24 Feb 2012Politica Nacional
De la profundización del modelo a la sintonía fina
En casi una década de continuidad el kirchnerismo se limitó a operar una regulación política en clave redistribucionista de la explosiva cuestión social post 2001 manteniendo incólume la estructura material de la entrega legada por el terrorismo de estado
El Veto explícito al proyecto de participación en las ganancias y el paulatino alejamiento de los núcleos más combativos de la CGT del gobierno, una creciente resistencia popular a la expansión del saqueo imperialista en la producción minera, la importación por medio de la estatal ENARSA de millones de litros de combustibles para cubrir el inmenso déficit energético que las multinacionales han producido deliberadamente, la desesperación estatal por equilibrar una balanza comercial que amenaza con agotar los superávits gemelos como producto de una industrialización dependiente centrada en la expansión del capital extranjero, cincuenta muertos como corolario de la desinversión, la especulación y la fuga de capitales con que las concesionarias del patrimonio ferroviario han sellado años de entrega, la traumática persistencia de la ocupación británica en nuestro territorio y la ausencia de una estrategia propia y viable para la recuperación de Malvinas.
La constante lucha de las mayorías populares contra el imperialismo económico, político y militar desnudando su trascendencia histórica. Clase obrera, minería y petróleo, ferrocarriles, balanza comercial y Malvinas constituyen los ejes decisivos para comprender la naturaleza semicolonial de la Argentina y definen una agenda sepultada por la partidocracia desde 1976 a la fecha. La coyuntura prevé complicaciones crecientes para el otro gran karma nacional post proceso: el sistema financiero y la deuda externa.
En casi una década de continuidad el kirchnerismo se limitó a operar una regulación política en clave redistribucionista de la explosiva cuestión social post 2001 manteniendo incólume la estructura material de la entrega legada por el terrorismo de estado. Ésta última no ha sido siquiera cuestionada durante el breve periodo que va de las invocaciones a la “profundización del modelo” al posibilismo conservador de la “sintonía fina”. Si las excusas de la militancia popular kirchnerista invocaban entreveradas correlaciones de fuerza que exigían un triunfo inobjetable durante las últimas elecciones, el festejado 54 % contrapone lo que el gobierno efectivamente hace con el despliegue de un programa histórico que, de entre sus bases, sólo exige el Moyanismo.
“Profundizar” era sinónimo, para la inmensa mayoría de votantes de octubre, de retomar fehacientemente un rumbo que encuentra su punto de inflexión bastante antes del “infierno” del 2001, remontándose al golpe cívico militar de marzo del ‘76. En definitiva, el “modelo” sostenido en el protagonismo de la gran burguesía exportadora, la relación favorable en los términos de intercambio, y un piso crítico e inédito sostenido en una brutal devaluación de los costos salariales en dólares, podía orientarse hacia un programa que recuperara el protagonismo excluyente de las mayorías populares argentinas y cortara de cuajo las bases de la estructura del coloniaje heredada por más de tres décadas de contrarrevolución.
Sin embargo, la posibilidad de trocar redistribucionismo por justicia social y neodesarrollismo por antiimperialismo ha comenzado a diluirse en relación directa a la forma en que el setentismo retórico que construía la épica k se desdibuja a favor de las exigencias de “gestión”, “eficiencia” y “racionalidad”. Discursos altisonantes y de ribetes anticolonialistas para el análisis de los territorios insulares de Malvinas contrastan con el servilismo hacia el capital extranjero en el continente, las exegesis grandilocuentes sobre un pasado teñido de lucha y de sangre no logran ocultar una política que comienza a priorizar la coacción y la represión como reguladores del conflicto social o político.
Un amplio apoyo popular, quórum propio en ambas cámaras, una oposición impotente y paralizada, y un poder territorial inédito desde el retorno de la democracia, no bastan para retomar un programa nacional, popular y antiimperialista. La coyuntura esta evidenciando tanto la naturaleza de clase como el contexto histórico de consolidación del kirchnerismo: el progresismo pequeño burgués, como emergente de la crisis del 2001 en su reflujo del 2003, define un programa de capitalismo “serio” que, ante la ausencia de una burguesía propia y fuera de los marcos elementales del nacionalismo político y económico, es difícilmente compatible con un proceso de liberación que retome programáticamente las banderas históricas del peronismo.
Las diferencias entre este último y el kirchnerismo han sido amplificadas en las iracundias con que la CGT moyanista intenta marcar la cancha: aún en los límites contradictorios de un capitalismo autocentrado, el peronismo reconoció claramente que el ingreso de los sectores nacionales y populares es una función derivada de la propiedad de los medios de producción. La justicia social fue el emergente de una aguda transformación en las relaciones de propiedad entre capital extranjero y nacional-estatal. El programa integral de estatizaciones permitió, no sólo sostener la más brutal redistribución del ingreso entre capital y trabajo de nuestra historia contemporánea, sino maximizar la participación política de los sectores populares como nunca antes… como nunca después. Aún hoy, las derivadas sociales de aquel proceso siguen definiendo los límites defensivos del movimiento popular e indican los núcleos desde los cuales se retomará la senda interrumpida.



