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  • Artículo cargado el 19/11/2008 - 01:01

Breve reseña sobre “un peronista infiltrado en el marxismo”

Hace algún tiempo nos dejaba, sino la última referencia intelectual del pensamiento nacional y popular menduco, el más sólido, profundo e incómodo de sus quijotes.

Lo cierto es que la mayoría de los cientos de pibes que tuvieron la suerte de presenciar sus clases lograron definir y consolidar su posicionamiento teórico y político a partir de un mismo faro intelectual: el Mario Franco.

A favor o en contra, nadie podía sin embargo, permanecer indiferente frente al profundo desafío teórico que significaba someter todas las certidumbres universitarias a la provocadora experiencia que suponía acudir a sus clases.

Conocedor profundo de los sutiles mecanismos coloniales de los magisterios, se servia de una curiosa fórmula para sostener su, como él insistía en remarcar, “práctica teórica”.

Seducía el izquierdismo latente de la pequeña burguesía ilustrada, siempre ávida de certezas filosóficas inequívocas, desde excelsas e inobjetables lecturas de Louis Althusser.

Sin embrago, el marxismo filo estructuralista del francés era traducido a la realidad argentina y latinoamericana con un resultado político tan inesperado como difícil de digerir para el izquierdismo estudiantil: el peronismo.

Un peronismo particular, es cierto. Esa catastrófica y romántica experiencia antiimperialista de los 40´. Aquel peronismo de la mítica pareja entre el general y la actriz, los sindicatos más poderosos de Latinoamérica y la gloriosa resistencia. Una elegía a “Los Hijos de Fierro”. Las tres banderas en su sentido más revolucionario. Una lectura histórica que, en sus aristas más contradictorias, se confundía con las ingenuas exigencias de Cooke sobre un peronismo marxista. Un peronismo que, sin los libros, era inhallable durante la década menemista pero que, sin embargo, desnudaba sin atajos la mutación partidocrática del justicialismo.

Un collage de Althusser, Perón y tango sólo podía articularse teórica y políticamente a través de una inteligencia tan audaz y provocadora como ajena a los crípticos prejuicios ilustrados de la academia. Leer a Perón desde Althusser, uno de esos ejercicios elevados al grado de herejía por los patriarcas progresistas de la corrección política de magisterio.

Es que esa poderosa inteligencia, jamás se revistió de la solemnidad de las eminencias. Su corrosivo y chispeante sentido del humor, su inagotable anecdotario, su ingeniosa bohemia, sus extravagantes dotes de imitador, forjaron una personalidad tan sugestiva y fascinante como incómoda para los preceptos de la intelectualidad bienpensante.

Legitimar eso que el canon de la intelligentzia define como “populismo”, acudiendo al exquisito derrotero del marxismo francés era lo más parecido a una aberración para los jeques de la superestructura colonial.

Es que las profundas lecturas del Mario sobre Hegel, Marx y Althusser no estaban solas. Su origen popular, su correspondiente debilidad por la cultura nacional y la gravitante influencia que el nacionalismo de izquierda y la izquierda nacional alcanzaron en su pensamiento generaron un cóctel explosivo. Y tan original que nadie que haya estudiado con él, sólo para mencionar a la última “boga universitas”, puede deslumbrarse frente a las intentonas con que el profesor de la universidad británica de Essex, Ernesto Laclau, pretende dar cuento de los frentes antiimperialistas latinoamericanos.

Materialismo de cepa epicúrea para la filosofía, Althuserianismo teórico, Socialismo Criollo para la historia y la política, produjeron un pensador que, hasta en su definición, provocaba al pensamiento: “un peronista infiltrado en el marxismo”.

Como la mayoría de los pertenecientes a su generación, no permaneció indemne frente al influjo ideológico del posmodernismo en su variante marxista. La simpatía que hacia el final de su vida le generó el movimiento zapatista, se articuló con el resultado necesario de una ida y una vuelta, hacia y desde Althusser, que estructuró una de las ideas más interesantes y problemáticas para repensar su derrotero intelectual: el acontecer histórico-social como un “proceso sin sujeto”. Seguramente el punto más atractivo para retomar una de las tantas discusiones que este payaso brillante dejo pendiente con la mayoría de sus compinches.

Sería inútil pretender un relevo para semejante ausencia. Sólo queda la persistencia de sus evocaciones, y la deuda de someter su legado a una atenta y profunda relectura para una Argentina y una América Latina tan semejante, y a la vez tan disímil, a la que dejó hace ya tres años.

Socialismo Latinoamericano. Mendoza

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