• 70 años del asesinato de León Trotsky 
  • Artículo cargado el 03/09/2010 - 03:00
A 70 años del asesinato de León Trotsky

El hombre en la historia

Libertario Fernández

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A fines de 1904 León Trotsky escribió la primera versión de un ensayo político cuya originalidad residió en anticipar los lineamientos generales de la futura Revolución Rusa. Hasta entonces, la controversia en el campo del marxismo ruso entre mencheviques y bolcheviques, había girado en torno a la clase que le correspondería dirigir la futura revolución, destinada a poner fin al régimen semifeudal, semiasiático, que encarnaba el zarismo. Los primeros señalaban que ese papel, dado el contenido de las tareas, debería desempeñarlo la burguesía liberal, mientras que los segundos sostenían que sólo el proletariado, apoyado en la masa del campesinado, a través de una dictadura democrática, estaba en condiciones de realizar las tareas que abrieran un cause europeo, no asiático, al desenvolvimiento del capitalismo. Ni unos ni otros, preveían la posibilidad de una transición de tipo socialista, sino como culminación de todo un período histórico. En Balance y Perspectivas, Trotsky, estudiando los acontecimientos de la Revolución de 1905, trazó una perspectiva diferente. Coincidía con Lenin y sus compañeros en descalificar a la burguesía liberal, pero señalaba que al carecer el campesinado de una política independiente la alianza obrero-campesina que subyacía en la fórmula de la dictadura democrática, solo habría de realizarse a través de una dictadura proletaria. Pero este desplazamiento radicalizaría necesariamente el curso de tareas de contenido inicialmente burgués, abriendo una transición a medidas de corte socialista y dándole al proceso un carácter ininterrumpido, cuya suerte, en última instancia, dependía del triunfo de la revolución en Europa, especialmente en Alemania. El desenvolvimiento de los acontecimientos entre la revolución de 1905 y las de febrero y octubre de 1917, y la orientación que siguió posteriormente el gobierno soviético, confirmaron los lineamientos generales de la previsión.

La revolución contra El Capital

El suceso inesperado que significó el advenimiento del primer Estado obrero, hizo exclamar a Antonio Gramsci que la Revolución de Octubre era “la revolución contra El Capital de Carlos Marx”. Bajo este título escribió en noviembre de 1917 en Avanti un artículo explicando que en Rusia, el libro del máximo exponente de la filosofía de la praxis era un texto más próximo a los burgueses que a los obreros. Sus páginas contenían la demostración de que en ese imperio multinacional, estancado en los márgenes de la civilización capitalista, la necesidad de una burguesía que pusiese en marcha una transformación capitalista, antes que la clase obrera pudiera pensar siquiera en luchar por el poder, adquiría prioridad absoluta. Su conclusión era por cierto significativa: “Los hechos han superado las ideologías. Los hechos hicieron estallar los esquemas críticos dentro de los cuales la historia de Rusia debería haberse desenvuelto, según los cánones del materialismo histórico”.

En esta apreciación Gramsci se ajustaba la perspectiva de la historia que Marx y Engels habían trazado en el Manifiesto Comunista, y en los artículos que el primero había escrito en la década del 50’ sobre el papel de la colonización británica en la India, según la cual el capitalismo, más la allá de la ética, la moral y los intereses de clase de la burguesía, habría de cumplir un papel civilizador, señalándoles a los países atrasados y primitivos que el camino que habrían de emprender era el mismo que habían seguido las naciones avanzadas.

En 1917 Gramsci no podía conocer la respuesta de Marx a Vera Zasulich, publicada años más tarde, en la que aquel, ante la pregunta sobre si inevitablemente todos los países habrían de atravesar todas las fases del desenvolvimiento capitalista, advirtió que lo escrito en El Capital sobre la acumulación primitiva estaba referido exclusivamente al desarrollo del modo de producción capitalista surgido de la sociedad feudal en Europa occidental. A parecer tampoco tuvo en cuenta la rectificación posterior de Marx sobre el papel jugado por la colonización británica en la India, o la afirmación de que la palanca de la revolución inglesa había que aplicarla en Irlanda.

Trotsky, por su parte, fundó la teoría de la revolución permanente con la que se guió a través de los dramáticos acontecimientos de las tres revoluciones rusas, sobre un paradigma diferente. Así como se burla de cualquier interpretación determinista y de las supuestas leyes inexorables que la gobiernan, la historia no sigue una línea continua, no consiste en una sucesión preestablecida de estadios en la cual el futuro de las naciones más atrasadas está escrito por la historia de las más avanzadas. “La historia parece estar desenredando su madeja desde la otra punta”, escribió en los comienzos de los años 20’, al observar el escenario de derrota en que habían quedado sepultadas las insurrecciones obreras en el centro de Europa, y la tempestad que asomaba en el horizonte social de Oriente, particularmente en China.

Trotsky sostuvo que el desenvolvimiento del curso histórico es desigual y combinado. Un mismo momento histórico es capaz de reunir en una unidad dialéctica los niveles más altos de la civilización con los más primitivos, independientemente del grado de desenvolvimiento alcanzado por cada país. A diferencia de las formaciones precapitalistas, encerradas en sus propias historias “provinciales” y episódicas, las relaciones espacio-temporales bajo el capitalismo tienden a adquirir un carácter universal. Trotsky explicó que el privilegio de los países históricamente rezagados reside en adquirir antes el plazo previsto los adelantos de los países más evolucionados, pasando por encima una serie de etapas intermedias. “El desarrollo de una nación históricamente atrasada hace, por fuerza, que se confundan en ella, de una manera característica, las distintas fases del proceso histórico. Aquí, el ciclo presenta, enfocado en su totalidad, un carácter irregular, complejo, combinado”, escribió en las primeras páginas de la Historia de la Revolución Rusa. Señaló entonces, que sin tener en cuenta ese carácter combinado es imposible comprender la historia de Rusia ni de cualquier otro país.

Desde la otra punta de la madeja

En los últimos años de su vida, en un escenario hasta entonces muy poco conocido para él, Trotsky volvió a enfrentarse con ese recorrido “irregular, complejo, combinado” que sigue la historia. Desde México, donde la revolución bajo el gobierno del general Lázaro Cárdenas había reemprendido su marcha, las tareas agrarias, nacionales y democráticas estaban en el orden del día, y la posibilidad de que la naturaleza de esas tareas adquiriera un sesgo radical y pusieran en entredicho los límites burgueses del programa en curso, era un asunto de importancia capital. ¿Qué posición adoptar frente a tal gobierno? Trotsky apoyó decididamente las medidas antiimperialistas del régimen cardenista, especialmente las nacionalizaciones de la industria petrolera y de los ferrocarriles, así como los avances en materia de reforma agraria. Señaló que la lucha contra el imperialismo y los terratenientes locales era la clave para arrancar del atraso y conquistar la independencia nacional en los países coloniales y semicoloniales y, a la vez, el camino posible para enfrentar al fascismo. Centrándose en las enseñanzas fundamentales del marxismo, recordó que la divisoria determinante de la época giraba en torno al antagonismo existente entre naciones opresoras y naciones oprimidas, y desde ahí condenó la política de los frentes populares impulsados por la socialdemocracia y el stalinismo, que en los países coloniales y semicoloniales consistía en subordinar el movimiento de las grandes masas explotadas a los intereses de las burguesías “democráticas” de los países imperialistas, vale decir a sus explotadores directos, para hacer frente al fascismo.

Trotsky señaló claramente que el apoyo que los revolucionarios debían otorgar al gobierno de Cárdenas, debía partir de una posición de absoluta independencia en materia política y organizativa, y tener en cuenta que el balance de poder sobre el que tal régimen se erigía tenía un carácter oscilante y, por tanto, provisorio. Su comprensión de la naturaleza del cardenismo lo llevó a romper con los trotskystas locales, empeñados en organizar un boicot contra el gobierno por haber reconocido una indemnización a los capitales expropiados. Sobre éstos dijo que no sólo querían saltearse etapas, sino pasar por encima de la historia y de la propia clase trabajadora. Dominados por un ultraizquierdismo característico, que volvería a reproducirse una y otra vez ante la presencia de movimientos nacional democráticos o burgueses nacionales en la historia de América Latina, estos singulares epígonos, habían llegado a la conclusión de que la posición ante el gobierno de Cárdenas, de quien fuera junto con Lenin jefe de la Revolución de Octubre, estaba determinada por su condición de refugiado político. Trotsky, en cambio, observó el fuerte apoyo que tenía el gobierno de Cárdenas en la masa campesina y entre los trabajadores urbanos, clases que constituían la base social de la revolución nacional-democrática. Caracterizó a ese gobierno como un régimen bonapartista, encaminado a realizar las tareas que la burguesía nacional, débil y vacilante ante el capital extranjero y el emergente proletariado, había dejado de lado, y sostuvo que el partido de los trabajadores, debía disputar a esa burguesía la confianza y el apoyo del campesinado, ya que la fuerza política que alcanzase esa posición estaría en condiciones de conquistar el poder.

Siguiendo los análisis clásicos de Marx sobre el gobierno de Napoleón III, los de Engels respecto del de Bismark, y sus propias anotaciones sobre el régimen de febrero de 1917, Trotsky reconstruyó la categoría de bonapartismo en las condiciones de un país semicolonial. Observó la existencia de un particular equilibrio del poder, típico de un régimen que adquiría un apreciable grado de autonomía, elevándose hasta cierto punto por sobre las clases sociales para desarrollar una serie de transformaciones económicas en los marcos del capitalismo de Estado, y que para desarrollar sus propósitos se apoyaba en la burocracia de ese aparato estatal, y en la base social constituida por los campesinos y los obreros, a cuyas organizaciones sometía a un férreo control. Estos rasgos reaparecieron posteriormente, en mayor o en menor medida, en algunas de las experiencias políticas desarrolladas en América Latina. Así, es a partir de este enfoque que la progresividad, las contradicciones y los límites de experiencias como la del peronismo de los años 40’ y 50’ y del chavismo en el presente, se presentan bajo una nueva luz, y ponen claro los alcances del apoyo independiente que los trabajadores y el partido revolucionario deben dar tales gobiernos.

El legado de un revolucionario

A siete décadas de su muerte, la personalidad de Trotsky revela una importancia excepcional. No sólo por su presencia en la primera línea de las tres revoluciones que conmovieron al imperio de los zares; por su papel dirigente en los primeros años del Estado soviético y al frente del Ejército Rojo en la guerra civil y en el combate contra los ejércitos imperialistas; por su lucha contra la burocracia stalinista dentro y fuera de la Unión Soviética, sino, además, por su incidencia en la formulación de la teoría revolucionaria. Al igual que Marx, Engels, Lenin, Rosa Luxemburgo, Gramsci… Trotsky fue un innovador. Su perspectiva abarcó el vasto campo teórico en el que se presentan los problemas fundamentales de la revolución en nuestra época. En sus ideas y en su práctica se revela la sustancia viva del marxismo, despojada del dogmatismo con que el stalinismo y las supuestas ortodoxias sofocaron el pensamiento revolucionario durante décadas. Un examen crítico de esas ideas y de esa práctica, en sus aciertos y en sus errores, encierra enseñanzas de importancia inapreciable para la construcción de un futuro liberado de los males y las lacras, a las que el presente orden capitalista ha encadenado la suerte de la humanidad.

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