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  • Artículo cargado el 12/03/2010 - 01:14

Clarín y la veta autoritaria de Cristina Fernández

Osvaldo Calellotwitter @ocalelloSocialismo Latinoamericano

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La reivindicación del 4 de junio del 43’, puso los pelos de punto a los descendientes de la antigua Unión Democrática

Hubo, entre las muchas declaraciones que en estos días formuló la presidenta Cristina Fernández, una que llamó especialmente la atención al matutino Clarín. No fue, por supuesto, aquella en la que la jefa de Estado realizó la más formal promesa de sometimiento a las exigencias del capital financiero internacional. “Quiero decirles a los acreedores de la deuda la van a cobrar. No estoy dispuesta a condenar a la Argentina otra vez más al endeudamiento. Vamos a pagar”, fue la solemne promesa que la máxima autoridad del gobierno realizó a fondos buitres, bonistas y bancos, que vienen presionando de todas las formas al país para cobrar una deuda fraudulenta e ilegítima, según lo establecido por la justicia argentina. Esta declaración, que puso al desnudo la subordinación del gobierno kirchnerista al statu quo semicolonial, no llamó la atención al conjunto de la partidocracia que clama todos los días por la institucionalidad vulnerada, ni de la prensa canalla que machaca, una y otra vez, las “verdades” de sentido común del discurso del liberalismo oligárquico.

Lo que motivó la decida desaprobación del diario Clarín fue una frase de Cristina Fernández referida al golpe de Estado de junio de 1943. En el discurso de apertura de las sesiones del Congreso la jefa del gobierno dijo: “Esta Argentina virtual y mediática que planteó que odiábamos a las Fuerzas Armadas. ¡Por Dios! ¿Nosotros los peronistas, contra los militares? Somos el único partido político vigente en la República fundando por un general. Nuestro ADN se gestó allí cuando las Fuerzas Armadas acabaron con el fraude patriótico de la Década Infame y Perón fue presidente.” Estas palabras debían necesariamente resultar intolerables a la sensibilidad democrática de los cultores de la virtud republicana, y Marcelo Moreno, escriba del “gran diario argentino”, se despachó con un artículo condenatorio. Recordó que el movimiento militar dirigido por militares de “inocultables simpatías nazi-fascistas”, disolvió el Congreso intervino la mayoría de las provincias y las universidades, clausuró sindicados, disolvió los partidos políticos, encarceló numerosos dirigentes políticos y sindicales, cesanteó miles de profesores y maestros, censuró a la prensa, entre otras medidas represivas. El colmo del asunto fue que la presidenta revindicara esa quiebra institucional, nada menos que el Congreso, vulnerado en 1943 por “una insurrección a todas luces ilegítima”. Semejante desmesura movió al erudito escribiente a buscar una analogía notable, que diera cuenta de lo excepcional de la situación. La encontró en uno de los diálogos de Macbeth en el que Shakespeare habla con “tenebrosa poesía” de acontecimientos extraordinarios. Y tras la cita, la mesurada reflexión del autor de la nota: “Suceden cosas extraordinarias en la sociedad argentina de nuestros días. Demasiado extraordinarias. Seguramente la mayoría soñamos con menos asombros”.

Lo notorio de este alegato republicano, es la ausencia de la más mínima consideración respecto de lo sustancial de la afirmación de Cristina Fernández. Es cierto, el golpe de Estado de 1943 puso fin a período de oprobio en la vida nacional conocido como “década infame”.

Fin de época

La irrupción militar de junio del 43’ significó antes que nada un corte en la historia argentina. Por entonces, tras más de una década de dominio oligárquico afirmado en la política del “fraude patriótico”, mediante el cual conservadores y liberales se mantuvieron en el gobierno burlando la soberanía popular, y en el programa derivado del pacto Roca-Runciman, por cuyas cláusulas el país consolidó su condición de semicolonia del imperio británico, el clima moral y político de la nación reflejaba los rasgos incipientes de una crisis orgánica en curso. Las trampas comiciales, la corrupción y los negociados, el clima de fin de época, señalaban que la vieja República oligárquica había alcanzado el límite de sus posibilidades, y había entrado en un proceso de descomposición. Carecía de ideas, programa y política para dar respuestas a un país que ya no era el de los años dorados de la Argentina agroexportadora, sino el que había surgido tras la crisis del 29’, a la sombra de las condiciones proteccionistas impuestas, primero por el colapso del mercado mundial, y luego por la guerra europea. Nuevas fracciones de clase   –pequeños y mediados empresarios fabriles y un joven proletariado vinculado al mercado interno– habían quedado al margen de toda representación política e institucional. Mientras tanto, una serie de nuevas ideas que giraban en torno a los valores del industrialismo y la soberanía económica, habían aparecido en el firmamento de la República en crisis, anticipando el advenimiento de cambios ideológicos y culturales, indicativos de un próximo desplazamiento del centro de gravedad del poder político. Las publicaciones Tribuna y Reconquista, la Revista de Economía Argentina fundada por Alejandro Bunge, Argentina Fabril editada por la Unión Industrial, los ciclos de conferencias organizados por esa central fabril con presencia de oficiales del ejército, constituían manifestaciones superestructurales de las transformaciones que había experimentado el patrón de acumulación; transformaciones que ya no cabían en las rígidas estructuras del país agroexportador.

En junio de 1943 la crisis había adquirido un inconfundible aspecto político. Al anunciar que la fórmula del oficialismo en las próximas elecciones sería encabezada por el estanciero Patrón Costas, el presidente Castillo le dijo al país dos cosas: que el “fraude patriótico” volvería a imponerse para asegurar la continuidad del régimen de la década infame; y que el futuro gobierno pondría fin a la posición neutralista y se volcaría a favor del bando aliado. Una y otra alternativa eran rechazadas por la mayor parte de la sociedad. Pero los conservadores ya habían demostrado en diciembre de 1940 su voluntad de no ceder en nada, cuando negaron el apoyo al Plan Pinedo, cuyo pecado fue el de tratar de adaptar el modelo semicolonial a los cambios que había experimentado la economía local, y a la nuevas relaciones de fuerzas que emergerían inevitablemente tras la contienda, ante la declinación irremediable de la vieja metrópoli británica y el asenso del imperialismo estadounidense.

Por lo demás, los intentos de la fracción liberal de la Concordancia gobernante por dar al régimen una continuidad de apariencia democrática habían sufrido un golpe definitivo. En enero de 1943 falleció el general Justo, meses antes también habían desaparecido Alvear y Ortiz. Justo había sido proclamado candidato a presidente en diciembre pasado en al Cámara de Comercio Británica, y era la figura política en condiciones de aglutinar un frente democrático, incorporando el ala liberal de la Concordancia –los restos del Partido Socialista Independiente y los radicales antipersonalistas- junto a la UCR, cuyo Comité Nacional estaba controlado por el alvearismo, el socialismo y la democracia progresista. La preservación del régimen mediante una solución electoral sin trampas era indispensable, además, para alinear el país en la contienda mundial junto al bando de las democracias imperialistas, tal como exigía el gobierno norteamericano. En esa dirección presionaban el radicalismo alvearista, la democracia progresista, una parte de al Concordancia y, especialmente, los partidos Comunista y el Socialista; éstos últimos, proclamados “partidos obreros”, abrieron a través de la política de “unión democrática” una brecha respecto de las grandes masas trabajadoras, que resistían el intento de precipitar a país en la guerra en alianza con los explotadores extranjeros.

Cuando los hombres del 4 de junio irrumpieron en la escena política, la crisis de representatividad de las instituciones, los partidos y las organizaciones obreras, estaba en pleno desarrollo. Cualquiera que hubiera presenciado los preparativos del golpe de Estado en la noche del 3 de junio en la Escuela de Caballería de Campo de Mayo, no podría menos que asombrarse de la heterogeneidad del grupo que habría de poner al frente del movimiento horas más tarde. Nacionalistas, defensores de la neutralidad argentina y simpatizantes en muchos casos del fascismo y del nazismo, se lanzaron a la acción junto a liberales, partidarios de enrolar al país en la causa de las burguesías occidentales. No tenían un programa común y deferían en cuanto a la política que habría de seguir el gobierno militar. La asunción inicial del general Rawson como presidente, sin que nadie lo hubiera designado, su decisión de nominar ministros que provocaron la desaprobación de los oficiales aliadófilos y de manifestar, al mismo tiempo, su voluntad de romper relaciones con los países del Eje, dejó en evidencia la confusión de las primeras horas. Los jefes del pronunciamiento sólo estaban de acuerdo en un punto: la práctica de la proscripción y del fraude comicial con la que conservadores y liberales habían gobernado desde el golpe de Estado de septiembre de 1930, estaba agotada y la sociedad no habría de soportar una nueva burla electoral. De ese grupo inicial, la fracción nacionalista nucleada en torno al GOU, una secta secreta de la que pocos tenían conocimiento, constituía una minoría. Sin embargo, los cuatro coroneles que componían su estado mayor, Emilio Ramírez, Enrique González, Eduardo Ávalos y Juan Perón, especialmente este último, tenían en claro que la historia estaba girando en una nueva dirección.

En cierto sentido el GOU fue el partido de la burguesía industrial. Junto a los aspectos reaccionarios que dominaron el plano cultural del régimen y a la represión política, una suerte de nacionalismo burgués se abrió paso en los cuadros de la estructura estatal, y puso en marcha las medidas iniciales del programa que escapaba a los límites del viejo país agroexportador gobernado por una oligarquía conservadora: nacionalización del Banco Central, de la Corporación de Transportes de Buenos Aires, de la Compañía primitiva de Gas, de las empresas telefónicas de provincias dependientes de la Electric Bond and Share; creación de la Secretaría de Industria y del Banco Industrial; expansión de Fabricaciones Militares y, posteriormente, a medida que la lucha de clases fue diferenciando los campos antagónicos, la organización de la Secretaría de Trabajo y Previsión y la reforma de la legislación laboral, iniciativas ésta últimas indicativas que el curso profundo de acontecimientos que habría de volcar definitivamente el balance del poder, estaba en marcha.

El golpe de Estado del 4 de junio de 1943 puso fin a una época y abrió un nuevo período en la vida nacional. En ese tránsito de una época a otra se crearon las condiciones que dieron origen al peronismo. En ciertos momentos especiales la historia no se detiene ante las formalidades a la que rinden culto los liberales y el democratismo pequeño burgués. Si la vieja institucionalidad se erige en un obstáculo, apela a las soluciones de excepción como las revoluciones o los golpes de Estado, y sigue su marcha sin preocuparse por los juicios de aquellos que aferrados al statu quo, interpelan a lo nuevo que irrumpe intempestivamente acerca de sus credenciales republicanas.

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Comentarios:

F. Lozano dijo:

En efecto. En ciertos momentos especiales no nos podemos detener ante las formalidades a la que rinden culto los liberales y el democratismo pequeño burgués.
Si la vieja institucionalidad se erige en un obstáculo, apela a las soluciones de excepción como las revoluciones o los golpes de Estado, y sigue su marcha sin preocuparse por los juicios de aquellos que aferrados al statu quo.
Pero, lo más gracioso, es que esos liberales y democratistas pequeño-burgueses que rinden culto a las formalidades… son los primeros en olvidarlas o justificar su violación cuando les interesa: miren si no como aceptan que al día siguiente de ganar HAMÁS las elecciones palestinas, el estado sionista impusiera un bloqueo total mar-tierra-aire sobre Gaza y detuviera centenares de ediles y parlamentarios electos en Cisjordania.
Miren si no como aplaudieron el golpe de Honduras o el intento de golpe contra Chávez.

Enviado el 21/03/2010 a las 12:30

Carlos A. Zelada dijo:

Las palabras de la Presidente Cristina Fernández levantaron revuelo en quienes sienten la “institucionalidad” como la muralla china que detendrá a los bárbaros que no se quieren someter a la Ley. Tal vez eso expresó el artículo de Clarín y, tal vez por eso mismo fuese conveniente hacer algunas consideraciones acerca de lo que representan las Instituciones. Porque, aunque de sobra conocido, el cúmulo de decisiones que trajo el gobierno que sucedió al de la Revolución del 1943, elípticamente, lo que se critica no es esencialmente una interrupción institucional, es la forma de gobierno que surgió como su heredera. Aquella que desbalanceó la preeminencia del “Congreso”, expresión de los intereses específicos a los que poco les importa el sentido de la Sociedad Política, a favor del “populismo”—término con que habitualmente denosta el poder económico a quienes ponen coto a sus intereses que hizo recaer—nuevamente, ya que es esa es la forma más propia de nuestro país—en el poder del Ejecutivo el comando de la vida del país.

Debería, nos parece, hacerse hincapié en la significación de las Cámaras que, como expresión de los intereses económicos en pugna, tercamente son el lastre que el Ejecutivo – genuino detentor de la representación del Pueblo –  debe arrastrar en el cumplimiento de una línea de gobierno. No por nada la “oposición” clama por las “instituciones” que un Ejecutivo fuerte presuntamente mansilla. El aura de sacralidad que se le quiere dar a la también presunta “división de poderes” no es otra cosa que la cortina de humo que difumina tras el cuento de hadas los dientes del lobo de los intereses económicos. Y para que esto no quede como una diatriba “moral” a la que tan afectos son algunos representantes de la “gente” o de los “vecinos”, términos que han suplido al de ciudadano, sujeto de obligaciones pero también de derechos, piénsese en como se votaron ciertas leyes…...desde la esperpéntica privatización de Gas del Estado hasta la de rebajas de sueldos y jubilaciones.

Ni la Suprema Corte, ni los círculos diversos de profesionales de las leyes, interpusieron ningún mecanismo legal que impidiera el descuartizamiento de la estructura del Estado, ciertamente la entidad que debiera cobijarnos a todos los ciudadanos y habitantes del país. Y claro, ¿cómo iban a acordarse de los pobres viejos o de la “lacra” del empleado publico? Para eso están. Para ser el lastre que se arroje al agua cuando el barco escore. No importa que el Capitán sea un inepto. No hay que interferir con las decisiones políticas…....si…..siempre y cuando no nos perjudiquen.

La Revolución de 1943, en definitiva, hizo que el deseo del Reino Unido, acorralado por la Alemania Nazi, se viera cumplido. Permanecimos neutrales con lo que aseguramos los envíos de carne a Gran Bretaña pero también impidió que la sangre argentina se derramara en una guerra en la que no teníamos un interés fehaciente que defender. 300000 brasileños que quedaron en la Vieja Europa en nombre de la Libertad fue el pago anticipado de nuestro vecino por la amistad de los EEUU.
Y eso, la beligerancia a la que nos se dejó arrastrar el Gobierno de la Revolución del 4 de Junio, con todas sus contradicciones, fue un rasgo que no es suficientemente destacado por los impolutos comentaristas de una presunta pureza de la civilidad.

Enviado el 11/04/2010 a las 20:06

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