- Movimiento Obrero
- Artículo cargado el 18/11/2008 - 15:25
El fallo de la Corte Suprema abre un nuevo terreno de disputa
La vigencia de los debates y discusiones sobre el movimiento sindical argentino acaba de adquirir nuevos bríos como producto de un fallo de la corte suprema de justicia que, básicamente, permite que los trabajadores argentinos puedan ensayar alternativas de organización sindical jurídicamente válidas independientemente del reconocimiento o no que tengan del poder ejecutivo nacional.
La vigencia de los debates y discusiones sobre el movimiento sindical argentino acaba de adquirir nuevos bríos como producto de un fallo de la corte suprema de justicia que, básicamente, permite que los trabajadores argentinos puedan ensayar alternativas de organización sindical jurídicamente válidas independientemente del reconocimiento o no que tengan del poder ejecutivo nacional.
Festejado por los sectores pertenecientes a la CTA y el sindicalismo de orientación clasista, resistido y condenado por la CGT, lo cierto es que el candente debate en torno a las nociones de democracia y burocracia sindical adquiere una centralidad decisiva para todas las organizaciones que pretenden reconstruir el protagonismo político de las mayorías trabajadoras argentinas.
Para los sectores nacional-populares, el debate en cuestión adquiere una importancia central en la medida en que exige reactualizar muchas de las presunciones sobre el tema para superar un anacronismo que no ha tardado en evidenciarse en los defensores de la “unidad” de la clase trabajadora.
En tal sentido, la primera evidencia sobre la discusión en torno a la tensión entre democracia y unidad sindical es el desfasaje entre muchos de los discursos que de ella pretenden dar cuentas y la concreta realidad de la Argentina actual.
Como resultado del proceso económico, político y social abierto en 1976, ciertamente preanunciado en el Rodrigazo y la impotencia sindical que signó los últimos estertores del gobierno de María Estela Martínez de Perón, aquella clase obrera sólidamente estructurada alrededor del unicato sindical de la CGT ha dejado paso a una inmensa dispersión, heterogeneidad y debilidad de las clases trabajadoras argentinas.
La tasa de sindicalización en la Argentina es irrisoria. Las estimaciones más optimistas las sitúan entre el 15 y el 25 por ciento de la masa laboral. Además, según distintas publicaciones dadas a conocer recientemente, sólo el 12 por ciento de las empresas argentinas tiene uno o más delegados reconocidos por la subsecretaría de trabajo de la nación.
Se vislumbra aquí un nexo indisoluble entre la debilidad global de la clase obrera argentina y la ausencia total de los mecanismos más elementales de representación sindical.
En este sentido, si se considera la continuidad histórica de la CGT durante los últimos 25 años de democracia argentina se comprende rápidamente que esta monumental derrota de las mayorías populares argentinas no puede adjudicarse a la ausencia de unicato sindical. No pretendemos responsabilizar exclusivamente a las capas más burocratizadas del sindicalismo argentino de esta inmensa derrota, sólo llamar la atención sobre una doble lectura que la simple corroboración de estos números pone en evidencia.
En primer lugar se destaca que sin la connivencia y la complicidad de las burocracias es imposible comprender el desastroso escenario sindical en que se encuentran sumidas las mayorías laburantes argentinas. En segundo lugar, y mucho más preocupante aún, es el hecho de que en estas condiciones es absurdo suponer que una capa social diferenciada e irrepresentativa en relación a las mayorías trabajadoras argentinas pueda remontar esta derrota. El desafío de la hora no puede acotarse a mantener una ilusoria unidad de la debilidad, sino a superar progresivamente la debilidad estructural que la constante ofensiva neoliberal supuso para las mayorías trabajadoras a partir, entre otros, de campañas masivas de sindicalización.
Sindicalizar supone debate, comisiones, asambleas, elecciones y cuerpos de delgados representativos en que el protagonismo exclusivo lo tienen los militantes de base. Por lo tanto, hoy en la Argentina del siglo XXI, y en una lectura que no puede remontarse hacia un remoto pasado signado por una clase obrera sólidamente organizada en sindicatos de masas, la burocracia sindical más que la garante de la unidad de clase se revela como un mecanismo necesario para que el capital reproduzca la dispersión y la fragmentación popular.
Particularmente en relación a la izquierda nacional en casi todas sus variantes, este nuevo escenario adquiere una vitalidad sustancial en la medida en que exige reconsiderar muchas de las posiciones históricas que caracterizaron su derrotero ideológico. Construidas alrededor de la experiencia viva de la clase obrera argentina en el Peronismo, muchas de sus posiciones teóricas y políticas se caracterizaron por una sobreactuada oposición a cuestionar a la burocracia sindical, subestimando la relevancia teórica y política de la democracia como mecanismo de representación y galvanizando uno de los ejes de distinción frente a los variopintos ensayos de la izquierda cipaya.
Una de sus más ilustres excepciones, sin embargo, radica en la producción de la dupla conformada por Osvaldo Calello y Daniel Parcero, particularmente en la obra “De Vandor a Ubaldini”. Caracterizada por una persistente y renovada vigencia a partir del fallo de la corte, su introducción no deja espacios vacíos en relación a los desafíos que para la izquierda nacional supone el sindicalismo argentino: “la clase obrera debe transformarse en el eje de reagrupamiento de cuadros que reconstruyan el Frente Nacional sobre una base popular, antiimperialista y revolucionaria, según la índole de las tareas características de un país atrasado y dependiente. Esto a su vez exige un reajuste del papel de los sindicatos que ya no puede seguir siendo tan solo grupos de presión dentro del orden establecido, sino que deben reflejar la perspectiva de un nuevo movimiento obrero a la cabeza de todos los oprimidos, y en marcha hacia la liberación nacional y el socialismo”.
La histórica posibilidad de comenzar a ensayar nuevas alternativas de participación sindical desde prácticas democráticas que garanticen la representatividad del mandato obrero se revela, en este sentido, como un insoslayable ejercicio para comenzar a desenredar la madeja de la opresión nacional y social.
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