27 Ago 2011Editorial
La victoria contundente del gobierno ha echado por tierra el remanido argumento de que no se puede hacer más porque la relación de fuerza no lo permite. Sin embargo, cualquier avance en una dirección nacional-democrática no depende de la “profundización” de este modelo, sino de un giro radical apoyado sobre programa encaminado a remover los factores estructurales que perduran de la etapa neoliberal
Para explicar la contundente derrota del 14 de agosto, Ricardo Alfonsín señaló que los votantes habían temido el cambio. El “temor al cambio” fue en realidad un rechazo masivo de la sociedad al intento de hacerla retornar al período anterior a diciembre de 2001. La alianza Alfonsín-De Narváez, el binomio Duhalde-Das Neves y la candidatura de Elisa Carrió son las expresiones típicas de una partidocracia que representa lo peor del pasado nacional desde el golpe de Estado de marzo de 1976 en adelante. Por su parte, el Frente Amplio Progresista encabezado por el Partido Socialista, no pasa de ser el ala socialdemócrata de ese conjunto anacrónico; y si Macri no figura en esta lista es simplemente porque renunció a dar batalla en esta ocasión.
Diciembre de 2001 marcó un antes y un después; estableció una nueva correlación de fuerzas sociales y políticas y fijó el límite del que no es posible retroceder a menos que sobrevenga un profundo reflujo de las masas populares.
El kirchnerismo, a su vez, es producto de esa nueva relación de fuerzas; no del momento culminante de la rebelión popular sino del momento del restablecimiento del orden, vale decir de la restauración de la institucionalidad amenazada por una crisis general de representatividad. Sin embargo, a pesar las límitaciones de clase de la corriente que fundó el ex presidente Kirchner (límitaciones que se manifiestan en la negativa a remover los fundamentos estructurales heredados de la década de los 90’), su diferenciación respecto de los viejos y nuevos partidos tradicionales es indudable.
En las jornadas del 20 y 21 de diciembre de 2001 la lucha de las masas decidió en las calles el hundimiento del ciclo neoliberal de los 90’, mientras que en las esferas dirigentes la crisis creó las condiciones para que la burguesía monopolista, cuyos negocios estaban ligados a la acumulación de capital productivo y la exportación, se convirtiera en el núcleo de intereses más influyente. El resultado fue que los gobiernos que emergieron tras la estabilización del sistema, primero el de Duhalde y luego los del kirchnerismo, se desenvolvieron según los lineamientos de una variante de corte desarrollista, ajustada al nuevo balance de poder, dentro del cual los sindicatos obreros se fortalecieron y constituyeron una pieza central del nuevo equilibrio. Sobre este último aspecto la evolución del sindicato metalúrgico es un dato ilustrativo. En el 2000 la UOM, una de las organizaciones más golpeadas por la desindustrialización de la etapa neoliberal, contaba con apenas 70.000 afiliados; diez años más tarde el padrón de cotizantes sumaba 250.000.
El significado del cuarto oscuro
Los trabajadores no tardaron en apreciar la diferencia que, en relación a su situación material, significó el giro gubernamental respecto del modelo de los 90’ basado en la hegemonía del capital parasitario y depredador, enriquecido en los negocios de la especulación financiera y gracias a la posición monopólica que ocupó en los servicios públicos privatizados. Los propagandistas del oficialismo se han encargado de resaltar esa diferencia: restablecimiento de las convenciones colectivas, remoción de los capítulos más antiobreros de las reformas laborales de Menem y la Alianza, creación de cinco millones de puestos de trabajo, recuperación del salario real tras la brutal devaluación del 2002, estatización de las AFJP, incorporación al régimen jubilatorio de dos millones de trabajadores y trabajadoras excluidos del sistema, implementación de mecanismos compensatorios como la asignación universal por hijo…
Los trabajadores no tuvieron dudas acerca del significado de las diferencias que median entre el gobierno y la oposición partidocrática. ¿Qué tenían para ofrecer radicales y el partido de De Narváez, el duhaldismo, la Coalición Cívica o los progresistas del PS para oponer? ¿La rebaja o eliminación de los impuestos a la exportación de granos? ¿La ruptura con el “tirano” Chávez? ¿La reprivatización del régimen jubilatorio a cuya estatización se opusieron? ¿La continuidad del ciclo de endeudamiento público, pero sin tocar las reservas, sino recurriendo a usura financiera internacional?
Ciertas franjas de clase media, ideológica y culturalmente antikirchnerista, también votaron por el oficialismo. Los consultores de mercado y demás “opinólogos” explicaron que, especialmente en este caso, la preferencia electoral podía cuantificarse a la luz del aumento de las ventas de televisores LCD, celulares de última generación, calzado deportivo de alta gama, autos, motos, etc. En definitiva, la expansión del consumo en una economía que crece a tasas cercanas al 8% anual. Por cierto, la discrecionalidad en el manejo del poder, la vulneración de los principios republicanos, es algo que ofende la conciencia de una clase media hegemonizada por décadas de hegemonía liberal, pero… cuando en la apuesta electoral está en juego el futuro individual, lo que manda suele ser el bolsillo.
¿Profundización o giro radical?
El kirchnerismo ganó en forma aplastante el desafío de las internas abiertas. En el voto masivo pesó de manera decisiva el día a día. Por lo que estuvo ausente en la discusión la naturaleza de un proyecto que no ha quebrado los resortes estructurales heredados del período 1989-2001: privatización y extranjerización del petróleo, el gas, la minería, las comunicaciones y la siderurgia, o que, en algunos aspectos los ha perfeccionado, como en el caso de la provincialización del dominio sobre los recursos naturales; no se tuvo en cuenta que la legislación financiera sigue siendo la misma que impuso la dictadura de Videla-Martínez de Hoz, ni que el régimen de inversiones extranjeras continúa determinado por los tratados de protección del capital, firmados hace más de diez años con las principales potencias imperialistas y, en consecuencia, en condiciones de ser denunciados. En este orden tampoco tuvo importancia el hecho de que en ocho años de gobierno del kirchnerismo no ha tocado el sesgo en la distribución del ingreso que impone un cuadro impositivo marcadamente regresivo. Esta trama estructural, expresión de los intereses del gran capital de origen local y extranjero, resulta determinante de un patrón de acumulación característico de un capitalismo atrasado y dependiente.
Luego del resultado electoral distintas voces del oficialismo han proclamado que ha llegado la hora de profundizar el modelo. ¿Qué significa esto? Por lo pronto, la victoria contundente del gobierno ha echado por tierra el remanido argumento de que no se puede hacer más porque la relación de fuerza no lo permite. Sin embargo, cualquier avance en una dirección nacional-democrática no depende de la “profundización” de este modelo, sino de un giro radical apoyado sobre un programa encaminado a remover los factores estructurales que perduran de la etapa neoliberal.
Al kirchnerismo le esperan cuatro años más de gobierno en condiciones que probablemente no serán las mismas que conoció en sus mejores momentos. Está en curso una crisis mundial cuya gravedad ha superado hasta el momento los pronósticos más optimistas. Al mismo tiempo el modelo productivo evidencia signos de agotamiento: inflación, estancamiento de la inversión, desbalance fiscal, reducción del superávit comercial… El futuro habrá de presentarle al gobierno una encrucijada que no podrá eludir: tendrá que decidir si mantiene la brecha existente entre el relato épico con el que construyó su identidad política y las medidas concretas de gobierno, o sí, por el contrario, emprende el rumbo que lo lleve a unificar el discurso con el programa.
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El 31/08/2011 a las 22:31 Ignacio Cárdenas dijo:
Excelente análisis. Un punto clave de lo que plantea el autor es:“El futuro habrá de presentarle al gobierno una encrucijada que no podrá eludir: tendrá que decidir si mantiene la brecha existente entre el relato épico con el que construyó su identidad política y las medidas concretas de gobierno, o sí, por el contrario, emprende el rumbo que lo lleve a unificar el discurso con el programa. “.
En realidar creo que más que unificar, lo necedsario es que las acciones sean congruentes con el discurso, y no a la inversa.
El kirchnerismo puede, y debería, hacer mucho más de lo que hace. Yo no tengo ninguna expectativa. Es de esperar que quienes simpatizan con el gobierno sean más exigentes, este lúcido, sustantivo y convincente artículo deberían distribuirlo masivamente entre militantes y simpatizantes kirchneristas para que sean más eigentes con el gobierno.
¿cuándo y dónde se reunen o dan conferencias?
Saludos



