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  • Artículo cargado el 06/10/2008 - 14:10

Septiembre de 1955: La enseñanza más importante de la derrota popular

Fernando M. Pereyra

Debate Peronismo-Socialismo

Hace más de medio siglo un levantamiento militar, inspirado por la oligarquía, los partidos del establihment semicolonial y la Iglesia, derribó al segundo gobierno del general Perón. En septiembre de 1955 el peronismo cayó sin dar batalla. Por entonces fue evidente que el programa nacionalista burgués, llamado a transformar la vieja Argentina agroexportadora, y ejecutado por un jefe militar apoyado en las grandes masas obreras y populares, había alcanzado sus límites políticos, ideológicos y de clase. El gobierno de Perón estaba en condiciones de derrotar militarmente a los sediciosos, sin embargo la estabilidad del régimen popular dependía de su decisión de erradicar socialmente a la oligarquía terrateniente y profundizar el programa de 1945. Esa decisión exigía afectar las raíces mismas del sistema de propiedad y plantear la lucha de clases en un punto de no retorno. Era más de lo que una jefatura de corte bonapartista estaba dispuesta a realizar. Dos décadas más tarde el tercer gobierno peronista volvió a caer sin dar pelea. Se trata de un capítulo de la historia nacional que no ha sido cerrado, y cuya actualidad está cargada de intensas controversias.

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Aquí va un resumido recorrido de lo sucesos que van desde el bombardeo de Plaza de Mayo al derrocamiento de Perón. Apréciese la virulencia creciente entre los campos antagónicos: el nacional-popular y el oligárquico-imperialista. Si bien antes de los bombardeos habían sucedido episodios de violencia, considero al bombardeo por su magnitud en muertes y la planificada ejecución, el punto de inflexión en el proceso revolucionario: es decir, el asesinato de más de 300 personas era una declaración de guerra… o caía el pueblo o se fusilaba a la vanguardia oligarquico-imperialista… lamentablemente, fue el pueblo el que cayó… que sirva de experiencia, como para no volver a cometer el mismo error…

El 16 de junio de 1955, un grupo de civiles y militares reaccionarios sobrevolaron la Plaza de Mayo en un supuesto desfile aéreo que había sido dispuesto por el Ministro de Aeronáutica como acto de desagravió a San Martín y de adhesión a Perón, pero que culminó en un salvaje ataque a la ciudad indefensa, en lo que fue el bautismo de fuego de la aviación naval. Dicho ataque tenía como objetivo abrir camino a una tropa de la infantería de marina al mando de Toranzo Calderón que debía tomar por asalto la casa Rosada y asesinar a Perón. El complot subversivo había sido preparado y ejecutado por civiles y militares que pretendían hacerse del poder y dar por terminada la “tiranía sangrienta”. Para ello pretendía asesinar al “tirano” en su propio despacho presidencial y como el fin (“liberar” al pueblo y a la nación del “despotismo” peronista) justificaba los medios, no vacilaron en bombardear la mismísima Plaza de Mayo al horario de mayor circulación transeúnte. El odio irracional de la oligarquía, alimentado ya desde las jornadas de octubre de 1945, fue vomitado sobre la ciudad indefensa en una mansalva de bombas y metralla que dejo un saldo de más de 300 muertos y millares de heridos.

La reacción del pueblo fue instantánea. Gran cantidad de trabajadores convergieron hacia la Plaza de Mayo y la CGT y al grito de “Perón” reclamaron armas y ofrecieron su apoyo en la defensa del gobierno constitucional. A pesar y contra el deseo de las burocracias y del mismo Perón, el pueblo clamaba por castigar a los contrarrevolucionarios, sabiendo que la contrarrevolución no se detendría. Perón desautorizó la entrega de armas al pueblo y dejó la represión en manos del ejército, que llegaría más tarde y comenzaría el ataque sobre el Ministerio de Marina (al mando del General Valle, el mismo que será asesinado por la Fusiladora en 1956), que hacía de sede del comando rebelde, al tiempo que el pueblo seguía llegando a la Plaza en todo tipo de transporte y portando todo tipo de armas. El pueblo comprendía que sólo había una forma de detener la contrarrevolución, y era luchando contra ella en las calles.

Hacia las 16 horas la situación estaba controlada por las fuerzas leales del ejército, pero este fracasado intento subversivo de elementos de la marina sería la señal de que el conflicto entre el gobierno y la oposición estaba en su punto más álgido y que ya no había retorno. O Perón profundizaba la revolución apoyado en la inmensa mayoría del pueblo argentino, o el proceso revolucionario iniciado en el 45 se truncaba.

Pero para sorpresa de muchos, Perón se jugaría esa misma tarde por la “convivencia democrática” y “la consolidación nacional”. Con la sangre aún caliente de los millares de víctimas de la descabellada masacre de Plaza de Mayo, Perón llamaría a la conciliación y no a la lucha.

Ocultando el verdadero número de víctimas de los bombardeos, negándose a fusilar a los principales responsables —como se lo habían sugerido en reunión ministerial— y procesando solamente a los autores directos sin ampliar las investigaciones hacía la averiguación de los autores intelectuales, Perón extendía una mano conciliadora a la oposición en lugar de profundizar la revolución. Así, el 05 de julio reafirmaría en una alocución radial que “no omitiremos esfuerzos ni sacrificios en el servicio de la Nación, y la pacificación de ella es y ha sido siempre un imperativo de nuestro deber”, Perón pugnaba por una paz que ya no era posible sin la destrucción de la oligarquía o el sometimiento del pueblo a ella.

Diez días después, en un discurso ante los legisladores nacionales peronistas, afirmaría “la revolución peronista ha finalizado (…) Yo dejo de ser el jefe de una revolución para pasar a ser el presidente de todos los argentinos (…) Yo debo devolver todas las limitaciones que se han hecho en el país sobre los procederes y procedimientos de nuestros adversarios (…) Para dejarlos hacer libremente dentro de la ley, con todas las garantías, derechos y libertades.” Es decir, cuando para la oligarquía ya no había marcha atrás (como quedaba demostrado con la masacre del 16 de junio), Perón en vez de profundizar la revolución anunciaba su final, buscando una ya inalcanzable pacificación del país a través de la “convivencia democrática”.

En la misma tónica, Perón planteaba la democratización, purgación y acción del Partido Peronista, hasta entonces burocratizado e inactivo como órgano político, asegurando que de ahora en más “el gobierno realizará solamente la función de gobierno, y la función política quedará pura y exclusivamente en manos de las organizaciones políticas. Vale decir que comienza una nueva etapa del Movimiento Peronista (…) Será necesario ir completando los cuadros, reemplazando algunos que se han adecuado a sus cargos (…) Todo esto nos va a hacer mucho bien, porque de esa manera el partido en su marcha y en su lucha, irá depurándose así mismo.” Vale decir, Perón tendía una mano conciliatoria hacia la oposición y a la vez propiciaba la transformación del Movimiento a fin de liberarse del lastre burócrata y contraproducente del mismo.

Si por un lado hablaba del fin de la revolución, por otro resucitaba figuras combativas del peronismo, como el Dr. Cooke, en su búsqueda por dinamizar y sacar de la inercia su herramienta política, tratando de llevar a la arena partidocrática y “legalista” una disputa que sólo se resolvería o bien con la profundización de la revolución, o bien con la victoria contrarevolucionaria.

Hasta finales de agosto el mapa político será el mismo: Perón invitando a la oposición a la conciliación y pacificación del país, y la oposición despechándolo con argumentos bizantinos y pretensiones desmedidas, mientras continua con la conspiración, el sabotaje y los atentados, alimentados por una oligarquía ávida de recuperar el poder que le había sido arrebatado en el 46.

El 10 de agosto Perón dirá que “la población argentina se está dividiendo en dos grandes sectores de opiniones. Los que quieren seguir adelante del 55 y los que quieren volver al 43 (…) Hoy el pueblo lucha por mantener lo conquistado y otros por destruir lo conquistado. Ahí está el dilema argentino”.

El 15 los diarios informan que la policía ha descubierto y desbaratado un “complot terrorista” que buscaba terminar con el gobierno constitucional.

El 17 el Concejo Superior del Partido Peronista declara, anunciando un cambio de actitud del Movimiento, que ante el rechazo de la oposición al “magnánimo” gesto de Perón, “solo nos queda el camino de reivindicar la lucha, y hacerlo con todo el vigor y la altura de quienes poseen la fuerza del número y la fuerza de la razón.”

El 19 el Partido organiza un acto en el teatro Politeama, donde Leloir saldrá con los tapones de punta: “La pacificación propuesta, por la misma grandeza del ofrecimiento presidencial, exigía grandeza de la respuesta. Infortunadamente no ha sido así. Determinados grupos minoritarios se oponen a esa conciliación nacional (…) La certeza de una derrota total por vía democrática explica la actitud de estas fuerzas reaccionarias (…).

“Declaro, como presidente del Concejo Superior del Partido Peronista, que esta situación ha caducado. El partido desde hoy sale a la calle.

“En este día es el pueblo argentino que sale a la calle agitando la bandera de sus libertades y conquistas. Que es la bandera de Perón. Y ese pueblo impondrá –quiéranlo o no- la paz política que ellos han arrancado de su cauce legal. Movilizando vertical y horizontalmente al partido.

“No saben los enemigos lo bien que le han hecho al partido… la consecuencia será además una auténtica jerarquización de los valores partidarios y la formación de nuevos cuadros.”

Ahora era el peronismo el que salía a la palestra dispuesto a “pacificar” el país, aún contra la voluntad de la oposición, que en definitiva era la única manera de hacerlo: “si quieres la paz, prepárate para la guerra”. Es decir, quiéralo o no el partido, quiéralo o no Perón, la pacificación solo podía alcanzarse con la profundización de la revolución, lo que significaba el acrecentamiento de la lucha. Y para ello era necesario e inevitable transformar el Partido, movilizándolo, como bien había dicho Leloir, vertical y horizontalmente. Y en esa línea hablaría Cooke durante el mismo acto, atacando de plano a los burócratas, “aquellos que sólo han querido acompañarnos en el tramo fácil, en los caminos llanos, ya han cumplido, pero ahora no los queremos a nuestro lado. Los que han venido buscando las prebendas del gobierno, y no a ofrecernos sacrificios desde el llano, ¡que se vayan!, no los queremos a nuestro lado.”

Doce días después, el 31 de agosto, en un mensaje epistolar enviado a las ramas masculina y femenina del Partido y a la CGT, Perón ofrece su renuncia a la presidencia como último acto de reconciliación nacional ya que “la oposición condicionaría su actitud a mi retiro del gobierno”.

Las respuestas de la CGT y del Partido son contundentes: se rechaza categóricamente la dimisión de Perón y, aquella, dispone un paro general con movilización invitando al pueblo a concentrarse en Plaza de Mayo, y en todas las plazas de las respectivas ciudades y pueblos del interior.

El recuerdo del 17 de octubre de 1945 sobre vuela la Casa de Gobierno y en la noche del 31 de agosto Perón sale al balcón a comunicar al pueblo reunido allí la declinación a su renuncia y a reafirmar su voluntad de lucha, luego de la tregua dada a la oposición después de la masacre del 16 de junio y rechazada por ella.

Dirá Perón entonces, en un discurso que claramente planta la bandera de la lucha sin concesiones ni treguas:

“Hace poco tiempo esta Plaza de Mayo ha sido testigo de una infamia más de los enemigos del pueblo (…) después de producidos esos hechos hemos ofrecido a los propios victimarios nuestra mano y nuestra paz (…) ¿Cuál ha sido su respuesta? Hemos vivido dos meses en una plena tregua, que ellos han roto con actos violentos (…) Han contestado los dirigentes políticos con discursos tan superficiales como insolentes; los instigadores con su hipocresía de siempre, sus rumores y sus panfletos. Los ejecutores tiroteando a los pobres vigilantes en las calles. La contestación para nosotros es bien clara: no quieren la pacificación que le hemos ofrecido. De esto surge una conclusión bien clara; quedan solamente dos caminos: para el gobierno, una represión ajustada a los procedimientos subversivos, y para el pueblo, una acción y una lucha que condiga con la violencia a que quieren llevarlo. Por eso (…) a la violencia le hemos de contestar con una violencia mayor (…) Como una conducta permanente para nuestro movimiento: aquel que en cualquier lugar intente alterar el orden en contra de las autoridades constituidas o en contra de la ley o la Constitución, puede ser muerto por cualquier argentino (…) la consigna para todo peronista, este aislado o dentro de una organización, es contestar a una acción violenta con otra más violenta. Cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos.

“Hemos dado suficiente prueba de nuestra prudencia. Daremos ahora suficiente prueba de nuestra energía. Que cada uno sepa que donde esté un peronista, estará una trinchera que defienda los derechos de un pueblo (…)

“O luchamos y vencemos para consolidar las conquistas alcanzadas o la oligarquía las va a destrozar al final (…)

“Hemos ofrecido la paz, no la han querido. Ahora hemos de ofrecerle la lucha, y ellos saben que cuando nosotros nos decidimos a luchar, luchamos hasta el final (…) Esta lucha que iniciamos no ha de terminar hasta que no los hayamos aniquilado y aplastado. Ahora, compañeros, he de decir, por fin, que yo he de retirar la nota que he pasado, pero he de pedir al pueblo una condición: así como antes no me canse de reclamar prudencia y de aconsejar calma y tranquilidad, ahora les digo que cada uno se prepare de la mejor manera para luchar.”

Así como un mes antes había afirmado la finalización de la revolución, ahora la resucitaba llamando al pueblo a la lucha, a la aniquilación de la oligarquía y sus personeros. Ahora si, definitivamente, el país quedaba dividido entre peronista y antiperonistas; entre revolucionarios y reaccionarios; entre quienes se disponían a defender con su propia vida, de ser necesario, la Nueva Argentina y aquellos que quería verla destruida; entre quienes buscaban la profundización de las transformaciones y quienes deseaban volver al 43. La oligarquía estaba dispuesta a llevar la lucha hasta sus últimas consecuencias (ya lo había demostrado con el bombardeo de Plaza e Mayo), el pueblo indudablemente también (y así lo demostraría en las jornadas que se avecinaban). ¿Estaban Perón y los principales dirigentes políticos y gremiales realmente decidido a llevar el enfrentamiento a los términos en que lo definía aquel en su discurso? ¿Estaban dispuestos a aniquilar y aplastar a los enemigos de la revolución?

Como se dijo anteriormente, la masacre de Plaza de Mayo (donde fueron asesinados más de 300 indefensos argentinos) marcaba un punto de inflexión. A partir de entonces no había marcha atrás. Perón no lo creyó así y tendió una mano conciliadora, pero para la oposición estaba claro y por ello rechazó la conciliación (ya sea por oportunismo o por intransigencia), viendo en ella un signo de debilidad y cobardía. Para ella sólo había que seguir confabulando, pues la fruta estaba madura y un pequeño sacudión podía hacer la caer.

Y si la masacre del 16 de junio había significado el comienzo del fin, los sucesos del 31 de agosto no harían más que acelerar lo inevitable: la franca confrontación entre los beneficiarios y los enemigos de la Nueva Argentina. Así, el 2 de septiembre Perón dirá: “Hay una lucha enconada entre sectores reaccionarios y nosotros”. “Ellos han creído que nosotros les teníamos miedo y estábamos débiles. Se han equivocado completamente. Estamos más fuertes que nunca”. Esa paz que ellos no han querido aceptar con dignidad, la tendrán que aceptar ahora por la fuerza”.

El 7 afirmará ante gremialistas que “parece que en los momentos actuales la lucha se plantea con amenazas de ser más cruenta”. “Defenderemos al pueblo argentino con la razón, la ley y las armas, si fuera necesario”. “Si antes les recomendé tranquilidad y prudencia, ahora recomiendo acción”.

Por esos días, la CGT en un comunicado le informa al ejército que en asamblea se dispuso poner a su disposición “las reservas voluntarias de los trabajadores a fin de impedir en el futuro cualquier intento de golpe”. El gobierno miró para otro lado, dando claras muestras de que no había correlación alguna entre los encendidos discursos presidenciales y las concretas acciones por salvar la revolución.

La mesa estaba servida. El pueblo argentino estaba dispuesto a dar su vida en la defensa de sus conquistas, y la oligarquía en tomarla como precio a la recuperación del poder. Inteligente y despierta, como siempre, sabía ésta que el golpe de gracia debía darse lo antes posible, evitando la posible reorganización del Movimiento Peronista que podía frustrarle nuevamente la fiesta.

En la madrugada del 16 de septiembre Lonardi subleva la Escuela de Artillería de la ciudad de Córdoba, conjuntamente con otras guarniciones del interior y el litoral, como Cuyo, Puerto Belgrano, Puerto Madryn, Río Santiago, Curuzú-Cuatiá. Para Lonardi, jefe de la sublevación, el éxito subversivo podía ser garantizado manteniendo focos de resistencia durante al menos 48 hs. tiempo suficiente para que otras guarniciones no comprometidas previamente en el golpe se unieran al alzamiento.

Si bien el golpe triunfará, no será por el accionar de los focos subversivos que imaginó Lonardi, pues para el día 20, un día después de que Perón girara su ofrecimiento de renuncia al Ministro Lucero, la situación de Córdoba, foco central de la sublevación, estaba muy comprometida para los rebeldes, prácticamente controlada por las fuerzas militares leales al gobierno. Pero entonces ¿qué fue lo que pasó?

Coincidieron varios factores: la no disposición de Perón a la lucha, la frágil lealtad de los militares hacia él y el deseo de evitar la abierta confrontación con la oligarquía con el pueblo en las calles y armado, dispuesto a todo. Sumado a ello la profunda decisión de los sublevados de llevar la lucha hasta sus últimas consecuencias.

Si bien Perón en su discurso del 31 de agosto había llamado al pueblo a la lucha franca, era indudable que esa no era su intención, pues había desestimado el pedido de armas para los trabajadores realizado en varias oportunidades por la CGT, y especialmente durante las jornadas de ese septiembre negro. Además, ante la amenaza de la Marina de bombardear la ciudad de Buenos Aires y las destilerías de petróleo Eva Perón, no mostró actitud de lucha y cediendo a la presión cursó el ofrecimiento de su renuncia. Pero esta vez no al Partido Peronista y a la CGT (como lo había hecho el 31 de agosto), quienes eran verdaderamente leales a él, sino al ejército, planteando una lucha civil entre oligarquía y pueblo en una lucha entre distintas facciones del ejército; creyendo él también, que la disyuntiva era Perón si-Perón no, cuando en realidad se estaba representando la lucha entre dos proyectos diferentes de Nación. Presentar su renuncia al Partido y a la CGT hubiese significado entregar el mando de la represión al pueblo y los trabajadores, algo que estaba bastante lejos de los deseos de Perón y del ejército.

El Ministro Lucero recibió el ofrecimiento de Perón como un hierro caliente y enseguida se deshizo de él formando una Junta Militar con la misión de llevar adelante las tratativas de pacificación, y se invitó a los comandos revolucionarios a concurrir al Ministerio del Ejército a fin de iniciar dichas tratativas. Pero ni Lonardi, líder rebelde, ni Rojas, autor del ultimátum, estaban dispuestos a cesar en su lucha hasta que Perón renunciara, y así se lo hicieron saber a Lucero. Además interpretaban el ofrecimiento del gobierno como un triunfo (cuando prácticamente la sublevación estaba controlada) y comenzaban a imponer condiciones para alcanzar la conclave ofrecida por Lucero como fuerza triunfadora.

Así, Lonardi colocaba a la Junta en un callejón sin salida: su misión no era hacerse cargo del gobierno, sino llevar adelante las tratativas de negociaciones en nombre del gobierno constitucional, pero para ello los líderes rebeldes exigían la renuncia del presidente. Quedaban dos caminos: o la Junta devolvía la pelota al gobierno declarándose incapacitada de llevar adelante las negociaciones o interpretaba el ofrecimiento de Perón como una auténtica renuncia y se hacían cargo del gobierno. Pero claro, la Junta Militar no era ni el Partido ni la CGT; los militares no eran el pueblo y no estaban dispuesto a sostener la lucha, ni a ceder el protagonismo al pueblo. Increíblemente, con la sublevación controlada por las fuerzas militares leales y con todo el pueblo en la calle apoyando al gobierno, el 20 de septiembre el general Lonardi, como jefe de la Revolución Libertadora y por decreto Nº 1 asume el gobierno de la Nación, declarando a la ciudad de Córdoba sede del gobierno provisional hasta que pueda trasladarse a la Capital Federal y en la madrugada del 21 la Junta Militar se reúne con al almirante Rojas en el crucero 17 de octubre para rubricar en un acta la destitución del gobierno constitucional del presidente Perón, para ser reemplazado por el gobierno provisional del general Lonardi.

El 22 Lonardi llega a Buenos Aires, dando por terminado así la más importante experiencia de un gobierno nacional y popular, que en 10 años había transformado al país de una factoría a una nación justa, libre y soberana.

Si bien los golpistas, testaferros de la oligarquía ávida del poder que le había sido arrebatado en el 45, hablarán del “tirano sangriento” y la “tiranía sangrienta”, lo cierto es que serán ellos los salvajes y homicidas que, al contrario de Perón que se había negado a fusilar a los culpables de la masacre de Plaza de Mayo y a perseguir a sus cómplices, proscribirán, perseguirán, encerraran, torturaran y mataran al pueblo argentino.
Años después, sobre el final de la década del 60 dos figuras sobresalientes del peronismo militante y combativo, reconocerán públicamente aquel error “legalista” que amarró las manos del pueblo impidiéndoles una verdadera defensa contra el accionar reaccionario de la oligarquía. Vale la pena trascribirlos:

Los trabajadores y los sectores populares del país, desde 1946, nos hicimos “legalistas”. Creíamos en la ley y en el camino de la ley para defender nuestros intereses nacionales y sociales (…) Cuando se produjo la contra revolución de 1955 y se operó la restauración de los privilegios de algunos sectores de la población y del imperialismo, nos encontramos desarmados: nuestras organizaciones servían para actuar dentro de la ley, no fuera de ella. Además nuestros dirigentes habían sido educados para la negociación y no para la lucha. Dolorosamente se pagó el precio de estos errores.

Una generación de militantes gremiales y populares fue sacrificada en la pelea desigual y amarga contra los factores del privilegio nacional e internacional apoderados de la república (…)

Elegimos a Frondizi como mal menor. Y, de este modo, equivocándonos nuevamente, reorganizamos el movimiento gremial sobre la base de la legalidad que dejó intacto el manejo de los resortes del poder en manos de colonialistas de afuera y de adentro. Canjeamos por el plato de lentejas de una tolerancia oficial para con los gremios —siempre que no nos tomásemos demasiado a pecho nuestros deberes— el derecho a ser los artífices del destino de grandeza de nuestra Patria. (…)

Estábamos acostumbrados a la “legalidad”, repito, e hicimos de ella una especie de mito. Resultamos los mejores tramitadores de expedientes antes que los más decididos combatientes. Educamos en ese espíritu a nuestros cuadros y a nuestras bases. A cada atropello respondíamos no con la lucha sino con el recurso de amparo, cambiamos a Sorel por Vélez Sarfield.

Nuestras huelgas fueron más que expresión de esa voluntad de lucha, una forma de dar salida al descontento de las bases y una presión a los poderes públicos para lograr nuevas negociaciones. De este modo terminamos nuevamente defendiendo la “legalidad”, ignorando que esa legalidad no era la del pueblo ni la de los trabajadores ni la de la Patria, sino la legalidad del privilegio colonialista. Concluimos finalmente uncidos al carro del régimen, por aceptar la legalidad del régimen. Ese camino no podía conducirnos sino al desastre, de un modo inesperado pero inevitable y el desastre nos alcanzó.

Amado Olmos. Federación de Trabajadores de la Sanidad. 1967

(…) No quiero entrar en el terreno de las interpretaciones, de psicologías ni de ninguna otra ciencia, pero más de uno de nosotros sabemos que no haber respondido —bala por bala— nos ha creado frustraciones. (…) creo que el peronismo si no se hubiera dejado acorralar por el pacifismo que lo llevo a las urnas, posiblemente a esta altura de los hechos el dolor de los golpes, el dolor de la proscripción eternificada tal vez lo hubiera sacudido, lo hubiera golpeado en lo más íntimo y ya hubiera dado la primera reacción, equivalente a lo del 55.

A mis compañeros siempre les digo: mil gorilas en 1955 nos robaron el poder, hasta que mil argentinos, mil peronistas no devuelvan ese golpe, cuatro millones de peronistas van a seguir es este proceso con una tremenda rebelión interior que no les puede salir de adentro de la piel, que no se les puede arrancar del fondo de sus corazones patriotas.

Ongaro. 1969

Téngase presente que lo que nos enseña esta historia es la necesidad de la violencia revolucionaria. Esto es, no la violencia de camarillas o “vanguardias iluminadas” (como la de los 70) sino la violencia desarrollada por un gobierno revolucionario que, sin lugar a dudas, deberá asumir mas temprano que tarde para sostener y profundizar el proceso de liberación nacional y social. Esa violencia que el gobierno peronista rehusó con aquel engañoso discurso del no derramamiento de sangre, sangre que al final fue derramada (y en abundancia) pero no ya para sostener y profundizar los cambios sino para resistir a restauración del statu quo… y a pesar de la sangre derramada, el statu quo se restauró… otra hubiese sido la historia si la sangre derramada fuera cipaya e imperialista…