- Marxismo
- Publicado el 01/03/2002
Alemania en revolución
Osvaldo Calello
La primera guerra imperialista y la crisis general del capitalismo provocaron hacia 1917 un pronunciado giro de la política mundial cuyas manifestaciones más notorias fueron la Revolución Rusa, la bancarrota de la Segunda Internacional, la ruptura de la socialdemocracia alemana y la serie de insurrecciones proletarias que conmovieron a Europa entre 1918 y 1920.
Por un período la perspectiva de la revolución se apoderó de los principales centros del mundo capitalista, desencadenando la energía de gigantescas masas trabajadoras. Hacia enero de 1918 las huelgas generales de los obreros alemanes, austriacos y húngaros paralizaron el centro de Europa. A partir de enero de ese año los Consejos Obreros, nacidos en las ciudades costeras de Alemania, dominaban la situación en Berlín, Viena, Varsovia y los principales ciudades industriales, provocando la caída de la monarquía alemana y austrohúngara. En Italia, entre 1918 y 1920, el movimiento obrero dio muestras de una combatividad excepcional y mantuvo en jaque a la burguesía. Desde Turín, la plaza fuerte revolucionaria, los trabajadores de los Consejos de Fábrica ocuparon las empresas y dirigieron la producción. En Hungría fue proclamada la República Soviética. En 1919 la oleada revolucionaria llegó a Estados Unidos y lanzó a la huelga a importantes masas de metalúrgicos, mineros y ferroviarios…
Pero en noviembre de 1918 toda la atención del mundo estuvo pendiente de los acontecimientos que se desarrollaban en Alemania y en Austria Hungría. En esos vastos imperios del centro europeo un formidable movimiento de masas había derribado a las dinastías de los Hohenzollern y de los Hapsburgos, y parecía abrir el período de la revolución mundial. La importancia estratégica de este acontecimiento era por demás evidente. Alemania constituía para los socialistas, por su colosal desarrollo industrial, y por el poderío de su clase obrera, algo así como el centro de la revolución en Europa. Para Lenin y sus compañeros era algo más: la posibilidad de unir el curso de una revolución dirigida por una minoría proletaria en un país mayoritariamente campesino, al cauce profundo de la revolución socialista en Occidente. Quizás fue pensando en esto que Trotsky, al observar el cuadro de Alemania y del conjunto del viejo continente al comenzar el año 1919, exclamó jubiloso: “Ya no es el fantasma del comunismo el que recorre Europa, es el comunismo de carne y hueso el que se mueve por el continente”. En esa mismo dirección confiaba Lenin al insistir en marzo de 1919 en la fundación de la III Internacional.
Noviembre de 1918
Para los bolcheviques la revolución de noviembre en Alemania se asemejaba en muchos aspectos a su propia revolución de febrero de 1917. Allí estaban los Consejos obreros, la dualidad de poder, el movimiento elemental de las masas y una fracción de cuadros revolucionarios que comenzaba a ganar terreno. Sin embargo entre ambas revoluciones mediaba una distinción de fondo. A diferencia de Rusia, Alemania constituía al momento de la crisis revolucionaria la principal potencia capitalista europea. El desenvolvimiento de sus fuerzas productivas sobrepasaba al de Inglaterra y Francia, y sólo cedía el lugar al de Estados Unidos. A su vez el proletariado, en el sentido amplio del término representaba una mayoría de la población.
En ese país donde el proceso de fusión entre el capital bancario y el industrial era el más avanzado de Europa; en el cual la concentración de la economía y el poder de los monopolios parecía no tener límites, en el cual, por otra parte, los trabajadores se habían constituido en poderosas organizaciones de masas, Rosa Luxemburgo podía afirmar: “Las relaciones de producción de la sociedad capitalista se aproximan más y más a la socialista, en tanto que, por el contrario, las relaciones jurídicas y políticas elevan, entre la sociedad capitalista y la socialista, un muro cada vez más alto”.
Hacia 1918 esas líneas eran el reflejo de la situación alemana. Porque si bien la gran concentración capitalista acentuaba el carácter social de la producción, en Alemania la revolución burguesa (que es la base material de este fenómeno) no había alcanzado a modificar decididamente la estructura jurídica y política del Estado. Por el contrario, el modo como resolvió la burguesía la unificación nacional determinó que no fueran las instituciones clásicas del régimen burgués las que se impusieran, sino las formas autocráticas de una sórdida burocracia imperial. Se daba entonces la singular paradoja de que en la nación de mayor desarrollo capitalista de Europa, las masas trabajadoras aún no habían conquistado el derecho al sufragio universal.
Esta contradicción subrayó de por sí todo un capítulo de la futura revolución. El otro aspecto principal estaba dado por las propias contradicciones de la economía de un país capitalista avanzado, al que le resultaba cada vez más difícil realizar su creciente producción dentro de las fronteras nacionales, y con posibilidades limitadas de comercializarla en el marco de un mercado mundial cuya periferia colonial y semicolonial ya había sido repartida entre las otras potencias imperialistas. Hacia fines de 1918 estas dos cuestiones estaban a la orden del día, y la guerra con la cual la burguesía alemana pretendió superar la crisis capitalista, había aumentado de un modo insoportable los sufrimientos y el nivel de explotación de las masas. A esta altura la diferenciación de contenido entre la revolución democrática y la revolución socialista comenzaba a desdibujarse.
Esta coyuntura excepcional la habían entendido en todo su alcance el grupo Espartaco. Hacia principios de octubre de ese año esa fracción revolucionaria del socialismo alemán encabezada por Rosa Luxemburgo y Carlos Liebknecht caracterizaba la crisis como “una situación revolucionaria en la que se plantean de forma nueva todos los problemas que la burguesía alemana fue incapaz de resolver en revolución de 1848”. Esta nueva forma la resumían en el siguiente programa: anulación de las deudas de guerra; incautación de la banca, minas y fábricas; incautación de las propiedades rurales grandes y medianas; abolición del código militar; destitución de las dinastías reales y principescas.
En realidad, en su primera fase la crisis alemana tuvo un carácter por demás favorable para la revolución. Si bien la mayoría de la clase obrera seguía al centrista partido socialdemócrata independiente de Kautsky, y prevalecía entre la masa trabajadora un sentimiento hacia la unidad que favorecía al campo reformista, un creciente número de obreros formaba filas a su izquierda, junto a los espartaquistas, los radicales de Bremen y los “delegados revolucionarios”, verdadera vanguardia de los metalúrgicos berlineses. Algunos de estos cuadros obreros, como Richard Müller en Berlín y Kurt Eisner en Munich, dirigían los consejos más importantes. Por otra parte el gobierno no había quedado directamente en manos de la burguesía sino de un partido obrero de corte conservador –el partido socialdemócrata-, cuyo objetivo era, en definitiva, la instauración de la república burguesa.
Este era el cuadro de situación que movía a Carlos Liebknecht a sostener: “La victoria de las masas de obreros y soldados se debe menos a su fuerza ofensiva que al hundimiento del sistema anterior”. La afirmación abría a su vez un interrogante: ¿Hasta que punto el proletariado estaría en condiciones de aprovechar la crisis para llevar a cabo su propia revolución? Ya que si bien las condiciones iniciales se había revelado como excepcionalmente favorables, no era posible pasar por alto los obstáculos que quedaban por delante: la resistencia de la burguesía, derrotada pero todavía gravitante; el cuadro de la oficialidad superior, prácticamente intacto; el conservatismo de la masa de soldados que regresaban del frente, hartos de la guerra pero aún creyendo en la “causa nacional”, presionando insistentemente por la unidad y desconfiando de los bruscos giros de la revolución. Finalmente una barrera tanto o más importante cerraba el camino a los revolucionarios.
Un partido obrero de masas
En 1904 Rosa Luxemburgo al discutir con Lenin los problemas de organización le replicaba: “El partido socialdemócrata no está ligado a las organizaciones de la clase obrera, es, él mismo, el movimiento de la clase obrera”. La respuesta reflejaba el cuadro de la socialdemocracia a comienzos de siglo. El partido socialdemócrata contaba al comenzar la primera guerra mundial con un millón de afiliados; en 1912 sus candidatos a la legislatura habían sumado más de cuatro millones de votos; y los sindicatos, creados y encuadrados por ese partido, contaban con dos millones de afiliados y recaudaban 88 millones de marcos al año. Sobre esta base material se asentaba un no menos poderoso aparato propagandístico y organizativo que publicaba 90 periódicos, empleaba a más de 200 periodistas, a varios centenares de obreros y empleados, además de gerentes, directores comerciales y a un ejército de otros funcionarios. Más allá del terreno partidario, la socialdemocracia se extendía en movimientos de jóvenes, asociaciones de mujeres socialistas, universidades populares, bibliotecas, organizaciones de ocio, etc. El grueso de sus afiliados eran trabajadores calificados, una privilegiada capa asalariada, que Zinoviev definió como aristocracia obrera, y cuya propia existencia era el resultado del desarrollo capitalista ininterrumpido. Sobre esta capa social se apoyó el giro oportunista del 4 de agosto de 1914, y la traición del partido socialdemócrata a la revolución de noviembre.
Fue precisamente este partido quién cumplió en los acontecimientos que se desencadenaron en noviembre de 1918 en Alemania, el papel que mencheviques y socialistas desempeñaron tras la caída del zarismo en febrero de 1917 en Rusia. En ambas situaciones el principal problema para las corrientes centristas y para el ala derecha de la socialdemocracia, consistía en hacer fijar el movimiento espontáneo de las masas en los cuadros institucionales de la República burguesa. Se trataba, en lo esencial, de desviar el curso proletario de la revolución, basado en el poder de los Consejo de obreros y soldados, hacia la vía muerta de la Asamblea Nacional; en oponer a los consejos obreros, los consejos de ciudadanos, a la guardia roja la guardia cívica, a la consigna: ¡Todo el poder a los Consejos!, la fórmula: ¡Todo el poder al pueblo entero! En definitiva este fue el sentido de la política que el partido socialdemócrata logró imponer en el Congreso de los Consejos del 16 de diciembre de 1918.
Desde un punto de vista exterior a la lucha revolucionaria podría concluirse que el triunfo de la mayoría socialdemócrata en los Consejos, el apoyo del partido socialdemócrata independiente a la convocatoria de la Asamblea Nacional, y el rechazo que hicieron los Consejos de su propia autoridad, bastarían para definir los alcances y la naturaleza del levantamiento de noviembre como un movimiento destinado a imponer un programa mínimo (la paz, la República, libertades públicas, jornada de ocho horas, etc), que en modo alguno cuestionaba los fundamentos del régimen capitalista. Sin embargo, el impulso que había alcanzado el movimiento en las jornadas de noviembre colocó la discusión del poder más allá de los objetivos puramente democráticos, al punto que la gravedad de la crisis fue reconocida por sus propios enemigos. “Si aquella masa hubiera tenido unos jefes con objetivos claros y precisos, aquel mismo día hubieran tenido a Berlín en sus manos”. Así juzgaba el socialdemócrata Noske, futuro verdugo de los espartaquistas, la histórica acción de masas del domingo 5 de enero de 1919.
En verdad la revolución de noviembre fue en un primer momento una gigantesca lucha de obreros y soldados contra la guerra, las penurias impuestas por la burguesía, y el carácter cada vez más irracional e insoportable del régimen imperial. Hasta ahí el movimiento exhibía un contenido puramente democrático. Pero el nivel de radicalidad alcanzado por los insurrectos, y la aparición de una vía soviética por la cual transcurrió una dualidad de poder, ponían de manifiesto que la crisis alemana había rebasado de entrada los límites del movimiento revolucionario de 1848, creando las condiciones de una transición entre las consignas democráticas y las medidas de corte socialista. Sin embargo, ¿hasta qué punto la izquierda alemana estaba en condiciones de hacerse cargo de la situación?


