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  • Artículo cargado el 27 de agosto de 2007

De Roca a Aramburu

JORGE ABELARDO RAMOS

1959

En las horas tenebrosas de la Guerra del Paraguay, el joven Roca leía a Tácito, junto al vivac. Soldados legendarios como Racedo construían el Ejército y alimentaban su tradición popular participando en los fogones donde Martín Fierro cantaba sus últimas coplas. Ese Ejército criollo nacido en las invasiones inglesas, endurecido o diezmado en las guerras de la Independencia y del Imperio, en las luchas civiles, en bloqueos internacionales, en Cepeda, Pavón y los Corrales, desaparecido, tragado por el abismo de la historia. Un ayudante de Roca, el general Ricchieri, bajo la inspiración del notable tucumano, implantó hace medio siglo la Ley del Servicio Militar obligatorio, pivote, junto con la enseñanza gratuita y laica, de la democratización de la vida argentina. Pero como el Ejército no puede sino reflejar la sociedad que lo nutre, forzoso es concluir que las fuerzas armadas han manifestado siempre en nuestro país no una ideología pura y simple, sino ante todo las influencias dominantes de cada época. De aquel Ejército de Roca, que heredaba la tradición viva de montoneros y de las legiones gauchescas, hemos venido a parar a un Ejército que admite en sus filas al general Luis Rodolfo González, el célebre disertante del Círculo Militar e interventor de la cadena de diarios. Bastaría esta mención para medir la dramática crisis ideológica de nuestro Ejército. La indiscutible influencia que los cuadros de oficiales ejercen todavía en la política argentina, aun en pleno “Estado de Derecho” justifica esta nota y obliga a remontar la mirada para esclarecer el origen del ejército argentino, que los epígonos del general González se empeñan en ocultar. La “tarea específica” y el carácter “democrático” de las fuerzas armadas disfrazan en nuestros países el designio imperialista y oligárquico de separar los medios de los fines, el fusil de la conciencia nacional, el pueblo del Ejército. A los “democráticos” se unen los “nacionalistas”. Estos últimos, impregnados de la ideología apolillada de Charles Maurras, del Vaticano y del Duce, económicamente industrialistas y políticamente reaccionarios, aspiran a un Ejército todopoderoso, elevado por encima de la sociedad; un jefe providencial, es su necesaria consecuencia, y su espada, unida a la Cruz de Roma, sería la suprema garantía de un Estado justo y jerarquizado. Allá abajo, en el verde valle medieval, el pueblo, beneficiario feliz de un régimen patriarcal al estilo de Oliveira Salazar o de Franco. Unos y otros no responden ya a los tiempos. El Ejército argentino no fue así en el pasado, y tampoco lo será en el porvenir. Se trata de dos formas especiales de confundir a los oficiales y al pueblo mismo sobre la historia de las fuerzas armadas y su programa, en una época decisiva donde se enfrentan poderosos grupos imperialistas y países semicoloniales que pugnan por liberarse de su yugo.

DE SAN MARTIN A ROCA

El siglo xix engendra el movimiento de las nacionalidades y San Martín viaja a América para contribuir a la fundación de un gran Estado latinoamericano. La Logia Lautaro, a la que perteneció, perseguía esos fines y no tenía el carácter reaccionario y proimperialista de las masonería modernas. Del mismo modo, las fracciones políticas del Ejército que proponen la candidatura de Sarmiento a la Presidencia, hastiadas de la carnicería mitrista en el Paraguay, si bien es cierto que eran liberales, no eran antinacionales, como afirman los clericales de nuestros días, porque no siempre ni en todas partes el liberalismo burgués marchó contra la corriente de la historia. Muy por el contrario, expresó las fuerzas del progreso, a semejanza del cristianismo, que después de haber sido un vasto movimiento de clases oprimidas, se transformó en un bastión del viejo orden y en el brazo espiritual de todos los opresores. La verdadera tradición del Ejército argentino es nacionalista, popular y democrática. Cuando el liberalismo se transforma en expresión política de la oligarquía, sobre todo a partir de la presidencia de Quintana, el liberalismo pierde su nacionalismo; y veinte años más tarde surge un nuevo nacionalismo antiliberal, impopular y antidemocrático, epifenómeno ideológico de los totalitarismos europeos. El divorcio entre nacionalismo y liberalismo influyó en el Ejército, puesto que se trataba de un fenómeno general, y los militares fueron “democráticos” a la manera del general González o “nacionalistas” a la manera de Uriburu, Lonardi o Bengoa.

EL EJÉRCITO EN TIEMPOS DE IRIGOYEN

Cuando la inmigración y la penetración imperialista hacen palidecer la estrella de Roca, la vieja sociedad argentina precapitalista intenta sobrevivirse políticamente en un nuevo movimiento, que también abrazaba los nuevos sectores de la iiuiunalidad en formación. El Ejército reflejará esa fusión. Si un General Levalle era bastante raro en el ochenta y tantos, un Ricchieri a principios de siglo indicará que los descendientes del inmigrante integran ya la reserva nacional por excelencia: los cuadros del Ejército. Era un hecho auspicioso, y un triunfo, de la capacidad asimilativa de los argentinos frente a colectividades europeas renuentes a la integración con el joven país. Yrigoyen fue el símbolo político de ese proceso de mixturación. Y los oficiales que habían combatido a lanza en la Argentina de ayer, estudiaban balística con las becas que les daba Roca, a quien apoyaron cuando los trece ranchos provincianos marcharon sobre la soberanía de Buenos Aires para nacionalizarla de una vez y realizar la profecía e Alberdi: la Grande Argentina con Buenos Aires por Capital. Guerreros gauchos como Galaza, que usaban bota de potro bajo los pantalones planchados, doblegaron a la oligarquía portuaria e hicieron de la gran ciudad un patrimonio común de los argentinos. Yrigoyen recibió ese Ejército, que era tanto una fuerza armada como el parado político de Roca; y el genio de este comprendió que su hora había llegado al entregar a Yrigoyen, por medio de Ricchieri, discretamente, la inmensa heredad del criollaje del Norte. Véase los recuerdos de Ricardo Caballero a este respecto. Yrigoyen era un caudillo civil; la edad de hierro quedaba atrás, pero debió manejarse, no obstante, con el ejército, que lo respaldó frente a las maniobras de la oligarquía despechada. Los oficiales, cadetes en los tiempos de Roca, enseñaron a los cadetes nuevos que el movimiento popular en el poder era constitucional, y debía respetarse. No había comandos paralelos en esos días. El Presidente no sólo era el “Jefe Supremo de la Nación”, como lo establecía además de la Constitución una vieja tradición argentina, sino también el “Comandante en jefe de las Fuerzas Armadas”. Por eso Yrigoyen pudo gobernar durante dos presidencias, sin que el Ejército lo traicionara. Y si el 6 de septiembre un general retirado lo volteó, no fue precisamente porque el general Dellepiane no supiera ni quisiera resistir —sobrados medios tenía para deshacer con una mano la farsa aristocrática— sino porque el yrigoyenismo como tal había irremisiblemente concluido para la historia.

LA GENERACIÓN MILITAR DE 1930

El nacionalismo popular de Yrigoyen había sido ahogado por la heterogeneidad social del movimiento que lo sustentaba, y por las vacilaciones del caudillo estanciero. La crisis mundial de 1929 le infligió el golpe de gracia. La prensa. venal, vendida en su conjunto a las grandes fuerzas imperialistas., organizó el escándalo. La juventud militar que hace su carrera durante la década del 30 presencia el triunfo indisputado de la oligarquía más cínica y cerril. Un general, Agustín P. Justo, es la personificación de un Ejército “específico”, “apolítico y “profesional”, que tolera y apoya las más grandes infamias antinacionales de que haya memoria en sus anales. Un ministro de Guerra, el general Rodríguez, llamado por solícitos exégetas el “hombre del deber”, crea la doctrina del carácter eminentemente profesional y aséptico de la carrera militar. Esa doctrina permite a la pandilla civilista y oligárquica vender sistemáticamente la soberanía económica de la Nación. Mientras todo esto ocurre, la oficialidad se recluye en sus cuarteles y se limita a observar el panorama nacional e internacional. En ese momento, las potencias fascistas, que se autodenominaban “naciones proletarias”, desarrollan la campana preliminar a la segunda guerra imperialista. La circunstancia de que los ingleses eran los beneficiarios exclusivos del régimen oligárquico argentino, originó una corriente de simpatía de la nueva generación del Ejército hacia los adversarios de nuestros opresores directos. Esta simpatía se teñía con un nacionalismo vernáculo, resista, hispanizante. No se trataba en verdad sino de una reacción puramente defensiva, puesto que la influencia de los totalitarismos europeos, aspirantes a opresores, se contradecía con el carácter argentino del nacionalismo popular necesario.

Era una variante de la colonización espiritual argentina en las filas del Ejército. Y como el radicalismo había caído en manos del antipersonalismo cipayo, encarnado por Alvear, los oficiales se convirtieron en los únicos nacionalistas de la República; FORJA estaba ahogada por la propaganda entreguista y “democrática”. Y el socialismo revolucionario, representante de los intereses históricos de la clase obrera y heredero del socialismo nacional planteado hacia medio siglo por Manuel Ugarte, estaba en pañales.

LOS HOMBRES DEL 4 DE JUNIO

En tales circunstancias, el grupo de coroneles que en 1930 eran capitanes Perón, Silva, Sosa Molina, Lucero, González asesta al viejo régimen tambaleante el golpe del 4 de junio de 1943. Sabían muy poco y estaban llenos de ideas confusas, pero lo poco que sabían lo llevaron a cabo. Las ideas confusas —autoritarismo, clericalismo— quedaron en el camino, junto con los asesores nacionalistas que las propagaban. Lo otro ingresó para siempre en la política argentina. Era simplemente, la idea de la “industrialización de Estado” como parte de la práctica gubernamental. La segunda idea, movilización de la clase obrera, vendría a sostener la primera, Y esto ocurrió el 11 de octubre de 1945. El coronel que vio mejor y más lejos el poder intrínseco derivado de una asociación de las dos ideas, fue Juan Domingo Perón. Ese fue todo su secreto, pero había que tenerlo. No lo llevaba consigo desde su nacimiento como Júpiter a Minerva, pero supo descubrirlo en la marejada. Aquella generación militar nacionalista madurada entre el 30 y el 43, se hizo en su mayor parte, peronista. En su origen, el peronismo fue una alianza entre el Ejército y el Pueblo. Hacía mucho tiempo que esa formidable fusión se había perdido, y en un país semicolonial, cercado e indefenso, era la fórmula hasta que llegara el momento en que la clase obrera sustentara al partido socialista revolucionario capaz de interpretarla y dirigirla.

Sin embargo, tan sólo doce años fueron suficientes para aniquilar a esa generación y a sus jefes. Las razones de ese hundimiento son múltiples, pero pueden reducirse a una sola. el peronismo llevó adelante una revolución incruenta en condiciones de prosperidad general; pero no podía funcionar en tiempos difíciles, a menos que llevara los confusos postulados de su doctrina más allá de los límites burgueses fijados por su jefe. Al no preparar al país políticamente para experimentar las nuevas tareas, al no plantear los fundamentos de una genuina ideología la revolucionaria, Perón dejó en manos de la oposición todo el viejo arsenal oxidado de la “democracia”, así como había dejado en pie a la CADE y a las estancias, a los frigoríficos y al poder económico de la burguesía comercial. Se detuvo en la mitad del camino. Y el Ejército no supo qué hacer. Los mejores ideólogos que tenía Perón eran nacionalistas católicos, y el catolicismo era su programa, un programa antiguo y prestigioso, el metro de plata para todas las dificultades inexplicables. El conflicto con la Iglesia hizo del jefe militar un apóstata. Los oficiales descubrieron un día que ya no entendían nada; y cuando Perón advirtió que con la ayuda norteamericana podía extraer petróleo y zafarse de los ingleses, se hizo una coalición con respuestas para todos los participantes: a los militares la Fe y el petróleo, y a los otros, a la ralea de Santander, las “libertades democráticas” y el paralelo 42. Los ingleses unieron a masones y clericales, a nacionalistas y contrabandistas y organizaron el 16 de septiembre. El Ejército cayó en la trampa, y ya no se repuso.

LONARDI, ARAMBURU, SOLANAS PACHECO

Como Lonardi se había levantado contra Perón, los peronistas que habían permanecido en el Ejército en silencio, no lo quisieron sostener cuando les pidió ayuda en la noche del 13 de noviembre. Aramburu, después de derribar a Lonardi, depuró el Ejército de peronistas. No a todos, por supuesto, pues muchos de ellos quedan, pero arrinconados. Entre los que quedaron está Aramburu mismo, que ostenta su grado de general discernido en tiempos de Perón. Porque Aramburu pertenece, al fin y al cabo, a esa generación que sostuvo al régimen peronista y que contribuyó a modelarlo. Aramburu podría ser calificado como un peronista de extrema derecha, uno de tantos reaccionarios que cobijaba el gobierno de Perón y que le confería un carácter tan contradictorio. Cuando Rojas, prototipo de los que llevan el luto por Nelson con verdadera unción, clamaba desde el gobierno contra aquellos funcionarios subalternos que no se apresuraban “a desmontar la maquinaria totalitaria”, se estaba refiriendo precisamente a todo el dispositivo administrativo de la Argentina moderna, a ese Estado y a esa burocracia (nacionalismo pasivo) que representaban a su modo un dique de contención a la libre empresa y a las maniobras del imperialismo extranjero. Aramburu expresó en el gobierno ese poder moderador, una temerosa política burguesa sin obreros, sin sindicatos, repleta de concesiones a la oligarquía, pero que no era la oligarquía misma, la que ya no podrá gobernar jamás este país. El Ejército, después de Aramburu, ha quedado en estado de asamblea, completamente confundido, diezmado y a la defensiva. Tiene horror a la simple idea de un golpe de Estado, que le susurran las raleadas huestes gorilas. El gobierno de Frondizi reposa en esa confusión, y en este desaliento encuentra su fuerza. La burguesía industrial, por medio del grupo Frigerio, intenta tranquilizar a los oficiales, y se hace devota. Ignora, a su turno, que los oficiales jóvenes no lo han sido nunca, y que la “política espiritual” de Frondizi los intranquiliza más que su medidas temporales (petróleo, Dinie, etc.) impuestas por las circunstancias y también por la cobardía de los pequeños burgueses fubistas en la Casa de Gobierno. El país necesita una ideología moderna; y el Ejército también, puesto que la “guerra es la continuación de la política, aunque por otros medios”. El ejército de un país semicolonial, situado en el extremo austral de un continente periférico, no puede permanecer ajeno al debate de los grandes problemas nacionales. Los acontecimientos mundiales del porvenir harán de América Latina el campo geográfico de la historia. La nueva generación militar, junto al pueblo del que ha salido, debe prepararse a contribuir a la segunda emancipación del continente. Tampoco debe olvidar que el proletariado argentino está llamado a dirigir esa campaña que inició hace más de un siglo José de San Martín. Nuevas ideas guiarán viejas tareas.

Notas:

[*] Publicado en la revista “Política”, 1ª época, N° 1, octubre de 1958
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