- Historia
- Artículo cargado el 20/07/2009 - 03:30
Del antiimperialismo abstracto al antiimperialismo concreto
El 30 de mayo de 1959, exhala su último suspiro en su casa de Olivos, el hombre que supo descubrir la entramada imperialista que sometía al país. Devorado por el cáncer y sumido en una desgarradora tristeza, por el rumbo de entrega que retomaba el país bajo la conducción oligárquico-imperialista, fallece don Raúl Scalabrini Ortiz.
Nacido en la ciudad de Corrientes, el 14 de febrero de 1898, Raúl trascurrió su juventud en un país sometido a la hegemonía oligárquica agroexportadora y la primer experiencia nacional, acaudillada por Yrigoyen.
De esos años son su militancia en el grupo “Insurrexit”, el cuál con su orientación marxista le brindaría la posibilidad de apreciar la importancia de los factores económicos y sociales en el desarrollo histórico.
No obstante, desde joven se inclinaría por la literatura. Así, alumno regular de Ingeniería y a la vez escritor.
Luego de un viaje por Europa, el cual lo decepcionaría profundamente y, a diferencia de la gran mayoría de los jóvenes de la época, volvería al país mas “argentinizado” que antes, se vinculará con el grupo “Martín Fierro” iniciando una prometedora carrera como literato.
En 1923 se inicia como cuentista con “La Manga”. Periodista de varias publicaciones. Escribe “El hombre que está sólo y espera”, que cosecha numerosos elogios. Sin duda, se vislumbra una excelente carrera de periodista y escritor.
En ese camino ascendente se halla cuando estalla la crisis económica mundial, el capitalismo se desmorona y millones de trabajadores son arrojados a la desocupación, el hambre y la indigencia. El comercio internacional, del cual la oligarquía extraer sus ganancias, se ve extremadamente reducido. Los precios de las materias primas descienden estrepitosamente y modelo agroexportador hace agua. Al caer el valor de las exportaciones se produce una escalada de desocupación, hambre, tuberculosis, delincuencia y suicidios: es el inicio de la Década Infame.
En esta desgarradora realidad, y mientras la inteligentzia argentina juega con metáforas exquisitas y se fuga de la realidad, Raúl observará en toda su dimensión el país vasallo. Entonces emprenderá la titánica tarea de descubrir la verdadera realidad nacional: a partir de 1932 hundirá profundamente el escalpelo del análisis en la patria sometida e iniciará la tarea de toda su vida.
Para ello, “es necesario —dirá— una virginidad a toda costa. Era preciso mirar como si todo lo anterior a lo nuestro hubiera sido extirpado. La única probabilidad de inferir lo venidero yacía, bajo espesas capas de tradición. En el fondo de la más desesperante ingenuidad”.
Así, inicia la colosal tarea de inventariar las riquezas argentinas y de descubrir quienes son sus verdaderos dueños, llegando a la conclusión de que los argentinos nada poseen, mientras el imperialismo inglés se lleva nuestras riquezas a precios bajísimos a cambio de sus productos manufacturados cobrados a precios desmedidos. Succionándonos así nuestra jugosa renta, a través del dominio sobre los resortes vitales de nuestra economía: créditos, fletes, seguros, etc.
En 1935, se acerca a Forja y desde allí y el periódico Señales denunciará incansablemente la expoliación imperialista. A través de las conferencias y los cuadernos de FORJA, Scalabrini se convierte en el gran fiscal de la entrega. Pero por sobre todos estos negociados, él apunta decididamente a la clave del sistema colonial: el ferrocarril. Esos rieles tendidos por el capital extranjero son “una inmensa tela de araña metálica donde está aprisionada la República “.
Por esos años, se sumerge en la historia nefasta de esos ferrocarriles y paso a paso desnuda la verdad:
“El instrumento más poderoso de la hegemonía inglesa entre nosotros es el ferrocarril. El arma del ferrocarril es la tarifa… Con ella se pueden impedir industrias, crear zonas de privilegio, fomentar regiones, estimular cultivos especiales y hasta destruir ciudades florecientes. Es un arma artera, silenciosa y, con frecuencia, indiscernible hasta para el mismo que es víctima de ella”. Y sin quedarse en las definiciones ideológicas apelaba a los números: “Para impedir la simple industria de la molienda… una bolsa de harina remitida a Salta paga $ m/n 2.53 si se envía de Córdoba (862 km.) y solamente $ m/n 2.06 si se la remite desde Buenos Aires (1600 km.). Es decir que la molienda es imposible en Córdoba y el salteño tiene forzosamente que alimentarse con harina molida en Buenos Aires… Para hacer 100 km. de recorrido, el trigo que va directo a Buenos Aires paga $ m/n 4.97. Con el mismo recorrido, el trigo que va a cualquier otra estación de la línea paga $ m/n 6.15… La harina que sale de Buenos Aires para cualquier estación paga con un recorrido de 100 km. $ m/n 5.95. Si sale de una estación del interior, por el mismo recorrido paga $ m/n 7.36”.
Con la tarifa del ferrocarril como arma principal, Inglaterra mantenía a la Argentina en el primitivismo agrario. Con una trama semejante a la de la tela de araña, lo ingleses expoliaban al país, lo exprimían a través del puerto de Buenos Aires por donde entraban los productos manufacturados, con los cuales nos pagaban el saqueo a nuestras materias primas. Al mismo tiempo, valiéndose de los cuadros tarifarios se encargaban de impedir cualquier emprendimiento industrial, por más sencillo que fuera, o de centralizarlo en Buenos Aires bajo el control de los comerciantes ingleses asentados en esa ciudad.
Por todo eso, decía Scalabrini Ortiz: “El ferrocarril no es argentino nada más que para maniatar, para usar, sofocar y explotar los productos naturales, es decir, que sólo es argentino como factor primordial del anti-progreso”.
Allí reside, para él, el verdadero cáncer de nuestra soberanía y en torno a él han crecido las restantes enfermedades que han terminado por hundirnos: la moneda y el crédito manejado por la banca extranjera, el estancamiento industria, la no explotación de la riqueza minera, ni de la hidroelectricidad, la subordinación a barcos, tranvías y restantes servicios públicos extranjeros, la expoliación de los empréstitos a través del interés compuesto.
“Somos una Argentina colonial, queremos ser una Argentina libre” reclaman Scalabrini, Jauretche y sus muchachos de FORJA.
El 17 de octubre de 1945 lo encontrará desesperanzado, viviendo expectante los acontecimientos posteriores a la renuncia de Perón y su confinamiento en Martín García.
En esos días “todo parecía perdido y terminado —dirá más tarde—. Los hombres adictos al coronel estaban presos o fugitivos. El pueblo parecía quieto en una resignación sin brío muy semejante a una agonía… pasaban los días y la inacción aletargada y sin sobresaltos parecía justificar a los escépticos de siempre… los incrédulos se jactaban de su acierto. Ellos habían dicho que la política de apoyo al humilde estaba destinada al fracaso, porque nuestro pueblo era de suyo cicatero, desagradecido y rutinario en sus apreciaciones políticas…”
Pero aquella mañana del 17 de octubre lo alentaría con la noticia de la huelga declarada por la CGT para el día siguiente y cuando la última esperanza parecía encenderse, desde los suburbios comenzó a llegar un murmullo que advertía: “sin galera y sin bastón/lo queremos a Perón”: era la movilización popular más importante de la historia argentina, y en ella se hundió Scalabrini conciente de lo trascendental de ella para el futuro de la patria. Sabedor que allí comenzaba la rebelión del subsuelo de la Patria.
Con Perón en el poder, Scalabrini se entrevista con él, afirmando la imperiosa necesidad de nacionalizar el ferrocarril, ya que “contienen el comienzo de la independencia argentina”, por lo que “ningún progreso será posible mientras ellos pertenezcan al extranjero”. Inmediatamente funda “Unión Revolucionaria” y la “Comisión pro nacionalización de los ferrocarriles”, organizaciones con las que lanzará una campaña por la nacionalización de los ferrocarriles con el fin de favorecer la conciencia en el pueblo de la necesidad de la medida y facilitar la tarea del gobierno.
Sobre el filo de los años 40, Scalabrini ve con desazón como los hombres de la primera hora son desplazados por una nueva camada en la que prima el arribismo y la obsecuencia. Pero el sabe muy bien que “las alternativas que ofrece la vida política argentina son limitadas. No se trata de optar entre el general Perón y el arcángel San Miguel. Se trata de optar entre el general Perón y Federico Pinedo”.
Por tanto, Scalabrini se llama a silencio y se hunde en el quehacer privado.
Caído el gobierno Peronista, Scalabini volverá a la lucha, ahora enfrentado a quines pretenden desandar el camino nacional recorrido por el Movimiento Popular en los 10 años anteriores.
Depositará sus esperanzas y su fe en la dupla Frondizi-Frigerio, pero profundamente decepcionado por el camino hacia la dependencia que asume día a día el frondicismo en el gobierno, y agobiado por su enfermedad, se refugiará en su biblioteca, donde profundamente entristecido por el rumbo que tomaba el país, será consumido por el cáncer:
“La muerte lo ha vencido y en los barrios proletarios, en los boliches pueblerinos, en los sindicatos, en todo sitio donde vibren emociones argentinas, una pena muy honda se cuela corazón arriba haciéndose nudo en las gargantas. El pueblo sabe que ha perdido a un amigo, a un consejero, a uno de los más lúcidos pensadores de este siglo y llora por su muerte con el silencio y el recogimiento con que solo los pueblos saben hacerlo”
En el cementerio, Jauretche recuerda que Scalabrini fue el maestro, el que les permitió pasar del antiimperialismo abstracto al antiimperialismo concreto, descubriendo la verdadera realidad Argentina, como paso previo al intento de transformarla. Por eso concluye su despedida con estas palabras: “Raul Scalabrini Ortiz…Tú sabes que somos vencedores… vencedores en esta conciencia definitiva que los argentinos han tomado de lo argentino. Por eso hemos venido, más que a despedirte, a decirte: ¡Gracias, Hermano!”.
En estos días aciagos, creemos en la necesidad de recuperar el camino iniciado por Saclabrini Ortiz, es decir sumergirnos en el análisis profundo de nuestra realidad para que de nuestro antiimperialismo abstracto pasemos al concreto. Para reconocer a nuestros verdaderos enemigos y las concretas causas que nos oprimen, única manera de encontrar el camino hacia la liberación nacional y social.
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