• Artículo cargado el 22/11/2011 - 00:16

El eticismo como ratificación de la esclavitud

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El eticismo consiste en el análisis de una situación particular de acuerdo a principios abstractos –es decir, que requiere un mínimo grado de generalización para poder existir. El procedimiento es sencillo: se toma un episodio histórico puntual, se lo aísla y se aplican sobre el todo la artillería de categorías éticas. De esa forma, el suceso –que ha dejado de existir en la historia para cobrar vida por sí mismo- es resignificado en base a las consignas éticas.

Los acontecimientos históricos, bajo la mirada moralista, carecen de continuidad: son fragmentos separados unos de los otros y absolutamente pasibles de ser analizados en su singularidad, como si no fueran “consecuencia” ni “causa” –esto es, como si no estuvieran circunscrito al desarrollo de las fuerzas históricas.

La historia, entonces, se sacraliza: ya no se realiza una comprensión de lo ocurrido, sino que el trabajo intelectual se limita a la valoración y catalogación: la historia se divide entre el bien y el mal.

No hay lazos, interconexiones o relaciones lógicas: los hechos existen por sí mismo y de ese modo deben ser observados y designados al espacio del “bien” o del “mal”. Todo el complejo entramado de las relaciones sociales queda desmontado a la más simple expresión. La concretud de la historia se subyuga a la abstracción de los principios éticos.

Un asesinato –malo por sí mismo- no se comprende dentro de un contexto más amplio que le otorga un sentido. Los sucesos más sangrientos de la historia son depositados en el panteón de la maldad para nunca más ser revisados. La maldad no puede ser comprendida: simplemente debe ser rechazada.

De modo tal que el eticismo tiene un horizonte de desarrollo más bien acotado: uno nunca puede trascender las fronteras de lo éticamente permitido para profundizar su comprensión. Sin embargo, aún el más repugnante de los crímenes guarda un sentido y merece ser analizado; es más: debe ser comprendido para, entonces sí, lograr darle un significado más amplio a la totalidad de los hechos vinculados. Es difícil comprender con cierta amplitud la dictadura cívico-militar de los años ’70 desde el mero eticismo que castiga como seres perversos –monstruos ahistóricos y infrahumanos- a los responsables de la Junta Militar: es necesario desentrañar su lógica –aún cuando se quiera reducir todo a un “simple arrebato irracional”: la irracionalidad posee su estructura lógica- para alcanzar una dimensión más amplia y verosímil de lo sucedido.

El eticismo, contaminado por su devoción al bien, es incapaz de preguntarse por qué alguien es capaz de matar y no puede concebir un esquema lógico detrás de aquellos episodios que no se corresponden con los preceptos del “bien” –que recaban en la fortísima tradición de la moralidad cristiana en Occidente y que es la espada con que se intenta quebrantar la autonomía de los sitios aún no colonizados-.

* * *

La sanción ética a Irán –más allá de la hipocresía: quienes se alarman por la fabricación de una bomba atómica son los países principales en desarrollo de armamento atómico; quienes lo acusan de dictadura, son los países que invaden, asesinan y sostienen el mayor genocidio de nuestra época- se constituye, quizás, como el emblema del eticismo: la sola mención de las actividades iraníes merecen la reprobación de todos los “biempensantes” del mundo, como si tales movimientos no se correspondieran con un contexto mundial en donde actúan como respuesta a anteriores movimientos y, al mismo tiempo, anticipo de movimientos subsiguientes.

El eticismo, que le teme a los excesos de autoridad, comete el mayor de los despotismos: impide la posibilidad de autonomía en la elaboración de conceptos y categorías de acuerdo a las situaciones materiales de cada lugar. El cristianismo occidental impone sus categorías y con ellas pretende analizar -homólogamente, desconociendo particularidades- las diferentes situaciones del universo: de esa forma –uniformizando el criterio- logra las justificaciones necesarias para sus avances geopolíticos.

* * *

Un episodio histórico –el accionar del gobierno iraní- no puede ser sustraído del contexto histórico en el que se produce y ser sometido a categorías abstractas. La trama de fuerzas materiales y simbólicas que se enfrentan es borrada del marco de análisis: solo se trata de ver quién hace acciones buenas y quién malas, no importa la lógica subyacente en cada una de esas acciones.

La ética –mal que le pese a los parroquianos- no tiene ninguna otra utilidad más que el ejercicio de la dominación. Y es, precisamente, mediante la ética que los poderes occidentales actualmente avanzan sobre los territorios hostiles a sus intereses.

El pregón de la ética y los buenos valores, así como el ciego ensalzamiento de los derechos humanos, como consignas sacramentales, inviolables por provenir desde un lugar fuera de la historia –cimientos de cierto progresismo que se presume contestatario de los imperialismos- es la ratificación del dominio simbólico de Occidente: la aceptación de la esclavitud. Toda acción es un acto de violencia que no reconoce “ética” alguna: de hecho, el establecimiento de un orden ético es el mayor de los actos de violencia: no hay mayor violencia que decir qué está bien y qué está mal. 

Juzgar las actitudes del gobierno iraní en función de los criterios éticos que surgen del desarrollo moral del cristianismo occidental, es la consolidación del imperialismo que tiene hoy en Irán la encarnación de sus fuerzas opositoras, aquellas tierras prósperas de recursos y valor geoestratégico, y que todavía no se someten a sus designios, intentando esbozar su soberanía nacional.

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En la historia no existen los hechos “buenos” o “malos”, sino que el significado de los mismos vienen dados como resultado de una disputa de poder entre fuerzas contradictorias y ese mismo significado puede ser alterado con solo revertir el orden vigente.

La historia es el producto de la violencia: surge como resultado de la victoria de una fuerza sobre otra en una disputa a muerte. La moral es la condición de vida de quien salió derrotado: solo aceptándola como forma de vida es que no resulta asesinado. Es decir, la escala axiológica es la culminación del sometimiento.

Mientras se utilicen las categorías del opresor para analizar y valorar la situación de los oprimidos, el estado de cosas se consolida - Esa rebeldía ética es la necesaria para el fortalecimiento del orden al cual aquella se pretende rebelar. Además, los hechos no se comprenden y, por lo tanto, las acciones no logran encuadrarse en una estrategia práctica que aspire a la efectividad. El statu quo, finalmente, hunde más sus raíces.

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Comentarios:

Juan Campos dijo:

Excelente nota, muy bien planteada. La ética no considera el contexto ni el entorno de los hechos a la hora de juzgarlos. Con esto no se justifican las atrocidades cometidas por los Militares, Nazis, etc. Pero la ética sólo los juzga desde un lugar moral y cristiano en el que se pierde (o se deja de lado) lo que rodea al hecho en sí.
Saludos.

Enviado el 25/11/2011 a las 10:59

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