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  • Artículo cargado el 04/09/2008 - 00:03

La zoncera del genocidio

Un par de semanas atrás me encontré con un correo electrónico que desarrollaba una idea bastante quisquillosa: negar el carácter genocida de la última dictadura militar. El planteo, ríspido y difícil, tiende a generar un cierto rechazo ante la primera lectura, pero, sin embargo, al avanzar, notamos la justeza de sus cuestionamientos, no tardando en convencernos de que, efectivamente, la idea de “Genocidio” hoy no hace más que ocultar la verdad histórica, negando la verdadera naturaleza del Golpe Cívico-Militar de 1976 y despojando de su identidad a los compañeros caídos en la resistencia contra aquella dictadura.

Un par de semanas atrás me encontré con un correo electrónico que desarrollaba una idea bastante quisquillosa: negar el carácter genocida de la última dictadura militar. El planteo, ríspido y difícil, tiende a generar un cierto rechazo ante la primera lectura, pero, sin embargo, al avanzar, notamos la justeza de sus cuestionamientos, no tardando en convencernos de que, efectivamente, la idea de “Genocidio” hoy no hace más que ocultar la verdad histórica, negando la verdadera naturaleza del Golpe Cívico-Militar de 1976 y despojando de su identidad a los compañeros caídos en la resistencia contra aquella dictadura.

El citado correo giraba en torno a una nota publicada por “Prensa Obrera” el 14 de agosto de 2008, en esta, se realizaba un reportaje a Emilio Guagnini, integrante de la Agrupación HIJOS de Tucumán y de la Comisión de Derechos Humanos del Colegio de Abogados, donde, refiriéndose al juicio realizado contra Antonio Domingo Bussi, sostenía:

“La verdad histórica es ni más ni menos que existió un plan sistemático, diseñado, puesto en marcha en función de los intereses de estos represores y del poder económico que los sustentó, y con el principal objetivo de eliminar a un grupo de la sociedad que se oponía a este plan. Esto no es ni más ni menos que un genocidio, y no sólo por el número sino por la intención de eliminar a todo ciudadano que se oponía a ellos”.

Sin dudas que la primera parte de la declaración corresponde a esa “verdad histórica”, pero, también, es justo señalar, que la segunda parte la distorsiona, haciendo que el resultado final sea una mentira que poco nos puede extrañar en las páginas de “Prensa Obrera”

La verdad histórica

Efectivamente, el accionar represivo de la última dictadura se fundó en un plan sistemático, en función de los intereses del poder económico, con el objetivo de eliminar a un grupo determinado. Sin embargo, esto no constituye, ni por asomo un genocidio.

Decir que el golpe militar intentaba “eliminar a todo ciudadano que se oponía a ellos” es, al menos, una exageración que se contradice con la fría planificación de su accionar represivo. Nunca se actuó contra “todo ciudadano” sino contra el emergente concreto de un proceso un proceso de profundización de la lucha social, política y económica en Argentina que se inicia, a grandes rasgos, el 17 de octubre de 1945.

Desde esa fecha se da la concreta confrontación entre dos proyectos: el uno de los sectores populares, que tenía su anclaje en la realidad vivida durante los gobiernos peronistas de 1946-55, y, el otro de los sectores del Bloque Dominante, los cuales no pretendían otra cosa que la total subordinación nacional a los designios del imperialismo. De este proceso, extremadamente violento, surgen a principios de lo 70 sectores de clara tendencia revolucionaria que ejercen, en los hechos, la labor de vanguardia.

Esta vanguardia no se limitaba a las organizaciones armadas (Montoneros, ERP, FAR, etc.) sino que tenía una vasta inserción social, exponiendo referentes en los más diversos ámbitos de la vida política argentina. Precisamente, el accionar represivo de la última dictadura estuvo dirigido sobre esa vanguardia y no sobre “todo ciudadano”, es más, a diferencia de lo que sostiene “Prensa Obrera”, el número de compañeros caídos lejos está de ser excesivo. Si, de hecho, se lo compara con la vasta inserción de aquellas organizaciones, resulta notablemente exiguo, demostrando precisamente la fría racionalidad y minuciosa planificación tras la represión, la cual se limitó a la eliminación sistemática y específica de los cuadros políticos de dicha vanguardia.

Efectivamente, en la última dictadura no hubo nada de odio irracional, sino que todo lo contrario. No fue genocida, fue la reacción imperialista para desactivar a la vanguardia político-revolucionaria surgida hacia los 70.

¿Qué es el genocidio?

La Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio, adoptada por la Asamblea General de la ONU el 9 de diciembre de 1948, define en su Artículo II:

“...se entiende por genocidio cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpretados con la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional étnico, racial o religioso como tal…

Mientras que en su Artículo III señala:

“Serán castigados los actos siguientes: a) El genocidio; b) La asociación para cometer genocidio; c) La instigación directa y pública a cometer genocidio; d) La tentativa de genocidio; e) La complicidad en el genocidio”

Para disgusto de Prensa Obrera, la tipificación del Genocidio no habla ni del número de víctimas, ni, mucho menos, se comprende entre los grupos susceptibles de sufrirlo a algo tan difuso como el de los “opositores políticos”. Ni tan siquiera importa que la criminalidad genocida ocasione víctima fatal alguna, lo cuál es asunto de la eficacia criminal más que de otra cosa, sino que el carácter genocida viene por la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional étnico, racial o religioso como tal.

En los hechos, los juicios que se llevan adelante en la Argentina no tienen nada que ver con el genocidio, sino que se refieren a Crímenes de Lesa Humanidad. El Estatuto de la Corte Penal Internacional o Estatuto de Roma, aprobado el 17 de julio de 1998 por la Conferencia de Plenipotenciarios de las Naciones Unidas, define en su Artículo 7:

“1. A los efectos del presente Estatuto, se entenderá por ‘crimen de lesa humanidad’ cualquiera de los actos siguientes cuando se cometa como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil y con conocimiento de dicho ataque: (…) h) Persecución de un grupo o colectividad con identidad propia fundada en motivos políticos, raciales, nacionales, étnicos, culturales, religiosos, de género definido en el párrafo 3, u otros motivos universalmente reconocidos como inaceptables con arreglo al derecho internacional, en conexión con cualquier acto mencionado en el presente párrafo o con cualquier crimen de la competencia de la Corte”

¿Dónde queda entonces la afirmación de que los militares son genocidas? Podríamos decir que en ningún lado, pero en realidad debemos ahondar en nuestra historia reciente para buscar el verdadero sentido de aquella afirmación, afirmación que “Palabra Obrera” distorsiona sin ninguna inocencia y con motivos bastante repulsivos.

Por qué se habla de genocidio

Un viejo compañero con amplia trayectoria en los organismos de Derechos Humanos siempre señalaba que la política en ese tema, Derechos Humanos, no es más que reivindicativa, reformista si se quiere, pero nunca revolucionaria.

En otros términos, es una de las tantas acciones concretas que podemos llevar adelante para lograr objetivos específicos dentro de los estrechos límites impuestos por la legalidad burguesa.

En este sentido, la idea de agitar el concepto de “genocidio” responde a una necesidad concreta para operar sobre la sociedad burguesa en pos de un resultado específico: lograr el juzgamiento de los represores liberados por las leyes de impunidad y el indulto.

A fines de los 80, donde aún no había sido ni escrita la mayor parte de la doctrina que sostiene la hoy abundante jurisprudencia sobre crímenes de lesa humanidad, el concepto de genocidio apareció como una veta posible para avanzar buscando la asimilación analógica de los grupos políticos — en concreto, la vanguardia militante de los 70— a la de grupo étnico, racial o religioso. En otros términos, la idea de “genocidio” para definir la acción de la última dictadura militar corresponde a una estrategia jurídica para sortear las restricciones de la legalidad burguesa que, en materia el derecho penal, garantizaba la impunidad de los represores.

En paralelo, el concepto de “genocidio” cumplía una función en la lucha por las conciencias de la población argentina. Sin dudas que hoy podemos criticar duramente a la CONADEP y su tan mentado “Nunca Más”. Hoy, sin dudas, podemos criticar su poco inocente desapego de las condiciones históricas y sociales que reducen ese trabajo a una casuística carente de significado. Pero, desde una perspectiva integral, no podemos negar que lo descarnado de sus informes contribuyeron a sensibilizar al grueso de la población argentina en torno a los horrores ocurridos durante la última dictadura.

Así, la figura de “genocidio” cumplía un rol similar. Si bien disipa la naturaleza militante de los compañeros caídos en una abstracta generalidad, mueve una serie de conceptos dentro del imaginario colectivo de la cultura occidental que se nos ha impuesto, conceptos que, precisamente, sensibilizan a vastos sectores de la población a favor de nuestros posicionamientos.

Siendo lo más claros y concisos posible, el concepto de “genocidio” toma sentido dentro de una estrategia legal llevada adelante por la militancia del campo popular en una situación de debilidad extrema. Sólo así es lícita la utilización del concepto, lo cual, sin embargo, no debemos confundirnos ideológicamente, pues, de ninguna manera, lo sucedido en la Argentina fue un “genocidio”.

¿Por qué no fue un genocidio?


El genocidio, como tal, representa un cierto grado de irracionalidad en su naturaleza criminal. No hay elementos materiales, en primera instancia, que respalden la acción genocida. El criminal no responde a ninguna motivación que podamos comprender desde lo político. No tiene motivaciones de clase, ni de simple lucha por el poder, sino que, en primera instancia y en su forma más característica, el accionar criminal nace de un odio irracional hacia determinado grupo.

¿Esto fue lo sucedido en la Argentina? De ninguna manera, aquí no sólo existió un plan sistemático —lo cual no revela de por sí racionalidad alguna, cualquier maníaco obsesivo es sorprendentemente sistemático— sino que esto se fundó en una motivación claramente racional. El accionar represivo fue una respuesta a un proceso de profundización de la lucha social, política y económica en Argentina a partir del 17 de octubre de 1945. En Argentina no hubo un genocidio, un crimen fundado en el odio irracional, sino que sufrimos la reacción contra la profundización de las condiciones revolucionarias a principios de la década del 70.

El actuar represivo tendió a eliminar la vanguardia política revolucionaria y no a todo opositor al régimen militar. Sin dudas que ese accionar se valió de elementos irracionales (es cierto que los judíos solían recibir un castigo peor que otros, el robo de recién nacidos también revela la intención de presentar a la vanguardia política revolucionaria como si fuesen una especie de grupo étnico o religioso ajeno al resto de la población argentina), pero las vaguedades del aparato ideológico de la dominación no pueden confundirnos, en Argentina sufrimos no una acción genocida, sino que sufrimos las consecuencias del accionar contrarrevolucionario de la reacción imperialista.

¿Por qué algunos sostienen la idea de genocidio?


Existen dos motivos principales. El primero es la necesidad de autojustificación de su existencia de los sectores de la izquierda y centroizquierda cipaya. Cuando decimos que aquí no existió un genocidio sino una reacción imperialista, por simple deducción, sabremos que del lado de las víctimas de la represión encontraremos a los sectores comprometidos con la profundización de la lucha revolucionaria. Resulta más que lógico, entonces, que los sectores de la izquierda y centroizquierda cipaya hayan sufrido de manera bastante escasa el accionar del aparato represivo. En concreto, se opera la despersonalización del militante político desaparecido, asesinado, encarcelado o exiliado por la última dictadura militar, así, los sectores de izquierda y centroizquierda cipaya pueden transfigurarse en víctimas del genocidio, ocultando su verdadero rol que, en más de una vez, ha sido no otro que el de cómplices de la contrarrevolución.

Esto no es otra cosa que el añejo anhelo de los cipayos por falsificar nuestra historia, despojando al pueblo argentino y americano de los elementos necesarios para sostener la continuidad histórica de su lucha por la liberación. Pero esta falsificación no sirve tan sólo para autojustificar la existencia de la izquierda y centroizquierda cipaya, el objetivo va más allá y nos entrega el segundo motivo.

Si la represión de la última dictadura militar reviste un carácter genocida, entonces, toda realización dentro de este plan sistemático de exterminio reviste un carácter genocida. Hoy por hoy, resulta más que claro que la acción sistemática de exterminio se inició mucho antes de 1976. Aquí, es paradigmático el caso del PRT-ERP, el cual, en los hechos, había sido desarticulado mucho antes del 24 de marzo de 1976, y, sobre el cual, en el mejor de los casos, el golpe militar vino a completar la tarea inconclusa de la Triple A y el Operativo Independencia.

Ahora bien, entonces: ¿Cuál es el problema de seguir hablando de genocidio y por qué ciertos sectores hacen una defensa intransigente de dicho concepto?

Si entendemos que cualquier realización dentro del plan sistemático de exterminio tiene carácter genocida, cualquier elemento social que haya coadyudado en su ejecución tendrá un carácter genocida (ver líneas arriba el Artículo III de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio), no nos andemos con vueltas y adelantemos la conclusión: entonces el peronismo sería genocida. Efectivamente, detrás de la idea de “genocidio” se esconde el viejo anhelo de los cipayos por demonizar al más profundo movimiento de masas que la Argentina experimentó durante el siglo XX.

El sostenimiento de la idea de genocidio no es para nada inocente, responde a un accionar sistemático del cipayaje autóctono para falsificar la historia y cortar la continuidad precisamente histórica de nuestra lucha por la liberación.

¿Desde sectores del peronismo se contribuyo al accionar contrarrevolucionario? Sin dudas, pero esto es perfectamente explicable por la misma configuración del peronismo y su constitución contradictoria ad inicio, contradicciones que, por otro lado, en la década de los 70 habían llegado a un punto de eclosión. En esta profundización de las condiciones revolucionarias, desde un análisis político-ideológico, resulta entendible que una parte de la constitución inicial del peronismo se alineara con los intereses reaccionarios y otra tomara su lugar dentro de la vanguardia revolucionaria. Esto no demoniza al peronismo, sino que lo explica como un fenómeno histórico que llegaba a un punto donde sus limitaciones históricas como herramienta revolucionaria se hacían evidentes.

Los cipayos, sin embargo, defenderán a rajatabla el concepto de “genocidio”, pues si hubo sectores dentro del peronismo que actuaron en la represión, eso los haría genocidas y contagiaría —en la alienada mente del cipayaje— a todo el peronismo, negándolo como expresión histórica en el camino por la liberación nacional y social. Y esto no es nuevo para los cipayos, así será más importante la “Semana Trágica” que el efectivo avance para los sectores populares que significó el gobierno de Hipólito Yrigoyen o serán más valederos los devaneos autocráticos de Rosas que su efectiva defensa de los intereses nacionales frente al Bloqueo Anglo-Francés. Nada de los cipayos es casual y siempre tiende al mismo punto: negarnos nuestra existencia y la continuidad histórica de nuestra lucha.

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