- Marxismo
- Publicado el 17/06/2007
El posicionamiento social y geopolítico en la teoría marxista
Juan Manuel Lucas
Hablar de marxismo en la posmoderna Argentina del siglo XXI parece una trasnochada aventura, impropia de quienes pretenden establecer parámetros concretos de acción política. Según nos lo hace saber cierto progresismo, hegemónico en el país semicolonial, sostener al marxismo como un método científico se trataría de una herejía abstracta y de un inoportuno e infructuoso ejercicio para dar cuentas del desarrollo histórico en los tiempos de las democracias de mercado globales.
El relativismo filosófico, en todas sus derivaciones epistemológicas, reina incólume por sobre toda la superestructura ideológica y cultural. Encerrado en aquella iniciática duda cartesiana, asegura la continuidad de la miseria y la dependencia, aggiornando a los sectores ilustrados desde complejos enredos teoréticos que se disuelven siempre bajo el mismo principio: crisis de los “meta-relatos” y reino definitivo del pragmatismo conservador. En definitiva, se trata de una versión equidistante, pero políticamente equivalente al neoliberalismo, que pretende convencernos, ahora en términos centroizquierdistas, del inobjetable “fin de la historia”.
La traspolación ideológica de la hipocresía reformista europea —empachada de explotación colonial— a la realidad de una nación inconclusa y a la de un país entregado de pies y manos a la voluntad del imperialismo, maquilla discursivamente la clara continuidad del “genocidio” económico y social que se impuso dictatorialmente en 1976, y que se ha consolidado “democráticamente” en los últimos 31 años.
Posestructuralistas, posmarxistas y poscolonialistas coinciden en reconocer al marxismo como un simple “discurso” que, al igual que el neoliberalismo o la parapsicología, no pretende más que generar ciertos “efectos de verdad”. Ofrecen en este sentido un pobre sustituto idealista contra la clásica pretensión —“viciada de vocación de poder”— de obtener un conocimiento crítico, objetivo y revolucionario de la realidad histórica y social.
Los más desgastados prejuicios relativistas han sido revestidos de una renovada complejidad, en absoluta sintonía con el desprecio posmoderno frente a los relatos totalizadores. La era K opera en este marco como justificación política de aquellas intentonas teóricas, en la medida en que las pretensiones de un país más “plural” no son más que la legitimación política de los discursos progresistas, y sus continuas e hipócritas loas a la democracia, la tolerancia, los particularismos y la interculturalidad. “Tolerancia” entonces, con los grandes intereses que asfixian cualquier alternativa de liberación nacional; “pluralidad” con el inmaculado capital extranjero y sus agentes internos, “particularismo” para rediseñar el escenario partidocrático y afianzar así la “interculturalidad” que selle la reinserción de la semicolonia en el mercado internacional, ávido de materias primas baratas y mercados de capitales y mercancías.
La presión ideológica de las estructuras académicas y de los conventillos universitarios coloniales hace el resto, generando que muchos compañeros que asumen como propia una identidad revolucionaria y antiimperialista no logren reconocer el potencial teórico y político del marxismo para ofrecer una visión objetiva de la dinámica histórica del capitalismo.
Nosotros consideramos, sin embargo, que las pretensiones revolucionarias que comienzan a estructurarse como alternativas concretas de acción política en las periferias sólo adquirirán el potencial necesario para cuestionar la continuidad global del sistema en la medida en que logren articular la teoría marxista con la política de masas necesaria para transformarla en praxis revolucionaria. El proyecto político del marxismo bolivariano implica, en este último sentido, recuperar el sostén filosófico que hace del marxismo un método de conocimiento objetivo de la realidad, cualitativamente superador a las expresiones relativistas actualmente en boga.
Marxismo, neutralidad valorativa y objetividad científica
Todo el desarrollo histórico de las disciplinas sociales está atravesado por una pregunta tan elemental como incómoda: ¿es posible establecer parámetros de neutralidad valorativa en las ciencias histórico-sociales? Ni el positivismo ni el relativismo vacilan en ofrecer respuestas terminantes. Para el primero la respuesta es definitivamente sí. Durkheim, el máximo referente de esta escuela en ciencias sociales, lo definió con una brutal simpleza: hay que tratar a los hechos sociales como cosas… como cosas sociales. La neutralidad valorativa tan solo depende de la disposición mental del sujeto para ubicarse frente a la realidad social de la misma manera en que un químico se ubica frente a un tubo de ensayo. Siempre difusa entre las concepciones subjetivas del propio científico, aquella disposición mental que define a la neutralidad valorativa sería el único camino para construir una ciencia “objetiva” de lo social.
La respuesta, aun cuando tiene el mismo carácter unilateral que en el positivismo, cambia sustancialmente para el relativismo: no existe ninguna posibilidad de neutralidad en las ciencias histórico-sociales. Ninguna práctica humana puede abstraerse de condicionamientos espacio-temporales particulares. Son estos últimos los que imposibilitan cualquier aprehensión de lo social que supere la mera especulación subjetiva. La identificación entre sujeto y objeto en las disciplinas sociales implica, necesariamente, la imposibilidad de alcanzar parámetros elementales de neutralidad, y por lo tanto cualquier presunción de objetividad científica.
Mientras los primeros se ocupan de proseguir al servicio del status quo suplantando sus propios valores por los de las clases dominantes que los financian, los segundos, más patéticos en este sentido, se encargan de decretar el “reino de las particularidades y los subjetivismos”, coronando al relativismo epistemológico más radical como la respuesta definitiva a toda pretensión de conocimiento objetivo.
El marxismo implica una respuesta cualitativamente superior a las recién enumeradas. Coincide en la negación relativista de neutralidad valorativa, aunque no renuncia por ello, y coincidiendo en este sentido con el positivismo, a la posibilidad de objetividad científica en la explicación de los fenómenos socio-históricos. Para superar la especulación metafísica o el estrechismo empirista en el terreno de las ciencias sociales, el marxismo asume un desafío INédito: establece una jerarquía de objetividad, a partir justamente de los factores socio-históricos y sus implicancias determinantes en el terreno del conocimiento. En otras palabras, reconoce los efectos decisivos que la lucha de clases asume en el plano teórico.
El Marxismo como expresión teórica de la clase obrera
Generalmente se define al marxismo como “materialismo dialéctico”. Tal definición hace referencia a la articulación teórica de una corriente filosófica, el materialismo, con un método de conocimiento, la dialéctica. Analizar profundamente el significado global que cada uno de estos términos asume en la teoría marxista excede ampliamente el interés de este artículo. Bastará con mencionar que su aplicación concreta en el campo de las disciplinas sociohistóricas permitió definir una premisa filosófica fundamental en relación a la posibilidad epistemológica de “aprehender” la realidad: “el motor de la historia es la lucha de clases”.
Esta premisa tiene terminantes implicancias científicas y políticas en la medida en que relativiza cualquier conocimiento o presunción de “verdad”. La producción escrita del hombre, desde la antigüedad a nuestros días, no ha hecho más que, en última instancia, reflejar las condiciones materiales de existencia y el papel que el sujeto (científico, artista, filósofo, etc.) ocupaba en ellas. Condiciones sociales e históricas determinadas materialmente y atravesadas en cada uno de sus aspectos por la lucha de clases: si cada una de las expresiones de la vida social estaba determinada en su evolución histórica por la lucha de clases no había posibilidades epistemológicas de neutralidad valorativa.
Aquella voluntad positivista que pretendía tratar a los hechos económicos o sociales como “cosas” carecía en absoluto de sentido: sujeto y objeto estaban estructuralmente condicionados. Podríamos decir que el primero estaba determinado por el segundo en la particular realidad socio-histórica de un régimen social de clase.
Sin embargo, Marx jamás defeccionó de la pretensión “científica” de conocer la realidad social de forma racional y objetiva. Tuvo una clara percepción de que el conocimiento era un producto social que, en definitiva y mucho más allá de las capacidades subjetivas del intelectual, estaba determinado estructuralmente por el proceso de desarrollo histórico y social, en su caso, del capitalismo. Por esa razón, todo conocimiento adquiría un carácter relativo y provisorio, siempre proyectado, desde el punto de vista filosófico materialista y dialéctico, a las infinitas transformaciones de la realidad.
La única alternativa para superar el idealismo positivista o el escepticismo relativista (en definitiva una variante del primero) era vincular teóricamente los condicionamientos socio-históricos de la época con aquella vocación, no ya desde idealizadas presunciones de “neutralidad”, sino desde parámetros materialistas de “objetividad”. Si el motor de la historia era la lucha de clases sólo existía un camino: analizar y reconocer las posibilidades de cada clase social de aproximarse o no a la realidad objetiva.
El capitalismo: posición de clase en teoría
El subtítulo de “El Capital” es revelador en este último sentido: “crítica de la economía política”. La obra señala la imposibilidad de la burguesía de ofrecer un conocimiento “neutral” u “objetivo” del capitalismo. En Smith o Ricardo, por ejemplo, los factores socio históricos motorizados por la lucha de clases eran una barrera infranqueable para cualquier pretensión de “neutralidad” o conocimiento “objetivo”. La burguesía naturalizaba y eternizaba el carácter histórico del capitalismo, desde la labor “científica” de sus más prominentes intelectuales.
Es que en definitiva, la clase dominante es incapaz de generar explicaciones objetivas de la realidad social, ya que hacerlo implica reconocerse y cuestionarse como clase explotadora. Su labor en el plano teórico tiende, en este sentido y de manera más o menos espontánea, a garantizar la continuidad del modo de producción que la sostiene y beneficia, generando discursos científicos, políticos, éticos y estéticos que justifican “ideológicamente” esa relación de dominación ocultándola, por ejemplo, desde el igualitarismo jurídico. Es decir, sus posibilidades de conocimiento están mutiladas —en el ámbito de las disciplinas históricas— por los fundamentos materiales que la determinan en su existencia social, particularmente, la propiedad privada de los medios de producción.
Sin embargo, el desarrollo del capitalismo implicaba, simultánea, o más bien dialécticamente, el desarrollo y la maduración histórica de una clase cuya posición estructural era diametralmente opuesta a la de la burguesía, no sólo en el plano económico-político, sino también en el plano teórico. En la medida en que la clase obrera no tenía nada que perder materialmente (tan sólo sus cadenas, al decir de Marx) ni ocultar ideológicamente, sus determinantes socio-históricos la empujaban hacia una perspectiva coincidente con las pretensiones científicas de “objetividad”, e implicaban una superación cualitativa en relación a, por ejemplo, la economía política clásica, que no podía reconocerse ya más que como “ciencia burguesa”.
Marx en este sentido, asumirá intelectualmente la representación política de aquella clase: “esta es la historia vista desde el punto de vista del proletariado”. La mera explicitación de aquella diferencia de raíz social en el plano teórico garantizaba las condiciones para la producción de conocimiento objetivo en la medida en que guardaba relativa independencia con los intereses materiales de reproducción social.
Es decir, la clase obrera era revolucionaria en la medida en que su ubicación estructural en el plano social coincidía con la vocación científica de explicar la realidad histórica, y con la voluntad política, implícita en aquella explicación, de transformarla para siempre erradicando la explotación del hombre por el hombre.
La experiencia “vivida” de la clase obrera, siempre sometida a los avatares sociales de la lucha de clases, ilustran bien este último aspecto. La huelga, por ejemplo, como práctica de resistencia frente a las sucesivas ofensivas patronales, y como efecto concreto de la lucha de clases, ofrece una perspectiva de la realidad socio-histórica absolutamente contrapuesta a los discursos burgueses que legitiman ideológicamente el dominio de clase. La policía deja de ser el garante del orden y el bien común, para cristalizarse como la guardia represiva de los propietarios de los medios de producción. Los medios de comunicación ya no reflejan la “opinión del ciudadano”, sino que manipulan la conciencia colectiva y deslegitiman continuamente la lucha obrera, demostrando su verdadera función como aparatos ideológicos de estado. Al interior del sindicato –—al decir de Mario Franco— se configura un “nosotros”, en que la solidaridad comunitaria y la reciprocidad militante como únicas alternativas frente a la presión de los aparatos de estado, prefiguran en la conciencia de cada sujeto social la identidad de clase y la potencial perspectiva estratégica de subvertir el orden existente.
El Imperialismo: posición geopolítica en teoría
En este sentido entonces, el marxismo ofrece una posición, una perspectiva o un “lugar” desde el cual es posible aproximarse y aprehender el funcionamiento objetivo de la realidad social, a pesar del efecto determinante que la estructura objetiva genera en la orientación del sujeto imposibilitando toda neutralidad valorativa.
Básicamente nos referiremos a lugar epistemológico como la asimilación conciente en el plano teórico de un posicionamiento de clase determinado. En el caso del marxismo, el de la clase obrera. Estamos reconociendo, en definitiva, que ese lugar o ubicación epistemológica está determinada, en última instancia y en todas sus derivaciones, por el lugar o la ubicación social del sujeto, y los determinantes y condicionamientos a él asociados.
Ahora bien, corroborando empíricamente todas las consideraciones marxianas sobre la evolución del conocimiento científico, el desarrollo del capitalismo y la maduración en su seno del imperialismo, ambos motorizados —es bueno recordarlo— por la lucha de clases, exigió nuevamente vincular teóricamente los condicionamientos socio-históricos de la época con la posibilidad científica de conocerlos objetivamente.
Determinado en todas sus derivaciones intelectuales por el ineluctable tránsito histórico, Marx, a excepción de sus reveladores apuntes sobre la cuestión irlandesa, no logró ofrecer un análisis acabado de la tendencia inherente del capitalismo a expandirse por toda la tierra reproduciendo el desarrollo desigual y combinado.
La distinción leninista entre países opresores y oprimidos actuó, en este sentido, corrigiendo y reactualizando el aparato teórico y político del marxismo. En este exclusivo sentido, y como decía Gramsci, puede considerarse a la revolución rusa como una revolución hecha contra “El Capital”. Aunque sería absurdo considerarla como una revolución hecha contra “el Imperialismo, fase superior del capitalismo”:
“… el punto central en el programa socialista es la división del mundo en países opresores y oprimidos (...) El capitalismo se ha transformado en un sistema universal de opresión colonial y de estrangulación financiera de la inmensa mayoría de la población del planeta por un puñado de países avanzados (...) un puñado de estados particularmente ricos y poderosos que saquean a todo el mundo con el simple recorte de cupón (...) un puñado de estados usureros y una mayoría gigantesca de estados deudores”.
“…mientras subsistan diferencias nacionales y estatales entre los pueblos y los países, la unidad de la táctica internacional del movimiento obrero comunista de todos los países exige, no la supresión de la variedad, no la supresión de las particularidades nacionales, sino una aplicación tal de los principios fundamentales que haga variar, como es debido, estos principios en sus aplicaciones parciales, que los adapte, que los aplique acertadamente a las particularidades nacionales y políticas de cada estado. Investigar, estudiar, descubrir, adivinar, comprender lo que hay de nacionalmente particular, específicamente nacional, en la manera en como cada país aborda concretamente la solución de un mismo problema”.
Es dialéctica en estado puro. Es el desarrollo histórico del capitalismo el que genera, en definitiva, el desarrollo teórico del marxismo, sentando las bases para su superación como modo de producción dominante. Este último proceso, sin embargo, no es lineal ni mecánico, no es continuo ni excluyente. Como lo indican los principios elementales de la dialéctica materialista se trata de un proceso histórico complejo y esencialmente dinámico, de final siempre abierto a las derivaciones de la lucha de clases.
Lenin, con aquella revolución hecha “contra” El Capital, y como expresión intelectual de una clase obrera inserta en particularísimas condiciones históricas, reconoció que el lugar epistemológico marxista debía articularse ahora, no sólo con un específico posicionamiento social, sino con el posicionamiento geográfico y político de los “eslabones más débiles” de la cadena imperialista.
Este “lugar” geopolítico al que hacemos mención, y que en la época del Imperialismo asume una centralidad teórica decisiva, ha sido definido de diversas maneras dando cuenta de la relatividad que la dinámica histórica impone a toda pretensión de conocimiento absoluto de lo social: “países oprimidos”, “colonias o semicolonias”, “tercer mundo”, “sur”, “periferia”, etc. han sido categorías teóricas que han dado cuenta de las agudas desigualdades que el desarrollo histórico objetivo del capitalismo impone a las distintas formaciones sociales que lo conforman.
Sin embargo, no son pocos los que achacan a Marx su “falta de comprensión” del fenómeno imperialista. Más allá de que ese achaque equivale a culpar a Newton por su “falta de comprensión” de la teoría de la relatividad de Einstein, sería necesario recordar que aquella distinción entre países “opresores” y “oprimidos” fue el resultado teórico necesario de la aplicación concreta del materialismo dialéctico a, por caso, la formación social rusa de principios de siglo.
El Imperialismo, como mundialización capitalista, desarrollaba una nueva serie de contradicciones destinadas a resolverse de un modo u otro. Las burguesías nacionales, de los países oprimidos o periféricos, podían ahora jugar un papel relativamente progresista, en la medida en que disputaban el excedente económico al Imperialismo; mientras la clase obrera, de los países opresores o centrales, podía asumir un papel absolutamente contrarrevolucionario asociándose con sus burguesías en la explotación colonial y semicolonial. La cuestión social y la cuestión nacional quedaban íntimamente entrelazadas como efecto del desarrollo histórico del capitalismo y de sus contradicciones internas.
Lenin reconoció entonces que, en la época del imperialismo la posición teórica está doblemente determinada: posición de clase y posición geopolítica, explicitadas en el plano teórico, garantizan la capacidad de “aprehensión” del funcionamiento objetivo del modo de producción capitalista en cada formación social.[1]
La función política de los “discursos neutrales”
Mientras el relativismo posmodernista se caracteriza por la implícita —y muchas veces inconsciente— voluntad política de ocultar ideológicamente los determinantes sociales e históricos de la práctica científica (absolutizándolos al absurdo por ejemplo), el marxismo encuentra en su explicitación consciente y profunda la garantía de objetividad científica. De allí que para el marxismo la labor intelectual y política sean una y la misma cosa.
Descorrer el velo ideológico de los discursos legitimadores del capitalismo y la opresión imperial es simultáneamente una práctica científica y militante. Se trata entonces de explicitarla como tal superando cualitativamente a los voceros de las clases dominantes, naturalmente interesados en desvincular ciencia o ideología de praxis política.
Si los “doctos” de nuestras facultades de ciencias sociales imitaran a Marx reconociendo: “vamos a reproducir en el plano teórico la confusión existencial de la pequeña burguesía de la semicolonia en los tiempos de la globalización”; si el presidente hiciera otro tanto y se sincerara, “voy a definir la política económica desde el punto de vista de la gran burguesía nativa trasnacionalizada”; o si el Doctor Mariano Grondona aclarara “bienvenidos al noticiero que expresa la actualidad semanal desde el punto de vista del capital extranjero y sus aliados internos”, la reproducción social de la Argentina periférica y dependiente colapsaría. Por eso, la pequeña burguesía socialdemócrata debe hablar en nombre de toda la nación y la pequeña burguesía liberal en nombre de toda la ciudadanía.
El objetivo teórico y político del marxismo sigue hoy siendo el mismo que durante el siglo XIX, es decir, reconocer la intencionalidad política e ideológica de los presumidos discursos neutrales que justifican el orden establecido, contraponiendo una explicación crítica, racional y objetiva del sistema capitalista en su conjunto. Ello exige, como primer paso, una operación diametralmente opuesta a la ensayada por los lacayos del imperio. Una profunda vinculación intelectual y política de la militancia revolucionaria antiimperialista con las gigantescas masas populares que no tienen intereses materiales que ocultar ni justificar, y cuyo posicionamiento social tiende, de manera más o menos espontánea, a reconocer al imperialismo objetivamente como un sistema global de opresión nacional y explotación social.
- Al respecto, anotemos simplemente que el equilibrio necesario entre ambas posiciones o “lugares” depende siempre de coyunturas históricas particulares. Si durante el Peronismo, por ejemplo, el desconocimiento del posicionamiento geopolítico en el plano teórico, determinado por la irresuelta cuestión nacional latinoamericana, empujaba necesariamente a desvirtuar el posicionamiento social y era propio del izquierdismo cipayo; el desconocimiento de la posición de clase en teoría, determinada por la también irresuelta cuestión social, generó experiencias incapaces de reconocer, cuestionar o superar, la hegemonía burguesa del movimiento nacional. Para la izquierda nacional, y aquí hay una diferencia fundamental con el nacionalismo de izquierda, es el posicionamiento teórico de clase, el que permite reconocer con justeza, no sólo la importancia del posicionamiento geopolítico antiimperialista, sino también las alternativas de liberación nacional y social, en definitiva, una y la misma cosa. La operación inversa, es decir, priorizar la posición geopolítica antiimperialista, en detrimento de la posición de clase condujo, irremediablemente, al oportunismo hacia la burguesía nacional.↑
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