29 Dic 2010Politica Nacional
El kirchnerismo y el ángelus novus
Tras las milenarias e infinitas variantes ideológicas, epistemológicas y teóricas que desde la génesis de la palabra escrita se han ocupado por descubrir los intrincados y complejos designios de la historia, una nueva y definitiva corriente en el plano universal de las ideas hace su irrupción, justo aquí, en el sur del cono sur. Ni el desenvolvimiento del espíritu absoluto, ni la lucha de clases, ni la apasionada voluntad de los grandes hombres, ni las arremolinadas pulsiones del inconsciente, ni el enfrentamiento entre pueblos, naciones, sexos… ni siquiera las conspiraciones de ocultas organizaciones con el secreto afán de conquistar el mundo…
Desde el 2001, lo tuvimos tan cerca, era tan obvio que tardamos casi una década en descubrirlo… casi nada si se considera que hemos dado con la clave de la historia humana. Entonces creímos protagonizar, escuchar y ver a millones de compatriotas hastiados de saqueo y entrega; supusimos ser parte de esos miles y miles que se unieron en un grito de indignación contra la partidocracia entreguista y sus variantes politiqueras; cándidamente nos ilusionamos creyendo que el fin del neoliberalismo había sido protagonizado por esa multitud que en el fondo del pecho y la conciencia nos decía PUEBLO. Ahora podemos verlo, el 2001 fue muy otra cosa. Idiotas.
Un par de años después, creímos que los miles de cuerpos en apasionada rebeldía y sus muertos, la indignación y la bronca no habían alcanzado para consolidar una estrategia política de poder propia… los que todavía creíamos en ese mito que entonces llamábamos marxismo, supusimos que el escaso protagonismo de la clase obrera, ese fantoche que suponíamos el sujeto dinámico de la historia, permitía predecir una recomposición del régimen tambalenante. Idiotas. Estaba ahí, lo suficientemente cerca para que no pudiéramos verlo… mil veces idiotas.
Cuando asistimos a los sobre dimensionados enfrentamientos entre el gobierno que había enriquecido como nunca antes a la patria sojera y “el campo” supusimos que se trataban de los efectos previsibles del conjunto de reformas con que se reestructuró el modelo de acumulación en la postcovertibilidad. Muchos de nosotros vimos lo mejor del gobierno en sus enemigos. Adefesios y ridículos intelectuales de barrio, supusimos que la respuesta iba a estar a la altura de los enemigos, alguien pronunció con sorna la sigla maldita… IAPI. Idiotas.
Con su ineluctable y ancestral energía, la lúcida historia se cobró muchas vidas más. Cuando alguien asesinó a Mariano Ferreyra leímos ese acontecimiento como el resultado de la insoportable asfixia burocrática a que están sometidos millones de compatriotas condenados a la exclusión o la precariedad laboral. Haciéndonos eco de anacrónicas e incautas teorías sociales y políticas, supusimos indisolubles nexos entre los gobiernos de la partidocracia, las burocracias sindicales y las patronales. Haciendo gala de un infantilismo vergonzante, sentimos dolor por esa muerte. ¿Cómo si la historia se fijará en esas nimiedades? Idiotas…
Todavía hay quién cree que los muertos del Indoamericano se debieron a la pobreza extrema, la crisis habitacional que azotaría a millones de argentinos, la especulación inmobiliaria y financiera que se señorea en las formaciones sociales semicoloniales… Todavía hablan de “formaciones sociales” ¡¡¡Como si nada!!! Como si la historia no estuviera tan clara como las lágrimas de los deudos de estas desprevenidas víctimas de la ineluctabilidad histórica. Idiotas…
Según parece, y al menos en este territorio polimorfo que va de Ushuaia a la Quiaca, la palanca que mueve a su antojo el tiempo y el espacio, la clave en que vibran todos los episodios, el secreto que contiene las metas y fines, los propósitos y las intenciones, las ideas y las prácticas de más de 40 millones de seres humanos radica en los maquiavélicos caprichos de un inescrupuloso y chocarrero dirigente del cono urbano bonaerense: Eduardo Duhalde. Qué el destino lo resguarde y que con su infinita sabiduría prosiga guiando a los argentinos por este brillante camino con que él, la misma historia, nos condeno al éxito. Que la magnificencia con que les ha permitido a aquellos que ayer lo adoraban y hoy lo impugnan descubriéndolo en su insigne y exclusivo protagonismo, nos bendiga a los millones y millones que, de a poco, avanzamos avergonzados reconociéndonos monigotes de ese titiritero de la historia argentina que hemos descubierto gracias al kirchnerismo mediático, otro de sus curiosos, y hasta hace muy poco, indescifrables caprichos.



