- La crisis de 2001
- Artículo cargado el 20/12/2011 - 03:31
El 2001 y la Izquierda Nacional
Gustavo Cangianotwitter @gcangianoSocialismo Latinoamericano
Entre las muchas publicaciones aparecidas a propósito de los diez años transcurridos desde el estallido de diciembre de 2001, hay un libro que aporta elementos interesantes para comprender aquellas jornadas: “2001. Relatos de la crisis que cambió la Argentina” (Editora Patria Grande, Buenos Aires, octubre de 2011). Los periodistas Manuel Barrientos y Walter Isaía realizan entrevistas a diversos protagonistas y analistas. En su conjunto, esas entrevistas permiten a mi juicio sacar algunas conclusiones políticamente importantes. Las mías son las siguientes.
Dolarizadores vs. Devaluacionistas
¿Cuáles fueron las razones de fondo -más allá de la estupidez de De la Rúa y de sus secuaces- que explican el estallido social? Las entrevistas a Mario Cafiero y a Daniel Azpiazu (+) ayudan a comprenderlas. Había que salir de la convertibilidad. Dice Azpiazu: “Desde 1998 se discutía cómo salir de la convertibilidad y había dos grandes posiciones. Finalmente ganaron quienes promovían la devaluación. Es decir, los Techint, los Cargill, los grandes grupos extranjeros vinculados al agro, quienes con la devaluación inan a exportar. Por su parte , las privatizadas y el sector financiero apostaban a la dolarización como fase superior de la convertibilidad, como señalaba Menem. Su objetivo era dolarizar y mantener sus ingresos en dólares. Con ese plan, tenían cartón lleno”. El sector devaluacionista de las clases dominantes logró imponerse, entre otras razones, “porque su discurso incorporaba cierto componente de un ‘modelo nacional productivo’ más proclive a los sindicatos -dice Azpiazu-. Y agrega: “De hecho, ese fue el eje de Eduardo Duhalde. Pero todos sabían que se venía una reducción del salario real superior al 30% en un año”.
Impotencia de autonomistas, izquierdistas y derechohumanistas. La salida partidocratica
El bloque de clases dominantes, entonces, impuso la salida devaluacionista a nivel económico estructural. Pero, ¿qué salidas se plantearon en el seno del campo popular y a nivel político institucional? A través de la voz de los entrevistados por los autores del libro, esas salidas posibles se van dibujando.
Tenemos las siguientes:
1) La salida “autonomista”
Integrantes del Colectivo Situaciones explican en qué consistìa esta salida para la crisis desencadenada. Dicen: “Con respecto al Estado, lo que nos planteábamos, en una discusión bastante intensa, era desarrollar la premisa zapatista de no tomar el poder”, porque “esa idea de que el socialismo se iba a hacer a partir de controlar el aparato de Estado había que declarala nula”. Puede discutirse si el socialismo se va a construir a partir del control del aparato estatal. Pero lo que no merece discusión es lo siguiente: si en el instante mismo en que estalla el régimen político como producto de una profunda crisis económica y social, los trabajadores y el campo popular renuncian por adelantado a disputar el poder, entonces semejante “salida” no es en realidad salida alguna. El “autonomismo”, inspirado en las enseñanzas de intelectuales burgueses como Negri o Holloway, expresa la impotencia pequeñoburguesa para abrir una vía de desenvolvimiento político propia. Sus apariencias “izquierdistas” esconden en realidad su naturaleza derechista. Dicen los referentes del Colectivo Situaciones: “no se trata tanto de tener la ilusión de que el Estado desaparezca sino de aumentar la dosis de autonomía colectiva que una sociedad con Estado debe soportar”. Es decir: el “autonomismo” se rinde ante el poder estatal burgués y se conforma con “espacios de autonomía relativa”. Los partidarios de estas posiciones neo-anarquistas controlaron durante un tiempo las “asambleas populares”, en las cuales la figura raída de Luis Zamora pareció recuperar atractivo. Pero el propio Zamora dice a los autores del libro: “Las ideas de Holloway nos resultaron muy atrayentes (...). Trabajamos mucho con los conceptos del zapatismo y de su libro ‘Cambiar el mundo sin tomar el poder’, (según el cual) hay que construir poder desde abajo y no hay que construir direcciones”. Sin embargo, “los errores que cometimos son por ir más allá de lo aconsejable, no por restringir la horizontalidad de nuestras prácticas”. Es decir, el “horizontalismo” de los “autonomistas” se cocinó en su propia salsa, para decirlo de una manera gráfica. Ezequiel Adamovsky, uno de los “horizontalistas” más lúcidos, lo reconoce: “Los movimientos (de las asambleas populares) no pudimos ofrecer nada muy factible, porque no teníamos propuestas alternativas concretas (...). El supuesto horizontalismo en algún punto es inviable”. La salida “autonomista”, entonces, no era en realidad salida algúna; era, más bien, un callejón sin salida.
2) La salida de la izquierda tradicional
A las organizaciones ultraizquierdistas que intervinieron en las jornadas de diciembre de 2011 (PO, PTS, MST, etc.) se les critica que hayan pretendido manipular en provecho propio las asambleas populares. Se trata de una crítica en esencia incorrecta. Es natural que una fuerza política intervenga en un movimiento de masas tratando de encauzarlo en la dirección que considera correcta. Lo criticable, en el caso de la ultraizquierda, es la inviabilidad de la salida propuesta. ¿Cuál era esa salida? Nos lo dice Christian Castillo, del PTS: “Ese era nuestro modelo de lo que tenía que surgir. Una especie de coordinadora o soviet que organizara la lucha”. Castillo critica con razón la inviabilidad de la propuesta “autonomista”, que proponía “hacer un nuevo mundo dentro del mundo capitalista, una suerte de mundo paralelo”. Pero, ¿acaso era más viable la propuesta de crear “soviets” en la Argentina de 2001? Al final, la izquierda en términos generales (no es el caso del PTS) terminò administrando planes sociales y, de ese modo, contribuyendo a descomprimir la situación social en beneficio de quienes sí proponían una salida viable. Como tantas veces se ha dicho respecto de estos izquierdistas universitarios: maximalismo táctico y minimalismo estratégico.
3) La salida progresista o derechohumanista
Luis D’Elía relata: “En ese momento, el candidato a presidente podía haber sido Víctor De Gennaro, si no se hubiese dejado atravesar por las dudas, porque el tren de la historia pasa en determinado día y a tal hora. No sé qué pasó. No le dio, no pudo, no supo, no quiso”. De Gennaro, por su parte, confirma con su relato hasta qué punto una crisis capitalista profunda descoloca a las fuerzas catalogadas como “centroizquierdistas”. Dice: “Hubo una discusión acerca de si el 20 había que ir o no a la Plaza. Nosotros creímos que había que preservar. Ya se había logrado el objetivo político de la renuncia de De la Rúa y se estaba en otra etapa. Por eso, no fuimos el 20. No teníamos que ir a tomar la Casa de Gobierno. Ese no era nuestro objetivo. No creo en hacer una práctica de confrontación. En otra época hice una práctica insurreccional y creía que se tomaba el poder de esa manera. Pero no me parecía que ese fuera el camino en 2001”. De Gennaro, junto a Carrió y Zamora, insinuaban una salida propia, de carácter “progresista” y “derechohumanista”. Está claro que semejante “salida” no era tal.
4) La salida partidocrática
El primero de los entrevistados en el libro es Wado de Pedro, representante de la organización para-estatal La Cámpora. Militante de la organización derechohumanista HIJOS, De Pedro fue cooptado rápidamente por el kirchnerismo. Informan Barrientos e Isaía: “fue invitado a la Casa Rosada para el anuncio de la promulgación de la ley de indemnización para los hijos de desaparecidos durante la última dictadura y cuando se sancionó la ley de indemnización para los familiares de las víctimas asesinadas en diciembre de 2001”. El kirchnerismo hizo con las agrupaciones derechohumanistas lo mismo que Menem había hecho con las agrupaciones de ex soldados de Malvinas: suculento reconocimiento crematístico. Así, naturalmente, ganó su apoyo. De Pedro entonces pasó de HIJOS a estudiar administración pública en la Universidad de San Andrés. En 2009 fue nombrado vicepresidente de Aerolíneas Argentinas y en 2011 fue elegido diputado nacional. Pasó de la militancia a “la gestión”, es decir, del “llano”, a la cumbre del poder estatal. Y su reflexión, no se sabe si cínica o ingenua, es la siguiente: “La gestión es parte de la militancia (...). Son la misma cosa, uno en la gestiòn del Estado trabaja como milita, todo el día”.
¿Cómo fue posible esto? Mario Cafiero dice: “El régimen pudo reconstruirse. Del ‘que se vayan todos’, volvieron todos y la politica sigue manejada por dos partidos, que tienen acuerdos sobre los grandes temas de la Argentina. tienen el acuerdo de que no hay que investigar la deuda, y que hay que pagarla. tienen el acuerdo de que hay que abrir los recursos naturales a las multinacionales”. Las razones por las que “volvieron todos” no es muy difícil de entender, si consideramos las seudo-alternativas de autonomistas, derechohumanistas y ultraizquierdistas. Replanteada la correlación de fuerzas en el seno de las clases dominantes, con primacía de la burguesía exportadora, el elenco partidocrático volvió al ruedo para administrar los intereses de sus mandantes, como lo venía haciendo sin solución de continuidad desde 1983. Claro que, como bien apunta Ezequiel Adamovsky, el estallido de diciembre había dejado sus huellas, las que debían ser tomadas en cuenta a la hora de reconstruir la representatividad política. Dice Adamovsky: “Sin 2001 no existirìa el kirchnerismo, lo cual no quiere decir que el kirchnerismo sea su representante o heredero. Es su producto, al mismo tiempo que su primer sepulturero (...). Uno puede decir que el 2001 fracasó porque no logró cambiar el mundo con la radicalidad que se propuso en el momento de mayor desarrollo, pero al mismo tiempo ‘triunfó’ porque, en su fracaso, marcó un antes y un después, dejó cambios concretos, algunos institucionales y otros más moleculares. (Por eso al kirchnerismo) la clase media de los que ganaron en los noventa, la de los countries, lo detestan. Pero una buena porción de los sectores medios lo ve con simpatía, lo mismo que los más pobres. La política del kirchnerismo, como ellos mismos lo dicen, es la de un ‘capitalismo en serio’. La apuesta de los movimientos sociales en 2001 fue otra: la de politizar a ese sujeto múltiple en un sentido anticapitalista”.
Lo que el 2001 no generó y explica su fracaso parcial: un Frente Nacional Antiimperialista
Si autonomistas, izquierdistas y derechohumanistas estaban “estructuralmente” imposibilitados de ofrecer una salida concreta a la crisis económico-social y político-insititucional que afectaba al país, entonces la única alternativa viable era recomponer el règimen partidocrático haciendo algunas concesiones transitorias al bloque de clases subalternas. Quienes apoyan al kirchnerismo desde posturas nacional-populares encuentran acá el argumento central para el poyo: frente a la burguesía exportadora y “desarrollista” y su expresión política kirchnerista, estaba la burguesía dolarizadora y su expresión política menemista (o neomenemista). Autonomismo, izquierdismo y derechohumanismo no eran alternativas reales. ¿Cómo no apoyar, entonces, al kirchnerismo, definido por publicistas como Norberto Galasso como “movimiento seminacional”?
Sin embargo, lo que estos “nacional-populares” olvidan es que la realidad no se compone únicamente de lo que fácticamente “es”. También forman parte de la realidad aquellas tendencias objetivas que potencialmente pueden concretarse si encuentran el factor “subjetivo” que lo permita. La conformación de un Frente Nacional Antiimperialista es una posibilidad que está inscripta en la condición misma del país semicolonial. Los elementos constituyentes de ese Frente estaban en 2001 fragmentados y debilitados al extremo: la clase obrera industrial estaba afectada por elevados índices de desocupación; las Fuerzas Armadas habían contenido a la corriente nacionalista expresada en la figura de Seineldin; la clase media intelectual estaba intoxicada de pensamiento antinacional; Y nosotros, los socialistas de la Izquiera Nacional, no nos recuperábamos del duro golpe que significaron la fuga de muchos cuadros militantes hacia le justicialismo menemizado y la destrucción de nuestras organizaciones partidarias. Por tanto, tampoco el Frente Nacional Antiimperialista era en diciembre de 2001 una alternativa real. El régimen demoliberal y partidocrático encontró en esta ausencia la garantía absoluta de su reconstrucción político-hegemónica.
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