Socialismo Latinoamericano
  • CUADERNOS DE LA IZQUIERDA NACIONAL
  • Artículo cargado el 17 de junio de 2007
LA DEGENERACIÓN STALINISTA DA PIE A POLÉMICAS INTERPRETACIONES

¿Fue fascista la Unión Soviética?

Publicado originalmente en el Nº 4, Año II, de “Cuadernos para el debate de la Izquierda Nacional”, de diciembre de 1991. La nota de Osvaldo Calello fue en respuesta a la nota de Ernesto Ceballos, El desplome de la URSS.

El problema de la caracterización de los regímenes llamados socialistas de Europa Oriental (también de China y de Cuba), y en particular la cuestión de la forma de sociedad que se consolidó en la Unión Soviética por espacio de seis décadas, a partir de los años 30, reviste para las corrientes del campo popular que se desarrollan en una línea de ruptura con el orden de la dependencia imperialista una importancia capital. Recientemente “Pregón” difundió un trabajo del compañero Ernesto Ceballos[1] en el que el asunto es abordado a la luz de una interpretación que merece, al menos, algunas observaciones.

Ceballos parte de una diferenciación crítica respecto a aquellas posiciones que, aferrándose a “un replanteo mecánico” de las tesis de Trotsky en la década del 30, giran en torno a la existencia de un enfrentamiento entre “las tendencias rusas prooccidentales” y “las estructuras del Estado obrero (degenerado)”. Sostiene que esta alternativa parece haber perdido vigencia ya que la colosal energía de la Revolución de Octubre está totalmente agotada. Asimismo Ceballos se delimita de quienes afirman que la revolución soviética “no fue otra cosa que la versión rusa de la revolución industrial”, en la cual el marxismo y el socialismo “habrían desempeñado el papel de una falsa ideología, como fueron el liberalismo y la declaración de los derechos humanos en relación a las revoluciones industriales de Europa y Estados Unidos”. A su juicio (y con plena razón) se trata de una interpretación mecanicista y economicista de la historia, que no tiene en cuenta la presencia del factor subjetivo, la lucha por el socialismo, la existencia de una dirección revolucionaria.

Pero Ceballos va más allá, e inmediatamente sostiene lo siguiente: “desde la perspectiva que nos da todo un período histórico, podemos enunciar una primera aproximación a la verdad: el stalinismo y sus continuadores (Kruschev, Breznev, etc.) han constituido, bajo la cobertura de una supuesta fidelidad al marxismo y al leninismo, una variante gran rusa del fascismo”. Naturalmente, de esta degeneración quedan excluídos los primeros años revolucionarios en los que en la dirección de los acontecimientos todavía pesaba la jefatura de Lenin, Trotsky y la vieja guardia bolchevique.

¿En qué se funda tan concluyente afirmación?
Ceballos sostiene que “el fascismo constituyó en los países europeos, en el intervalo entre las dos guerras mundiales, la institucionalización del terror preventivo, a fin de impedir la continuidad o la expansión de la Revolución de Octubre, y esto es válido tanto para Alemania como para Italia, Hungría, España y la misma Unión Soviética”. Menciona en tal sentido las matanzas políticas masivas practicadas por el stalinismo desde el exterminio de los antiguos compañeros de Lenin, los fusilamientos de decenas de miles de oficiales del Ejército Bojo en 1937 (ante la perspectiva de que la inminente guerra mundial abriera un nuevo ciclo revolucionario), hasta las ejecuciones masivas de militares polacos entre 1939 y 1941, las masacres en la Rusia Blanca, los cementerios Minks, los campos Gulags, etc. Ceballos dedica también especial atención a la “línea chovinista gran rusa” que se abrió camino tras le muerte de Lenin, pero que ya había dado señales de vida en 1921 durante el conflicto de Georgia a través de la conducta de Stalin, y que se mantuvo firme tras la desaparición de éste “frente a polacos, rusos blancos, ucranianos, húngaros (1956), checoslovacos (1968)”.

Todo esto es cierto. El stalinismo fundó desde el poder un régimen política y socialmente represivo y se sostuvo apelando al terror en los momentos de crisis. Además, la burocracia gobernante mantuvo durante todo el tiempo una política exterior de gran potencia, en la que prevalecieron los intereses nacionales, subordinando a las necesidades de la “coexistencia pacífica” la posibilidad de la revolución en los países capitalistas, ya estuvieran éstos en el eje del imperialismo europeo (crisis de postguerra en Francia, Italia y Grecia) o se ubicaran en la periferia semicolonial. Al mismo tiempo aplastó sin miramientos las reivindicaciones de autodeterminación de las naciones de Europa Oriental situadas en su órbita de influencia.

 Sin embargo, ¿son todos estos rasgos -que definen a un régimen de dictadura política fundado en la opresión de las más amplias masas populares y nacionales- suficientes como para hablar de una “variante gran rusa del fascismo?

En verdad las diferencias entre uno y otro régimen político social son demasiado profundas y no permiten una asimilación de esta naturaleza. Conviene tener presente que el fascismo constituyó históricamente una fase de transición hacia el capitalismo monopolista en una serie de países de capitalismo tardío, en los cuales las contradicciones del propio bloque dirigente se habían erigido en obstáculos insalvables para ese pasaje. Los ejemplos de Alemania y de Italia son sin duda los más conocidos. En el primero de esos países, las vías de avance capitalista no encontraron el cauce de una revolución democrático burguesa tal como las que en su momento transformaron las relaciones sociales y fundaron sobre nuevas bases el régimen estatal en Inglaterra, Francia y Estados Unidos. Por el contrario, el camino prusiano impuesto por Bismark facilitó una influencia desproporcionada (en relación a su importancia social) a los junkers, representantes de los terratenientes, en la configuración de la estructura estatal y favoreció la formación de una serie de contradicciones entre las clases gobernantes que en determinado momento habrían de trabar el proceso de concentración del capital.

En Italia el período de unificación nacional se desenvolvió en los términos de una “revolución pasiva”, hegemonizada por el ala conservadora de la burguesía en alianza con los grandes propietarios feudales del sur: semejante curso de acción terminó por dificultar el desenvolvimiento de las corporaciones monopólicas.

En ambos casos, tomados como paradigmas del fascismo, fueron ante todo las contradicciones que mediaban entre la tendencia a la concentración de las fuerzas productivas —a través de la centralización de la propiedad— y la persistencia de una estructura estatal destinada a mantener en un cierto equilibrio los divergentes intereses de las clases dominantes las que crearon las condiciones objetivas para una solución de nuevo tipo. En este sentido, tanto el partido nacional socialista en Alemania como el fascista en Italia cumplieron idéntico papel: realizar una reestructuración del bloque dirigente según los intereses del nuevo núcleo hegemónico organizado en torno al capital monopolista.

Sin embargo no fue esta fracción del capitalismo ascendente la que llevó adelante la tarea política de fundar un nuevo Estado. El fascismo constituyó a la pequeña burguesía en fuerza social; la utilizó como masa de maniobra y cubrió con sus cuadros las nuevas estructuras institucionales. De esta forma, mediante la movilización de una clase social sumergida en una desesperada crisis económica (en situación de ruptura ideológica con el orden tradicional), a través de un proceso que se desarrolló en condiciones de derrota y desorientación del movimiento obrero, y de crisis de representatividad de los partidos burgueses, los jefes del fascismo y del nacionalsocialismo lograron cimentar un régimen político que no revestía los caracteres del bonapartismo pero que tampoco podía caracterizarse como una dictadura abierta del gran capital, a pesar de que fueran los de este círculo los intereses más favorecidos.

¿En qué se asemeja este orden fascista al régimen establecido por Stalin en la URSS? Ni la Alemania de Hitler ni la Italia de Mussolini experimentaron una transformación semejante a la que representó la nacionalización de las principales ramas de la producción, el comercio y las finanzas, o la “colectivización forzosa” en el acto, como sucedió en la URSS. En todo caso el férreo control estatal sobre la economía obró en los países fascistas en favor del proceso de concentración y afianzó al capital monopolista. Sin duda que la orientación general de estos regímenes nunca estuvo en juego. Sus jefaturas exterminaron sin remordimiento alguno a las respectivas alas izquierdas de sus partidos, cuando éstas intentaron hacer valer las reivindicaciones anticapitalistas detrás de las cuales se habían encolumnado las masas fascistas en un primer momento. En medio de esa ruptura el partido dejó de ser la fuerza política dominante y quedó subordinado al Estado; en especial en el caso de Alemania a una de sus ramas —la policía política— controlada por dirigentes de la burguesía, la nobleza y la intelectualidad.[2] Nada de esto sucedió en la URSS, en la que hasta el momento del colapso, el partido obró como centro de unidad política, ideológica y organizativa de la burocracia gobernante.

Las diferencias se prolongan si la comparación se traslada a la cuestión agraria. En contraposición a la “colectivización forzosa” stalinista que provocó la liquidación del campesinado rico y descargó una formidable presión sobre las formas de propiedad privada en el campo, el programa agrario fascista contó con el apoyo de los grandes propietarios, pero no logró despertar respaldo de las capas medias e introdujo una división en el campesinado pobre, entre la actitud más favorable de los pequeños arrendatarios y la desconfianza de la pequeña propiedad.[3]

En definitiva, pese a las transformaciones introducidas en el aparato estatal, la verticalización de la estructura económica y la ruptura y reorganización del bloque gobernante, ni el fascismo ni el nacionalsocialismo superaron el sistema de relaciones sociales de fondo sobre el que se asienta el capitalismo. Por el contrario, su papel fue el de adecuar el poder político a las nuevas modalidades expansivas de la burguesía en la época del imperialismo. En la URSS, en cambio, la nacionalización de los principales medios de producción provocó una alteración sustancial en la naturaleza misma del régimen de propiedad y modificó las relaciones de producción, que si no revistieron un carácter socialista tampoco siguieron siendo de tipo capitalista. Pese a todo, existe una diferencia definitiva entre el Estado fascista basado en una economía centralizada y el Estado stalinista, que aún después del giro thermidoriano conservó en lo fundamental la propiedad colectiva sobre los medios de producción.

Este aspecto salta a la vista si se considera el carácter del período que sucedió al derrumbe de ambos sistemas. Los países dominados por el fascismo —salvo Alemania Oriental— no experimentaron tras la victoria de las burguesías democráticas reconversión alguna en la naturaleza de su organización social y por supuesto, el gran capital consolidó sus posiciones. En cambio, la antigua sociedad soviética está en vías de una transformación de fondo, impulsada por la restauración de la propiedad privada de los medios de producción, el reestablecimiento progresivo de la propiedad de la tierra y del derecho de herencia.

Sin duda que en el trabajo de Ceballos quedan algunos cabos sueltos. Por ejemplo, ¿en qué momento la Revolución de Octubre derivó en una forma extrema de reacción?, ¿bajo el imperio de qué fuerza social una revolución orientada en el sentido del socialismo se convierte en un régimen fascista? Finalmente, si el stalinismo se desarrollaba en la misma dirección del fascismo ¿por qué el empeño de Hitler en destruir a la Unión Soviética?

[1] Ernesto Ceballos. “La nueva situación en la URSS”. Ediciones Conciencia Nacional. Colección cuadernos

[2] Nicos Poulantzas. Fascismo y dictadura: la III Internacional frente al Siglo XXI

[3] Ibid

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