1º) ¿Considera necesario el concurso del capital extranjero en el desarrollo de la economía nacional?
—Considero más lógico plantear antes otra pregunta: ¿La Argentina cuenta con capitales propios para impulsar su crecimiento económico? Mi respuesta es: Sí.
Según el Ministro de Hacienda, Dr. Quilici, parasitan actualmente en el exterior 8.000 millones de dólares exportados de nuestro país. Para lograr la repatriación de tan inmenso capital, el Banco Central ha emitido Bonos Externos, cuya adquisición se beneficia de un punto y medio superior al mejor interés que se obtenga en el mercado interbancario de Londres y nunca inferior al 8 %. El adquirente doloso de tales bonos, que ha huido del país (desangrándolo) con el trabajo argentino acumulado bajo la forma del “capital negro”, es gratificado además, por el actual gobierno, con un “blanqueo” de tales capitales. Para conmover su corazón, se lo seduce con innumerables ventajas que todo lector podrá conocer en los avisos publicados en los grandes diarios últimamente.
Este premio al delito se contradice con la hostilidad no menos manifiesta que se evidencia desde el aparato del Estado hacia la pequeña o mediana empresa rural o industrial de capital argentino. Pues para los abogados nativos del imperialismo extranjero que han manejado en los últimos quince años la economía nacional (salvo raras excepciones) no hay cosa más detestable que un “capitalismo nacional”, que una “burguesía nacional”, a la que los izquierdistas cipayos amenazan con la expropiación en las palabras y a la que el imperialismo conduce a la quiebra en los hechos. Esta muerte ingloriosa y nada épica de la burguesía argentina no ha generado en ella en la hora de la crisis el espíritu de lucha de que careció en los tiempos prósperos.
Es por tales razones que creo imposible en que los nostálgicos llamados de amor del Dr. Quilici persuadan a la rica y ociosa Doncella del Capitalismo Prófugo para que emprenda, suspirando, el camino del retorno. No hay que emitir Bonos Externos para repatriar a los capitalistas, aventureros y especuladores: es preciso impedir que en lo sucesivo puedan emigrar.
Si logramos hacerlo, el monto de la suma evadida señala bien a las claras la capacidad de acumulación que el país dispone en manos improductivas y que constituiría un gigantesco poder en manos del Estado.
¿Cómo lograrlo? No hay medidas puramente económicas, “técnicas”, que generen milagros en la materia, salvo para los milagreros y charlatanes que tan bien conoce el país. No las hubo nunca en la historia universal. Pues los mejores resultados se obtienen mediante la compulsión de medidas extraeconómicas, o sea políticas. Para que el Estado pueda emprender las grandes obras de la industrialización básica que reclama la expansión de las riquezas productivas, s preciso nacionalizar la fuente primera de esa riqueza emigratoria, que el Ministro de Hacienda ha señalado y cuantificado. En primer lugar, la pampa húmeda. Es preciso transformar la actual parálisis ganadera (cuya producción está detenida en las cifras de 1910) en una gigantesca fábrica de carne. Para obtener esos fines, es preciso nacionalizar sin indemnización todos los predios de la “pampa húmeda” superiores a las 500 hectáreas. Los técnicos del INTA, los ingenieros agrónomos y los veterinarios al servicio del Estado, tendrán entonces la palabra y dirigirán esos inmensos emporios. No propongo naturalmente, ninguna subdivisión de la tierra en el sector de la economía pecuaria de la “pampa húmeda”. Por el contrario, según el dictamen de los especialistas, hasta podrían ampliarse las estancias ganaderas del Estado a extensiones sólo regulables por rentabilidad y control técnico. Las mercedes reales y los derechos de vaquería volverían al Rey, o sea al pueblo, que es quien ha valorizado, con su trabajo y su sangre, el viejo Desierto.
Lo mismo digo con respecto a las industrias monopólicas del gran capital imperialista, a la necesidad de liquidar la intermediación, entre la importación y la exportación, en suma, con respecto a todo el capital comercial improductivo. Con esto señalo —sin hablar de los Bancos—, las fuentes principales del capital emigratorio.
Naturalmente que todo lo dicho supone una revolución nacional en sus primeros grados y necesariamente enlazada con la adopción progresiva de medidas económicas abiertamente socialistas. Pues la pregunta Nº 1 planearía en el aire si se la desvinculase de la naturaleza de clase del Estado que discute el concurso del capital extranjero. En mi opinión, un Estado Socialista en la Argentina podría admitir el ingreso del capital extranjero, a condición de que ese capital se invierta en lo que Marx llamaba la rama I, o sea la industria pesada, donde la composición orgánica del capital es más densa e indispensable la gran inversión. Naturalmente, es preciso contemplar, en ese caso, que los beneficios de dicha inversión extranjera se remesen en proporciones y plazos razonables para ambas partes. Lenin sostuvo la necesidad de esta colaboración del capital extranjero en la Rusia Soviética devastada por la guerra civil y la intervención militar externa, en 1922. Pero su gobierno poseía el control de todo su territorio y la soberanía plena sobre el conjunto de su economía, incluyendo el monopolio del comercio exterior, que Lenin reputaba instrumento esencial. En tales condiciones, un gobierno socialista, aunque fuera el gobierno de un país económicamente miserable, era políticamente muy fuerte, y podía negociar con el capital imperialista desde posiciones sólidas.
Del mismo modo, gobiernos nacionalistas como el de Perón en el pasado o el de Velasco Alvarado en el presente, pueden legítimamente negociar con el imperialismo, si lo consideran necesario y si ya han triunfado sobre la oligarquía interna. Las amargas enseñanzas de la historia nos recuerdan, sin embargo, el destino de muchos gobiernos nacionalistas: no es suficiente vencer a la oligarquía interna por el sable o el voto: hay que destruirla socialmente, despojarla para siempre de su base económica y desmontarla históricamente como a la nobleza terrateniente de la Francia de Luis XVI. De otra manera, los estancieros se las arreglan siempre para una restauración, del brazo de los gerentes extranjeros.
2º) ¿A su juicio, las inversiones extranjeras condicionan la autonomía de las decisiones económicas del país?
Eso depende del tipo de gobierno que admite o solicita la inversión extranjera. un gobierno nacionalista (civil o militar) está en mejores condiciones para reservar su capacidad de decisión que un gobierno oligárquico, al que, por otra parte, poco le importa generalmente tal capacidad de decisión. Basta recordar al gobierno del señor Onganía para saber qué quiero decir. Por lo demás, el señor Roth, que escudriñó corno Secretario Técnico los asuntos de la célebre presidencia, nos ha mostrado (aunque con rara morosidad) las intimidades de un gobierno antinacional. En cuanto a la capacidad de decisión de un gobierno socialista no puede caber duda alguna: ningún poder extraño a la Argentina y a sus clases laboriosas podrá movernos un milímetro de la vigilancia del interés nacional.
3º) ¿Qué condiciones le impondría al capital extranjero?
En la etapa actual, de asumir el poder un gobierno revolucionario, el capital extranjero debería esperar el arreglo de nuestros asuntos domésticos, entre los que se encuentra mezclados, para nuestra desgracia, ese capital. Pues resulta obvio que la nacionalización de toda la banca y la devolución a los argentinos productores de las ventajas dinámicas del crédito sería el primer paso de una política financiera nacional. Ya no podría admitirse, por un ejemplo, que un monopolio internacional como la Deltec, pueda obtener del Banco de la Nación Argentina, en violación de la Ley “Compre Nacional”, $ 3.200 millones de pesos. Seguramente que no podrá tolerarse que ese mismo Banco, fundado por Carlos Pellegrini en 1891 para proteger la industria argentina, evolucionase hacia el estímulo de las actividades agrarias y terminase al servicio de los monopolios. Sólo así puede concebirse que Bunge y Born haya obtenido un crédito de más de 2.000 millones de pesos de los cuales 700 millones están destinados a la compra de algodón.
Una empresa que obtiene fuera del país el 83 % de sus beneficios, obtiene apoyo crediticio de un Banco del Estado con el delicado propósito de apretarle la garganta a los productores de algodón del Nordeste y someterlos a su política de bajos precios.
De ningún modo hace falta ciencia económica, sino patriotismo elemental para resolver que esos 700 millones de pesos habrían sido mejor otorgados por ese Banco a los productores de algodón, para que así pudieran negociar mejor con el pulpo o crear cooperativas para comercializar ellos mismos su algodón.
En síntesis, por ahora nada podríamos hablar con el capital extranjero, hasta que hayamos recuperado lo que es nuestro. Luego veríamos.
4º) ¿Qué medidas adoptaría para atraerlo, si lo considera necesario?
La pregunta 4 está vinculada a la 3. Primero, gobierno de los trabajadores y del pueblo, segundo, emancipación, soberanía plena, control de la riqueza nacional. Para hablar con el capital extranjero, pongámoslo ante todo en la puerta de casa, del lado de afuera. Así se negocia mejor.
Respuesta a un cuestionario. Publicado en “Clarín” el 16 de setiembre de 1971.