada por Gullo y desmentida por los hechos posteriores, y agreguemos en cambio que fue una hábil maniobra del gobernador de Buenos Aires para mantener calmadas por un tiempo a las provincias, porque “comprende —es Jauretche quien lo dice— la necesidad de una conciliación con los intereses del interior”[12]. Vale decir: una medida coyuntural, una “conciliación” y no un plan nacional generoso de desarrollo industrial protegido, impensable en la perspectiva de la oligarquía terrateniente vacuno-saladerista, cuyos intereses representaba Rosas y se fundaban en la más amplia vigencia del librecambio con Inglaterra y no en una decidida intervención del Estado en la economía, como había preconizado Mariano Moreno en su “Plan de Operaciones [13]. Y no olvidemos que esta concesión parcial —y temporal, como veremos— se combinaba “armoniosamente” con feroces represiones, como la que sufrió Córdoba en 1840 a manos de Oribe, que se cansó de degollar federales provincianos con la excusa de combatir a unitarios casi inexistentes.[14] El palo y la zanahoria, que le dicen.

El destino y la aplicación de la Ley de Aduana confirman estos juicios. Por empezar: nunca estuvo destinada a proteger a las industrias domésticas y manufacturas del Interior, sino sólo de la provincia de Buenos Aires. Por eso —otra cosa que los rosistas ocultan— dos días después de dictar la Ley de Aduana Rosas firmó “un decreto prohibiendo el ingreso a Buenos Aires de las manufacturas procedentes de las provincias”, por lo que “mal podría, pues, estimular el desarrollo de esas artesanías —dice José Raed— cerrándoles el mayor mercado de consumo”.[15] Medida que completó el 11 de enero de 1839 elevando el impuesto de tránsito para atravesar el “Puente de la Restauración” —ingreso principal a Buenos Aires-, a la vez que liberaba de gravámenes a las mercaderías que salían de esa ciudad hacia las provincias…Y cuando el gobernador de Corrientes le reclamó en 1836 por el aforo del 20% que pagaban los cigarros correntinos para entrar a Buenos Aires, le contestó que “tuve la fuerte consideración de que en esta provincia hay muchas mujeres pobres que viven de esta clase de industria” [16]. Primero Buenos Aires, siempre el patriotismo chico de Buenos Aires.

También ocultan los historiadores revisionistas —tanto los de la segunda como los de la tercera “insurgencia fundante”— que la alabada Ley de 1835 sufrió luego modificaciones que la desnaturalizaron y esterilizaron por completo. Así, el 28 de mayo de 1838 se rebajaron en un tercio todos los impuestos de entrada por el puerto local, y —más aún— el 31 de diciembre de 1841 se liberó del gravamen —asegura Nicolau en su meduloso estudio de la legislación aduanera— “la totalidad de los artículos cuya importación fuera prohibida expresamente al dictar dicha ley” [17]. De haber querido impulsar el desarrollo industrial de todo el país, como aseguran sus panegiristas, el gobierno de Rosas habría aprovechado los mayores ingresos que le proporcionaba la nueva Ley de Aduana para invertir en una mínima infraestructura básica destinada a ese fin, especialmente caminos, puentes y puertos; otorgar crédito barato para las industrias domésticas y los empresarios manufactureros, e impulsar la educación técnica. Eso hubiera hecho un gobernante que hubiera tenido en miras una política nacional, una “política de Patria Grande”. Pero ¿qué hizo el general Rosas al percibir mayores rentas portuarias? ¡Aprovechó para eliminar (art.1°de la Ley de Aduanas) la Contribución Directa —de por sí ya bastante escasa— que abonaban sus parientes y amigos terratenientes de la provincia y los comerciantes ingleses privilegiados [18]. Las provincias, libradas a sí mismas, vigiladas de cualquier insubordinación por el poder militar rosista, debieron reestablecer los gravámenes protectores en sus fronteras, perjudicando el comercio interprovincial y fraccionando el mercado interno en perjuicio mutuo. Los textiles de Córdoba “soportaron una brusca declinación entre 1844 y 1846 y se produjo un vuelco en la economía provincial, de textiles a lana virgen” [19] . Además, en ciertos períodos, el gobierno porteño-rosista perjudicó a la producción azucarera de Tucumán al autorizar la importación de azúcar brasilero, y a San Juan y Mendoza con la introducción e los vinos de Francia, infaltables en la mesa de los ricachones que rodeaban a Rosas. La industria vitivinícola de Mendoza casi desapareció y la minería se vino a menos. La mayor parte de los investigadores independientes, como Mirón Burguin, H. S. Ferns, John Lynch o Juan Carlos Nicolau, coinciden en que las provincias no obtuvieron ningún beneficio duradero para sus industrias de parte del gobierno rosista. Vivian Trías, tan citado por Gullo, no lo es cuando emite su equitativo juicio sobre la Ley: “Sin embargo, el balance final no es favorable […] el proteccionismo languideció en 1841, en lugar de acentuarse como lo hubiera requerido una política estatista de enjundia” [20].

Más aún: ni siquiera la provincia de Buenos Aires, para cuyas “clases medias” presuntamente se había dictado la Ley de Aduanas, consiguió un balance medianamente favorable. Dos décadas de administración terrateniente sólo produjeron estancamiento industrial: a la caída de Rosas, algunos rubros (armerías, carpinterías, herrerías, zapaterías…) habían crecido, naturalmente, pero otros habían disminuido: las broncerías cayeron de 5 a 1, las fábricas de arneses de 27 a 14, las de carruajes de 3 a 2, las de toneles de 17 a 7, las de velas náuticas de 13 a 8, las herrerías mecánicas de 25 a 19, las colchonerías de 7 a 6, las sillerías de 17 a 3 y las relojerías de 13 a 10; se estancaron las fábricas de botones en 14 y las tornerías en 5; las sombrererías y las 48 mercerías desaparecieron, lo mismo que las manufacturas de carretas, las 3 imprentas, y las fábricas de vinagre, de bombas, de alambiques, de rapé, de peines y otras. La industria del almidón prácticamente se arruinó. La sal de Cabo Verde reemplazó a la de las Salinas Grandes. Para 1853 el crecimiento de la actividad manufacturera en todo Buenos Aires había aumentado el 15% en más de tres lustros: vale decir, apenas el equivalente del crecimiento vegetativo de la población. Había un solo motor a vapor y ni un metro de vías ferroviarias. Desmintiendo por anticipado las entusiastas fantasías de Gálvez y de don Arturo —que cita Gullo— sobre una gran industrialización debida a la magia de la Ley de 1835, el veterano y encumbrado legislador rosista Lorenzo Torres diría refiriéndose a la misma, que “el resultado era que existían hoy los mismos talleres que antes. Que no había tales fábricas en nuestro país, sino solamente talleres, los más de los que se hallaban sin haber progresado un ápice”[21].

En cambio, la rústica industria del saladero de la oligarquía había experimentado un crecimiento espectacular en un sentido capitalista, igual que el comercio ultramarino, especialmente con la “combatida” Inglaterra.

Y si bien el gobierno del rosismo no tuvo interés real en desarrollar una burguesía industrial en el Interior y fracasó en hacerlo en la propia Buenos Aires, no hay duda que mejoró la suerte de las masas rurales y urbanas de su provincia, por lo que alcanzó en ella una auténtica popularidad. No se debe descartar en la obtención de esta popularidad una alta dosis de manipulación, como surge de la propia confesión del Restaurador al enviado uruguayo Santiago Vázquez: por temor a que “los hombres de las clases bajas […] se sobrepusiesen y causasen los mayores males”, le pareció “muy importante conseguir una influencia grande sobre esa clase para contenerla o para dirigirla y me propuse adquirir esa influencia a toda costa”[22]. Pero esa influencia no hubiese sido tan extensa ni duradera sin no hubiese estado asentada sobre una mínima participación de las masas en la prosperidad que Buenos Aires obtenía con el librecambio a costa del resto del país que contribuía a formar el tesoro bonaerense a través de los derechos de exportación, que no se invertían más halla del Arroyo del Medio. Esa participación se lograba en parte —como dicen Burguín y Trías para el ámbito urbano— porque los salarios se elevaron al crecer más la demanda de mano de obra que la oferta de ella [23], y en parte –como señala Visintini para las áreas rurales del saladerismo— porque esta industria, al necesitar una mano de obra barata para su competitividad, reducía mediante el librecambio el costo de vida de las masas rurales: los bienes no nacionales de la canasta familiar y la vestimenta completa del paisanaje eran provistos a precios reducidos por la importación masiva desde Gran Bretaña [24]. “El gaucho— dice Mayer— estaba íntegramente vestido y armado con artículos ingleses, desde el poncho, la montura, el freno, la cincha, el facón y las espuelas hasta la olla en que preparaba su comida” [25]. La industria textil del Interior pagaba ese bienestar porteño con su propia penosa decadencia, excluida como estaba del gran mercado de consumo bonaerense y reducida a las elaboraciones más toscas. Rosas fue popular en Buenos Aires al extremo de que dos décadas después de su caída, los gauchos de la frontera de Bahía Blanca —como cuenta Cunningham Graham— clavando el facón en el mostrador de madera de los boliches exclamaban desafiantemente : “¡Viva Rosas!”[26]. Pero sólo en Buenos Aires. En el resto del país —sacrificado a la oligarquía, la burguesía importadora y el comercio inglés— se le temía pero no se lo quería. El Litoral lo desafió siempre y trató de librarse de su asfixiante monopolio portuario; el “Chacho” Peñaloza, ex lugarteniente de Facundo, se subleva en las provincias del Oeste; José Cubas, de Catamarca, lo abandona; Corrientes, con Berón de Astrada, Ferré o los Madariaga enfrenta constantemente a Buenos Aires; Juan Pablo López “Mascarilla”, acérrimo rosista de Santa Fe, comienza a alejarse del Restaurador ya en 1841 respondiendo al estado de la opinión pública; en Córdoba, por la misma época, después del estallido popular de 1839, en los bailes populares, los criollos desafiaban la cárcel gritando “¡Muera Rosas y los asesinos de abajo!”[27] y el gobernador rosista Manuel López abandonaba su capital para no avalar los crímenes de la soldadesca de Oribe.

En realidad, como lo saben todos los historiadores serios, Rosas no tuvo nada de “industrialista”. Fue un estanciero representante auténtico de la clase latifundista reaccionaria de Buenos Aires, de ideas reaccionarias y autoritarias él mismo, como lo ha demostrado cumplidamente Enrique Arturo Sampay [28], y sostenedor del status quo oligárquico-terrateniente. Por eso resultan hasta graciosos los malabarismos de sus panegiristas por embellecer su imagen, tratando de presentarlo, nada menos, que como ¡continuador de Artigas! Como dice el Dr. Gullo, “lejos de oponerse a la figura política de Artigas, Don Juan Manuel de Rosas fue, en la práctica y dentro del marco de las circunstancias históricas en que se desarrolló su gobierno, su más fiel continuador”. Esta afirmación es totalmente antojadiza, ya que no tiene en cuenta la diferencia abismal entre la teoría (y la praxis, sobre todo) de uno y otro estadistas en orden a la propiedad de la tierra que (en una sociedad rural y ganadera en su 95% —nada “industrializada”— como era la rioplatense) era el nudo central de toda transformación o de toda conservación social. A su respecto, el caudillo oriental proponía en su “Reglamento de Campaña” un verdadero y revolucionario plan de reforma agraria, partición y redistribución de la tierra entre “los negros libres, los zambos de igual clase, los indios y los criollos pobres” y las “viudas pobres si hubieren hijos”, con la “prevención de que los más infelices serán los más privilegiados”[29].En cambio el plan que siempre aplicó Rosas fue el de avanzar la frontera del sur y el oeste bonaerense, despojar de sus tierras a los aborígenes y entregarlas en enormes cantidades a los terratenientes y comerciantes de la elite porteña. Según la investigación minuciosa de Jacinto Oddone, con las ventas a precio vil de la tierra pública hecha por la administración rosista en Buenos Aires, de 1837 a 1840, se formó la “primera tanda” de latifundistas “federales”: 3.367.000 hectáreas compradas por 235 propietarios, o sea a un promedio de más de 14.000 Hs. cada uno de la tierra más fértil del mundo. La “segunda tanda” —palabras de aquel autor— se forma a raíz del decreto del 28 de mayo de 1838, por el que se enajenan en adelante 1936 leguas cuadradas (5.227.200 hectáreas más) a otro pequeño grupo de propietarios [30]. ¿Qué podía haber de común entre un revolucionario como Artigas y Rosas, “su más fiel continuador”? En verdad, Artigas fue el continuador de Mariano Moreno, pero el Ilustre Restaurador fue la negación simultánea de los dos. Fue, sí, fiel continuador de la política rivadaviana de generar latifundistas y otorgar privilegios a los ingleses.

Vivian Trías, mencionado siempre que convenga a la argumentación laudatoria del Dr. Gullo, tampoco es citado cuando marca otras diferencias entre la política del artiguismo y la de su “fiel continuador” de la Ley de Aduanas: tales las “importantes carencias —explica el autor uruguayo— que estaban perfectamente contempladas en las soluciones del Protector; a)No se prohíbe a los extranjeros ejercer el comercio en el mercado interno; b)No nacionaliza la renta aduanera del puerto de Buenos Aires para capitalizar a las provincias desvalidas; c)Mantiene la dictadura monoportuaria” [31].

3. UN UNITARIO DISFRAZADO DE FEDERAL. EL MONOPOLIO DEL PUERTO. También se agravia el Dr. Gullo de que “algunos historiadores críticos de Rosas —y me doy por aludido— afirman que “Rosas era un representante de los intereses de Buenos Aires, un unitario disfrazado de federal…”. Y es muy cierto. Tal característica surge no sólo de su tenaz resistencia a nacionalizar el puerto y la Aduana de Buenos Aires, (única fuente nacional importante de recursos de su época) sino de la propia confesión que el dictador le efectuara al general Tomás Guido. Hablando en tercera persona, don Juan Manuel le aseguraba al amigo del Libertador que “Rosas es unitario por principios, pero la experiencia lo ha hecho conocer que es imposible adoptar en el día tal sistema porque las provincias lo contradicen y las masas en general lo detestan, pues al fin sólo es mudar de nombre” [32]. Muy claro su pensamiento: así como se había hecho “gaucho” para mejor manejar a las masas sin dejar de defender los intereses de los poderosos terratenientes y saladeristas, así también se proclamaría “federal” sin dejar de ser unitario y defender la hegemonía prepotente del Puerto sobre la nación. Las masas populares del Interior y del Litoral no se engañaban en su época acerca del carácter “federal” del gobernador bonaerense y por ello un cielito santafesino cantaba: “Rosas quiere gobernarnos/pero con la precaución/de poner a la Unidad/nombre de Federación” [33]. Quienes defendían el verdadero federalismo (que incluía la nacionalización de la Aduana porteña) eran falsamente acusados de “unitarios” y exterminados como alimañas, mientras que los verdaderos unitarios, (siempre que fueran “unitarios propietarios”, como les llamaba) eran tratados con deferencia y hasta incorporados a su gobierno, como hizo con Tomás Guido, Dalmacio Vélez Sarsfield, Manuel J. García, Juan R. Balcarce, Carlos María de Alvear y algunos rivadavianos menos destacados. En 1833 le escribía a Felipe Arana: “Me dice Ud. que los Unitarios propietarios, los que figuraron en tiempos de Rivadavia, son los que más abogan por la marcha de mi administración y mis amigos […]. Por eso no sólo no los he perseguido sino que los he tratado siempre dándoles a cada uno su verdadero lugar según su categoría” [34].

El confesado carácter de unitario del Brigadier Rosas y de los terratenientes bonaerenses, aunque no se pudo traducir en instituciones unitarias formalizadas legalmente, se expresó en cambio, de hecho, en dos aspectos: Uno, como adelantamos, la larga y obstinada oposición a compartir la aduana con todas las provincias, y otro: su negativa constante a admitir la realización de Congresos constituyentes de la nación, por temor a que ellos sancionaran el paso de la Aduana porteña a manos de todos los pueblos que contribuían a ella, como se hizo finalmente en 1880.

Rosas fundamentó teóricamente su posición opuesta a la constitución y a la organización nacional en su famosa “Carta de la Hacienda de Figueroa” que escribió a Facundo Quiroga el 20 de diciembre de 1834, que no es nada más que la repetición de los argumentos que usó antes que él Bernardino Rivadavia con el mismo objeto de estorbar el dictado de una Constitución. Pero ya antes había manifestado en la práctica su postura en diversas ocasiones. Primero, cuando en diciembre de 1829, a cambio de su ayuda a Estanislao López contra el General Paz que había usurpado el gobierno de Córdoba, obtuvo del santafesino la promesa de que, de resultar vencedor de Paz, no apoyaría las pretensiones de Bustos de ser repuesto en su gobernación [35]. ¿Por qué esta extraña inquina contra el “compañero” cordobés depuesto? Sencillamente porque el Brigadier Juan Bautista Bustos era un patriota inveterado convocador de congresos constituyentes (1821, 1827). Rosas no quería saber nada con estos extraños bichos provincianos que trataban organizar la nación, habilitar otros puertos además del de Buenos Aires y otorgar éste al conjunto de los pueblos. “Soy del sentir que no conviene precipitarnos en pensar en congreso” escribía a Facundo al remitirle copia del Tratado del Litoral de 1831 [36]. Después, en otra carta, también al riojano, del 4 de octubre de 1831 sumaba más argumentos, bien ridículos por cierto: que los pueblos estaban muy pobres para costear un congreso y que los hombres más capaces estaban “como aturdidos” por la guerra civil pasada…[37]. Y un año más tarde le reiteraba a Juan Felipe Ibarra, de Santiago del Estero, que “mientras las provincias no hayan organizado su sistema representativo y afianzado su administración interior, mientras no hayan calmado las agitaciones internas y moderádose las pasiones políticas que la última guerra ha encendido, y mientras las relaciones sociales y de comercio bajo los auspicios del país no indiquen los principales puntos de interés general que deben ocupar nuestra atención, creo sería funesto ocuparnos de un congreso federativo…” [38]. La “Carta de la Hacienda de Figueroa” sistematizaría toda esta argumentación de cuño unitario-rivadaviano, que ponía el carro delante de los caballos: ¿Cómo organizar el equilibrio de las rentas de cada provincia, su sistema legislativo y su tranquilidad interior si antes ellas no accedían a los recursos apropiados por la “hermana mayor”? La miseria general no era un buen escenario para poner en práctica los interesados consejos de Rosas. En realidad, Rosas nunca quiso organizar el país constitucionalmente. Así se lo confesará a uno de los suyos. Lo cuenta su propio sobrino Lucio V. Mansilla: “Cuando Rozas y Jerónimo Costa, una de sus mejores espadas y hombre de buena cuna, se encontraron después del 3 de Febrero (de 1852) a bordo del Conflict (nombre del barco inglés que llevó a Rozas a Southampton), Costa le dijo: —¡Lástima que no haya sido posible constituir el país! –Nunca pensé en eso— repuso Rozas.” [39]

Pero ¿por qué las provincias tenían la intención de “despojar” a Buenos Aires y por qué ésta lo resistía tanto? Hoy, cuando el presupuesto nacional se alimenta de multitud de impuestos y tasas (contribución inmobiliaria, IVA, impuesto a las ganancias, impuesto a los cheques, etc. etc.), los derechos de exportación e importación no parecen tan importantes, pero en el siglo XIX ellos constituían el grueso de los ingresos de la nación. Según Leonardo Paso, “las rentas de la Aduana, en este período, representaron entre el 69% y el 93% de las rentas totales del Estado” [40]. Y todavía en 1898, explicaba el profesor José A. Terry en sus clases de Finanzas en la Universidad de Buenos Aires, “los impuestos aduaneros concurren a la renta general en un 81 %, proporción más elevada que la de otros países. En los Estados Unidos las entradas aduaneras concurren con poco más de la mitad, y en los países continentales de Europa, con el 27 al 30%”. [41] De manera que quien controlaba la Aduana porteña tenía bajo su dominio el conjunto del país. Nada se podía hacer sin esos ingresos. No por nada las provincias se desangraron durante 70 años en la lucha para lograr su nacionalización.

A este respecto, concurrían en Rosas dos series de razones para oponerse a la organización nacional que pedía el federalismo de Córdoba y de todo el Interior. Por un lado, un interés personal suyo y de su círculo de corifeos inmediatos, puesto que la concentración del poder absoluto que ambicionaba perpetuar ad eternum era imposible en una república federal, con su clara y específica delimitación de facultades entre poderes y entre Nación y provincia. Por otro lado —y en esto se ha fijado menos la atención— estaban los intereses de la oligarquía terrateniente de Buenos Aires. Según señala Terzaga, de los 34 millones de pesos que formaban el activo del presupuesto de la Provincia-metrópoli en 1840, 31 y medio provenían de los derechos de aduana, y en 1848 serían 29 de los 32 millones [42]. El resto se integraba con diversos tributos locales, de los cuales el Impuesto Inmobiliario conocido como “contribución directa” que pesaba sobre los terratenientes, era insignificante: un rosista como el polígrafo napolitano Pedro de Ángelis reconocería que un rico estanciero bonaerense, dueño de ingentes hectáreas y de 30.000 cabezas de ganado, cancelaría anualmente su deuda con el fisco, por contribución directa, “entregando el valor de cuatro novillos” [43]. En 1850 dice Lynch, la contribución directa aportada por los dueños de las vacas y las tierras era menor que la que hacían el comercio y la industria de Buenos Aires: menos del 1,5%... Era obvio para toda la clase terrateniente que, si se privaba a la provincia de “su” puerto y de “su” aduana, cualquier gobierno regular debería realizar un aumento sustancial de la contribución territorial para tener un mínimo de recursos presupuestarios. De allí que toda la clase, de Anchorena para abajo se alineará firmemente tras la jefatura de Rosas y contra los incómodos federales del Interior, que en cuanto reclamaban congresos constituyentes se transformaban automáticamente en “salvajes unitarios” Así, para Rosas y los “federales netos” de Buenos Aires, federales tan probados como Santiago Derqui, don Pedro Ferré, el Chacho Peñaloza, Felipe Varela. el “Zarco” Brizuela, los Madariaga, eran todos unitarios y tan molestos como Bustos.

No sabiendo como justificar el indebido monopolio porteño sobre los ingresos aduaneros propiedad de toda la nación, los panegiristas han acudido a un peregrino argumento: tal posesión era impuesta por la necesidad de “conservar el poder unificador que exigía la permanente guerra internacional como garantía del orden en peligro”, necesidad “que se le impuso cualquiera fueran sus puntos de vista teóricos” [44]. Es Jauretche quien lo dice, pero es erróneo aun cuando lo diga él. Por empezar, el mantenimiento de la Aduana en poder de Buenos Aires no hacía violencia alguna a los “puntos de vista teóricos” de Rosas, ya que éstos coincidían precisamente con aquel hecho. Y después —lo que es más importante— falsea los hechos, porque el monopolio aduanero no fortalecía el “poder unificador” sino que, contrariamente, tendía a debilitarlo, enconando a las provincias desairadas en sus reclamos contra la Provincia usurpadora, empujándolas a la tentación de aliarse a alguna potencia exterior (Francia, Brasil) o a algún ejército unitario (Rivera, Paz, Lavalle…) para superar el torniquete porteño cuando más necesaria era la unión fraterna, sólida, duradera, fundada en la equidad. Si la Aduana se hubiera nacionalizado, cualquier ataque contra Buenos Aires habría sido sentido por las provincias como un agravio a ellas mismas y no como un asunto relativamente local, como llegó a creer, por ejemplo, el santafesino Domingo Cullen cuando el enfrentamiento con Francia en 1838.

4. EL “ANTICOLONIALISMO” DE ROSAS Y LORD PALMERSTON. Tampoco se ha privado los panegiristas del caudillo bonaerense de presentarlo —basándose en la heroica defensa de la Vuelta de Obligado y en los demás enfrentamientos con ingleses y franceses que tuvo durante su dilatado mandato— como un gran luchador anticolonialista. Y don Pepe Rosa hasta se ha atrevido a llamar “socialista” a su administración popular en Buenos Aires.

Dejemos de lado esta extraviada última calificación, porque su gobierno no se caracterizó precisamente por la socialización de los medios de producción y cambio, la planificación democrática de la economía, la vigencia de las libertades y el control popular, que son las características esenciales del verdadero socialismo. Nos concretemos a la pretendida lucha de don Juan Manuel contra el colonialismo británico. En este sentido, sus dichos y, más que nada, sus hechos, no indican una política destinada a frustrar la penetración inglesa en nuestra economía, sino más bien, una voluntad de favorecerla y aún más, una decidida anglofilia.

Efectivamente, son numerosas y extendidas a través de los años las manifestaciones de afecto de Rosas a Gran Bretaña y sus ciudadanos. Aparte de su oferta de entregarles las Malvinas, su gobierno, se caracterizó por festejar el ascenso al trono de la Reina Victoria, su casamiento y el nacimiento de cada uno de los príncipes reales; la concurrencia a la mansión del ministro inglés para festejar los cumpleaños de la Reina con banquetes que como el de 1840 fue “espléndido, suntuoso” y donde ”la bandera británica y argentina se hallaban entrelazadas” [45]; y la disposición de que “los funcionarios y empleados debían cargar luto por tres días cada vez que fallecía un Príncipe británico, con la misma compunción que en las otras colonias del Imperio” [46]. Y nada quedaba sobre el papel: sus disposiciones se aplicaron año tras año, porque como el propio Rosas le escribía al ministro Mandeville, “Vuestra Excelencia sabe de nuestra simpatía por la Nación Británica; sabe que como Gobernador de la provincia y como hombre particular le he dado pruebas inequívocas de ello” [47]. Cuando avizoró en 1851 el peligro de la alianza entre Urquiza y Brasil, gestionó ante el cónsul Southern la intervención armada de la flota inglesa en su favor, que el Ministro Lord Palmerston le negó prudentemente en vista a la situación internacional. De todas maneras, en el exilio repetiría: “Yo también siempre he querido a Inglaterra y creo que es la única nación con quien deben estrechar sus relaciones las Repúblicas Sudamericanas y tener confianza en ella” [48].

La comunidad inglesa de Buenos Aires –entre 15 y 20 mil personas— que controlaba el comercio de exportación e importación, gozó siempre de los favores del gobierno rosista, que mantuvo durante toda su época el Convenio de nación más favorecida que había firmado Rivadavia en 1825. En 1830 donó el terreno para edificar el primer templo anglicano, hizo ciudadano honorario al cónsul Woodbine Parish, permitió a los residentes británicos enriquecerse y hacerse dueños de la mitad de las propiedades de la ciudad de Buenos Aires; reinició el 28 de junio de 1849 el pago de los intereses del Empréstito de la Baring Brothers, que se habían suspendido en 1827; y le concedió a los nuevos barcos a vapor ingleses toda clase de eximición de impuestos, tasas y derechos portuarios [49]. Indignado, su propio primo y consejero político Tomás Manuel de Anchorena, le manifestaba “que las excesivas generosidades que está Usted dispensando a los gringos me tienen de muy mal humor” [50].

Reconociéndole estos favores, los comerciantes británicos dirigieron un memorial a Lord Aberdeen donde reconocía que los privilegios concedidos “nos colocan en mejores condiciones que los mismos naturales, desde que gozamos de todos sus derechos sin ninguna de sus serias cargas” [51]. Constantemente brindaban esos mercaderes su apoyo al Restaurador, ofrecían banquetes a él y a su gabinete y hacían conocer, en 1849, “su íntimo deseo de que su Excelencia se conserve a la cabeza del gobierno” [52].

La anglofobia y el intenso odio que el pueblo de Buenos Aires había sentido a raíz de las Invasiones Inglesas de 1806-1807 heroicamente rechazadas, se había transformado con el curso de lo años en la anglofilia galopante del gobernador porteño, los latifundistas y la corte “federal” del gabinete. Porque ha de saberse, naturalmente, que no se trataba de una adicción personal. Como escribe Ema Cibotti, “en ese sentido, la conducta de Rosas no fue excepcionalmente anglófila. El sentimiento probritánico estaba ya muy arraigado en la época” [53]. Y su base material era el estrecho entrelazamiento entre los terratenientes bonaerenses dueños de ganados y saladeros y los comerciantes ingleses exportadores-importadores, comunidad de negocios más fuerte que cualquier sentimiento nacional y que se fortalecía año tras años con el impetuoso desarrollo del comercio ultramarino con Inglaterra, que no dejó de crecer nunca, ni siquiera durante la vigencia de la alabada Ley de Aduanas de 1835 [54].

El idilio de la administración rosista con Inglaterra, tuvo pocas interrupciones. Una de ellas fue la tentativa —victoriosa— de forzar el comercio libre en nuestros ríos interiores, que dio lugar al épico combate de La Vuelta de Obligado. ¿Cómo se concilia esta defensa de la soberanía con la decidida actitud probritánica anterior y posterior del dictador y su gobierno? Sencillamente, porque Rosas y la oligarquía argentina, si bien proingleses en razón de sus negocios, no eran simples agentes del colonialismo inglés, sino dueños de los medios de producción de entonces: la tierra, los ganados y los saladeros. Tenían por tanto un punto de contacto con el “taller del mundo”, como era el librecomercio entre Buenos Aires y sus consumidores ultramarinos, pero también un punto de colisión, cual era la defensa de sus intereses particulares como productores (precio, condiciones de venta y de pago, fletes, etc.). El aumento de las pretensiones del colonialismo, que avanzaba sobre la parte de la renta nacional que “pertenecía” a la oligarquía como su socio privilegiado, explica las diferencias, los encontronazos con Inglaterra y los arrestos a veces nacionalistas de los dueños de la pampa tanto como los satisfactorios arreglos que seguían a las diferencias, aun las más violentas. Cuando Rosas consideraba que Inglaterra avanzaba sobre un terreno reservado a su gobierno, no vacilaba en enfrentarla, sin perder la línea, como cuando el cónsul Mandeville, exigiéndole que hiciese la paz con Rivera en el Uruguay, recibió del gobernador esta educada respuesta: “Lamento que las circunstancias me impidan en este caso acceder a los deseos del Gobierno de Su Majestad” [55]. De todas maneras, los historiadores rosistas que gustan como nosotros de estas actitudes, han ocultado también que después de aquella batalla en el Paraná, “Rosas presentó sus excusas por este involuntario percance a Lord Howden” [56].

Y un último aporte a la verdad histórica: el Dr. Gullo, en su constante afán de elevar la figura de don Juan Manuel, lo presenta como un heroico combatiente político enfrentado al poderoso Primer Ministro de Inglaterra: Lord Palmerston. El intento conlleva la pertinente obligación de destacar la figura de “uno de los políticos más brillantes de su historia: Henry John Temple, tercer Vizconde de Palmerston”, lo que hace con una larga nota biográfica en donde pone de relieve los logros imperialistas del Lord. Nota bastante completa, pero en la que faltan algunos datos importantes. Por ejemplo: a) que el temible “opositor” de Rosas instruyó a sus agentes en Río de Janeiro para que salvaran al Gobernador bonaerense en caso de un desenlace funesto frente al Ejército Grande de Urquiza, al tiempo que tranquilizaba al Ministro rosista Felipe Arana: “Usted puede suponer que no descuido los intereses de nuestro amigo” [57]; b) Lord Palmerston visitaba en Southampton a su archienemigo, le obsequiaba con faisanes y le insinuó sus buenos oficios para que le devolvieran sus propiedades confiscadas,[58] c) El 28 de agosto de 1862, al testar en Rokstone House, en la 2° cláusula del documento, designó Albacea Testamentario a su terrible enemigo.[59]

Podría haber dicho el Restaurador invirtiendo el conocido dicho: “¡Con semejantes enemigos, para qué necesito amigos!”

Con razón le escribiría a su amiga Pepita Gómez, con íntima satisfacción: “felizmente en este país mi nombre es muy respetado”[60]. Pero no era un respeto de orden individual, debido a sus buenas maneras, sino de naturaleza social: el ilustre exiliado, recibido en Inglaterra con honores militares y salva de cañón al desembarcar en Plymouth el 23 de abril de 1852, era el hombre más representativo de la oligarquía argentina, la clase con la cual los industriales y comerciantes británicos y los ingleses radicados en Buenos Aires hicieron, asociados durante un cuarto de siglo, los mas pingües negocios. Por eso dice el anglo-canadiense H. S. Ferns que “bajo la dictadura del general Rosas se produjo cierto movimiento de progreso”, y enumera: paz, extensión de la frontera ganadera, seguridad para la propiedad, respeto a los derechos de los extranjeros, “acumulación de riquezas en manos privadas”, independencia nacional, desarrollo del ganado ovino (necesario a la industria textil inglesa…), “eliminación de las perturbaciones sociales” [61]. Es la mirada aprobadora del imperialismo inglés, el socio privilegiado. Pero así y todo, aclara Ferns que ese escenario sólo estaba presente “en la extensa provincia de Buenos Aires”. El Interior continuó estancado y únicamente el Litoral siguió —con retraso— una línea de desarrollo económico similar a la de la gran provincia.

Naturalmente, Rosas no fue, como lo considerara José Ingenieros y los historiadores o economistas ligados al P. C. que le siguieron, un “señor Feudal” [62]. En modo alguno: Rosas fue un hombre de progreso en su provincia pero por otro motivo: porque él intensificó la penetración del superior modo capitalista de producción en estancias y saladeros bonaerenses, en los propios, en los de sus amigos y parientes y en los de los terratenientes más avisados. Efectivamente: Astesano ha reunido en uno de sus libros [63] indicios vehementes —a falta de datos y estadísticas que no se llevaban— de que el Restaurador de las Leyes [64] introdujo en esos establecimientos el núcleo esencial de las relaciones de producción capitalista-burguesas: el trabajo asalariado, que poco a poco después de Caseros fue desplazando a los tipos de mano de obra precapitalista con el que convivía por entonces: la esclavitud negra y el sistema de los “agregados” y “puesteros”.

Sin embargo, el que comenzó a crecer bajo su gobierno era un capitalismo rural, atrasado y dependiente del mercado británico, que preparó el terreno para el posterior pleno dominio semicolonial del imperialismo británico sobre todo nuestro país. No fue un capitalismo manufacturero, apuntando a industrial, centrado en el mercado interno y con fuerte intervencionismo estatal, que era el que podría haber asegurado un crecimiento autónomo de la economía argentina. Que este desarrollo no era utópico, aun en las condiciones severas de un país semi-desierto e inculto, lo probó la notable experiencia del Capitalismo de Estado en el Paraguay bajo Gaspar Francia y los López, que sólo pudo ser destruido a sangre y fuego por los gobiernos liberales de la Triple Alianza.

 

Córdoba (Argentina) 04 de junio de 2011.

Notas:
  1. Arturo Jauretche: “Política Nacional y Revisionismo Histórico”, A. Peña Lillo Editor, Bs. As. 1959, pág. 28
  2. Arturo Jauretche: Idem, pág. 52
  3. Idem, pág. 53
  4. Sobre el tema puede verse José María Rosa: “Defensa y Pérdida de Nuestra Independencia Económica”, Huemul, Bs. As. 1962, y Carlos V. Berardo: “Política Económica y Financiera del Gobierno de Rosas”, Instituto de Investigaciones históricas José Hernández, Córdoba 1963.
  5. Arturo Jauretche: “Ejército y Política”, A. Peña Lillo Editor, Buenos Aires 1976, pág. 44.
  6. Clifton B. Kroeber: “La Navegación de los Ríos en la Historia Argentina”, Paidós, Bs. As. 1967, pág. 199
  7. El escritor santafesino filo-rosista José Luis Busaniche, tan equilibrado generalmente en sus juicios, sea por incomprensión surgida de su estrecho “patriotismo pequeño-argentino”, sea por justificar a Rosas, habla de las “veleidades imperialistas” del caudillo boliviano Andrés de Santa Cruz, que según él le habrían llevado a “organizar la Confederación Perú-Boliviana, nuevo Estado cuya creación alarmó justamente a Chile y a la Confederación Argentina”.(José Luis Busaniche: “Juan Manuel de Rosas”, Ediciones Theoría, Bs. As. 1978, págs. 78/79). Con más exactitud, debió decir: “a las oligarquías de Chile y Argentina”, interesadas en usufructuar de la balcanización que sucedió al exilio y la muerte de los Libertadores-unificadores de América Latina.
  8. Luis C. Alen Lascano: “Rosas, el Gran Americano”, Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, Bs. As. 1967, pág. 74
  9. Jorge M. Mayer: “Rosas, Cueros y Lord Palmerston”, Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, Bs. As. 1988, pág. 24
  10. Leonardo Paso et al: “Rosas, Realidad y Mito”, Ediciones Directa, Bs. As. 1983, pág. 63
  11. Jorge M. Mayer: op. cit. pág. 42
  12. Arturo Jauretche: “Ejército y Política” cit., pág. 44.
  13. Véase Andrés Soliz Rada: “Mariano Moreno y el Capitalismo de Estado”, Cuaderno n° 15, Ediciones del CEPEN, Córdoba 2010.
  14. Dice Alfredo Terzaga, el más grande representante del Revisionismo Científico del Interior: “Oribe aprovechó el vendaval de su paso (por Córdoba. RAF) para eliminar a viejos federales de los que pedían congreso. Ahí está como prueba, la cabeza cortada de un federal neto, el sargento mayor don Andrés San Millán del Signo, goteando en un banco del Paseo Sobremonte…” (Alfredo Terzaga: “Claves para la Historia de Córdoba”, Universidad Nacional de Río Cuarto, Río Cuarto 1996, pág. 128)
  15. osé Raed: Prólogo al libro de Juan Carlos Nicolau: “Industria Argentina y Aduana. 1835-1854”, Editorial Devenir, Bs. As. 1975, pág. 13
  16. Juan Manuel de Rosas a Rafael Atienza el 20 de julio de 1836, cit. en: John Lynch: “Juan Manuel de Rosas”, Editorial EMECE, Bs. As. 1984, pág. 144
  17. Juan Carlos Nicolau, op. cit. pág. 43
  18. José M. Mariluz Urquijo: “Estado e Industria 1810-1862”, Ediciones Machi, Bs. As. 1969, pág. 113. La Ley de Aduanas puede consultarse completa en este libro, pág. 113 a 119
  19. John Lynch, op. cit., pág. 146
  20. Vivian Trías: “Juan Manuel de Rosas”, Ediciones de La Banda Oriental, Montevideo 1970, pág. 105
  21. Puede apreciarse el estado lamentable de las provincias y el fraccionamiento del mercado interno a la caída de Rosas en: Ricardo M. Ortiz: “Historia Económica de la Argentina”, Ediciones Pampa y Cielo, Bs. As., 1964, Tomo I, pag. 65.
  22. Cit. en John Lynch, op. cit. pág. 148
  23. Santiago Vázquez cit. en Vivian Trías, op. cit, pág. 51
  24. Vivian Trías, op. cit. pág. 50
  25. Alfredo Aldo Visintini: “Un ensayo sobre Historia de la Política Económica Argentina”, Charafedin Editores, Córdoba 1978, pág. 15
  26. Jorge M. Mayer: op. cit. pág. 38
  27. Cit. en Rodolfo Puiggrós: “Rosas el Pequeño”, Ediciones Perennis, Bs. As. 1953, pág. 391
  28. Cit. en Roberto A. Ferrero: “Manuel López Quebracho y la Época Rosista”, Ediciones del Corredor Austral, Córdoba, 2000, pág. 97
  29. Arturo Enrique Sampay: “Las Ideas Políticas de Juan Manuel de Rosas”, Juárez Editor, Bs. As. 1972
  30. Cit. en Washington Reyes Abadie: “Artigas y el Federalismo en el Río de la Plata”, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo 1974, pág. 252
  31. Jacinto Oddone: “La Burguesía Terrateniente Argentina”, Ediciones Libera, Bs. As. 1967, págs. 96 a 117
  32. Vivian Trías: op. cit., pág. 102
  33. Apuntes enviados por Juan Manuel de Rosas al General Tomás Guido, Archivo General de la Nación, Archivo del General T. Guido, Varios, 1829-1830, TOMO X, S. VII c.16 a. 1 N° 10, cit. en Arturo Enrique Sampay: op. cit. pág. 61
  34. Cit. en Roberto A. Ferrero: op. cit. pág. 79
  35. Juan Manuel de Rosas a Felipe Arana del 26 de agosto de 1833, cit. en Arturo Enrique Sampay: op. cit. pág. 60
  36. Era la misma política de los unitarios respecto al afán organizativo del Interior: después del motín unitario de Lavalle de diciembre de 1828, que costó la vida a Dorrego, el general insurgente manifestó que estaba dispuesto a tratar con todos los caudillos gobernantes del Interior “menos con Bustos”…(Cit. en Alfredo Terzaga: “Claves de la Historia de Córdoba” cit., pág. 116
  37. Cit. en Alfredo Terzaga: “Temas de Historia Nacional. Revolución y Federalismo”, Ediciones Argos, Córdoba 1995, pág. 71
  38. Op. cit. pág. 72
  39. Op. cit. pág. 72
  40. Lucio V. Mansilla: “Rozas. Ensayo Histórico-Psicológico”, Rodolfo Alonso Editor, Bs. As. 1973, pág. 39
  41. Leonardo Paso: op. cit., pág. 52
  42. José A. Terry: “Finanzas”, Jesús Menéndez Editor, Bs. As. 1898, pág. 359.
  43. Alfredo Terzaga: “Temas de Historia Nacional” cit, pag. 69.
  44. Cit. en John Lynch: op. cit, pág.64.
  45. Arturo Jauretche:”Política Nacional y Revisionismo Histórico”, pág. 71 de la edición citada por el Dr. Gullo en la nota (4) de su trabajo sub-examen.
  46. “La Gaceta Mercantil” rosista, cit. en: Jorge M. Mayer, op. cit., pág. 21
  47. Idem, pág. 23
  48. Cit en: Alfredo R. Burnet-Merlín: “Cuando Rosas Quiso ser Inglés”, Ediciones Líbera, Bs. As. 1976, pág. 42
  49. Cit. en Leonardo Paso: op. cit., pág. 48
  50. Jorge M. Mayer, op. cit. passim
  51. Cit. en: Ema Cibotti: “Queridos Enemigos”, Editorial Aguilar, Villa Ballester 2006, pág. 102.
  52. Cit. en Jorge M. Mayer, op. cit, pág. 31
  53. Idem, pág. 43
  54. Ema Cibotti: op. cit., pág. 94
  55. Pueden verse cifras del intercambio comercial en los libros citados de John Lynch, Leonardo Paso, Jorge M. Mayer, Rodolfo Puiggrós y Juan Carlos Nicolau.
  56. H. S. Ferns: “Gran Bretaña y Argentina en el Siglo XIX”, Editorial Solar/Hachette, Bs. As. 1968, pág. 263
  57. Jorge M. Mayer: op. cit., pág. 30
  58. Southern a Felipe Arana, cit. en: Alfredo R. Burnet-Merlín: op. cit., pág. 71
  59. Jorge M. Mayer, op. cit. pág. 55
  60. Idem, pág. 56
  61. Juan Manuel de Rosas a Josefa Gómez, cit. en Jorge M. Mayer: op. cit. pág 52
  62. H.S. Ferns: op.cit, pag.221
  63. José Ingenieros: “La Evolución de las Ideas Argentinas”, Editorial Futuro, Buenos Aires 1961, Tomo I, Pag.326 y sgtes. El polígrafo positivista definía ligeramente el “feudo” y la “clase feudal” sin tener en cuenta el régimen de producción imperante en las estancias y saladeros.
  64. {fn63}Eduardo B. Astesano: “Rosas. Bases del Nacionalismo Popular”, A. Peña Lillo Editor, Buenos Aires 1960: passim.{/fn {fnLa polémica tesis de Astesano fue luego confirmada en los estudios académicos relativos al agro pampeano, por ejemplo: Ricardo D. Salvatore: “El Mercado de trabajo en la campaña bonaerense (1820-1860)”, en AA.VV: “La Problemática Agraria”, CEAL, Buenos Aires 1993, Tomo I, pags. 59 a 92.{/fn63}
  65. Dicho sea de paso: Rosas se consideraba el restaurador de las leyes argentinas violadas por Lavalle y los unitarios, y no de las leyes coloniales, como maliciosamente le imputan los historiadores liberales partidarios del unitarismo.
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  • 17 Jun 2011Historiografía 

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