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  • Artículo cargado el 22/07/2007 - 14:11

Un juego para la dependencia

Toda corriente política de pretensiones revolucionarias debería plantearse objetivos tácticos y estratégicos en relación a los niños, púberes y adolescentes. La importancia de éstos para la moledora partidocrática es de nula importancia por una razón tan obvia como elemental: no votan. Sin embargo, debería considerarse la posibilidad de instrumentar líneas de acción para aproximar a las jóvenes conciencias argentinas a la concreta realidad de la Argentina semicolonial.

No parece existir otra alternativa para contrarrestar ese conocido procedimiento superestructural que, desde la más tierna infancia y por medio de la escuela o los medios de comunicación, inculca los valores y las ideas de una clase dominante que aun hoy pretende inmovilizar indefinidamente la estructura productiva de la Argentina de acuerdo a las necesidades de reproducción global del capitalismo.

Este procedimiento adquiere una relevancia vital en tiempos como estos, en que el presumido antiimperialismo kirchnerista pretende diseñar un nuevo modelo industrialista desde las órdenes explícitas de una burguesía que, por nativa, dista sin embargo de ser “nacional”. Que el kirchnerismo y sus orgánicos se encarguen de presentar como un triunfo popular los cambios en el patrón de acumulación periférico y dependiente post devaluación no logra, sin embargo, ocultar el dominio hegemónico que los sectores más concentrados y diversificados del empresariado argentino y extranjero han ido adquiriendo a partir del 2002.

Insistiendo con el verso de la burguesía y el capitalismo nacional, el kirchnerismo juega al antiimperialismo respondiendo a los intereses genéricos de Techint o Macri, Bunge o Cargill, Monsanto o Repsol. Claro está, cuando no se trata directamente de capitales extranjeros, se trata de capitales nominalmente argentinos pero claramente orientados hacia los mercados externos.

El eje de este nuevo patrón de acumulación esta en el nudo de intereses objetivos entre los grandes pulpos exportadores (extranjeros en la petroquímica y extranjerizados en el agro) y el dólar alto, y las retenciones que esa política monetaria supone y que le permiten al gobierno nacional operar la reconstrucción del democratismo partidocrático.

Esta reconstrucción se opera desde una matriz discursiva que desde un centro ideológico progresista-socialdemócrata se vincula a un confuso nacionalismo de reminiscencias desarrollistas y/o izquierdistas, aspectos estos últimos que generan esa percepción instalada, en buena medida gracias a los medios oficialistas, de “setentismo”.

Bien mirada, sin embargo, la Argentina K más que setentista parece una reedición económica, política, cultural e ideológica de la década del treinta. La desprestigiada neocolonia financiera de los 90 que ellos definen como “segunda década infame”, parece ir mutando siempre por cuenta y cargo del imperialismo, en una semicolonia de tipo clásica similar a la de la década infame “original”: una soberanía política formal, que maquilla una estructura económica monoproductora pero competitiva internacionalmente gracias a la pobreza generalizada.

Ahora bien, estas transformaciones parciales en la infraestructura necesariamente se expresan en la superestructura haciendo punta principalmente en las generaciones más jóvenes. Valga en este sentido una vital aclaración: históricamente sometidas a los avatares y vaivenes del imperialismo, las expresiones ideológicas y políticas de un país semicolonial parecen nunca pasar de moda, en la medida en que persisten durante décadas, e incluso siglos, las determinantes estructurales de la dependencia.

No es casual, así, que el principal operador político de este proceso sea el partido justicialista. A pesar de encontrar su fundamento histórico como fenómeno de masas en banderas de liberación nacional y redención social, el neoliberalismo primero y el social democratismo después, ideologías alternativas del imperialismo en la semicolonia, han logrado rescatar la simbología y el folclore de aquel movimiento resucitando un muerto que parla y que sólo encuentra justificación histórica como legitimación populista de la continuidad capitalista periférica. Dicha continuidad depende, entonces, de la capacidad de la superestructura jurídica-política e ideológica de reproducir en la conciencia de los habitantes la sumisión y el respeto a los valores de las clases dominantes, únicas beneficiarias del semicolonialismo.

La escuela, los medios y los partidos políticos se revelan en este sentido como excelentes herramientas para garantizar el control y la manipulación ideológica de las mayorías nacionales, sometidas a un juego partidocrático que, en sus rutinarias rencillas entre centroizquierda y centroderecha, anula progresivamente las posibilidades de articulación social para la construcción de una alternativa popular de liberación nacional.

No vamos a encargarnos aquí de este y otros fenómenos asociados. Bastante se ha dicho ya. Vamos a apuntar ahora a una manifestación mucho más sutil, menos llamativa en sus dimensiones pero mucho más artera en su eficacia. Una manifestación tan útil a los intereses de las clases dominantes y sus voceros como necesaria para la “socialización” de los infantes. Tan definidamente ideológica que se presenta con la naturalidad y la neutralidad de un juego de chicos. Tan despiadadamente manipuladora que se impone con la ductilidad de una experiencia exclusivamente lúdica. Tan primitiva en su formato como vanguardista en su capacidad de manipulación ideológica.

Se trata, para qué vamos a negarlo, de una noticia que en su absoluta irrelevancia guarda muchas de las claves para entender la Argentina contemporánea. En los tiempos de los transplantes de médula espinal y las armas de destrucción masiva, los viajes ultrasónicos y la debacle ecológica, la miseria planetaria y la sofisticación tecnológica, el paco y las drogas de diseño; en la semicolonia del sur de América del Sur, se ha reeditado un juego de mesa para niños de 8 a 99 años al decir de la etiqueta, un clásico de la familia argentina, una educativa experiencia infantil que infunde en cada uno de sus practicantes la más inconciente sumisión y el más profundo respeto a los intereses de las clases dominantes argentinas de ayer y hoy.

Un producto que desde hace 60 años sirve ideológicamente todas y cada una de las necesidades de expansión del gran capital extranjero y sus aliados nativos, sirviéndose de la ingenua puerilidad infantil para inculcar los valores e ideales asociados al papel que la Argentina debe cumplir según los cánones impuestos por el imperialismo. Los pibes guardaban el secreto de la entrega mientras peleaban por unos ingenios azucareros. Se ha reeditado, bajo un novedoso formato, “El Estanciero”.

La reedición de “El Estanciero”, un juguete kirchnerista

Cuesta comprender la sorprendente capacidad de supervivencia de una mercancía con más de medio siglo de historia, una antigüedad absoluta para los tiempos de la play station y la realidad virtual. Su vitalidad ¿no estará asociada a la continuidad semicolonial de la Argentina?; las implicancias concretas de su práctica, ¿no estarán asociadas a la reproducción del orden dependiente y periférico?; ¿puede, inclusive un juego de chicos implicar cierta cosmovisión ideológica y política? Veamos.

A pesar de sus obvio carácter agrarista, la aparición de “El Estanciero” fue el resultado del impresionante e indeseado desarrollo industrial de la década infame. Todas las industrias que aprovecharon el proceso de sustitución de importaciones de la época, la juguetera era una de las fundamentales, apuntaban a satisfacer la creciente demanda interna que suponía el desarrollo de los sectores populares en una economía en vías de industrialización.

Los creadores de “El Estanciero” expresaron en él una característica sintomática de la llamada burguesía nacional. Si por un lado la práctica del juego sostiene una serie de valores que anclan en el tradicional individualismo competitivo capitalista, sus creadores fueron absolutamente incapaces de reconocer el determinante efecto que la transformación de la economía global como resultado de la crisis del 29 y la segunda guerra interimperialista suponía para ellos. No lograron, en este sentido, expresar en el juego una muestra relativamente clara de sus intereses de clase asumiendo como propios los valores e ideales de la clase que estaban llamados a negar, la oligarquía terrateniente. 

Sin embargo, y acaso inconscientemente, lograron alcanzar una réplica casi exacta del país heredado por años de liberalismo antinacional, ofreciendo una exquisita metáfora de la estructura económica argentina de ayer y hoy, esa que algunos insisten con definir como “patria kirchnerista”. Una absoluta contradicción de términos. 

“El Estanciero” ofrece la posibilidad de transformarse imaginariamente en un acaudalado oligarca que, de acuerdo a las indescifrables leyes del azar, puede disponer a su antojo de las riquezas nacionales definidas, claro está, según los principios liberales de las ventajas comparativas.

Las máximas riquezas y el objetivo estratégico del juego giran alrededor de la posibilidad de monopolizar las rentas de la pampa húmeda, particularmente de Buenos Aires. El interior no mediterráneo del país, por su parte, no supera la histórica categoría de “trece ranchos miserables”, moneditas de cambio para los acaudalados socios pampeanos del Imperialismo.

Las únicas industrias mencionadas tienen un papel absolutamente subordinado a los intereses agrarios. Son siempre, además, industrias complementarias a las imposiciones del imperialismo. Azúcar y Vino, por ejemplo, en Tucumán y Mendoza, son las únicas alternativas para obtener alguna utilidad decorosa en comparación con las provincias más caras, Entre Ríos, Santa Fe y Buenos Aires.

Los ferrocarriles o la industria petrolera, por otra parte y además de tener nombres extranjeros, son campos de bajísima rentabilidad en relación a las inversiones agroexportables. El juego interpela las jóvenes conciencias infantiles argentinas indicando la inconveniencia e irracionalidad de desarrollar las industrias de base. Será mejor, en todo caso, que otros, preferentemente extranjeros, se hagan cargo de desarrollar esas ramas de producción. Hacerlo no sólo cuestionaría la “natural” forma de ser de los argentinos carecería, además, del más elemental sentido común capitalista de invertir allí donde el beneficio es mayor.

Hace años, cuando la clase dominante era en verdad la tan denostada oligarquía vacuna con que se entretienen los ideólogos kirchneristas, la Izquierda Nacional la definió como una clase capitalista, pero no burguesa. En “El Estanciero” y a pesar de tratarse de una economía autárquica, es decir sin ninguna posibilidad de ahorro o inversión en otros mercados o tableros, ninguna ley empuja a la reinversión de capitales, sino más bien a la aniquilación de los oponentes por medio de la especulación.

Si la mano invisible, léase los dados, no ofrece posibilidades de invertir en la pampa húmeda, lo mejor será especular con la suerte de los contrincantes esperando que caigan en la misma situación y anhelando mejor suerte para la próxima rueda o “ciclo productivo”.

Además, una vez que el azar ha ido situando a cada jugador en posiciones relativas distintas, lo único que debe esperarse es que las rentas se multipliquen incesantemente gracias a la mala suerte de los demás jugadores. El capital así obtenido puede reinvertirse en “estancias”, es cierto, pero siempre con el objetivo de obtener una posición especulativa más ventajosa.

Si la mano invisible, metaforizada por los dados, nos ha favorecido lo mejor será desprenderse de inversiones industriales, siempre pesadas e improductivas, para reorientarlas hacia la consolidación de la estructura agroexportadora. Si la mano invisible no nos ha favorecido, el pretendido oligarca tendrá que conformarse con el control de los ferrocarriles o el monopolio del petróleo y las míseras rentabilidades que brindan.

Es que el precepto de las ventajas comparativas adquiere un peso determinante. Si por un lado, lo mejor es que otros se ocupen de los ferrocarriles o el petróleo, sucede que aun apostando a las casillas de perfil agrícola usted estará siempre preso de las ventajas comparativas. Usted se puede comprar Jujuy y reinvertir toda el vento que pase por sus manos. Puede, inclusive, pedir créditos a tasas irrisorias (según la banca o los contrincantes) para apuntalar el desarrollo de su pobre provincia. No importa, en términos relativos siempre vale mucho más una provincia de la pampa húmeda sin inversión, que un rancho norteño industrializado.

Las implicancias del juego son aleccionadoras con sólo observar la conducta de sus practicantes. Saldada la discusión por los ingenios azucareros, el pibe menos favorecido por el “laissez faire, laissez passer” que dictaban los dados, y que para esa altura se estaba yendo al tacho como industrial petrolero, pretendió aumentar la tasa que los contrincantes debían pagarle. El que hacia de banca se fijó en el reglamento y le comunicó que eso era anticonstitucional y que generaría distorsiones en el juego, ya que cualquiera de los competidores podría en el futuro pretender lo mismo. Lejos de resignarse con la civilizada explicación, le agarraron veleidades revolucionarias y como un inconciente émulo de Chávez pateó el tablero por el aire mientras insultaba a la banca usurera e intentaba expropiar a sus contrincantes. Indignados, algunos de sus compañeritos, esos que siempre pegan de a muchos cuando están ganando, pretendieron calmarlo a golpes de puño para retomar el juego que, sin embargo, ya era imposible de proseguir entre sollozos y escupitajos. 

Como en la Argentina, es un juego de niños, tan sólo guiado por la buena o mala fortuna que dicta la mano invisible del Imperio, siempre segura tras la hipócrita y cómplice benevolencia del estado dependiente. Es lamentable, pero la metáfora argentina y latinoamericana no sólo se ve reflejada en términos económicos.

Por ejemplo, existe en el Estanciero un casillero que dice “cárcel” y otro que dice “suerte”. El primero nos obliga a perder el turno y a quedar claramente rezagados en relación a nuestros adversarios. La única alternativa para salvarnos del brazo de la justicia, ciegamente guiada por el azar, es pagando una fianza. Aquellos que tengan disponibilidad monetaria al momento de caer presos serán declarados “inocentes” y esquivarán la pena que les corresponde, mientras aquellos que carezcan de dinero no tendrán más remedio que comerse un turno, de puro “garrón”. Pero además, si el juego se hubiera desarrollado hasta el fin, nuestro amigo chavista hubiera deseado profundamente caer en la cárcel: es esta la única alternativa para escapar de las manos de los contrincantes que a esa altura ya monopolizarían todo el tablero reproduciendo imaginariamente la creciente concentración y extranjerización de la tierra que caracteriza a los modelos dependientes agroexportadores.

Me comentan que en el estanciero yanqui también existe una cárcel, lo que nos llevaría a pensar que el azar en la justicia, más que problema de dependencia, es problema de capitalismo. Es, a su vez, un juego sintomático de los centros imperialistas: se llama “Monopoly”. Tampoco el Monopoly ofrece la posibilidad de invertir en otros mercados o tableros; sin embargo, mientras los jugadores progresistas del Estanciero se guíen por el principio de las ventajas comparativas entregarán sus casilleros industriales a los jugadores de Monopoly, y estos último podrán seguir repartiéndose los beneficios del Estanciero, un juego en que son cada vez menos los que pueden salvarse de la cárcel. Aunque, valga esta última aclaración, las sobras de la dependencia semicolonial siempre alcanzan para la fianza de algún jugador de estanciero que “cometta” errores tan elementales como olvidar una bolsa con billetes de Monopoly en algún baño ministerial.

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