- Izquierda Nacional
- Artículo cargado el 09/08/2010 - 02:33
El catolicismo, latinoamérica y la Izquierda Nacional
Roberto A. Ferrero
Ultimamente he leído algunos artículos del amigo Edgard Schmid, miembro del grupo “Cóndor” –por tanto, antiimperialista y patriota como nosotros– en los que se agravia de un supuesto anticatolicismo de la Izquierda Nacional y, especialmente, del sector que condujera Jorge Enea Spilimbergo. Desearía puntualizar fraternalmente algunas cosas a Schmid, con la prevención de que nunca he pertenecido al ala spilimbeguista de la IN, por lo que no tengo ningún interés hagiográfico en asumir una defensa que por otra parte Spili no necesita. Trato, simplemente, de establecer la verdad en el asunto, según mi leal saber y entender.
I
Schmid niega que la Iglesia Católica haya sido uno de los causantes del derrocamiento del gobierno del General Perón en 1955, como afirma Spilimbergo en su libro “Nacionalismo Oligárquico y Nacionalismo Revolucionario”, y cree que esta afirmación de su autor es sólo producto de su anticatolicismo. La realidad es que ni Spilimbergo ni la IN han sido ni son anticatólicos, en el sentido de que no han refutado nunca la fe católica de los argentinos y los latinoamericanos ni la religiosidad popular en general. Spilimbergo ataca en su libro el papel de la Iglesia en la destitución de Perón, no al catolicismo. El mismo autor lo señala claramente: “como políticos, lo único que nos interesa es señalar que la Iglesia –no la religión católica– tiene un programa terrenal que consta de dos puntos: defensa del capitalismo; defensa del imperialismo contra los movimientos nacionales en los países sometidos”. En 1955, ese programa se traducía prácticamente en el esfuerzo por derribar a Perón. Esto lo sabemos no sólo quienes hemos tenido alguna participación como adolescentes en aquellos años en la Acción Católica (donde se dedicaba más tiempo a planificar acciones de propaganda contra el peronismo que a orar y meditar) sino cualquier persona que habiendo alcanzado entonces la edad de la razón pueda aun ser consultada porque vive. Más aún, cualquier libro de historia contemporánea o cualquier biografía de Perón narra los hechos con lujo de detalles. La responsabilidad de la Iglesia en la contrarrevolución del 55 es indudable y está firmemente establecida. Igualmente está firmemente establecida la responsabilidad del nacionalismo católico en los mismos sucesos, y antes en la caída de Yrigoyen. No se comprende como Schmid pueda negar los hechos evidentes. Se puede disentir en su significado, discutir las interpretaciones, pero no negar la realidad fáctica.
¿En que se funda Schmidt para negarla de este modo? Simplemente en el libro de Perón “Del poder al exilio. Quienes y como me derrocaron”, donde el Conductor establece la responsabilidad principal de su derrocamiento en los ingleses y los masones, que es como decir la misma cosa. Esto, indudablemente es así, pero no hace desaparecer el rol realmente opositor y combatiente de las huestes católicas –armadas en los casos de los comandos civiles de Córdoba– que la Iglesia puso en la calle en 1955. Hu bo una responsabilidad compartida, que Schmid reconoce tácitamente cuando escribe que “para Perón la principal responsable de su derrocamiento no es la Iglesia sino la masonería inglesa”. Señalamos la calificación de “principal”, pero no exclusiva. De hecho, hubo una colaboración tácita, no pactada por escrito obviamente, pero real, entre liberales e Iglesia, que permitió ver en Córdoba, por ejemplo, a comandos civiles católicos luchando codo a codo con estudiantes anarquistas y socialistas de la FUC. Los testimonios son muchísimos y concordantes .En síntesis, la Iglesia Católica no fue la única responsable de la Revolución Libertadora, pero cumplió un papel importantísimo en el frente antinacional. ¿Por qué Perón no lo destaca? Porque Perón no era un historiador desinteresado, sino un gran político práctico, que al momento de escribir su trabajo había comprendido ya el grave error de haber enfrentado a la jerarquía eclesiástica del modo en que lo hizo y trataba de rehacer sus relaciones con el Vaticano, que lo había excomulgado. En ese plan, no podía salir a inculpar a la institución y a sus sacerdotes, como había hecho torpemente en su famoso discurso de noviembre de 1954, sino que debía minimizar y aun hacer desaparecer esa responsabilidad, que era entonces evidente para todo el mundo. No se que edad tiene Schmid en la actualidad, pero si tuviera de 70 años para arriba no podría negarse a si mismo haber conocido los hechos como fueron.
Obviamente, que lo afirmado no disminuye los méritos –que alega justamente Schmid– de los Irazusta y otros escritores nacionalistas que desmitificaron la historiografía liberal y plantearon la situación semicolonial del país como lo hizo la generación del ’30. Que, dicho sea de paso, actuaba en paralelo con otros revisionistas que, sin ser rosistas o católicos militantes, investigaban y construían en el mismo sentido: David Peña, Saúl Taborda, Enrique Martínez Paz, José Luis Busaniche, por ejemplo.
II
Cree Schmidt, dando coherencia a su argumentación, que este supuesto anticatolicismo de Spilimbergo y sus continuadores del “Partido Patria y Pueblo”, es congruente con la famosa frase de Carlos Marx de que “la religión es el opio de los pueblos”, que también supuestamente, implicaría una clara descalificación de la religión por parte del creador del materialismo dialéctico. Se atribuye a Marx –por esa frase– haber formulado la acusación de que la religión tendría a su cargo la función de adormecer a los trabajadores y al pueblo y hacer que dejaran así de luchar por sus propios intereses. Craso error. Se asombrará Schmid cuando sepa que fue lo que realmente dijo Marx de la religión, porque el párrafo citado –como dicen los miembros de la partidocracia cuando no quieren hacerse cargo de sus propios dichos– está tomado “fuera de contexto”, solo que esta vez es cierta la descontextualización. En efecto: Marx escribió en “Contribución a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel” exactamente esto: “La religión es el suspiro de la criatura agobiada, el corazón de un mundo sin corazón, como es el espíritu de una época sin espíritu. La religión es el opio del pueblo”. Quiere decir que, lejos de ser una condena a la religión por algún rol nefasto de ella, es una opinión favorable a la misma. Marx ve en la religión un consuelo para los sufrimientos de las masas, porque como se sabe, el opio era muy utilizado en el siglo XIX para calmar los grandes dolores; el General San Martín lo usaba permanentemente. La metáfora para los males sociales y espirituales es un juicio favorable y no descalificador para las religiones. Marx denunció alguna vez la alianza del Trono y el Altar –y lo hizo enérgicamente– pero no embistió nunca contra la religiosidad popular, de la cual fue muy comprensivo. La religión, como reflejo de ciertas condiciones sociales no desaparecería con la prédica en contrario ni con las persecuciones, sino – según él– con el cambio de las estructuras materiales que le servían de raiz y fundamento. Y ni siquiera esto es seguro, porque el hombre, como ha dicho Samir Amín, es un “animal metafísico” necesitado de absoluto aún más allá del capitalismo. Sea como sea, el anticatolicismo cerril no era propio de Marx, sino de los liberales decimonónicos, los librepensadores y los anarquistas. El famoso marxista italiano Cesare Luporini sostiene incluso que “la crítica de la religión llevada a cabo por Marx se limita al protestantismo”. Si hay algún “anti” respecto a alguna religión, éste se enfila más bien contra las propias creencias de los ancestros de Marx: contra el judaísmo, y no contra el catolicismo, al extremo de que los sionistas más obcecados lo acusan de “antisemita”. Por su parte, un filósofo creyente como el zaragosano Octavio Fullat dice con justicia que, pese a ser ateo y racionalista, Marx “no atacó la religión como Lenin […]; bautizado a los seis años y casado en el templo en 1843, Karl asistía a ceremonias religiosas siempre que lo exigían las exigencias sociales. Del Cristo bíblico le gustaba su amor por los pequeños”. ¿Podría este hombre fundar una tradición anti-católica como cree Schmid?. No hay anticatolicismo ni en el marxismo ni en la Izquierda Nacional. Pues no se trata de condenar, sino de comprender.
III
Por tanto, la Izquierda Nacional no niega que el catolicismo, sobre todo el catolicismo popular, sea un importante factor de homogenización nacional en América Latina. Lo que si creemos es que no es el único ni mucho menos. De las limitaciones del sentimiento católico para mantener por si solo la cohesión de los Estados da un buen testimonio lo ocurrido con el Imperio Austro-Húngaro: poblado por millones de católicos y con una monarquía –la de los Habsburgos– ortodoxamente filiada a los dogmas de la Iglesia Católica Apostólica Romana, se derrumbó sin embargo estrepitosamente al terminar la I° Guerra Mundial, dando origen a cuatro naciones (Austria, Checoslovaquia, Hungría y Yugoslavia) y al retorno de varias fracciones nacionales a su tronco originario: italianos, rumanos, polacos, etc. Es que el catolicismo como factor de unidad, como superestructura que era, no podía contrarrestar a los factores materiales centrífugos que anidaban en la heterogénea estructura imperial: las tendencias separatistas de las nacionalidades oprimidas por la etnia austro-alemana dominante y las tensiones de una economía atrasada, de base agraria y carente de la centralización propia del desarrollo capitalista avanzado.
Entre nosotros, hasta la denostada (denostada por Schmid) tendencia spilimberguiana de la IN que se expresa en la revista “Política”, ha admitido en el n° 9 de esta publicación (pag. 64), “el papel que puede jugar en la constitución de una identidad latinoamericana la homogeneidad de su común patrimonio cultural católico-barroco”. Coincidimos con esta apreciación, aunque se deben indicar los límites de este rol posible del catolicismo: uno es el debilitamiento de esa virtualidad homogenizadora por obra de la rápida secularización de las sociedades latinoamericanas, que avanza a la par de la modernización y la urbanización de nuestros países, regadas con la prédica disolvente y decadentista de los mass media. Otro es la reducción de esa acción unificadora al catolicismo popular, a la religiosidad sincera e incondicionada de los de abajo, porque las jerarquías y las elites organizadas de la Iglesia –religiosas o laicas– se encuentran lejos de cumplir un rol semejante. Basta recordar al Obispo Lue oponiéndose a la Revolución de Mayo, al movimiento “Cristero” combatiendo armas en mano a las conquistas de la Revolución Mejicana en los años ’20, al grupo “Tradición, Familia y Propiedad” (TFP) negándose a dar su solidaridad a los que combatían en Malvinas o al gobierno teocrático de Garcia Moreno en el Ecuador ofreciendo a Napoleón III de Francia el Protectorado sobre su propio país. Ejemplo, este último, que demuestra, dicho sea de paso, que no basta con ser católico para ser un verdadero nacionalista. Para ello hace falta algo más: defender el patrimonio económico del país, la integridad de su territorio, el bienestar de sus habitantes y la dignidad de su cultura.
Schmid descalifica como factores de unidad nacional de Latinoamérica a la lengua y a la etnia, ya que dice que “hay cualquier cantidad” de una y otra, lo que convertiría a América Latina, según él, en “un quilombo” al que sólo el catolicismo puede dar homogeneidad. Este esquema peca por no distinguir lo esencial de lo adjetivo: hay muchas lenguas, es cierto, pero la mayoritaria, la que hablan todos los latinoamericanos, incluso las etnias que son bilingües por ello, es la lengua castellana, de la que el portugués no es más que una variante como el gallego y tendencialmente interpenetrable con nuestro idioma hispánico; los idiomas aborígenes son secundarios, minoritarios y sometidos a presiones asimilatorias de la sociedad global. Lo mismo puede afirmarse de las etnias: hay muchas también, es cierto, y algunas de “pueblos originarios” son demográficamente muy numerosas como en Bolivia, Perú, Ecuador y Guatemala, pero son minoritarias en el conjunto del continente y en su mayoría bastante influenciadas desde hace siglo por la cultura dominante de raíz ibérica. Hay también grandes concentraciones de negros de origen africano, como en el norte de Brasil, en Haití, en Cuba y en otras regiones. Todo es cierto, pero más cierto aún es que hay una gran etnia dominante, formada históricamente: el pueblo mestizo latinoamericano, crisol de razas que asimila y da uniformidad a los más diversos grupos étnicos del continente.
Los referidos son, tanto o más que el catolicismo –últimamente en retroceso ante las religiones evangélicas y las más diversas sectas exóticas– importantes factores de unificación, a los que debemos sumar otros de igual o mayor magnitud: la contigüidad y continuidad territorial; una historia común (no menos real porque los manuales la oculten en beneficio de extrañas y parceladas “historias nacionales” de patrias pequeñas); y una economía cada vez más integrada, con un creciente comercio endógeno y emprendimientos bi o multinacionales, que apuntan a la construcción de un gran mercado interno continental, que formará el esqueleto indestructible de nuestra gran nación iberoamericana.
Sobre la caída de los regímenes “socialistas” del Este por “no remediar las cuestiones nacionales”, como dice Schmid, no abrimos juicio en este momento porque no forma parte del tema que discutimos y porque el “comunismo realmente existente” nunca fue – o al menos no lo fue a partir de Stalin– una sociedad socialista, sino un capitalismo de Estado burocrático, expansionista, desigualitario y despótico.
En síntesis: la argumentación del amigo Edgar no es equivocada, sino insuficiente. O equivocada en la medida de su insuficiencia.
Córdoba, 09 de agosto de 2010
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Comentarios:
Raúl dijo:
para Cóndor Nacional la patria es la iglesia católica y cuando hablan de defensa de la patria se refieren a la defensa de la iglesia católica.
Cuando hablan de unidad latinoamericana se refieren a la unidad de la iglesia católica etc.
No les interesan las causas sociales, solo la defensa de los privilegios de la iglesia.
Enviado el 12/08/2010 a las 23:05
Julián dijo:
Cualquier persona que sepa lo que significa Teología de Liberación entiende que lo dicho por Raúl carece de sustento. La Iglesia tiene como misión (no total pero si históricamente parcial) la causa social y de los pobres, eso lo sabe desde el primer sacerdote hasta el ultimo fiel. La Iglesia no es una entidad aislada o representada por el clero únicamente sino que es una congregación tanto de fieles como de ministros bajo una misma causa.
Y con respecto a los supuestos “privilegios” de la Iglesia para conservar al Pueblo de Dios son los mismos privilegios que mantiene cualquier Estado nacional para conservar a la sociedad íntegramente.
Enviado el 25/10/2010 a las 17:03
Río dijo:
Como políticos, lo único que nos interesa es señalar que la Iglesia –no la religión católica– tiene un programa terrenal que consta de dos puntos:
1) defensa del capitalismo;
2) defensa del imperialismo contra los movimientos nacionales en los países sometidos”.
En el clavo.
No cuestionamos ni sus dogmas, ni su culto ni su moral. Es decir, su religión. Cuestionamos la función que han desempeñados la jerarquía eclesiástica y su cinturón social y mediático en favor de las oligarquías económicas e imperialistas.
Enviado el 31/01/2011 a las 17:54
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