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  • Artículo cargado el 03/03/2008 - 18:40

Soberanía o dependencia

Leopoldo Markus

La República Argentina, dispone de inmensos recursos naturales renovables (agua) y no renovables (carbón y uranio (ver Cuadro N° 1)), que puestos a disposición de los argentinos, permitirían generar electricidad abundante y barata a las actividades extractivas, a la producción agropecuaria e industrial, a los servicios, etc y las familias, sin ningún tipo de restricciones y con una calidad de vida de altísimo nivel. La situación actual a diferencia de lo señalado y a grandes rasgos, es que la Argentina está actualmente inmersa en una crisis con características de tipo estructurales y que básicamente se expresa, tal como la sociedad ha observado recientemente, en una amenaza generalizada para la producción (3.143 tn), Namibia ( 2.036 tn), Uzbekistán (1.770 tn), EEUU (846 tn), Ucrania (800 tn), Sudáfrica (824 tn) y China (750 tn).

En primer lugar y en el corto plazo, la falta de abastecimiento en los servicios públicos esenciales como los combustibles líquidos, el gas natural y la electricidad, como se puso de manifiesto en los años 2006 y 2007, con cortes de gas a la industria por parte de las distribuidoras, en insuficiencia de gas natural por falta de inyección desde los yacimientos de origen, y en centrales eléctricas que trabajaban con gas natural y que debieron recurrir al fuel-oil o gas-oil para seguir funcionando.

A esto se sumaron los bajos niveles estacionales de agua registrados en nuestros ríos, con el consecuente impacto de disminución en la producción de las centrales hidroeléctricas y el uso alternativo del gas como insumo para generarla. Esos problemas fueron coyunturalmente solucionados con la importación de fuel-oil de Venezuela, de gas natural de Bolivia y electricidad de Brasil, debiendo nuestro país asumir en estas transacciones costos superiores a los de costos internos. Y así continuamos con las actuales restricciones de abastecimiento, los aumentos de precios a los consumidores y los cambios en el marco de regulación, que solo favorecen a los grupos económicos concentrados que operan en el sector energético de nuestro país. Por supuesto que nada de esto es casual y sus causas ya han sido analizadas más atrás. La aparente irracionalidad en la toma de decisiones de los hombres de Estado, tiene que ver con el hecho de que las privatizaciones o extranjerizaciones de las empresas públicas, fueron diseñadas deliberadamente, con el objeto de generar negocios particulares con bienes sociales como la energía, sin importar los daños y los costos para la sociedad. Por ello mismo, la primera privatización que efectuó el menemismo, correspondió a los medios de comunicación, a efectos de condicionar a la opinión pública y “prepararla”, con gran publicidad, para que aceptare sin lucha la entrega del patrimonio público.

No es posible solucionar los problemas estructurales de la energía y de los combustibles, sin renacionalizar las empresas públicas y reasumir la soberanía del sector y aumentar la oferta energética. Las soluciones técnicas existen, pero el daño producido por la extranjerización de aquel y la usurpación y goce de las rentas por parte de los argentinos, llevará muchos años corregirlo. Veamos al menos, lo que puede hacerse al menos con la generación núcleo-eléctrica y su relación con la minería del uranio.

Ventajas y desventajas de las diferentes formas de generación eléctrica

Que la generación básica de electricidad se efectúe con los recursos menos abundantes (gas y petróleo), en lugar de hacerlo con recursos hídricos, carbón o nuclear, es una total irracionalidad económica, que tiene que ver con la neocolonización imperialista a partir del 76 y potenciada por el menemismo. En esa misma línea se inscriben el saqueo de los recursos minerales e hidrocarburíferos. También podría llegar a ocurrir con el uranio, habida cuenta el alza de precios de este en los últimos 15 años.

En primer término, la generación eléctrica a base de combustibles fósiles se efectúa por medio de centrales térmicas (fuel-oil, gas, etc) que tiene bajos costos de inversión básica (obras civiles y equipamiento electromecánico) y se adapta rápidamente a los cambios en la demanda (07:00 hs, comienzo de la actividad económica e industrial o 19:00 hs: regreso de los trabajadores a sus hogares). Por tener las centrales térmicas, bajos costos de inversión iniciales, los períodos de amortización de las mismas, son relativamente cortos. En segundo término, las desventajas fundamentales se pueden contar, entre otras, en los bajos rendimientos energéticos de las centrales térmicas, (promedio de generación anual de unos 220 días, por paradas por mantenimiento). Si bién las amortizaciones tienen períodos cortos, los costos operativos de por sí son antieconómicos (costos medios y marginales crecientes). Son altísimamente contaminantes del aire, del suelo y de las napas freáticas, por la emisión de metales pesados, no disolubles, como cromo (Cr), plomo (Pb), bromo (Br), etc u otros elementos nocivos como el azufre (S). Además de esas desventajas, ya de por sí bastante importantes, hay que sumarle la falta de exploración en materia de hidrocarburos, lo que ocasionaría aumentos siderales en las tarifas eléctricas industriales y residenciales, si el país tuviese que importar el petróleo. No hay industria posible con energía cara.

A diferencia de las características enunciadas sobre las térmicas, las centrales hidroeléctricas y nucleares, debido al tamaño de la potencia a instalar, requieren de tamaños de capital muy superiores, con largos períodos de amortización de la inversión básica. Sus altos costos iniciales de inversión, originados en los períodos de construcción de las obras civiles y el equipamiento electromecánico, se compensan más que sobradamente por sus bajísimos costos operativos. Tales construcciones se repagan sin esfuerzo para la administración (capital más intereses), solo con la venta de la electricidad. En las centrales hidroeléctricas, el insumo básico es el agua y su capacidad de generación está en función de la altura, respecto de la base del emprendimiento[18] y en las nucleares, el uranio natural levemente enriquecido. El uranio natural es un mineral abundante en la Argentina. Tanto la hidroelectricidad como la núcleo-electricidad, no son contaminantes, y con una vida útil inmensamente superior a las centrales térmicas. Tanto uno como otro tipo de generación, entregan una tensión uniforme, no adaptable a los cambios en la demanda de electricidad, pero de altos rendimientos (generan energía eléctrica, unos 320 días de los 365 anuales), lo que las hace muy confiables.

En el caso de la centrales nucleares, sus buenas performances, tienen una ventaja adicional sobre las hidroeléctricas y es que no dependen del régimen de las lluvias, lo cual las hace más confiables. En la crisis eléctrica del 87, cuando el sistema aún era estatal y los cortes estaban programados —no como ahora, que no responden a ninguna lógica—, Atucha I y Embalse, soportaron todo el peso de la situación. No es casual que la política energética de la democracia colonial, desde el alfonsinismo hasta Cristina Fernández, no hayan puesto énfasis en ambos tipos de centrales, particularmente de las nucleares. Ello responde a una razón singular y es que los intereses del imperialismo, al tomar por asalto el acervo público (1989), tuvo por objeto vincular la generación, el transporte y la distribución de electricidad con la actividad exportadora como principal demandante (acero, petroquímica, autos, granos, aceites, petróleo, gas, etc, etc, etc), en manos de las empresas imperialistas o de los grandes grupos económicos de origen nacional, que concentran la producción y las exportaciones. Fruto de la irracionalidad y de los intereses monopolísticos en juego, se estableció un régimen eléctrico,[19] absolutamente perverso que aseguró a los usurpadores, tanto del Sector Eléctrico como del Sector Combustibles gigantescas ganancias, sin poner un solo peso en materia de inversiones y que el capital extranjero pudiese remesar rápidamente las utilidades hacia sus casas matrices. Esta es la causa de la actual crisis en materia de energía eléctrica y de combustibles. Inclusive, bajo el menemismo se llegó a pensar en cerrar la CNEA y privatizar las dos centrales en operaciones, lo que por absurdo no pudo concretarse. Pero en contrapartida, desde el alfonsinismo en adelante y particularmente, bajo la gestión del ex Ministro de Economía de Menem, Domingo Felipe Cavallo, se saboteó presupuestariamente la continuidad de la construcción y puesta en marcha de Atucha II, que ahora el cristino-kirchnerismo, quiere poner en operaciones 20 años después de que debió haber entrado en servicio (1987), con los consiguientes incrementos en los costos de operaciones y el lucro cesante, que exigirán sus grandes proveedores de insumos y equipos.

Por todas las razones expuestas, resulta conveniente para el país y para los argentinos, optar por la puesta en marcha de muchas centrales nucleares, en el marco de una adecuada planificación del Sector Eléctrico y con una adecuada distribución de las fuentes de generación entre térmicas, hidroeléctricas y nucleares. Pero las centrales nucleares, requieren de un elemento combustible, basado casi exclusivamente en el uranio natural, para la tecnología con la que fueran diseñadas Atucha I, Embalse y cuando entre en servicio, Atucha II. En este punto operan fuerzas centrífugas que operan en sentido contrario, pero que en ambos casos no responden al interés nacional.

Por una parte, la visible declinación de las reservas mundiales de los combustibles fósiles —a los actuales niveles de consumo—, ha generado, pese a la recesión en los países centrales, que el precio del petróleo esté por superar los u$s/m3 630 (u$s/barril 100), razón por la cual que las burguesías imperialistas, comenzaron a pensar seriamente en formas alternativas de generación de energía eléctrica y en la sustitución de los combustibles mencionados. Una de ellas —no la única—, pero la principal, es la nuclear.

Hoy día, están en operaciones cerca de 450 reactores nucleares en 32 países. Además, 25 están en construcción, 40 en proyecto y 75 en etapa de propuesta. Entre todos, en el año 2003 requerían poco más de 68.000 toneladas de uranio por año; es decir un promedio de 155 toneladas por central. Esa demanda seguirá aumentando. En el 2003, los grandes productores fueron Canadá (10.457 tn), Australia (7.572 tn), Kazajastán (3.300 tn), Rusia (3.150 tn), Nigeria (3.143 tn), Namibia ( 2.036 tn), Uzbekistán (1.770 tn), EEUU (846 tn), Ucrania (800 tn), Sudáfrica (824 tn) y China (750 tn).

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