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  • Artículo cargado el 03/12/2006 - 23:42
LAS PERSPECTIVAS DEL SOCIALISMO TRAS EL DERRUMBE DE LA UNIÓN SOVIÉTICA

El desplome de la URSS

Ernesto Ceballos

El siguiente artículo, del 15 de octubre de 1991, califica al régimen stalinista como una variante del fascismo. Una tesis discutible pero que el autor expone con admirable lógica y con pleno conocimiento de su objeto de estudio. Los procesos vividos por la URSS y los países de europa oriental, la nueva situación del imperialismo mundial y el papel de los países coloniales y semicoloniales, son fenómenos cuyo entrelazamiento el autor destaca, para concluir que la lucha por el socialismo a escala mundial sigue abierta.

Los acontecimientos de los últimos años en la URSS y Europa Oriental están generando un replanteo general de la situación en todo el llamado mundo occidental, una nueva relación de fuerzas que afecta también a los países subdesarrollados. En lo inmediato, esto se ha traducido en un aumento de la presión imperialista: caso de México, Brasil, Argentina, América Latina en general, Medio Oriente, países del Magreb. Pero los cambios recién empiezan, y por ello resulta necesario —también para los países del Tercer Mundo— tratar de comprender este proceso y su probable desarrollo.

En los años 1989-1990 muchos pensaban que la URSS se enfrentaba a la alternativa de: a) restauración del capitalismo; b) salto hacia una revolución socialista integral, una segunda etapa de la revolución de 1917, con el ascenso de las masas al poder y el derrocamiento de la burocracia. Otros planteaban el enfrentamiento entre las tendencias rusas pro-occidentales por una parte y las estructuras del estado obrero (degenerado) por la otra: un replanteo mecánico de las posiciones que Trotsky había enunciado certeramente en los años 30. Sin embargo, a más de 50 años de la publicación de “La Revolución Traicionada”, esta alternativa parece haber perdido vigencia. La colosal energía de la revolución de octubre de 1917 se encuentra a esta altura totalmente agotada, sin que esto signifique negar, en un futuro impredecible, la generación de nuevas energías revolucionarias tanto en los países de la URSS como en el resto del mundo, pero eso supondrá por cierto una nueva etapa, supeditada a los factores internos de cada formación social y, especialmente, de los factores mundiales (crisis interimperialista).

Revolución de octubre y Stalinismo

Es difícil llegar a la verdad en estas cuestiones tan complejas, dada la permanente y deliberada confusión que se difunde desde Moscú, Bonn, Washington, Pekín, Londres, París y otras capitales. Ante todo cabe preguntarse cuál fue el contenido real del proceso iniciado en 1917 y la posterior etapa vivida durante el largo despotismo staliniano. Algunos pensadores han sostenido que la revolución de Octubre no fue otra cosa que la versión rusa de la revolución industrial: los millones de campesinos muertos en la colectivización forzada de la tierra, las hambrunas, la masiva represión política, la brutalidad al estilo Iván el Terrible organizada por Stalin, habría sido el equivalente de los horrores de la revolución industrial en Inglaterra. El planteo es intelectualmente atractivo: la atrasada Rusia habría recubierto con una débil capa de socialismo el tránsito del régimen semifeudal de los zares a la industrializada sociedad de hoy. El marxismo y el socialismo habrían desempeñado así el papel de una falsa ideología, como lo fue el iberalismo y la declaración de los derechos humanos en relación a las revoluciones industriales de Europa y Estados Unidos. No coincidimos con esta interpretación, que no tiene estructura dialéctica, sino que expresa un concepto mecanicista-economicista de la historia, dejando fuera de ella nada menos que a la lucha por el socialismo, el factor subjetivo, la dirección revolucionaria, su triunfo y su derrota.

Con la perspectiva que nos da todo un período histórico, podemos enunciar una primera aproximación a la verdad: el stalinismo y sus continuaciones (Kruschev, Breznev, etc) ha constituido, bajo la cobertura de una supuesta fidelidad al marxismo y al leninismo, una variante gran-rusa del fascismo. Entiéndase bien que esta calificación corresponde al período del stalinismo y no a los primeros años de la revolución, cuando la dirección estaba en manos de Lenin, Trotsky y la vieja guardia bolchevique. El fascismo constituyó en los países europeos, en el intervalo entre las dos guerras mundiales, la institucionalización del terror preventivo, a fin de impedir la continuidad o la expansión de la revolución de Octubre, y esto es válido tanto para Alemania como para Italia, Hungría, España y la misma Unión Soviética. Las matanzas políticas masivas efectuadas por elstalinismo (aparte de las masacres de 1929 a 1932) tuvieron un carácter preventivo: la liquidación física de toda la vieja guardia leninista, el fusilamiento de los generales Tujachevsky, Yakir y decenas de miles de oficiales del Ejército Rojo en 1937 fueron algunas de las manifestaciones del terror staliniano, ante la posibilidad de que la guerra, que todo el mundo avizoraba, desatara una nueva etapa revolucionaria.

Estos puntos han sido ampliamente discutidos por las minorías intelectuales y políticas de la URSS en los últimos años, en las principales ciudades, y miles de personas han intervenido en mesas redondas, debates televisivos y actos públicos. Algunas huelgas importantes en ciertos sectores de la industria han tenido lugar: minas, empresas de transporte, algunas fábricas, y especialmente en las zonas de minorías nacionales, pero en general la clase trabajadora rusa y ucraniana todavía no se ha manifestado, actitud explicable si se tiene en cuenta los 60 largos años de represión política y censura que ha sufrido el pueblo soviético desde mediados de los años 20. También fueron tomando estado público a partir de la muerte de Stalin, a veces en forma velada y otras veces en forma tumultuosa, las matanzas colectivas de oficiales del ejército polaco durante la ocupación rusa en Polonia (1939-1941); las matanzas en Rusia Blanca, los cementerios de Minks, los campos Gulags, etc. La continuación de la revolución de 1917, a partir de la realidad del post-stalinismo resulta por todo ello imposible.

Antileninismo en la cuestión nacional: continuación de la opresión zarista sobre las minorías nacionales La URSS heredó de hecho el imperio de los zares, en elque un 40 % de la población gran rusa ejercía la dominación nacional sobre un 60 % aproximadamente, de diversas nacionalidades, algunas atrasadas, otras como los ucranianos, rusos blancos, polacos o bálticos, de igual o superior nivel cultural a los grandes rusos. Lenin había proclamado, y junto con él todo el partido bolchevique, el derecho a la autodeterminación de las minorías nacionales de las grandes “cárceles de los pueblos”, de los siglos XIX y XX: Rusia, Austria-Hungría y el Imperio Otomano. Cuando se produce el conflicto de carácter nacional en Georgia, consecuencia de la oposición entre Moscú y el gobierno menchevique (ala moderada y legalista del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso) de Tiflis (1921), Stalin en su carácter de Comisario de las Nacionalidades intervino demostrando por primera vez en forma transparente su vocación imperialista gran rusa. Su intervención le valió en esa oportunidad la acusación de Lenin de social-chovinismo (30 de diciembre de 1922). En esa ocasión, dijo Lenin: “Es necesario distinguir entre el nacionalismo de las naciones opresoras y el nacionalismo de los oprimidos. A nosotros nos corresponde hacer políticamente responsables a Stalin y a Dzerzhinsky por esta genuina campaña nacionalista gran rusa”. Sin embargo, esta línea chovinista gran rusa fue la línea oficial después de la muerte de Lenin y aún después de la muerte de Stalin, frente a polacos, rusos blancos, ucranianos, húngaros (1956), checoslovacos (1968). La cuestión nacional quedó siempre sin resolver. La guerra de 1939-45 (1941-45 para los soviéticos) en lugar de transformarse en revolución según la conocida tesis “guerra y revolución” que habían proclamado los grandes revolucionarios socialistas, tomó el camino del expansionismo hacia los países eslavos y los Balcanes. La URSS salió aparentementre fortificada de la guerra con una ganancia territorial de más de un millón de km2 —su glacis europeo— en el que vivían 100 millones de habitantes (9 países). Aparentemente una gran ganancia, pero su costo fue la renuncia a la revolución en Europa que, de hecho, en ese momento, significaba la revolución mundial. Stalin desarmó a los guerrilleros, partisanos y maquis en Grecia, Italia y Francia en circunstancias en que el capitalismo había desaparecido prácticamente en toda Europa, mientras en China el Ejército Rojo de Mao se expandía y el mundo árabe se convulsionaba en sucesivas rebeliones nacionales.

La coexistencia pacífica pactada en Yalta dio como resultado, tal vez no querido por Rusia ni por Europa, el surgimiento de la Comunidad Económica Europea, producto bastardo de los dólares del plan Marshall y de la traición política del Comintern. El capitalismo agónico en la Europa del 45 cobró nueva vida y se consolidó por décadas como una fortaleza de la burguesía mundial. En los años de Kruschev, luego del XX Congreso del PCUS en que se denunciara el “culto a la personalidad”, la coexistencia pacífica se transformó en “competencia pacífica” entre la URSS y los EEUU. Este fue el nombre que se dio a la nueva etapa, pero la realidad fue mucho más modesta: el proceso, desde Kruschev hasta el advenimiento de Gorbachov, consistió en la integración de la URSS en elsistema capitalista mundial, en que la Unión Soviética recibía tecnología, maquinarias y equipos contra materias primas y combustibles, al mismo tiempo que sostenía un sistema de triangulación comercial entre países del Primer Mundo y países periféricos. Simultáneamente con esta integración económica, subsistía la competencia militar, la pugna OTAN-Pacto de Varsovia, que obligó a la URSS y países europeo-orientales y Alemania del Este, a mantener un costoso aparato militar y armamentístico que funcionó como un funesto corrosivo de la economía, obstaculizando y retardando la acumulación del capital, la modernización de los transportes, la agricultura y la tecnología industrial. El armamentismo, que para EEUU funcionaba como una solución a mediano plazo, en tanto absorbía mano de obra excedente, quemaba la sobreproducción relativa y mantenía la tensión del mercado interno, para la URSS significaba subdesarrollo, disminución del ritmo de acumulación en sectores civiles fundamentales.

La tesis de la revolución socialista a escala mundial y la experiencia soviética

Los casi 40 años transcurridos desde la muerte de Stalin (1953) han demostrado la exactitud de uno de los principios fundamentales del socialismo: la revolución debe ser encarada a escala mundial. Esto no se refiere a la simultaneidad, sino al espíritu con que debe asumirse la tarea política. En 1926 Bujarin y Stalin proclamaron el “socialismo en un solo país”. La historia posterior demostró el tremendo error de esta posición. Del socialismo en un solo país (Rusia)se pasó a la coexistencia pacífica, de ahí a la integración con el capitalismo mundial, y finalmente al derrumbe. Mientras tanto, los partidos comunistas de todo el mundo (con la sola excepción del PC chino y del PC yugoslavo) se transformaron en agencias de la política exterior de la URSS, manteniendo sólo un “simulacro” de políticas nacionales en los respectivos países. La línea de la coexistencia con el capitalismo mundial y la competencia pacífica, significaba el desconocimiento de la ley fundamental del capitalismo imperialista, enunciada por Rosa Luxemburgo, y que consiste en que el aporte exterior de plusvalía (o si se quiere, de renta nacional de los países periféricos) constituye el elemento esencial para la acumulación del capital en el país dominante. EEUU, Europa y Japón contaban y cuentan con diversos aportes de renta nacional periférica, factor del que la URSS siempre ha carecido. La competencia no podía ser ganada por la URSS en los términos en que estaba planteada por el sistema imperialista mundial.

El fin de la URSS como gran potencia mundial. La URSS y Europa

La URSS, gran potencia mundial, al menos en imagen política, como fue hasta fines de los años 70, ha terminado. Su vigencia como gran potencia implicó la sobrevivencia sui generis del imperio zarista y, luego del 45, significó también, al estilo stalinista, la reconstrucción del imperio austro-húngaro bajo la hegemonía de Moscú en lugar de viena. Pero la cuestión nacional congelada por Stalin tarde o temprano debía ser resuelta, y la URSS ya no será más “todas las Rusias” ni la “gran madre patria socialista”. El destino de las nacionalidades soviéticas es impredecible, y ello depende en gran medida de las relaciones de fuerzas entre la URSS y los grandes estados-naciones europeos, especialmente Alemania. Es improbable que se convierta en una formación subordinada a los EEUU, ya que no se da la condición geopolítica indispensable: la contiguidad territorial. Las enormes inversiones realizadas por los EEUU en la posguerra en Japón y Europa terminaron en un fracaso histórico para el imperialismo norteamericano, que no pudo convertirlas en formaciones subordinadas sino todo lo contrario: Japón y Europa terminaron siendo sus formidables competidores. Es probable que lo que hemos conocido hasta hoy como URSS se integre, fragmentada, a la gran Europa, a través de Alemania, el sector más concentrado de la Comunidad Europea. Mucho ha cambiado desde los tiempos de Hitler y no serán ya las armas sino los conglomerados monopólicos los factores decisivos. La URSS es rica en materias primas, mienrales, combustibles, y los países europeos avanzados pueden venderle equipos, transportes y tecnología de punta. Hay toda una tradición en Alemania desde los tiempos de Bismarck, de expansión germana hacia el Este, en un proyecto de integración imperialista que adecuado a la realidad europea actual, convertiría a los pueblos eslavos en una especie de periferia de mano de obra barata dentro del capitalismo paneuropeo.

Esta es una perspectiva, pero falta ver, todavía, lo que hará el pueblo ruso, ese pueblo que en medio de la más espantosa derrota —consciente o inconscientemente organizada por Stalin— de los años 1941 y 1942 sacó fuerzas de su patriotismo y derrotó finalmente a las 150 divisiones de la Wehrmacht. Ese pueblo todavía aplastado por la burocracia, por la GPU y la KGB, no ha actuado aún, falta su entrada en escena. Es claro que está ideológicamente muy atrasado, como lo está en general toda la población mundial en relación al desarrollo intelectual de las masas a principios de este siglo.

¿El fin del socialismo?

Los acontecimientos de la URSS, de Europa Oriental, ¿son el fin del socialismo? ¿Significan la muerte del marxismo como teoría política, el triunfo del pragmatismo, del liberalismo, de la ideología del imperialismo? No lo creemos. Los hechos han demostrado, trágicamente, la verdad de los principios proclamados por los grandes maestros del socialismo, desde Marx hasta sus continuadores-superadores. El socialismo será a escala mundial, o no será; ésta es la gran lección de todo este período histórico. Ha fallado el factor subjetivo, la dirección revolucionaria, de la cual depende, en última instancia, el destino de la Humanidad. La revolución de 1917 no puede ser “yapada”; pero hay una nueva crisis mundial en desarrollo, que tiene su origen en la competencia entre los grandes bloques del capitalismo mundial: EEUU-Japón-Europa. Vale la pena detenerse a pensar que la próxima Europa, una vez que se consolide definitivamente su mapa económico-político, será un enorme conglomerado de 800 millones de habitantes, que ingresará a la pugna interimperialista.

La crisis mundial está planteada y su desarrollo puede ser muy rápido, según la característica de los procesos actuales. Por lo pronto debemos pensar que los EEUU, nuestro explotador fundamental, tal vez no haya obtenido una ventaja muy importante de los acontecimientos de Europa Oriental, en lamedida en que el colapso de la URSS no le va a proporcionar ningún provecho directo, antes por el contrario le ha privado del principal argumento político para su carrera armamentística. Y esto puede agravar la crisis de su economía decadente y fuertemente militarizada.

Pero esto será otro proceso, que afectará indudablemente a los pueblos del Tercer Mundo y a nosotros, latinoamericanos. Proceso que tenemos que aprovechar para reconstruir la conciencia nacional y el sentido de soberanía de nuestra Patria Grande Latinoamericana.