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  • Artículo cargado el 28/04/2008 - 01:15
Charla en la Universidad Nacional del Sur

Malvinas y la cuestión nacional

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  • Izquierda Nacional Bolivia 
  • Artículo cargado el 09/05/2008 - 00:56

Bolivia: el imperio recurre a la balcanización

‘’A lo que se ha de estar atento no es a la forma de las cosas, sino a su espíritu. Lo real es lo que importa, no lo aparente. En política, lo real es lo que no se ve.’’

José Martí

‘’ No temo tanto a los de afuera que nos quieren comprar, como a los de adentro que nos quieren vender’’

Hipólito Yrigoyen

Me inspiré en estas bellas frases de dos ilustres revolucionarios para comentar acerca del crimen que el imperialismo intenta llevar a cabo en la hermana República de Bolivia para frenar y hacer fracasar las reformas y nacionalizaciones que el gobierno nacional y popular de Evo Morales está llevando adelante.

Si como dice Martí, en política ‘’lo real es lo que no se ve’’ es porque lo primero que se ve son los títulos y contenidos manipuladores y mentirosos de lo que publica el enemigo imperialista. Cito una frase tomada al azar en un medio imperialista norteamericano: ‘’Bolivia, mayoría de electores le dice que sí a la autonomía de Santa Cruz’’.

Aquí comienza la manipulación pues para un inadvertido lector no conocedor de la realidad latinoamericana y de su historia esto suena como un triunfo democrático de un pueblo que supuestamente busca autonomía.

Esos medios ocultan que 75% (fuente: Telesur) de los que han sido llamados a votar no lo han hecho, ni tampoco mencionan la violencia de la que han sido victima los bolivianos que apoyan a Evo Morales.

Hechos de violencia que el presidente de la Republica Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez no se olvidó de mencionar y condenar: ‘’

“Lamentamos mucho esa violencia. ¿Quiénes son los responsables de la violencia? Igual que como pasó aquí; la oligarquía, y utilizan a grupos fascistas (…) El pueblo de Bolivia está resistiendo y resistirá esta agresión”, dijo.

Pero además de la violencia lo que sobretodo se busca ocultar bajo este ‘’referendum’’ es un crimen gravísimo no solo contra el pueblo boliviano sino contra toda latinoamérica cuya unidad se está intentando destruir.

¿Pues qué hacer frente a un gobierno que con el apoyo de la inmensa mayoría de la población nacionaliza el petróleo y el gas en manos de los vampiros de las transnacionales?

El imperialismo recurre a su vieja aliada, la oligarquía, ‘’a los de adentro que nos quieren vender’’ como decía don Yrigoyen. Ya que no puede detener la nacionalización, busca amputar a Bolivia de su provincia más rica en recursos gasíferos con el apoyo de sus cipayos oligárquicos para convertirla en estación de servicio.

En el programa Aló Presidente, Chávez habló de estos cipayos:

Recordó que hace poco los prefectos (gobernadores) de la llamada “Media Luna”, que agrupa a la oposición de derecha del país suramericano, entre los cuales se anota Santa Cruz, viajaron “juntitos” a Washington y recordó quién está detrás de ellos y cuales son sus objetivos:

“Estados Unidos, es la política del imperio. Un golpe contra Bolivia es un golpe contra América del Sur, contra los esfuerzos unitarios que están avanzando, la Unasur (Unión de Naciones Suramericanas) y contra el proyecto del compañero Evo Morales”, denunció el gobernante venezolano, al tiempo que le reiteró su apoyo al gobierno democráticamente elegido de Bolivia.

Por eso, no nos dejemos engañar por ‘’referendums’’, defendamos al presidente Evo Morales, a la unidad de Bolivia y de toda América Latina contra los intentos balcanizadores del imperio y de sus sirvientes oligárquicos.

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  • Artículo cargado el 29/04/2008 - 12:57
La primera ciudad administrada por el socialismo juanbejustista

¡Que mierda va a estar linda Rosario!

En un reciente viaje me han dicho: “Pero che, que linda que está Rosario!”. Harto ya de que los visitantes ocasionales de la ciudad refieran sobre lo mucho que ha progresado Rosario, no pude contener un exabrupto. Atónito quedó mi interlocutor, y en su rostro se reflejaba el desconcierto ante mi observación por nada elogiosa del estado de la ciudad. Y antes de que se me creyera por loco le respondí.

Claro, si consideramos que Rosario sólo se inscribe al circuito turístico no caben dudas de lo bella y armoniosa que está la ciudad. Pero Rosario es más que un circuito turístico para visitantes. Rosario es un conglomerado de cerca de un millón de habitantes, de los cuales el 30 % son pobres (en las estadísticas más halagüeñas). Es decir que algo así como 300 mil almas rosarinas viven en la absoluta pobreza, ocultos en sus barrios periféricos e incapacitados para disfrutar de nuestro circuito turístico. Aunque cueste creer, gran parte de la ciudad oculta, de las gentes pobres excluidas de la fiesta rosarina, no conocen el magnífico Monumento Nacional a la Bandera.

Rosario es una ciudad sumergida en el caos. Con el tránsito vehicular colapsado. Calles pérdidas en un sin fin de baches que bien pueden ser confundidos cráteres meteóricos. Y esto es apenas una anécdota con la situación desastrosa de la ciudad periférica. Allí no hay pavimentos, ni cloacas, ¡ni agua! No hay un solo barrio periférico que no tenga problemas de baja presión de agua y que deba seguir descargando sus residuos cloacales a pozos ciegos (a pesar de toda la ampulosa propaganda de la actual empresa provincial del agua). Los espacios públicos están abandonados, con yuyales selváticos y juegos infantiles no utilizables. ¡Y el transporte público de pasajeros! Si existe un servicio inservible, colapsado, decadente, ese es el de transporte de pasajeros: sin frecuencias, nauseabundos y en estado latente de dejarlo a uno de a pie.

Rosario, esa ciudad otrora corazón productivo de la zona es hoy un gran shoping. Shoping construido sobre las ruinas del sistema productivo. Enumeremos. Donde se emplazaba la recordada GEMA, se ha levantado el complejo de cines Village. Los dos grandes centros comerciales rosarinos se alzaron, uno haciendo usa del cadáver de Extesa y otro de los abandonados galpones del Ferrocarril. Y fue allí precisamente donde la partidocracia rosarina “homenajeó” al gran luchador por la recuperación de los FFCC argentinos, bautizando al “Parque” que no es otra cosa que el vació dejado por la destrucción del FFCC Nacionales, “Scalabrini Ortiz”.

Sin mencionar que el Estado municipal está en quiebra (como ya han denunciado varios concejales, entre ellos Gentili del PJ-FPV, Caballero del PPS y Boasso de la UCR) por su insistente capricho de “acondicionar” el “circuito turístico” en desmedro de la ciudad oculta, olvidada, abandonada, ninguneada…

Por todo esto cuando algún visitante casual me habla de lo hermosa que esta la ciudad no puedo más que expresar mi bronca, mi indignación y mi impotencia con ese exabrupto que dejó atónito a mi amigo: ¡¡¡Que mierda va a estar linda Rosario!!!

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  • Artículo cargado el 28/04/2008 - 13:28

Los 100 días de Binner y los estudiantes de ciencias económicas

Quienes recuerden el festejo de los 100 días de Alfonsín a principios de 1984 sentirán una cierta decepción ante los 100 días de los gobernantes actuales. En el caso de la provincia de Santa Fe el médico Hermes Binner ha transitado su primer período con una absoluta falta de medidas significativas. No se pusieron en marcha acciones importantes ni en educación, ni en salud, ni en seguridad, ni en obras públicas, pero… eso sí, se realizaron “actos culturales”.

Conviene recordar que Binner pertenece al Partido Socialista, devoto de Juan B. Justo a través de la acción del recordado Guillermo Estévez Boero. Estévez Boero fue el mentor del PSP (Partido Socialista Popular) que transito por caminos equívocos (desde el campo claramente antinacional hasta algunas posiciones aceptables). Sin embargo, se trata de un típico partido de la pequeña burguesía urbana y rural de la zona sur de la provincia de Santa Fe, con centro en Rosario. Su formación ideológica es claramente europeísta, con todos los vicios esperables en un cipayo.

El brazo estudiantil de este partido es el MNR (Movimiento Nacional Reformista), que en la Universidad Nacional del Litoral disputa con Franja Morada la dirección de los centros de estudiantes. En la facultad de ciencias económicas, donde trabajo, el centro de estudiantes repartió un volante sobre el aniversario de Malvinas que muestra mejor que varios tomos la deformación del pensamiento de este grupo y su dependencia colonial. El párrafo más importante dice:

«¿Qué es “MALVINAS”? Malvinas puede ser dos cosas, en tanto interpelación de los argentinos a la historia argentina: Puede ser, únicamente, “el capricho de un borracho”, una salida irracional y sangrienta de un gobierno golpista y despiadado en decadencia, como un punto oscuro de la historia nacional posible de ser borrado con un fulminante NUNCA MAS. Por el contrario, puede ser un poco más que eso; puede ser un poco más, sobre todo para aquellos jóvenes que entregaron TODO por aquella “causa justa en manos injustas”.»

En ningún momento se les ocurre pensar que Malvinas fue un acontecimiento clave que mostró, como en ningún otro momento del siglo XX, la unidad latinoamericana. Tampoco conciben que deba ser un punto de referencia permanente en la lucha contra el imperialismo. Los jóvenes del MNR oscilan entre la versión conspirativa del “borracho” Galtieri o la novela lacrimógena de los “chicos de la guerra”. En ambos casos la gloriosa causa de Malvinas, para estos jóvenes cipayos, es un hecho lamentable que debe ser “corregido”.

Casos como el referido exigen que insistamos PERMANENTEMENTE sobre la reivindicación de la causa de Malvinas.

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  • Izquierda Nacional Bolivia 
  • Artículo cargado el 28/04/2008 - 13:26

Mitre y la segregación de Bolivia

La actual situación por la que atraviesa la hermana república de Bolivia es una de las más graves que afectó a la Nación Latinoamericana en los últimos años. La burguesía cruceña, con el guiño de Lula, pretende separarse de la región del altiplano para gozar en forma exclusiva de los recursos económicos con que cuenta.

Esta actitud se parece demasiado a la posición de la provincia de Buenos Aires, que pretendía separarse de las provincias interiores para gozar en forma exclusiva de la fertilidad de la pampa húmeda y de la ubicación del puerto. Todo el siglo XIX es una sucesión de conflictos por este tema entre las provincias y Buenos Aires.

Como sabemos, no es nuevo que el imperialismo pretenda separar partes de nuestro desdichado continente, tal como hizo con Panamá, arrebatado a Colombia a principios del siglo XX, con Belice respecto de Honduras y con nuestras islas Malvinas.

Bolivia ha sido un país que sufrió innumerables despojos, el litoral pacífico a manos de Chile y grandes extensiones del Chaco Boreal a manos de Paraguay con el guiño cómplice de la oligarquía argentina y el Imperio Británico. Ahora le toca el turno a los llanos orientales.

Mientras pensaba en este tema encontré en la revista católica Criterio un artículo de un tal Guillermo del Bosco que, con la excusa de las diferencias geográficas y falta de infraestructura, toma claro partido por la secesión. Curiosamente, el artículo termina con una cita de Mitre, que según el autor dijo en 1871 en el Senado.”El porvenir de Bolivia no está en occidente sino en la parte donde nace el sol… por eso tiende a encontrar una salida por el Atlántico, buscando por el oriente el aire, el espacio y la luz que le falta por el Pacífico”.

Sin duda, si Mitre viviera apoyaría la revuelta de Santa Cruz de la Sierra. La izquierda nacional tiene que estar en la otra vereda.

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  • Declaraciones 
  • Artículo cargado el 02/04/2008 - 00:01

Ante los crujidos de la argentina sojera la solución es reabrir el curso de la revolución nacional

La disputa por el control de la renta agraria que ha enfrentado a los beneficiarios del programa devaluacionista impuesto tras la crisis de 2001, con sus representantes partidocráticos hoy en el gobierno, ha abierto una crisis política que involucra a quienes aún no han intervenido: el pobrerío y las masas trabajadoras y oprimidas de la ciudad y el campo.

Hasta tal punto los involucra, que de imponerse el programa de los grandes terratenientes (el levantamiento de las llamadas “retenciones”), que arrastran a los pequeños y medianos productores, eso implicaría la inmediata dolarización de los productos de primera necesidad y eventualmente el descontrol hiperinflacionario. Tal vez las góndolas no estarían vacías, pero sí lo estarían los bolsillos de los trabajadores. La política del gobierno kirchnerista, por su parte, no permite presagiar un mejor horizonte para los intereses nacionales y populares: las retenciones son la base del superávit fiscal utilizado no para echar los cimientos de un modelo industrial autónomo con justicia social, sino para garantizar el pago de la deuda externa a los vampiros imperialistas y eternizar la sumisión nacional.

La trágica paradoja de la situación parecería consistir en el hecho de que cualquiera sea el desenlace de la puja entre el gobierno y “el campo”, los perjudicados serán los mismos. Si los piqueteros y caceroleros “fashion” consiguieran sus objetivos, se acentuaría el perfil “sojero” de la Argentina semicolonial, conforme lo exigen los amos del mundo globalizado. Pero si el gobierno saliera airoso y continuara aplicando su programa, los resultados no serían muy diferentes: la escasa o nula rentabilidad de los pequeños y medianos productores derivaría en una mayor concentración de la propiedad en favor de la oligarquía terrateniente y del capital extranjero invertido en la agroindustria. Por uno u otro camino, el resultado final sería el mismo: remachar las cadenas de la opresión nacional y la explotación social, insertando definitivamente a la Argentina en la división internacional del trabajo como país productor de materias primas.  Es curioso que nadie haya advertido que en la esgrima verbal que practican oficialistas y “opositores” hay el reconocimiento implícito de la responsabilidad propia en los males que se atribuyen unos a otros. Así, por ejemplo, se ha hecho público que en el campo hay casi un millón y medio de trabajadores rurales que viven en condiciones de super-explotación. Con salarios inferiores a los mil pesos y contratados en su inmensa mayoría “en negro”, esos trabajadores no están representados ni por los piqueteros fashion ni por los grupos de choque de D’Elía y Pérsico. ¿Y cómo iban a estarlo, si son los piqueteros fashion los que los super-explotan con el consentimiento de hecho de un gobierno que lo permite? Cuando D’Elía les recuerda a los terratenientes que en estos últimos cuatro años se han enriquecido como nunca, lo cual es cierto, ¿no está reconociendo que el gobierno al que apoya ha sido funcional a los intereses de esos terratenientes?

Sin embargo, a uno y otro lado del conflicto se apela a resortes emocionales tendientes a activar un alineamiento de posiciones que oscurece la naturaleza de la actual confrontación entre una fracción de las clases dominantes y los representantes políticos del bloque dominante en su conjunto. Las señoras del Barrio Norte que blandieron las cacerolas en defensa del “campo”, ven en el gobierno poco menos que a una banda de “confiscadores comunistas”. Parecen olvidar que el mecanismo de las retenciones es moneda corriente en todos los países capitalistas, y que en nuestro país fue aplicado, entre otros, por alguien tan insospechable de “populismo” como Adalberto Krieger Vasena, ministro de Onganía. Ciertos empleados “nacional-populares” del gobierno, por su parte, pretenden que estamos atravesando una situación semejante a la que precedió el golpe de 1955, o el de 1976. Se trata de una fabulación que ignora dos hechos decisivos:

  1. El gobierno peronista de 1946-1955 era un gobierno de Frente Nacional sustentado en la alianza entre militares nacionalistas y el movimiento obrero. No un gobierno “progresista” administrado por una de las fracciones (centroizquierdistas y menemistas reconvertidos) de la más corrupta partidocracia. El programa peronista no era el monocultivo, las “retenciones” y el pago de la deuda externa, sino el desarrollo industrial, la apropiación de la renta agraria a través del IAPI y el enfrentamiento a veces abierto y a veces soterrado con el imperialismo y la oligarquía.
  2. Los golpistas de 1955 constituían un bloque homogéneo en cuya cúspide estaba no una parte sino la totalidad de las clases dominantes, y en el que participaban activamente, formando los “comandos civiles” paramilitares, desde los dirigentes de la Iglesia católica hasta los profesores y estudiantes universitarios, pasando por los políticos de los partidos tradicionales, como el radicalismo, la democracia cristiana o el socialismo, y también los altos mandos militares. Como es obvio, nada de esto sucede hoy: aun los “opositores” más enfrentados al kirchnerismo, como Macri, Carrió o López Murphy, hacen un llamado al “diálogo” con el gobierno. Su objetivo es reemplazarlo a través de la “alternancia”, y no de un golpe militar o institucional que agudizaría los conflictos sociales y pondría en peligro el orden social del que ellos son co-garantes desde la “oposición”.

En suma: la puja entre el gobierno kirchnerista y los propietarios del campo no es un enfrentamiento de fondo entre un Frente Nacional y una “unión democrática”, sino un conflicto entre una clase social o un bloque socio-económico y sus representantes políticos. No es la primera vez en la historia, ni será la última, en que los capitalistas privados quieran anteponer sus intereses inmediatos frente a los intereses colectivos de su clase que representan los políticos y burócratas que gobiernan.

En la actual coyuntura, los socialistas de la Izquierda Nacional no nos sumamos ni a uno ni a otro de los bandos en pugna. Si existimos como corriente político-ideológica diferenciada, recogiendo una tradición de más de 50 años de lucha, no es para ir a la cola de proyectos que no encarnan de manera consecuente los intereses de la Patria y el Pueblo. Nuestro trabajo apunta, entonces, a desanudar el lazo político e ideológico que ata a los sectores populares del campo (trabajadores rurales, pequeños y medianos productores) con los grandes terratenientes; y aspiramos a desanudar también el lazo que ata a los sectores populares de la ciudad (clase obrera y aliados plebeyos de la pequeña burguesía empobrecida) con un gobierno que arbitra los intereses de la gran burguesía industrial trasnacionalizada en sus diversas facciones: corporaciones petroleras, agroindustria, instituciones financieras, etc.

Nuestro programa es la expropiación de los grandes terratenientes, la nacionalización del comercio exterior, el apoyo a los pequeños productores a través de créditos y subsidios. Nuestro programa apunta a defender en primer término el interés de aquellos de los que nadie habla: los trabajadores rurales y el conjunto del pobrerío oprimido. Nuestro programa es la Revolución Nacional y el Socialismo Latinoamericanista.

Buenos Aires, 31 de marzo de 2008
Izquierda Nacional - Socialismo Latinoamericano

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  • Argentina 
  • Artículo cargado el 02/04/2008 - 00:01
A propósito del artículo de E. Esteban

¿Qué es la “desmalvinización”?

En mi carácter de ex soldado combatiente de Malvinas me permito efectuar algunas reflexiones críticas sobre la nota del veterano Edgardo Esteban, publicada en el número del mes de febrero de Le Monde Diplomatique.

Esteban apela varias veces a la expresión “desmalvinización” para referirse a la atmósfera social que dominó, y aún domina, la etapa posterior a la guerra. De un modo análogo, las distintas organizaciones de ex combatientes denunciaron desde siempre la campaña “desmalvinizadora” que se abatió sobre la sociedad argentina, sin solución de continuidad, a partir de 1982. Formé parte de algunas de esas organizaciones en el pasado y pude observar, y participar, en el proceso de construcción de sentido de esa entidad lingüística que los veteranos denominamos “desmalvinización”

¿En qué consistió esa campaña, cuáles fueron sus principales rasgos y qué objetivos políticos y sociales persiguió?

Es claro que cualquier explicación de tipo psicologista (supuestos intentos de exorcizar conductas sociales, tapar heridas, sepultar culpas colectivas o esconder conflictos), como la expresada en la nota de Esteban, incurre no sólo en un vicio epistemológico, consistente en emplear categorías de la psicología individual para proyectarlas a una entidad, devenida metafísica, denominada “sociedad”. También atenta contra la verdad histórica más evidente, pues si algo caracterizó a las dos décadas y media posteriores a Malvinas fue la incontable cantidad de actos, homenajes, celebraciones, monumentos, obras de arte, piezas literarias, ensayos, efemérides, etc., sobre Malvinas y sobre los veteranos de guerra en especial. Y está bien que así haya sucedido pues estamos frente a un hecho crucial en la historia argentina del siglo XX que cegó la vida de cientos de jóvenes argentinos durante y después de la guerra. No es cierto que no se habló de Malvinas. El punto es cómo se habló y quién enhebró el discurso de los “hablantes”.

En efecto, la “desmalvinización” transitó por otros andariveles que no fueron los de la espesura del olvido o la profundidad del silencio, como dice Esteban, sino el de la “deshistorización” de la guerra, la “victimización” del soldado combatiente y la “demonización” de oficiales y suboficiales argentinos. Buscó, no sin éxito, toda clase de ardides propagandísticos, groseras falsedades o verdades tergiversadas para diseñar un entramado de representaciones sociales que asignaban nítidos roles a los soldados que combatimos en Malvinas, así como al cuerpo de cuadros militares que conducían las operaciones bélicas en el terreno. Fue cobrando forma una especie de nuevo Manual de Zonceras, de pura impronta jauretcheana, que el artículo de Esteban reproduce casi sin desperdicio, añadiéndole testimonios y casos de maltrato físico y psicológico que en modo alguno reflejan la realidad de lo sucedido en las islas. Huelga decir que esos casos merecen una exhaustiva investigación y un ejemplar castigo para sus responsables, aunque no deberían servir de pretexto para reclamar nuevas compensaciones económicas. Fuimos soldados de la patria, no mercenarios. Los mercenarios eran los ingleses y los gurkas, según se decía por entonces.

En su nota Esteban mezcla y asocia, con o sin mala fe, un conjunto de padecimientos reales (hambre, frío, etc.) con la naturaleza criminal del ejército liberal-oligárquico que gobernó la Argentina durante la dictadura. Así, por ejemplo, el frío que penetra los huesos no habría sido producto del rigor del clima austral y el hambre tampoco se explicaría como consecuencia del estricto bloqueo militar impuesto por la flota imperialista inglesa para aniquilar a nuestras tropas, sino como un castigo aplicado por oficiales y suboficiales por puro sadismo patológico. Tampoco las limitaciones logísticas y armamentísticas habrían sido el subproducto natural de nuestra condición de país atrasado perteneciente a la periferia del capitalismo mundializado. Todo sucedió, según Esteban, debido a un “plan sistemático” para perpetrar un “genocidio” contra los soldados, similar a la represión contra militantes populares durante los años de plomo de la dictadura oligárquica, dictadura que fue, hay que recordarlo, bendecida por el Reino Unido y EE.UU., casualmente nuestros enemigos en Malvinas. Es decir, conciente o inconscientemente, se invisibiliza el papel jugado por los ejércitos imperialistas en las privaciones y en la muerte de nuestros soldados. He ahí un objetivo claro de la “desmalvinización”.

No deja de resultar curioso que de la pluma de Esteban, ex combatiente de Malvinas, no se haya visto todavía brotar una denuncia categórica de los crímenes del Crucero Belgrano o de los cientos de compatriotas muertos por las bombas y misiles ingleses, guiados por los satélites norteamericanos. Tampoco contra el ataque inglés a los aviones Hércules argentinos que intentaban quebrar el bloqueo para llevar medicinas, alimentos y cartas a los soldados. Osvaldo Bayer, que ha escrito inolvidables páginas sobre los martirios de los trabajadores y las matanzas perpetradas por el ejército argentino al servicio de la corona británica en la Patagonia, hace 80 años, debería informarse mejor sobre Malvinas: no es cierto, como cita la nota de Esteban, que en esta guerra “murieron soldados y los militares se rindieron”. La proporción de oficiales y suboficiales caídos supera ampliamente a la de los soldados, y es lógico que así sea.

La campaña “desmalvinizadora” deshistorizó la guerra hasta degradarla al nivel de un capricho de un puñado de oficiales, a quienes se presentó movidos por una enfermiza sed de poder y de gloria. Deliberadamente se desligó el conflicto de una reivindicación nacional histórica de 150 años contra una de las potencias coloniales más crueles y agresivas de los últimos 3 siglos. Dicha potencia, hegemónica en el Río de la Plata durante décadas, estaba gobernada en 1982 nada menos que por Margaret Thatcher, expresión de los sectores más conservadores y belicistas del imperialismo inglés, y era apoyada por Ronald Reagan, que por esos años financiaba a los grupos terroristas que combatían contra los procesos revolucionarios en Centroamérica. Hay que decir, no obstante, que el laborista y numen de la Tercera Vía Tony Blair declaró hace poco tiempo que, de haber gobernado por entonces, hubiera actuado del mismo modo que “la dama de hierro”. Existe, como se ve, una continuidad histórica y una poderosa comunidad de intereses en las políticas imperialistas de Gran Bretaña, por encima de las adhesiones partidarias de sus gobernantes. Son los mismos ejércitos que 20 años después de Malvinas descargaron su puño de hierro sobre Medio Oriente para provocar, ahora sí, un “genocidio planificado” contra los árabes. En estos días preparan uno nuevo, esta vez contra los iraníes.

Pero no nos desviemos del punto en cuestión. Sostengo que un pilar fundante del dispositivo desmalvinizador fue la “victimización” e “infantilización” del ex soldado combatiente. El héroe mutó en víctima ciega e impotente. No fuimos argentinos valientes que luchamos por la soberanía de nuestra patria, aclamados por el pueblo argentino y latinoamericano que se solidarizó con la Argentina más allá de la dictadura (recordemos los respaldos recibidos, desde Fidel, que algo sabe de lucha antiimperialista, hasta Panamá y la Venezuela pre-chavista).  Fuimos chicos ignorantes nos dicen, sometidos a todo tipo de escarnios no por los que nos bombardeaban, sino por los que estaban a nuestro lado combatiendo.

Es imposible no ver en ese discurso, desmalvinizador hasta la médula en el plano político y social, la marca del sistema de propaganda psicológica del imperialismo, compelido a despojar de sustancia patriótica a la guerra de Malvinas para desarmar espiritualmente al país y preparar las condiciones culturales para lo que vino después, la entrega del patrimonio nacional a las corporaciones de origen europeo y norteamericano. No es casual que Menem, abanderado de las relaciones carnales con el Imperio, haya silenciado (“borocotizado” diríamos hoy) al Veterano otorgándole beneficios sociales y económicos.

Tampoco es posible eludir una hipótesis que se torna inquietante. ¿No habrá sido la “victimización” del veterano, desgraciadamente reproducida por muchos veteranos, una de las causas profundas de la ola de suicidios y trastornos psicológicos de la posguerra? ¿Puede un ser humano arrojado al status de víctima escapar al sino que la sociedad le ha deparado?

Combatimos en Malvinas a una fuerza conformada por los gendarmes mundiales de los últimos 200 años, por los que llevaron y llevan la guerra a todos los rincones del planeta. El momento y las circunstancias no las elegimos nosotros, los soldados, aunque nos movimos bajo el poderoso influjo de una cusa justa, anclada en la historia de nuestra Patria Chica y de nuestra Patria Grande. Hubiéramos preferido formar parte de un Ejército popular y democrático, en donde los soldados eligen a sus oficiales, pero tal Ejército descansaba en los polvorientos manuales de las guerras de la independencia o del lejano Octubre rojo. Lo que teníamos ante nosotros era un Ejército que había oficiado de policía interna para aplicar una política antinacional, que era la política de los que estaban del otro lado de la barricada en Malvinas. Así se escribe la historia, con contradicciones y zigzagueos imprevisibles. Ese Ejército combatió con honor y valentía en todos sus niveles y jerarquías. Debe ser condenado por sus crímenes durante la dictadura pero honrado por su valiente desempeño en Malvinas. De lo contrario, aun sin quererlo, estaremos alimentando el cáncer de la “desmalvinización”, es decir, el discurso falsamente humanista de los guardianes de Su Majestad.

Fernando Cangiano
DNI 14.189.366
Ex soldado de Malvinas
Escuadrón de Exploración de Caballería Blindada 10 “Cnel. Don Isidoro Suarez”

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  • Artículo cargado el 06/03/2008 - 19:46

Junto a los pueblos de Ecuador y Venezuela, contra la provocación del lacayo Uribe

El asesinato del comandante Raúl Reyes y de otros 16 combatientes de la FARC en territorio ecuatoriano dejó al desnudo, una vez más, la naturaleza del régimen terrorista que impera en Colombia, sostenido por la oligarquía local y el imperialismo norteamericano. Para justificar su acción, el gobierno de Uribe no vaciló en fabricar descaradamente mentira tras mentira y en precipitar la región al borde un conflicto armado. Reyes y sus compañeros fueron masacrados sin posibilidad a atinar a defensa alguna. Sin embargo, en su primera versión Uribe pretendió hacer creer que las fuerzas colombianas habían respondido a un ataque desde el territorio ecuatoriano. La evidencia era tal que su gobierno no tuvo más remedio que reconocer la falacia. Pero los militaristas colombianos parecen estar convencidos que pueden construir la realidad a su antojo, tal como intentó hacer la pandilla de la Casa Blanca en el caso de Irak. El campamento rebelde fue bombardeado y destruido por completo, sin embargo Uribe y sus secuaces no tuvieron empacho en afirmar que tienen en su poder dos laptops de Reyes, milagrosamente intactas tras el ataque, conteniendo documentos que revelan las relaciones y compromisos de los gobiernos de Rafael Correa y Hugo Chávez con las FARC.

El tamaño de las mentiras de Uribe está en escala con el carácter aberrante de su gobierno, caracterizado por las violaciones de libertades públicas, persecución y crímenes contra opositores y vinculaciones con paramilitares y narcotraficantes. Uribe mandó a asesinar al principal negociador de la FARC para abortar cualquier posibilidad de acuerdo sobre un canje de prisioneros, luego que los rebeldes hubieran procedido unilateralmente a la liberación de seis de ellos, en combinación con el gobierno de Venezuela.

Su política es otra. En línea con los planes de Washington ha elegido la profundización militar del conflicto. La polarización que de esa profundización deriva no es otra cosa que un curso necesario para asegurar, mediante el militarismo y el terror, el dominio de la oligarquía sobre la sociedad colombiana. Pero no sólo esto. La política depredadora del gobierno republicano secundado por la oposición demócrata, se propone hacer de Colombia una suerte de cabeza de playa contra los gobiernos de Venezuela y Ecuador y sus programas de reformas democráticas y antiimperialistas. Por ese camino Colombia habrá de transformarse en el Israel de América Latina, tal como denunció Hugo Chávez. El régimen sionista es el principal instrumento de las provocaciones imperialistas contra los países de Medio Oriente que se mantienen independientes, y el ejecutor despiadado de una política de limpieza étnica en Palestina.

Como era de esperar, el gobierno norteamericano respaldó descaradamente la violación de la soberanía de Ecuador por las fuerzas colombianas; y para que no quedaran dudas sobre quienes son los que sucederán al siniestro personaje que hoy ocupa la Casa Blanca, la misma posición adoptaron los dos precandidatos demócratas y el republicano. Los gobiernos latinoamericanos y, particularmente los del Mercosur, no pueden mantener una posición “neutral” o ambigua ante el conflicto. La única respuesta digna es la condena y el repudio a las mentiras, las provocaciones y los crímenes del gobierno de Uribe. Los pueblos de la región ya tienen posición tomada: el más firme apoyo a los gobiernos y los movimientos que luchan por la liberación de toda forma de sometimiento nacional y por la unidad antiimperialista de América Latina.

Socialismo Latinoamericano
Marzo 4 de 2008

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  • Argentina • Historia 
  • Artículo cargado el 01/03/2008 - 04:37
El Plan de Reactivación Económica que los liberales no pudieron aplicar

Los límites de la República oligárquica a finales de los años 30

En septiembre de 1940 el presidente Castillo nombró al frente del Ministerio de Hacienda a Federico Pinedo, dirigente del antiguo Partido Socialista Independiente y exponente del ala liberal de la Concordancia, el bloque de fuerzas conservadoras y liberales a cargo del gobierno. Hacía una década que los círculos tradicionales de terratenientes, comerciantes, banqueros y capitalistas extranjeros había derrocado al gobierno de Hipólito Yrigoyen e impuesto, primero una dictadura de signo nacionalista y contenido profundamente antinacional, y luego una democracia de carácter fraudulento, no menos satelizada. 

El ciclo de apogeo de la próspera semicolonia agroexportadora, basada en la renta diferencial de la pampa húmeda e inserta en la órbita del viejo imperio británico, hacía tiempo que evidenciaba signos de agotamiento. Mientras tanto, la crisis mundial que estalló en octubre de 1929 en la Bolsa de Nueva York y provocó el colapso de las principales economías capitalistas y el reflujo durante años del mercado mundial, había alterado para siempre el comportamiento de la economía argentina. Obligado por el carácter devastador de una crisis que entre los quinquenios 1925-1929 y 1930-1934 había contraído 37% el poder de compra de las exportaciones y cerca de 40% el volumen de las importaciones, afectando principalmente las compras de la industria, el gobierno conservador se vio obligado a adoptar medidas defensivas de índole cambiaria, aduanera y comercial, que si bien, de acuerdo con los términos del pacto Roca-Runciman, daban preferencia a los negocios con las metrópoli británica, crearon de todas formas condiciones favorables al desenvolvimiento de un proceso de industrialización sustitutivo de importaciones y, paralelamente, al crecimiento de una mediana y baja burguesía nacional y de nuevas capas obreras, ligadas al mercado interno.

Hacia 1940 ese proceso había avanzado lo suficiente para modificar la correlación de fuerzas sociales e imponer problemas de carácter económico y político, que ya no podían ser resueltos en los marcos del viejo orden agroexportador. Al mismo tiempo, las nuevas condiciones creadas por la guerra en Europa planteaban un abierto desafío al bloque de conservadores y liberales en el poder, y ponían a prueba su capacidad dirigente para introducir los ajustes inevitables a un patrón de acumulación definitivamente agotado. El fracaso de los impulsores del Plan de Reactivación Económica elaborado por el ministro Pinedo, constituyó una de las primeras manifestaciones de la crisis de hegemonía que habría de culminar el 4 de junio de 1943, al clausurarse el ciclo iniciado el 6 de septiembre de 1930.

En 1940 como consecuencia de la guerra se cerraron los mercados europeos a las exportaciones argentinas. Pero antes de eso, en 1938, el valor de las colocaciones externas había caído un 44% en relación a 1937, producto de las malas cosechas que contrajeron casi 50% el volumen comercializable en el exterior y de la baja internacional de los precios agropecuarios.[1] No obstante, el gobierno de la oligarquía no podía aplicar simple y llanamente la solución ortodoxa del ajuste fiscal y monetario, sin precipitar una violenta recesión, como la de los primeros años de la década del 30’, con consecuencias todavía peores dado el nivel de desenvolvimiento industrial alcanzado a partir de la sustitución de importaciones. El Plan de Pinedo reflejaba, en este sentido, la decisión del ala liberal del régimen de conservar la hegemonía de los grandes terratenientes de la pampa húmeda, adaptándose sin embargo a los cambios experimentados por la economía argentina a partir de los últimos meses de 1933.

La solución partía de reconocer la declinación irreversible de Gran Bretaña como metrópoli industrial de la vieja semicolonia agroexportadora, y tomaba nota de la posición gravitante en que quedaría Estados Unidos luego de la guerra. Significaba, en este sentido, un giro del eje de la dependencia que tenía por punto de apoyo una triangulación comercial. Las divisas, producto de las exportaciones agropecuarias, que el gobierno inglés mantenía congeladas, debían ser sustituidas por créditos de Estados Unidos, aplicables a la compra de máquinas, equipos e insumos fabriles que el antiguo imperio ya no podía suministrar. A su vez, a cambio de los cereales y de la carne vendidos a precio fijo y sin interés por los productores argentinos, el país recibiría títulos de la deuda británica y acciones de las empresas ferroviarias instaladas en el país, que el gobierno habría de nacionalizar según un plan elaborado por el propio Pinedo cuando era asesor de esas compañías. Un capítulo central del Plan consistía en la compra por el Estado de los excedentes de las cosechas que no tenían entrada en los mercados europeos, y en el fomento de las industrias manufactureras y de la construcción, para sostener el nivel de actividad económica y neutralizar los efectos de la desocupación. A tales fines el Banco Central dispondría durante cinco años (período de emergencia) de los depósitos movilizables de la banca privada, con los cuales constituiría un Organismo de Financiación que otorgaría créditos a 15 años a las industrias cuyos artículos no compitieran con las importaciones, y tuvieran posibilidad de exportación. Para las empresas constructoras los créditos serían a 30 años y estarían destinados a promover la edificación de viviendas económicas, con bajo porcentaje de insumos importados.[2] El proyecto incluía entablar negociaciones con los gobiernos de Brasil y Estados Unidos para echar las bases de una zona de libre comercio que abarcase el país del norte y el sur de América Latina.

El Plan en sí no configuraba un proyecto de industrialización. A lo sumo se proponía mantener la estructura manufacturera existente, amenazada por una nueva crisis con la consiguiente repercusión social sobre la estabilidad de la dominación oligárquica. El mensaje que el Poder Ejecutivo envió al Congreso no ofrecía dudas al respecto. En relación a los estímulos fabriles advertía que “ello no significa, desde luego, que toda industria debe ser fomentada. Debemos precavernos del error de promover aquellas producciones que tiendan a disminuir las importaciones de los países que sigan comprando nuestros productos en medida suficiente para pagar esas importaciones. De lo contrario crearemos nuevos obstáculos a las exportaciones: hay que importar mientras se pueda seguir exportando”.

Sin embargo, pese a la claridad de esta declaración de propósitos, el contenido del Plan provocó una fuerte diferenciación dentro del bloque de clases gobernantes. Los criadores agrupados en Carbap y en las sociedades rurales del interior, organizaron una feroz resistencia apoyados por la UCR, mientras que la Sociedad Rural no lo objetó en principio, pero advirtió contra el peligro de fomentar “industrias artificiales”. En cambio, la Unión Industrial le dio un caluroso apoyo y a la Bolsa de Comercio le pareció razonable respaldar la actividad fabril existente. Las divergencias reflejaban los realineamientos que se habían producido en el seno de las clases propietarias a lo largo de los años 30. Los ganaderos medios, cuyo negocio era la cría, querían a toda costa mantener el viejo status quo agroexportador, bloqueando todo desenvolvimiento fabril, amenazara o no las importaciones provenientes de los países compradores. Su interpretación de la vieja consigna de los años dorados —“comprar a quien nos compre”— no admitía variante alguna. La posición del radicalismo alvearizado, representante de las capas medias rurales y de la pequeña burguesía urbana ligada al aparato de los servicios, era la misma. No era el caso de los invernadores que, asegurado el mercado británico del chilled mediante las cuotas asignadas en el Pacto Roca-Runciman, podían exhibir una posición más flexible. Constituían el núcleo central del poder oligárquico y estaban en mejor posición para comprender la necesidad de aceptar ciertos cambios para preservar su presente hegemonía. Además, ciertas modificaciones se habían operado en los círculos dirigentes de la oligarquía, a partir de la derivación de parte del capital comercial radicado en el circuito agroexportador hacia ramas fabriles que operaban con altas tasas de retorno.[3] La consolidación de Bunge y Born en los años 30 como corporación inicialmente dedicada a la comercialización internacional de la producción cerealera, y luego diversificada en inversiones agroindustriales y fabriles ligadas al negocio original, era uno de los casos ilustrativos de la ramificación del capital que se estaba produciendo. Al mismo tiempo, los cambios operados en la composición de la propiedad en las ramas industriales a raíz del crecimiento de la inversión extranjera, eran considerables. De acuerdo a la estimación de Adolfo Dorfman, en 1935 la mitad del capital invertido en la estructura fabril pertenecía a firmas extranjeras.[4] La mayor expansión registrada en este campo durante las décadas del 20 y del 30 correspondió a compañías norteamericanas. Simultáneo a la consolidación de esta presencia gravitante, se había desarrollado un marcado proceso de centralización y concentración del capital, al punto que en vísperas de la segunda guerra mundial un reducido núcleo de establecimientos (menos del 5 % del total) generaba más del 50 % del producto industrial y daba ocupación a más de la mitad de los obreros fabriles.[5]

El Plan Pinedo fue un intento —el último en definitiva— de encontrar una salida a un ciclo histórico agotado. Sus inspiradores habían comprendido que la expectativa que alentaron los círculos tradicionales inmediatamente después del crac de octubre de 1929 —el retorno al estado de cosas anterior— no pasaba de una expresión de deseos. Ya en los años 20 la decadencia irremediable del clásico orden agroexportador estaba a la vista. Los jefes del ala liberal de la Concordancia gobernante sabían que para conservar la hegemonía del bloque oligárquico, era necesario reconocer los cambios que había experimentado la economía en los años 30. Hacia fines de esa década el producto fabril superaba los resultados de explotación agropecuaria, por lo que la idea de que todo aquello que no fuera manufactura alimentada con materias primas agrarias, era una “industria artificial”, carecía de sentido práctico. Por lo demás, las corporaciones extranjeras, instaladas en ramas dinámicas tales como la eléctrica, neumáticos, metalmecánica, productos químicos, etc, vinculados a un patrón de acumulación que tenía sus propios intereses, ejercían influencia nada despreciable a través de la Unión Industrial. La relación central de estos capitales no era con la vieja metrópoli británica que hacía tiempo había dejado de ser “el taller del mundo”, sino con el capitalismo norteamericano, abastecedor en gran escala de máquinas, equipos, insumos, componentes, partes y piezas.

A su vez, en el movimiento obrero el empeoramiento de la situación económica llevó a una parte de la dirigencia a buscar, en el realineamiento de la política exterior del país, una salida a la crisis. La guerra había provocado un aumento de la desocupación, la reducción de jornadas de trabajo y el encarecimiento de los artículos de primera necesidad; en la construcción el faltante de materiales y equipos importados había derivado en un parate. En septiembre de 1939, a poco de estallado el conflicto, la Federación Nacional de la Construcción (FONC) pidió al gobierno que se iniciaran gestiones ante el gobierno de Estados Unidos para facilitar la importación de una serie de insumos y herramientas, necesarios para el funcionamiento de esa rama. Por ese entonces el Partido Comunista elogiaba la política de New Deal y al presidente Roosevelt y reclamaba al gobierno de Ortiz que intensificase las relaciones económicas con la potencia del norte. El Partido Socialista se encaminaba en la misma dirección. El XXXIII Congreso, realizado en noviembre de 1940, aprobó una resolución llamando a alcanzar un convenio americano de cooperación bajo la égida de Estados Unidos. Una moción similar aprobó el Congreso de la Unión Ferroviaria, realizado entre fines de mayo y comienzos de junio en 1941. Un año más tarde, la CGT, alarmada por la crisis que producía el desabastecimiento de materiales y equipos importados, reclamó la intensificación de las relaciones interamericanas.

Sin embargo, para imponer la reorientación del capitalismo dependiente que suponía el Plan Pinedo, se necesitaba algo más que el apoyo entusiasta de la UIA y la aceptación parcial y con estrictas reservas de la Sociedad Rural. La influencia de los círculos tradicionales del status quo oligárquico era suficiente todavía para resistir los cambios. El Plan y el proyecto de ley correspondiente fueron aprobados por el Senado el 18 de diciembre de 1940 por 17 votos contra 3. Pero la Cámara de Diputados nunca llegó a tratar la iniciativa. El mismo día en que los senadores dieron su aprobación, el fraude a favor de la Concordancia reapareció en las elecciones legislativas realizadas en la provincia de Santa Fe. El partido radical, que había ganado la mayoría en la cámara baja a principios de año, le reclamó al gobierno de Castillo, quién había reemplazado al presidente Ortiz en julio, que dispusiera la intervención a la provincia, anulara las elecciones tramposas y ordenase al Ejército controlar los próximos comicios en Mendoza. En caso contrario no aportarían número en la sesión, en la que además del plan del Palacio de Hacienda, debían tratarse el Presupuesto y la Ley de Armamentos de Militares. Pinedo, consciente de la gravedad de la situación, propuso una fórmula de transacción a Marcelo T. de Alvear, titular del Comité Nacional de la UCR: en las próximas elecciones y mientras durase la guerra, conservadores, liberales y radicales presentarían listas cuyo primer tercio o mitad se elaboraría de común acuerdo. La dirección de la UCR, cuyos senadores habían votado contra el Plan, exhibiendo una posición cerradamente antiindustrial, se manifestaron proclives a aceptar la propuesta, siempre y cuando fueran anuladas las elecciones en Santa Fe.[6] Sin embargo, a quienes no les cayó bien la iniciativa fue a la dirigencia del Partido Demócrata Nacional, cuya desconfianza precipitó la renuncia de Pinedo y el hundimiento de su proyecto.

Castillo siguió gobernando durante más de dos años, en su mayor parte con el respaldo de la oficialidad nacionalista del ejército. Su presidencia expresaba al ala conservadora de la coalición y su política combinaba las prácticas electorales de la década infame y la defensa del principio de la neutralidad, que se había convertido en una línea de resistencia a las presiones del imperialismo norteamericano para imponer su dominio pleno sobre el continente. Este era un asunto de interés para la oligarquía probritánica, interesada en conservar la tradicional relación semicolonial con la metrópoli. Pero no sólo eso; a través de la neutralidad se manifestaba, al mismo tiempo, la resistencia del nacionalismo que había ganado posiciones en las filas de la joven oficialidad del ejército, en oposición a la fracción liberal del general Justo. El respaldo de esa corriente se tradujo en una serie de medidas que fortalecieron el papel regulador del Estado y dieron impulso a emprendimientos vinculados directa o indirectamente con las necesidades de la defensa nacional. Fueron parte de estas iniciativas la Flota Mercante, Fabricaciones Militares, la Fábrica Militar de Aceros de Valentín Alsina y la de Cartuchos de San Francisco (Córdoba) y Altos Hornos Zapla. Si bien ninguna de estas medidas alteraba la naturaleza del régimen oligárquico, constituían, en cambio, el reflejo del nuevo clima de ideas que se estaba abriendo paso y agitaba el clima político y cultural en algunas capas de la burguesía.

Sin embargo el orden oligárquico vigente era en sí refractario a los cambios. En febrero de 1943 el presidente Castillo anunció que el candidato del oficialismo en las próximas elecciones sería el titular del Senado, Robustiano Patrón Costas. La decisión significaba dos cosas: que la oligarquía estaba dispuesta a mantener firmemente el control del gobierno apelando al fraude electoral característico de los años 30 y que, al mismo tiempo, el próximo presidente anunciaría el fin de la política de neutralidad y el alineamiento con las potencias del imperialismo “democrático”. Al igual que había ocurrido con el Plan de Reactivación Económica de 1940, los círculos dirigentes tradicionales no estaban dispuestos a introducir cambio alguno que alterase en alguna forma los viejos equilibrios de la República oligárquica. Pero a esa altura ya había alcanzado pleno desarrollo la crisis de hegemonía que habría de poner fin a la década infame.

Notas:
  1. Walter Beveraggi Allende. El servicio del capital extranjero y el control de cambios; México 1954. Citado por Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero en Los orígenes del peronismo; pág. 43; Siglo XXI Editores.
  2. Los fondos de los bancos aplicables a créditos de mediano y largo plazo serían computados como parte del efectivo mínimo que las entidades debía dejar inmovilizado. Por lo demás, serían los bancos los que asignasen y administrasen los créditos a la industria y a las firmas constructoras. Por esta vía el estímulo a la actividad fabril habría de alcanzar 100 millones de pesos, el 10% aportado por fondos oficiales. El monto previsto para la construcción era mayor, mientras que el auxilio al agro sería financiado mediante la emisión de bonos hasta un total de 1.000 millones de pesos.
  3. De acuerdo a una encuesta realizada entre 100 empresas que cotizaban en Bolsa, la tasa de ganancia sobre el capital había aumentado de 12% en 1940 a 18,8% en 1942. Jorge Schvarzer. La industria que supimos conseguir; pág. 177. Planeta.
  4. Adolfo Dorfman. Evolución industrial argentina; Losada.
  5. Mónica Peralta Ramos señala que el 57,6% del producto bruto industrial en los años previos a la guerra era aportado por el 1,4% de los establecimientos, mientras que el 61% de los obreros estaba ocupado en una franja de empresas que no llegaba al 5% del total. Acumulación del capital y crisis política en Argentina; págs. 69 y 70. Por su parte Schvarzer, ob. cit.; pág. 171, indica que a mediados de la década del treinta, 671 sociedades anónimas, titulares de 2.300 establecimientos (7,4% del total), originaban la mitad de la producción fabril.
  6. El informe de la Comisión Especial del Comité Nacional de la UCR reunida para considerar el Plan Pinedo sostuvo entre otras cosas: “Podrán caerse todas las chimeneas pero mientras el campo produzca y exporte, el país seguirá comprando lo que necesite, seguramente a precio inferior que lo que el determinado por la Aduana para favorecer intereses creados”. Unas líneas antes se había señalado que “sin hacer análisis se puede afirmar que al país le cuesta mucho dinero el lujo vanidoso de muchos artículos de la llamada industria nacional que siempre tienen la consabida defensa de los brazos que emplean”. Murmis, Portantiero, op. cit.; pág. 40.

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  • Artículo cargado el 29/02/2008 - 11:39

Reflexiones acerca de una intelectual mediática del Régimen

El Regimen capitalista tiene en nuestro país dos grandes grupos de intelectuales orgánicos: los liberales y los progresistas. Ambos desempeñan, como si de una función teatral se tratara, roles distintos aunque trabajan (consciente o inconscientemente) para un mismo fin: contribuir a la dominación de las clases populares mediante la cración de una arquitectura ideológica persuasiva que impida la hegemonia cultural en el seno de ellas de un autentico pensamiento alternativo de construcción de una sociedad diferente de la vigente.

En el caso de los intelectuales liberales su función consiste en la defensa abierta del Regimen, ya sea considerándolo como el mejor de los mundos posible o de su inevitabilidad. Se caracterizan por tener una prosa cuidada, solemne y grandilocuente. Ejemplifico de memoria como algunos de sus representantes más conocidos a Rosendo Fraga, García Hamilton, Santiago Kovladoff, Marcos Aguinis, Halperin Donghi, Luis Alberto Romero.

El otro grupo, el de los intelectuales progresistas, se presenta a si mismo como interpelándo al Régimen, denunciando sus falencias, sus lacras y miserias. Parecen (remarco esto: parecen) estar enfrentándolo; su crítica toma a veces un tono lastimero y de indignación moral ante las injusticias del presente. Pero en el fondo son funcionales al Regimen, tanto por la naturaleza de sus críticas, intrascendentes y moralistas, como por sus propuestas, dado que no apuntan a cambiar el sistema sino mejorarlo, o limar sus perfiles más crueles. Viene a ser, como se ha dicho alguna vez del Partido Laborista británico “la oposición de su Majestad”. No calan en profundidad los problemas sino que los rodean, se ilusionan con poder cambiar el mundo apelando a la conciencia moral del bloque dominante, la palabra “etica” es una constante en sus labios. La critica moralista ha sido la constante en el siglo pasado y el presente. Son defensores de causas “bien pensantes” como los derechos de los homosexuales, la libertad de expresión artistica, y últimamente los derechos humanos. Por el hecho que generan propuestas que llevan a via muerta es que son funcionales al Régimen y por su carácter tramposo e ilusorio es que son más peligrosos que los intelectuales liberales. Han contribuido a generar propuestas políticas que se presentaron como alternativas de cambio, pero que finalmente no cambiaron nada. Es el caso de Alfonsin, el Frepaso, y hoy la pareja K, y hasta Carrio. El Regimen lo sabe, no son peligrosos para su subsistencia, más aún sabe que le resultan beneficioso, por ello es que les brinda espacios en los instrumentos culturales que posee: los grandes diarios y sus suplementos culturales, los medios de comunicación de masas, las grandes editoriales, las fundaciones e instituciones.

La mayoría de los intelectuales tiene en común con los liberales el gorilismo, su antiperonismo es en el fondo un desprecio hacia los sectores populares. Puedo mencionar entre los más conocidos a Sebrelli, Tomás Eloy Martínez, Carlos Altamirano, el fallecido Portantiero, Julio Godio, José Nun, Oscar Terán. Y la inefable Beatriz Sarlo. Muchos de ellos tienen un pasado un pasado radicalizado, ahora se proclaman socialdemocratas. Un ejemplo de esto son los intelectuales aglutinados en el Club de Cultura Socialista, quienes en la decada del 60 eran apologistas del accionar guerrillero y terminaron siendo escribas de Alfonsin (Aricó y Portantiero) o funcionarios de Kirchner (Nun). Por último existen algunos intelectuales que navegan de modo ambiguo entre el liberalismo y el progresismo conforme a los vientos políticos favorables; el ejemplo paradigmático de esta ubicuidad es Pacho O´Donnell.

La gran mayoría de los intelectuales, a diferencia de los trabajadores comunes que en relación a su tarea fundamentalmente les interesa el salario, son muy sensibles al reconocimiento de sus pares y del gran público. No es que lo material no les interese pero muchas veces este reconocimiento suele ser hasta más importante que el éxito material. Y como el bloque dominante esto lo sabe es que poniendo sus recursos culturales, que ya señalaramos arriba, al servicio de este reconocimiento coopta y dociliza a los intelectuales (liberales y progresistas). Les abre caminos de expresión a través de los medios, les publica sus artículos, los reportea, y algo muy importante, les promociona sus libros. Los transforma frente al público consumidor (generalmente sectores medios) en personajes importantes, conocidos y en virtud de ello, les facilita el éxito editorial.

Este mecanismo de cooptación ya lo señaló Jauretche en su estilo sencillo y socarron ("un autor insoportable” para el Secretario de Cultura José Nun) en su libro “El medio pelo en la sociedad argentina” en un capítulo dedicado a Martínez Estrada. Allí explica este mecanismo de cooptación a través del reconocimiento. Un escritor desconocido para el gran público pasa a ser conocido gracias a los grandes diarios de la oligarquía; dice Jauretche, el escritor “en su barrio pasa a ser un tipo importante; escribe en La Nación, dicen las vecinas”. Este mecanismo de cooptación y posterior viene de lejos, recuerdo el caso de Leopoldo Lugones, que de furibundo anarquista en su juventud, se convirtió (desde las páginas de La Nación) en liberal antiobrero y luego facista y golpista, hasta que finalmente descubrio en su madurez que había sido un simple instrumento (desechable cuando ya no era necesario) de la oligarquía y terminó suicidándose desilusionado de la Argentina oligarquica, fraudulenta y corrupta, la real, no la que él imaginaba.

Volviendo a los tiempos de hoy, una de las escritores representativa del grupo de los progresistas es Beatriz Sarlo. Como es sabido escribe asiduamente en Clarín y La Nación. Es una de las intelectuales más conoocidas y promocionadas de la Argentina. Pretende reflexionar “en profundidad” sobre cuestiones intrascendentes de la realidad. Dos aspectos se destacan de su pensamiento : su tilinguería y su gorilismo. El gorilismo viene de su juventud, de los tiempos que pertenecía aal PCR, que como desgajamiento del viejo PC, era profundamente antiperonista. Hasta que por 1974 (más o menos) sus dirigentes se convierten al maoismo, hacen el viaje iniciatico a China, dialogan con Mao, y como este les da una opinión favorable del peronismo, al que considera la versión argentina del KuoMingTang, pegan un viraje de 180º (lo que muestra la escasa capacidad crítica de éstos, pues los muestra totalmente permeable al principio de autoridad) y se vuelven filoperonistas, no asi Doña Beatriz que continuó siendo gorila, incluso después de su abandono del PCR motivado por su negativa a proletarizarse dada por la dirección del partido allá por el 80).

Beatriz Sarlo viene a ser la nueva versión mediática de un trío de escritoras que compartían con ella la tilinguería y el gorilismo. Me refiero a Beatriz Guido, Marta Linch (que supo tener un breve romance con el peronismo), y Silvina Bulrich. Ellas saltaron a la fama como escritoras por la década del 60 y se hicieron famosas gracias a los medios (en el caso de Beatriz Guido con el adicional de ser la esposa de un gran talento cinematográfico: Leopoldo Torre Nilson, que supo hacer algo inusual en la industria del cine, que la pelicula sea mejor que el libro original). Estas escritoras hoy, a diferencia de otro gran gorila que fue Borges, son casi olvidadas por el motivo que las diferencia de éste: eran unas escritoras mediocres.

Jauretche le dedico una feroz crítica al libro más famoso, un best-seller de la epoca, de Beatriz Guido, “El incendio y las vísperas”, cuya lectura padecí y que recomiendo no leerlo.[1]

Pero con quien más se ensañaba Jauretche era con Silvina Bullrich. En ello había yo diría que un cierto placer lúdico, por la frecuencia que le dedicaba críticas, donde desnudaba su tilinguería rayana en la exquisitez. Porque de las tres escritoras señaladas la que siempre estaba en lo alto del podio era Silvina, hay que decir que francamente tenía auténtico talento para decir tonterías mayúsculas. Paso a ejemplificar; allá por 1980 más o menos, siendo Martínez de Hoz ministro de Economía, y sintiéndose ya las consecuencias de su política ecónómica (desocupación, quiebra de bancos, desindustrialización) fui un dia a un consultorio médico. Embolado por la espera manotié un ejemplar de la Revista Gente, mitad por aburrimiento mitad por la curiosidad de asomarme a un mundo que me resulta distante en lo espiritual como en lo material. Hojeando veo un reportaje a Silvina Bulrich (era muy solicitada por los medios precisamente por las estupideces que decía). Recuerdo dos cosas, una en relación de la crisis que ya se vivía, dijo que “a diferencia de ahora que la sufren los pobres y los ricos, la crisis del 30 la sufrieron solo los ricos” (sic). Más adelante contradiciéndose consigo mismo, dice que la crisis no es para tanto, que la gente que no trabajaba era porque no quería hacerlo, y para fundamentar cientificamente esto puso como ejemplo que tenía dificultad para conseguir mucama.

Estos eran algunos de los intelectuales que calaban en ciertos sectores medios. Hoy la tenemos a Beatriz Sarlo, para consumo de las masas medias. Por cierto un poco más refinada y sin caer en los excesos de Silvina. Pero igualmente tilinga y gorila. Hoy se define “socialista”, un socialismo que por cierto no solivianta a La Nación, que le brinda sus medios, un socialismo “a la europea” (socialdemócrata), un socialismo imposible en un pais como el nuestro, semicolonial. Dice que este es un país partido en dos, no lo dice pero lo insinúa, están los pensantes (como ella), y los otros que no lo son, estos últimos son los “negros” que siguen considerándose peronistas (aunque voten por Kirchner o por Rodriguez Saa).

Basta con ver las objeciones que le hace a Kirchner (que las tiene y muchas) para ver que es de las que se quedó en el 55.

Notas:
  1. No transcribo el articulo de Jauretche por ser extenso, pero si alguien desea leerlo lo podra hacer en el link: http://ar.geocities.com/webratacruel06/prosa06.htm

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  • Izquierda Nacional Venezuela 
  • Artículo cargado el 18/02/2008 - 01:16

Chávez, el socialismo del siglo XXI y los problemas del periodo de transición

La revolución venezolana ha entrado en una fase que resultará definitoria respecto a su futura orientación. Tras el resultado del referéndum del 2 de diciembre el presidente Chávez ha declarado a modo de autocrítica: “Yo estoy obligado a reducir la velocidad de marcha. He venido imprimiéndole una velocidad a la marcha más allá de las capacidades o posibilidades del colectivo; lo acepto, y allí uno de mis errores”, y advirtió, “las vanguardias no pueden desprenderse de la masa. ¡Tienen que estar con la masa! Yo estaré con ustedes, y por eso tengo que reducir la velocidad”. Más adelante dijo: “Para nada es un espíritu de rendición, ni de moderación ni de conservatismo. Es realismo. ¡Realismo! Calma, paciencia, solidez revolucionaria. Nadie debe sentirse derrotado ni desmoralizado; todo lo contrario, se requiere más fuerza moral, más mística revolucionaria, mayor capacidad del pueblo para organizarse, mayor conciencia popular, mayor voluntad del gobierno, del pueblo, de las instituciones, de la revolución”.

¿Fueron éstas las razones de la derrota? El frente de la contrarrevolución logró organizarse esta vez en torno a una sola consigna: el no a la reforma constitucional, paso previo a la neutralización o el derrocamiento del gobierno de Chávez. Hacia ese punto convergieron los antiguos partidos de la IV República y los de