26 Jun 2012Politica Nacional
Clase obrera, Frente Nacional y perspectiva socialista
La IN criticó la labor contrarrevolucionaria de la izquierda cipaya que trabajaba objetivamente en favor del golpe; a la vez, se cuidó de caer en el “oportunismo hacia la burguesía nacional”
En 1961 Jorge Abelardo Ramos editó en la Editorial Coyoacán el libro de Arturo Jauretche Prosa de Hacha y Tiza. La edición misma del libro es un indicador de las coincidencias políticas existentes entre un nacionalista democrático como Jauretche y un socialista de Izquierda Nacional como Ramos. Pero el contenido del libro es revelador, a su vez, de las diferencias entre ambos. Jauretche escribe lo siguiente (págs. 66/67):
“Abelardo Ramos viene de lejos, del 45, sosteniendo con sinceridad una posición que se las trae. Sostiene en su trabajo la tesis de que, o la ‘vanguardia consciente’ de la clase obrera se coloca al frente de las luchas nacionales de todo el pueblo y conduce la revolución nacional hasta el fin, o esa bandera será tomada por caudillos bonapartistas de la burguesía nacional (Yrigoyen) o el Ejército (Perón), quienes conducirán dicha revolución hasta los límites por ellos fijados y terminarán traicionando o comprometiendo el destino del movimiento (…). Estas tesis de Abelardo Ramos, por lo seductoras y por el resplandor lógico, están teniendo gran predicamento entre la nueva generación de muchachos que salen a la política; pero son erróneas y juzgo que hasta peligrosas, si se considera que la hegemonía obrera que Ramos reclama en el proceso de la revolución nacional puede arriesgar la unidad nacional necesaria en esta gran lucha contra los enemigos de la Nación (…). Conviene en el presente que la izquierda nacional no olvide que la estructura vertical del 45 es la única garantía para un reordenamiento de las fuerzas en la línea nacional; y que la división horizontal de las clases que lo componen debe ser postergada hasta que el triunfo sobre los de afuera nos permita el lujo de las divergencias interiores.”
Presuponer que el gobierno kirchnerista es la expresión empírica actual del Frente Nacional constituye un grave error. Pero aún suponiendo que ello no fuera un error, llamar a la reconciliación entre Cristina y Moyano, por considerarlos los “mejores dirigentes” del Frente Nacional, implica un posicionamiento más propio del espíritu jauretcheano que de las posiciones históricas de la corriente de la Izquierda Nacional. Un Frente Nacional es una unidad en la diversidad, o una “síntesis de múltiples determinaciones”, como llamaba Marx a las entidades complejas. Es un error creer, como creía Jauretche, que la “estructura vertical” del Frente obliga a “postergar” la “división horizontal de clases” hasta tanto se obtenga “el triunfo sobre los de afuera” (Ramos enseñaba: “¡eso es menchevismo!”).
Muy por el contrario, es la “división horizontal de clases” la que puede evitar que la “estructura vertical” lo esclerotice y lo conduzca a la derrota frente a “los de afuera”: para esto hace falta que los sectores más plebeyos del Frente Nacional, en primer lugar la clase obrera, disputen la conducción a los sectores burgueses y pequeñoburgueses que lo hegemonizan: la razón de ser de la Izquierda Nacional se encuentra contenida en este punto.
Si renunciamos a disputar la hegemonía del Frente Nacional a la burguesía nacional (o a la pequeña burguesía subrogante), entonces estamos renunciando a nuestra propia identidad. Alguien que ha renunciado a la identidad de Izquierda Nacional, pero que sabe en qué consiste esa identidad, lo ha reconocido abiertamente: Alberto Regali en su libro sobre Ramos. Y por eso dice allí que somos nosotros, Socialismo Latinoamericano, quienes “más fidelidad” guardamos hacia las posiciones históricas de la Izquierda Nacional.
En 1975 el gobierno del Frente Nacional se encontraba en un avanzado proceso de descomposición. Así y todo, era un gobierno de Frente Nacional, y en el horizonte se alzaba la contrarrevolución oligárquico-imperialista. Sin embargo, cuando la CGT llamó a movilizarse contra el gobierno de Isabel, la Izquierda Nacional organizada en el FIP apoyó ese llamado. Sucedía que la “división horizontal” que entonces tenía lugar no era consecuencia, tal como no lo es ahora, de los desacuerdos subjetivos entre los “mejores dirigentes“, sino que era consecuencia de las contradicciones objetivas, inherentes a esa “síntesis de múltiples determinaciones” que es un Frente Nacional. El FIP supo criticar certeramente la labor contrarrevolucionaria que llevaban adelante las organizaciones de izquierda cipaya que trabajaban objetivamente en favor del golpe videlista. Pero, simultáneamente, se cuidó de caer en el “oportunismo hacia la burguesía nacional” que hubiera significado el apoyo pasivo a Isabel en nombre del mantenimiento de la “unidad vertical”. “Unidad vertical” que, por otra parte, debería rendir cuentas alguna vez de las repetidas derrotas de los frentes nacionales que son incapaces de revolucionarse a sí mismos poniendo en su cabeza a quienes se quiere mantener a la cola.



