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- Artículo cargado el 27/05/2006 - 17:07
El Mercosur en crisis
La intención del gobierno uruguayo de alcanzar un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos, rompiendo de hecho con el Mercosur, y la tensión que han alcanzado últimamente las relaciones entre Bolivia y Brasil a raíz de la nacionalización del petróleo en el país del altiplano, son señales inequívocas de la crisis existente en los procesos de integración regional.
El presidente uruguayo, Tabaré Vázquez, fue explícito cuando dijo que el Mercosur no le servía a su país, y lo fue aún más cuando en su reciente reunión con senadores norteamericanos en Washington sostuvo: “Queremos reorientar la política exterior de Uruguay hacia Estados Unidos. Para eso necesitamos que el Congreso (de EE.UU.) apruebe el tratado de inversión bilateral lo antes posible”. Ese tipo de tratados, de los que Argentina puede dar buena cuenta, concede al capital extranjero todo tipo de preferencias y la facultad de dirimir sus diferencias en tribunales internacionales. El giro de 180 grados aplicado por su gobierno respecto del programa que lo consagró presidente de los uruguayos, coloca el problema más allá de la crisis con Argentina por el asunto de las papeleras, o de los reclamos por la discriminación que denuncia Uruguay y también Paraguay, respecto a los otros dos socios del bloque regional. Desde éste ángulo la cuestión tiene que ver con la naturaleza política del núcleo dirigente del Frente Amplio uruguayo y, en definitiva, con la férrea subordinación al capital extranjero y a sus organismos internacionales que exhiben las distintas variantes de la centro izquierda latinoamericana.
Pero éste es sólo un aspecto de la crisis. Es cierto que Uruguay y Paraguay tienen un trato diferenciado dentro del Mercosur. Sin embargo desde el punto de vista de la normativa del bloque su situación no parece desfavorable. Por ejemplo, de acuerdo a resoluciones del Consejo del Mercado Común de diciembre de 2003, los dos países podrán importar, hasta la finalización de 2010, bienes de capital, de informática y telecomunicaciones, e insumos agropecuarios (también materias primas en general, en el caso de Paraguay) con un arancel reducido al 2 %. A ambos países se les ha reconocido una lista de productos exceptuados del arancel externo común, y Paraguay suma alrededor de 400 bienes al margen del régimen general que obliga a certificar el origen Mercosur en exportaciones de intrazona. Por lo demás, el bloque se ha comprometido a obtener para Paraguay un trato preferencial en las negociaciones con terceros países, dada su condición de economía menor y sin litoral marítimo.
¿Dónde reside entonces la situación de desigualdad y discriminación? En la propia estructura del bloque regional. El Mercosur es una unión aduanera y una zona de libre comercio, en los dos casos imperfectas: son varias las excepciones que constituyen perforaciones al arancel externo común, y también las trabas paraarancelarias en el comercio intrarregional. Resultan muy fragmentados los procesos de ensamblaje productivo y no existe nada parecido a una integración económica. En los hechos el bloque regional es un campo de competencia entre las corporaciones exportadoras nativas junto con las empresas transnacionales instaladas a cada lado de la frontera en Brasil y Argentina, para ganar posiciones en los mercados de la región. Por cierto, teniendo presente la naturaleza de clase del poder dominante en los países de Cono Sur en las últimas dos décadas, el resultado era previsible.
Las burguesías dependientes
El origen del Mercosur no estuvo desligado, ni mucho menos, de las transformaciones que experimentó el patrón de acumulación del capital a escala mundial desde la segunda mitad de los años 70 en adelante. En los capitalismos metropolitanos la crisis originada en la tendencia a la declinación de la tasa de ganancia puso fin a la etapa expansiva iniciada en la inmediata posguerra y abrió un nuevo ciclo basado en mayores niveles de explotación de la fuerza de trabajo (flexibilización laboral) y en una división internacional de los procesos productivos, desplazando hacia las zonas del planeta de más bajos salarios y peores condiciones laborales y desprotección ambiental, parte de los eslabones industriales. El resultado fue una recuperación transitoria de la rentabilidad y de la productividad del capital, al precio de agudizar la desproporción entre la capacidad de producción y la capacidad de absorción de los mercados, expresión en definitiva de la contradicción central del capitalismo entre el carácter social del trabajo y la apropiación privada del producto. La hipertrofia financiera, el auge de la especulación y el parasitismo rentista, característico de las principales economías, es la manifestación más evidente del nuevo curso que ha seguido el capital escapando de la crisis.
En América Latina las transformaciones de los años 70 y especialmente las registrados en las dos décadas siguientes impactaron de pleno. En los países de mayor desarrollo relativo clausuraron las políticas nacionalistas y desarrollistas basadas en la expansión del mercado interno y en la industrialización sustitutiva de las importaciones. En su lugar se abrió una nueva fase del proceso de concentración-centralización del capital y, al mismo tiempo, de extranjerización e internacionalización de las corporaciones locales. En la Argentina de los 90, la compra a precio vil de las empresas del Estado por capitales extranjeros asociados a firmas nativas y la intensificación del proceso de fusión y adquisiciones de compañías, dieron la tónica de los cambios de fondo que se estaban produciendo entre las fracciones más concentradas de la burguesía local. Actualmente el 70 % del producto y más del 80% de las ganancias de las 500 empresas líderes, centro de gravedad del poder económico, corresponden a corporaciones extranjeras, con las cuales la fracción dominante del empresariado nativo ha establecido una sólida trama de negocios.
El norte de los grupos económicos latinoamericanos, asociados con el capital imperialista, aunque con intereses diferenciados, apuntó desde entonces hacia los mercados externos, principalmente regionales, donde poder desarrollar las ventajas de la economía de escala y superar las restricciones de las plazas locales, deprimidas por el empobrecimiento de las grandes masas populares a que dieron lugar los programas de ajuste neoliberal, la flexibilización laboral, la depresión del salario y la desocupación. Pero no sólo se trata de la exportación de mercancías. También la exportación de capital forma parte de las estrategias de expansión de las compañías nativas. De acuerdo con uno de los últimos estudios de la CEPAL, las mayores empresas latinoamericanas están en proceso de transnacionalización, y entre las de mayor peso y presencia internacional, las inversiones en las industrias básicas constituyen el anclaje central. De todas formas su situación frente a las corporaciones de los países dominantes sigue siendo secundaria. “Parecen estar perdiendo importancia relativa en la élite de las 500 mayores compañías de la región y también es baja si se examinan las 200 mayores exportadoras”, advirtió el estudio.
En Argentina Techint, el mayor fabricante mundial de tubos sin costura para la industria petrolera, con plantas en Brasil, Venezuela, México, Canadá y Japón entre otros países, ilustra este nuevo tipo de apertura. En esta misma posición, aunque algunos escalones más abajo, también están Arcor —líder en la producción de alimentos, con ocho plantas en Latinoamérica—, Bagó, Impsa y Molinos. Para esta burguesía, que tiene poco o nada de nacional, especialista en hacer fortunas en los períodos de auge especulativo y en fugar capitales al cierre de un ciclo de negocios, el pago de la deuda pública, el superávit fiscal, el dólar alto, la apertura comercial y financiera y los salarios bajos, constituyen las reglas de oro de la competitividad. Sus empresas son acreedoras de títulos del Estado, de ahí su preocupación por la salud de las cuentas públicas y su religiosa inclinación por el cumplimiento de las obligaciones de la deuda.
Los límites de la integración
Es precisamente en las características de este patrón de acumulación, encaminado a expandir el desarrollo corporativo, vía comercial y a través de la exportación de capitales, en ausencia de un verdadero proceso de integración económica (sustituido por un conjunto de reglas comerciales y aduaneras), donde residen las asimetrías que afectan a los países del Mercosur. Puestas en el terreno de confrontación de la competencia capitalista, dominado por los grupos económicos locales y las corporaciones imperialistas, las economías de menor desarrollo llevan todas las de perder. Las disputas entre las burguesías industriales de Argentina y Brasil, intensificadas a partir del 2003, exponen el problema en todo su alcance. Detrás de los reclamos de los industriales de este lado de la frontera por la “invasión” de productos brasileños y de las denuncias contra los incentivos a la exportación que gozaban sus rivales, está en el fondo el reconocimiento de que una marcada brecha de productividad diferencia las industrias de ambos países. Mientras que en Argentina las inversiones de la primera fase de la convertibilidad, realizadas a favor de reducción a cero de los aranceles aduaneros para bienes de capital y un dólar subvaluado, terminaron en un proceso de destrucción de capitales, debido a la contracción del mercado interno y la apertura irrestricta, en Brasil la inversión y la reconversión tecnológica consolidaron un sólido aparato exportador. Las diferencias de tamaño entre ambas economías y de posibilidades para captar inversiones, completan el cuadro de desigualdades. Esta brecha se amplía aun más cuando se trata de los países de menor crecimiento como Uruguay y Paraguay.
En ausencia de una centralización supraestatal que subordine los intereses corporativos a los objetivos de la integración política y económica, el bloque regional está condenado a soportar crisis recurrentes y, en definitiva, a caer en la disgregación. Sin embargo, una centralización de tal naturaleza está fuera del alcance de los gobiernos regionales, expresiones, al fin, de las fracciones más concentradas de las respectivas burguesías locales. Así, el reciente conflicto entre Brasil y Bolivia (integrante potencial del bloque) a raíz de la nacionalización de los hidrocarburos dispuestas por el gobierno de La Paz, sacó a la luz la naturaleza de la diplomacia de Itamaraty y del Palacio San Martín. Lula y Kirchner citaron inmediatamente a Morales para pedir explicaciones sobre la decisión. Pero los brasileños fueron más lejos. El canciller, Celso Amorim, calificó de adolescente la medida, mientras que Lula hizo trascender su molestia por el asesoramiento que técnicos de la venezolana Pdvsa dieron a funcionarios de Ypfb, durante la puesta en práctica de la ocupación de los yacimientos. No sólo eso, en la reunión de Puerto Iguazú del 7 de mayo, entre los presidentes de Brasil, Argentina, Bolivia y Venezuela, Lula, en referencia a este hecho, criticó a Hugo Chávez por apoyar acciones desestabilizadoras que afectan la integración en el país del altiplano.
La unidad nacional de América Latina
La integración de los países de Sud América y de América Latina en su conjunto es una tarea de carácter nacional. Sin embargo no está en los programas de las burguesías nativas la posibilidad de alcanzar semejante propósito. Las tareas de nacionalización de los recursos básicos, de expropiación de los latifundios, de liquidación de los monopolios u oligopolios controlados por el capital extranjero, así como la construcción de una democracia cimentada en la soberanía popular, exige un giro radical en los programas y las políticas que sólo los trabajadores, los movimientos campesinos, las clases medias empobrecidas y el conjunto de los excluidos de América Latina, podrán afrontar. Pero en este punto de radicalización, las tareas nacionales adquieren un necesario sesgo socializante. La contradicciones de contenido nacional y los antagonismos de clase, propios de los capitalismos atrasados y dependientes se entrelazan y desarrollan en un mismo cauce, fusionando las reivindicaciones democráticas, antiimperialistas y socialistas, en un proceso de continuidad revolucionaria. Sólo así los eslabonamientos de integración podrán superar el límite que imponen las burguesías nativas, y abordar las tareas de reunificación de la Patria Grande orientadas hacia una empresa inédita: la construcción de una federación de estados socialistas.
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