• MARXISMO
  • Artículo publicado en julio de 1991 (esta edición 13 dic 2006)
UNA POLÉMICA CON BLAS ALBERTI

Defender las banderas revolucionarias frente a la ofensiva imperialista

GUSTAVO CANGIANO

El texto que se transcribe apareció originariamente en el número 3 de Cuadernos de la Izquierda Nacional, que editaron conjuntamente el Círculo de la Patria Grande y el Centro de Izquierda Nacional “Felipe Varela” en 1990-1991. El objetivo de los editores de los Cuadernos era “reorganizar a la militancia de Izquierda Nacional”, que se hallaba en estado de confusión y dispersión como producto del desenmascaramiento del proyecto de Carlos Menem como un proyecto pro-imperialista y del apoyo que a ese proyecto brindaba el MPL de Abelardo Ramos (que en poco tiempo terminaría autodisolviéndose, después de que lo abandonaran sus cuadros y dirigentes más reconocidos). El Círculo de la Patria Grande y el Centro “Felipe Varela” acabarían fusionándose y publicando el periódico “Socialismo Latinoamericano”, que expresó a la Izquierda Nacional militante durante la década menemista. Participaron en la experiencia, entre otros, los compañeros de Capital y Buenos Aires Osvaldo Calello, Juan Barat, Gustavo Cangiano, Héctor Rodríguez, Honorio Díaz, Atahualpa Duré, Alberto Herrera, Héctor Maceyra, Roberto Burotto, Miguel Rodas, Juan Maya, Leopoldo Markus y Carlos Franchini. También participaron compañeros de Rosario, encabezados por Tincho Scarafoni, de Tucumán, con Daniel Yépez, y de Santiago del Estero, con Ramón Herrera.
El texto de Cangiano que transcribimos intenta delimitar las posiciones del socialismo de la Izquierda Nacional respecto de las posiciones revisionistas, influidas por el posmodernismo entonces de moda, que comenzó a formular Blas Alberti. Por un instante Alberti pretendió liderar el Movimiento 2 de Abril, creado por disidentes del MPL con posiciones nacionalistas. Pero pronto renunció a la militancia política partidaria, se reconectó con su ex compañero del PSIN Ernesto Laclau, y en el momento de su muerte tenía proyectado trasladarse a Inglaterra. No obstante ello, Blas Alberti participó junto a los editores de “Socialismo Latinoamericano” y del PIN de Spilimbergo en algunos intentos de reunificar a la Izquierda Nacional.

Según el profesor “postmarxista” Ernesto Laclau, la expresión “crisis del marxismo” fue acuñada en 1898 por Thomas Masaryk. Desde entonces no faltaron en ninguna parte del mundo los sesudos pensadores dispuestos a explicar detenidamente la naturaleza de esa supuesta crisis. Algunos de ellos, como el propio Laclau, reciben por su tarea no sólo el reconocimiento de la comunidad de “científicos sociales”, sino también jugosos beneficios económicos que les ayudan a sobrellevar esa “angustia existencial” inherente a su condición de intelectuales.

En los últimos quince años se ha expandido como un virus la denuncia del marxismo, en el que se ha creído reconocer uno de los “mitos” de esa Edad Moderna que ya ha quedado atrás. Bernard-Henri Levy, uno de los “nuevos filósofos” surgidos en Francia hacia 1976, sostiene que “la revolución es imposible” y que “el socialismo es la siniestra realidad que encarna el Gulag porque es fiel a la idea misma del Progreso tal como la ha producido Occidente”. Para Alain Touraine la “muerte del socialismo”, que algunos no quieren reconocer por “apego al lenguaje y a las ideas del pasado”, se debe a que “el movimiento obrero pierde parte de su importancia” debido a “la disminución relativa de su población” y a que “la distancia económica y social entre obreros y empleados disminuye”.

El psicoanálisis lacaniano, la “teoría del discurso”, la filosofía postestructuralista y los “dispositivos de poder” foucaultianos contribuyeron a conformar ese espíritu “postmoderno” que invade a la intelectualidad europea y la conduce a renegar de un “optimismo marxista” que alguna vez la entusiasmó. Pero resultaría vano detenerse a criticar la ideología de los postmarxistas pasando por alto las condiciones materiales que permiten su proliferación. Después de todo, en lo sutencial sus argumentaciones no son sino repeticiones de los que tantas veces se ha proclamado desde que en 1898 Masoryk descubrió la “crisis del marxismo”.

El auge de la informática y la cibernética en las metrópolis imperialistas, la super explotación de los países semicoloniales, el agotamiento de los movimientos de liberación con hegemonía burguesa en el Tercer Mundo y el colapso de los regímenes stalinistas, constituyen la base sobre la que se asienta la ofensiva de las ideologías reaccionarias y antisocialistas. El fenómeno no es novedoso. El retroceso de masas, tanto a escala nacional como internacional, va acompañado de un cuestionamiento de las teorías revolucionarias por parte de las clases dominantes y los intelectuales pequeñoburgueses sometidos a su influencia. Hay múltiples ejemplos. Fracasada la insurrección proletaria en Europa durante el siglo XIX, el revisionismo bernsteiniano infectó al movimiento social demócrata. Tras la derrota de la revolución de 1905 en Rusia aparecieron en las filas socialistas los “constructores de Dios” (Lunacharsky) y los filósofos machistas (Bogdanov) que cuestionaban la validez del marxismo. El propio stalinismo se impuso en la URSS aprovechando el retroceso de masas y el transitorio restablecimiento del capitalismo europeo. En nuestro país, la derrota de 1976 acabó con las esperanzas de toda una generación transformando a revolucionarios veinteañeros en cuarentones autosatisfechos. Es así como suceden las cosas en la historia. Los golpes de la realidad debilitan la voluntad de quienes pretenden modificarla. Si el imperialismo quebrara definitivamente esa voluntad de cambio, entonces su victoria sería completa y definitiva. La encarnizada ofensiva mundial contra el marxismo y el socialismo no persigue más propósito que el de privar a los agentes históricos de la revolución de aquellas herramientas teóricas que hacen posible un repliegue ordenado mientras preparan la próxima contraofensiva. Por tal razón es que debemos luchar en el campo de la ideología, defendiendo la validez de las teorías revolucionarias y desenmascarando las falacias de sus objetores.

El postmarxismo al asalto de la Izquierda Nacional

El Frente Izquierda Popular (FIP), que a partir de 1971 emergió como expresión político-organizativa de la Izquierda Nacional, no permaneció indemne ante la formidable ofensiva ideológica del imperialismo. A partir de 1977, los fundamentos teóricos marxistas que lo habían animado desde su nacimiento fueron progresivamente abandonados. Esto tuvo sus consecuencias tanto en el terreno político como en el organizativo, y a ellas nos hemos referido en otra parte.[1]

Jorge Abelardo Ramos, que había llegado a constituirse en el más reconocido propagandista de las posiciones socialistas de la Izquierda Nacional, modificó sus puntos de vista abjurando del marxismo que animaba sus principales obras, en las que intentaba sintetizar a Bolívar y Marx, conforme a las enseñanzas de León Trotsky durante su exilio en México. En l987 el actual embajador menemista expondría su nuevo pensamiento, por cierto nada original.

“Marx, como genial pensador de Occidente, puede resultar muy útil para percibir ciertos aspectos del capitalismo mundial, o para elaborar un método crítico en el análisis de la historia. No cabe duda que la burguesía no dio a luz a otra persona mayor que Marx para contar las excelencias productivas del capitalismo en despliegue”. De esta manera, Ramos nos presenta a Marx como el más lúcido apologista de la burguesía occidental. Semejante falsificación conduce a otra no menos importante: afirmar que Marx empleaba “en el mismo sentido despectivo que Sarmiento la fórmula civilización o barbarie”.

Así nos presenta Ramos a quien alguna vez fuera su maestro: una especie de Sarmiento alemán, un colega de Max Weber impregnado de evolucionismo y biologismo, víctima de es “progresismo decimonónico” que “acompañará siempre de cerca el pensamiento de sus herederos”. Por esta razón es que al recordar a Aurelio Narvaja, fundador del socialismo de la Izquierda Nacional, lo pinta como un lúcido nacionalista que supo mirar en profundidad a pesar de sus anteojeras marxistas.

Luego de reducir al marxismo a una variante del pensamiento burgués europeo, (“el proletariado mundial o la revolución mundial —dice Ramos— resultaban ser puras abstracciones, reflejos doctrinarios de un mercado mundial sujeto a no menores limitaciones”), comprueba que “desde 1955 a hoy, han ocurrido fenómenos para los cuales el marxismo oficial ni ninguna de sus variantes secularizadas ofrece respuesta alguna”. Durante treinta años Ramos escribió cientos de páginas y fundó partidos de inspiración marxista para terminar diciendo que en todo ello “no se ofrece respuesta alguna” a los fenómenos ocurridos. ¡Más de treinta años para advertir lo que ya Masaryk o el propio Bernstein sabían a comienzos del siglo XX! ¡Vaya proeza de la inteligencia!

“Parte del pensamiento de Marx —dice Ramos— ha sucumbido cuando está por concluir el siglo XX”. ¿Por qué? Veamos: 1) “no se ha confirmado la ley de la miseria creciente del proletariado ni del descenso a largo plazo de la tasa de beneficio”; 2) “la marcha hacia la dictadura del proletariado solo ha producido la dictadura sobre el proletariado”; 3) “la subestimación de Marx de las religiones como pura superestructura se ha visto refutada por naciones enteras de Medio Oriente; 4) “contra las predicciones de Marx, el proletariado tiende a disminuir en Europa, EE.UU. y Japón”, 5) “la revolución socialista no tuvo lugar en la Europa avanzada, lo que desmentía toda la tradición del pensamiento marxista”; 6) “el proletariado revolucionario de los textos de Marx o Trotsky no sería el héroe de dicho terremoto social”.

Antes de proceder a refutar el cúmulo de falacias y la mezcla intencionada de datos ciertos con interpretaciones caprichosas que encierran los enunciados precedentes, conviene subrayar dos puntos. Por una parte se trata de meras repeticiones de los argumentos tantas veces expuestos por los enemigos del socialismo en todas las épocas y latitudes. Por otra, Ramos añade a esas repeticiones una contribución muy personal, consistente en: l) presentar a Marx como vocero intelectual de la burguesía europea en ascenso, a lo que nadie se había atrevido hasta ahora, y 2) ocultar que su visión del marxismo es opuesta a la que sostuviera en otra época. De ese modo presenta como continuidad un pensamiento (y una práctica) atravesado por una ruptura de vastas proporciones. Se hace desaparecer la ruptura, pero sus efectos siguen presentes.

La actualidad de las luchas nacionales

El título de este apartado recoge el que Blas Alberti eligiera para una nota recientemente publicada en el periódico del Movimiento Antiimperialista 2 de Abril. En ella se recurre a los argumentos postmarxistas y antisocialistas de Ramos y los “nuevos filósofos” entre otros, para fundar una práctica política pretendidamente revolucionaria en las nuevas condiciones. A diferencia de sus musas inspiradoras, que han sustituido la lucha revolucionaria por la colaboración con gobiernos proimperialistas (Mitterrand en un caso, Menem en el otro), Blas Alberti se sitúa todavía “de este lado de la barricada” y por esa razón nos detendremos en su artículo. Desentrañar los errores en él contenidos resulta imprescindible para evitar que el extravío teórico signifique el preludio del extravío político.

“Primero la tradición liberal burguesa —dice Alberti— y después el marxismo, en especial y sobre todo la versión engelsiana del mismo, consagraron el principio de que la historia seguiría un curso ascendente en el cual las naciones atrasadas deberían inexorablemente arribar al modelo civilizatorio del capitalismo euroamericano”. Al subumir al marxismo dentro del liberalismo burgués, Alberti falta a la verdad de un modo que nada tiene que envidiar al de Ramos. ¿Cuándo han propuesto Marx y Engels a los países atrasados el modelo “civilizatorio del capitalismo euroamericano”? ¿En qué lugar han dicho que tal modelo sería el “inexorable” punto de llegada para esos países? Ni siquiera en sus trabajos anteriores a 1853, cuando aún no había madurado lo suficiente su visión sobre el problema colonial, han dicho semejante cosa. La afirmación de Alberti significa la aceptación de ese inexistente Marx “sarmientino” de Ramos contra el que después se combatirá.

Pero la deliberada confusión entre Marx y el liberalismo burgués, le permite a Alberti hablar de un “marxismo” (así, entre comillas) cuya identidad resulta algo difusa. ¿Se trata del pensamiento de Marx, de una supuesta “versión engelsiana” o del “discurso de la socialdemocracia europea”, como insinúa más adelante? ¿Cuál es el “marxismo” contra el que batalla Alberti? Si se tratara del pensamiento de Marx, debería entonces evitar el uso de las comillas. Si acaso fuera la “versión engelsiana”, debería contarnos en qué consiste. Y si se refiriera a la “versión más aceptada en el discurso de la socialdemocracia europea”, entonces le informaríamos al profesor Alberti que la Internacional Socialista aprobó desde su congreso de Francfort de 1951 un programa que consagró el definitivo abandono del marxismo.[2]

Identificar hoy en día a la socialdemocracia con el marxismo —en cualquiera de sus versiones— es tan descabellado como confundir a Ramos con la Izquierda Nacional. Ni más ni menos.

La ambigüedad expresiva de Blas Alberti, su imprecisión terminológica y los desplazamientos de sentido en sus afirmaciones —todos ellos heredados de Ramos— no constituyen un mero problema semántico sino que se trata de una cuestión política. Pero antes de referirnos a ella, continuemos desbrozando su exposición.

“Claro que resultan innegables algunos logros de los clásicos —nos tranquiliza Alberti—; puede citarse en este sentido la teoría del imperialismo, algunos cuyos trazos permanecen vigentes”. Resulta gracioso. Primero se presenta al marxismo como una suerte de liberalismo burgués y luego se le reconocen méritos que excederían sus posibilidades si en verdad aquella fuera de su naturaleza. Sería como describir a Albert Einstein como a un mediocre empleado de seguros que no obstante alcanzó “algún logro” como la teoría de la relatividad. Por lo demás: ¿quiénes son “los clásicos”? ¿Cuáles son los “trazos” todavía vigentes de la teoría del imperialismo y cuales los no vigentes? Más aún: ¿qué es un “trazo”?

Blas Alberti nos aclara: “algunos cuyos trazos permanecen vigentes, por ejemplo la división del mundo en naciones opresoras y naciones oprimidas”. ¡Casi nada! Se califica de “trazo” la esencia misma de la teoría del imperialismo. Misteriosamente, aquella “teoría marxista del progreso social” impregnada de liberalismo burgués que condenaba a las naciones atrasadas a “arribar al modelo civilizatorio del capitalismo euroamericano” ha sido capaz de descubrir la contradicción principal de nuestra época.

La operación discursiva de Alberti resulta cristalina: se trata de impugnar la teoría marxista atribuyéndole un carácter que le es ajeno y luego tomar uno de sus elementos nodales, que desmiente aquel carácter, minimizándolo primeramente (“algún trazo”) a fin de poder apartarlo del contexto en el que cobra sentido para, más tarde, incorporar ese elemento en un contexto que lo “resignifique” de acuerdo a las conveniencias del momento.

Una trampa del discurso que puede sortearse con sólo exigir precisión en los términos y correspondencia lógica entre los enunciados.

Exceptuando, entonces, el “trazo” mencionado, “el núcleo de la concepción del desarrollo histórico siguió indemne a pesar de que en los últimos noventa años —dice Alberti superando los treinta que contabilizaba Ramos— nada pasó de acuerdo con ella”. En efecto, la “teoría revolucionaria de raíz eurocéntrica” fue “desmentida por los hechos” en lo siguiente: 1) al afirmar que “la aparición del imperialismo aseguraba un desenlace rápido de la crisis del sistema capitalista”; 2) al afirmar que “el proletariado de las naciones oprimidas, aún minoritario, pasaría pronto a constituirse en la vanguardia revolucionaria”.

Detengámonos en ambos “hechos”. Es verdad que la transformación del capitalismo en imperialismo le permitió al sistema evitar una crisis terminal desplazando hacia la periferia las contradicciones que anidaban originariamente en sus centros. Pero en modo alguno puede afirmarse, como lo hace Blas Alberti, que esto signifique un desmentido de las predicciones teóricas del marxismo. Por el contrario, no sólo Lenin sino los propios Marx y Engels habían previsto esta circunstancia por lo menos desde la séptima década del siglo XIX, cuando el proceso aún no había madurado lo suficiente. Lejos de desmentir al marxismo, la aparición del imperialismo no hace sino proporcionarle un nuevo apoyo empírico.

Tampoco es cierto que “los acontecimientos” hayan demostrado ilusoria la pretensión de que el proletariado de los países semicoloniales se constituya en vanguardia de la lucha antiimperialista. No aburriremos al lector con explicaciones por todos conocidas (salvo, claro está, por nuestro desmemoriado profesor), sino que ofreceremos un argumento “contrafáctico”: que Blas Alberti nos mencione un solo ejemplo, ¡uno sólo!, en el que la lucha antiimperialista haya resultado exitosa prescindiendo de la hegemonía obrera. No lo encontrará, por la sencilla razón de que no existe. Y precisamente porque no existe, es decir porque aquí sí los acontecimientos desmienten las lucubraciones de Alberti, es que debe apelar continuamente a esa vaguedad y ambigüedad terminológica y conceptual a que ya hicimos referencia.

Observamos cómo se expresa Blas Alberti: “no será el proletariado como clase social de vanguardia el protagonista hegemónico, sino el conjunto de los explotados, orgánicos e inorgánicos de la sociedad oprimida, quienes protagonizarán la revolución”. Por lo visto, es una vieja costumbre de los profesores utilizar las palabras para confundir al lector antes que para esclarecerlo. ¿Por qué razón supone Alberti que cuando los socialistas sostenemos la necesidad de que el proletariado hegemonice la revolución estamos negando que otras clases y sectores la protagonicen a su lado? La hegemonía del proletariado no excluye el protagonismo de otras clases sino que, por el contrario, lo presupone, pues de otro modo no cabría hablar de “hegemonía”.

La lucha que los socialistas llevamos adelante por la hegemonía del proletariado en la revolución nacional antiimperialista nos delimita tanto del “izquierdismo” como del “derechismo”. El primero disuelve la cuestión de la hegemonía pregonando un “clasismo” abstracto que aísla a la clase obrera de sus aliados nacionales. El segundo renuncia a la lucha por la hegemonía obrera en nombre de una “alianza de clases” que en realidad subordina al proletariado a la burguesía nacional. ¡Parece mentira tener que recordarle este abecé de la política revolucionaria a Blas Alberti! Pero ya se sabe que la fuerza de la contrarrevolución es capaz de diluir las convicciones más firmes cuando ellas se asientan en sujetos aislados de todo contacto con las masas. Entre otras razones, para contrarrestar esa fuerza son necesarios los partidos revolucionarios insertos en las masas.

Cuestiones epistemológicas

Luego de constatar la debacle del marxismo, cuyas afirmaciones han sido según nuestro profesor desmentidas reiteradamente “en los últimos 90 años”, nos encontramos con esta desconcertante confesión: “no estamos proponiendo —dice Alberti —, por supuesto, una teoría alternativa”. ¡Magnífico! Durante casi un siglo los revolucionarios de todo el mundo se han guiado por una teoría que los condenaba a una derrota tras otra, y frente a semejante tragedia nuestro profesor dice: “por supuesto no proponemos una teoría alternativa”.

Alberti nos invita a despojarnos de una herramienta teórica que nos guía para la acción, dado que ella no es lo suficiente efectiva y propone que… ¡nos quedemos sin herramienta alguna! ¿Es así como se hace política revolucionaria? Los “nuevos filósofos”, cuando reniegan del marxismo, es porque eligen trabajar para el imperialismo. Ramos lo hace para complacer a quien lo premia con una embajada. Pero Alberti, por el contrario, se niega a “cambiar de barricada”. Es por eso que no alcanza, en su caso, con demoler una teoría revolucionaria. ¡Debe ofrecer alguna otra en su reemplazo!

En un artículo titulado “Algunas tesis para la revolución nacional” (“La Patria Grande” Nº 13, enero de 1982), Blas Alberti escribía que “el socialismo” adolece de un “un vacío que impidió comprender el movimiento real del proceso socio-político contemporáneo, siempre inédito desde el punto de vista de las categorías en uso”. Está claro: las categorías marxistas no sirven para explicar la realidad. En consecuencia, Blas Alberti proponía (¡hace diez años!) “algunas tesis” que pudieran explicarla cubriendo ese vacío teórico. ¿De qué tesis se trata? Precisamente de las que adoptó el FIP-MPL como guía de su acción política. ¿Cuáles son los resultados? Los que están a la vista: la bancarrota total del MPL que hoy apoya el menemismo y la reclusión de su líder en México.

Blas Alberti, para quien “la experiencia” habla por sí sola cuando se trata de descalificar al marxismo, enmudece en el momento de explicar lo que “la experiencia” dice acerca de sus “novedosas” tesis posmarxistas. Esas tesis, que no son “por supuesto, una teoría alternativa”, sino que son las vulgares repeticiones ya formuladas por Ramos de las posiciones apristas de Haya de la Torre, las que también ha hecho suyas la socialdemocracia eurocéntrica, esas benditas tesis, se reducen a sostener la necesidad de “constituir el movimiento antiimperialista de las clases oprimidas”. ¡Admirable! Nuestro profesor necesitó una década para llegar a semejante conclusión. Marx y Lenin han muerto al sufrir los duros golpes de un desmentido empírico que lleva “noventa años”. Y Blas Alberti, con ayuda del embajador menemista y de los renegados franceses del maoísmo, procreó una nueva criatura que, sin embargo, tras una prolongada gestación (¿desde 1898?, ¿90 años?, ¿desde 1955?, ¿desde 1968?), nació “sietemesina” (son apenas “unas tesis”, no “una teoría alternativa”), aunque llena de arrugas y con largas barbas blancas, como el filósofo Lao-Tse pero sin sabiduría.

Hablemos en serio. Sostener que en una semicolonia debe constituirse un “movimiento antiimperialista de las clases oprimidas” no está en discusión. Sostener que esa constitución excluye la lucha por la hegemonía de la clase obrera y la perspectiva socialista, es un disparate oportunista que, por añadidura, chocó reiteradamente con los golpes de la realidad.

En cualquier caso, Blas Alberti, que es un hombre familiarizado con las ideas, debiera saber que no es posible derribar una teoría explicativa sólo a partir de las supuestas anomalías que ella contenga. Se necesita de una teoría alternativa que transforme esas anomalías en “contraejemplos”. La “experiencia” nunca habla por sí sola, sino que lo hace a través de una mediación teórica o conceptual. Lo que para un socialista es un desmoronamiento del stalinismo, para un liberal es la muerte de marxismo. Todos los “datos de la realidad” que para Alberti prueban la crisis de la teoría marxista sólo existen en tanto se acepten ciertos presupuestos teóricos que le confieren significado a esos datos.

Los socialistas de la Izquierda Nacional disponemos de un valioso cuerpo teórico que nos permite explicar los fenómenos sociales y predecir su desenvolvimiento. Blas Alberti —como Ramos— ha renegado de ese cuerpo teórico. Queda entonces a la deriva, y oscilando entre el movimiento aprista, el revisionismo bernsteiniano, el estructuralismo o cualquier otra moda eurocéntrica que aparezca, advierte sorprendido que desde hace 90 años “los hechos” son ininteligibles.

Así no se educa a la nueva generación militante. Así no se forman cuadros. ¡Así, compañero Blas, no se construye el partido que hace falta!

Vigencia de la Izquierda Nacional

El retroceso de masas iniciado en el país tras la muerte de Perón significó para la Izquierda Nacional la inauguración de un período de atomización y desintegración que se extendería por más de tres lustros. La producción teórica que había caracterizado a nuestra corriente durante los 50 y 60, y que le había permitido influir en el desplazamiento de vastos sectores pequeñoburgueses hacia posiciones nacionales, desapareció casi por completo. La estructura de cuadros construida a partir del PSIN y ampliada por la creación del FIP se debilitó, tanto cuantitativa como cualitativamente, hasta casi desaparecer. También desapareció toda inserción en las capas obreras y populares. Las nuevas generaciones ya no inyectaron sangre joven en nuestras esclerosadas estructuras, al tiempo que nuestras propias banderas históricas comenzaron a desdibujarse. La IN, latinoamericanista por antonomasia, se encerró en las fronteras de nuestro país y no trascendió al resto de la Patria Grande.

Pero no todo es oscuro en este proceso regresivo. Hubo muchos compañeros que conservaron intacta su voluntad revolucionaria. A despecho de la ola contrarrevolucionaria que azotó a la Argentina, esos compañeros trabajaron en un doble sentido: manteniendo viva la memoria colectiva y estableciendo formas organizativas que, aunque pequeñas y debilitadas, sirvieron de nexo entre lo que pasó y lo que habrá de venir. A través de folletos y periódicos, de círculos de propaganda, reuniones de discusión o pequeñas expresiones partidarias, el socialismo de la Izquierda Nacional siguió respirando.

Ahora, cuando la desvergonzada traición menemista pone punto final a la Argentina nacida en las jornadas de octubre de 1945 y comienza un interregno que no es sino apenas el preludio de la nueva irrupción de las masas populares, precisamente ahora, la Izquierda Nacional ha comenzado a reagruparse para adquirir las fuerzas que el futuro habrá de demandarle. Agotado el ciclo nacional-burgués, el nuevo Frente Nacional sólo resultará viable si a la cabeza se coloca la clase obrera con su programa, su ideología y su partido. Como decía Blas, cuando aún era socialista: “Solo el proletariado puede transitar sin preocuparle el destino de la propiedad privada. Pero, para realizar dicha revolución, debe crear su propio partido”.

La Izquierda Nacional debe estar presente no sólo en la superficie del sistema político institucional. Debe encarnar allí donde los trabajadores y el conjunto de los explotados enfrentan cotidianamente, en pequeñas pero estratégicas batallas, al sistema oligárquico-imperialista. Debe recuperar la ascendencia ideológica sobre un movimiento popular que ha quedado huérfano de explicaciones. Esta es la gran tarea que tenemos por delante, de la cual depende, de manera decisiva, el futuro de la revolución del país.

La posición de Blas Alberti que hemos examinado, está más emparentada con los quince años de retroceso que padecimos que con el futuro por conquistar o con los orígenes olvidados. Su renuncia al “marxismo” es la expresión “de entrecasa” de un fenómeno mundial: la renuncia a la revolución por parte de quienes alguna vez creyeron en ella. Cuando Blas Alberti extrae de sus reflexiones la conclusión de fundar un “movimiento” malvinista y rompe con el pasado aislándose de quienes aún luchamos por sintetizar a Bolívar con Marx, entonces ese “marxismo” difuso y cuya identidad no pudimos precisar cobra perfiles nítidos: es el socialismo revolucionario de la Izquierda Nacional.

Los revolucionarios debemos ser inflexibles en la defensa de los principios pero generosos con los compañeros que vacilan o se extravían. Muy particularmente cuando se trata de honestos luchadores como Blas y quienes lo acompañan. La transformación del socialismo de la Izquierda Nacional en una alternativa real para las masas explotadas, su crecimiento y consolidación que ya han comenzado, devolverán finalmente el optimismo, la voluntad y las convicciones a quienes transitoriamente los han perdido.

Notas:

[1] Ver “La Izquierda Nacional frente a la traición menemista”, Ed. del Socialismo Latinoamericano.
[2] En la declaración “Objetivos y tareas del socialismo democrático”, la Internacional Socialista proclamaba el principio de “neutralidad ideológica”. “El socialismo —dice esta declaración de 1951— es un movimiento internacional que no exige un estricto criterio uniforme. Ya basen los socialistas sus convicciones en el marxismo, o en otros métodos de análisis de la sociedad, o se inspiren en principios religiosos o humanistas, todos ellos luchan por el mismo objetivo: un sistema de justicia social, de vida mejor, de libertad y paz universal”. Al prepararse para administrar el capitalismo de posguerra, los socialdemócratas comienzan por minimizar la importancia del análisis marxista. El paso siguiente es impugnarlo: “Las exigencias de que incluyamos en nuestro programa fundamental de 1959 las tesis de Marx y Engels nos convertiría en una secta sin ninguna influencia política”, decía el número 48 del Boletín de la I.S. El rechazo del marxismo en el terreno ideológico implicó modificaciones en el terreno programático (comenzó a hablarse de “cogestión obrera” y ya no de abolición de la propiedad privada) y en el terreno organizativo (se propugnan “partidos populares” y no “de los trabajadores”). Quienes conocen el recorrido del FIP-MPL notarán inquietantes semejanzas con el proceso de degradación de la I.S. Pero lo más llamativo es que los postulados de la I.S. (“partido de todo el pueblo” y no “de clase”, eclecticismo en lugar de marxismo, cogestión y no autogestión, etc.) sean adoptados por Blas Alberti en su intento por escapar… ¡del eurocentrismo!
 
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