- América Latina • Argentina
- Artículo cargado el 03/03/2008 - 18:40
Soberanía o dependencia
Leopoldo Markus
La crisis energética mundial, un capítulo de la crisis mortal del imperialismo
El más que probable fin de la era del petróleo como principal insumo energético, particularmente en los países occidentales, hace sonar una campana de alarma a los mismos y plantea la resolución de nuevas pautas de crecimiento, basadas en formas de energía alternativas de alto rendimiento como aquel y que al mismo tiempo, no recalienten el medio ambiente ni agredan al paisaje o al subsuelo de donde es extraído.
El planeta asistió durante el siglo XX, a la progresiva desaparición del carbón y de la madera, como fuentes de generación de energía, que fueron usados por miles de años, para la satisfacción de las necesidades humanas en las actividades agrícolas, domiciliarias e industriales.
A partir de la década del 10 y hasta bién pasado el medio siglo, la generación de energía eléctrica, el transporte de cargas y personas, la producción industrial y los consumos familiares, fué satisfecho con el uso masivo del petróleo y de sus subproductos refinados (asfaltos, combustibles y lubricantes), así como de otro hidrocarburo más limpio y de mayor rendimiento, como es el gas de yacimientos.
Por supuesto que el consumo despilfarrador de esos hidrocarburos, solo fué para un 20% de la población mundial, asentada en los países centrales —Europa Occidental, los EEUU y Japón—, mientras que la mayor parte del planeta y de los pobladores de los países productores, no disponían ni disponen de los beneficios del nivel de vida, del consumo de la energía,[8] ni mucho menos de los ingresos per cápita de los habitantes de aquellos países.
La estructuración oligopólica de los mercados y de la producción, a escala mundial, es el sistema que el revolucionario ruso Nicolás Lenín denominó imperialismo y es responsable de esa situación. Guerras y golpes de estado asolaron al planeta en el siglo XX; ellas están ligados a la acción de las empresas imperialistas estructuradas unidas en el cartel denominado, Siete Hermanas. Obviamente, detrás de los conglomerados están los estados imperialistas y sus FFAA, para que sostengan las políticas de los mismos. Los principales conglomerados petroleros que integran el cartel son: las norteamericanas Exxon (ex Standard Oil), Texaco, Socony Vacuum, American Motor Oil (AMOCO), Occidental Petroleum (Oxy), la inglesa British Petroleum (BP) y la angloholandesa SHELL. El sistema económico y tecnológico, estructurado alrededor del petróleo y cuyos precios y condiciones de explotación a escala mundial, los manejó durante muchos años el Cartel de las Siete Hermanas y llevó a la miseria más atroz a los países productores, salvo a aquellos países que crearon empresas estatales, que los marginó del sistema imperialista. La República Argentina al crear en 1922, Yacimientos Petrolíferos Fiscales YPF,[9] además de ser pionera a nivel mundial pudo independizarse del mortal abrazo de las Siete Hermanas. Ese mérito le correspondió, sin duda alguna al Presidente Hipólito Yrigoyen y al Gral. Enrique Mosconi —fundador de YPF_ y a las posteriores políticas nacionalistas, que en defensa de la Soberanía Nacional, impulsó la Revolución Nacional con los gobiernos encabezados por el Gral. Juan Domingo Perón (1946-1955 y 1973-1976). Solo la contrarrevolución vigente en la Argentina desde el 24 de marzo de 1976, con la dictadura colonial 1° y su continuidad democolonial —aún vigente—, que ha falsificado la historia de los argentinos y entregado al saqueo imperialista las empresas públicas —creadas con el esfuerzo contributivo de generaciones de argentinos— y las rentas de los recursos naturales —hidrocarburos, minería metalífera, bosques, suelo, riqueza ictícola de la plataforma marina, etc, etc, etc), oculta que el actual proceso de pillaje y saqueo hipoteca el futuro de los argentinos, generando a su vez miseria y expoliación, sin resolver el problema de la energía.
Situación actual y panorama de la energía
La tecnología de los motores de combustión interna de ciclo incompleto, generalizó el uso y el abuso de los derivados del petróleo. Luego, al perfeccionarse el conocimiento científico de la química orgánica, vino la petroquímica, asociada al uso de insumos como la nafta y el gas, lo que confirió altísimo valor agregado a los hidrocarburos y dió un gran impulso a la industria del plástico.
Pero el desarrollo y enriquecimiento de la industria petrolera, de la industria automotriz, de la petroquímica, así como de otras, ligadas directa e indirectamente a la extracción del petróleo y el gas, fué la simultánea condición para que la mayor parte de la humanidad vegetara en el subconsumo, el hambre, la desocupación y la miseria y que solo la minoría habitante de los países centrales, gozara de los beneficios sociales y económicos de la sociedad capitalista avanzada.
Las dictaduras semifascistas o gobiernos fraudulentos de los pueblos, impuestos históricamente por el imperialismo con la inestimable ayuda de las clases dominantes de los países sometidos, tuvieron un único propósito: someter a las sociedades dependientes a la monoproducción, a las monoexportaciones, al sometimiento, a la sobre explotación de los recursos naturales y al hambre de los pueblos. Solo así y de esta manera, los países imperialistas pudieron apoderarse a precio vil de los hidrocarburos, de los minerales y de otros recursos, necesarios para su ciclo productivo.[10]
Pero, el despilfarro consumístico de los países metropolitanos, sostenido en la “baratura” relativa del petróleo, la humanidad está llevando al agotamiento de las reservas de gas y petróleo[11] con los efectos explosivos en el sistema de precios relativos,[12] así como otros efectos no deseados, que conspiran contra las propias poblaciones del centro. La emisión de gases de combustión, como el dióxido de carbono CO2 y el monóxido de carbono CO, cuyo origen comprobado esta en el uso intensivo de derivados de los hidrocarburos líquidos y gaseosos, así como otros de menor cuantía como el óxido nitroso —aunque no por ello menos nocivos—, han generado impactos ambientales como el recalentamiento de la atmósfera, que vulgarmente se lo conoce como efecto invernadero.[13]
Además de esos efectos comprobados del Efecto Invernadero se agrega la llamada “lluvia ácida”, descarga de metales pesados —Cromo (Cr), Bromo (Br), Plomo (Pb), etc—, que arruina la superficie arbórea —sobre todo en Europa Occidental y del Este— y destruye el proceso de fotosíntesis, imprescindible para la generación de oxígeno necesario para la vida animal y vegetal.
Se estima que el consumo global de electricidad puede llegar a incrementarse en aproximadamente un 75% para el año 2020 y prácticamente triplicarse para el 2050. En la Argentina, se calcula que el consumo para el 2010 podría llegar a duplicar los valores actuales.
En la actualidad, a nivel mundial, los combustibles fósiles —carbón, petróleo y gas— contribuyen con un 63 % de la producción eléctrica, la hidroeléctrica representa alrededor del 19 %, la nuclear 17 %, la geotérmica 0,3 % mientras que la solar, eólica y biomasa contribuyen en conjunto con menos del 1 %.
En nuestro país, según datos del Balance Energético Nacional del año 2004, elaborado por la Secretaría de Energía,[14] la matriz energética está estructurada de la siguiente forma:
Conforme a los datos de la Matriz, el 88% de la oferta interna primaria de energía, esta estructurado en base a combustibles de origen fósil, usados más intensamente (petróleo y gas) y cuyo horizonte de vida útil está perfectamente acotado. El horizonte de vida de las reservas al actual ritmo de producción es de: 9 años para las del petróleo y 12 años para las de gas natural.[15]
Dicho en otras palabras, casi el 90% de la energía que es consumida en la actualidad por los argentinos, proviene de fuentes hidrocarburíferas (petróleo y gas). Esta situación, de despilfarro de recursos energéticos no renovables, constituye un verdadero disparate. A diferencia de la República Argentina, por ej., Brasil cubre un 60% de sus necesidades con energía hidroeléctrica, Francia abastece un 80% de su demanda eléctrica con el aporte nuclear e incluso el 40% de la demanda energética de los EEUU, se cubre con carbón.[16]
La Argentina tiene reservas de carbón bituminoso del orden de las 697 millones de toneladas,[17] que al actual ritmo de consumo implica un horizonte de explotación superior a los 50 años. En el caso de la hidroelectricidad, las centrales actualmente en funcionamiento, están utilizando menos del 15% de la capacidad de generación de la fuente. Dicho en otras palabras, en materia de recursos hídricos existe una sub-utilización del 85% que podrían ser utilizados para generar energía eléctrica.
Las reservas de uranio, entre las razonablemente aseguradas y las adicionales estimados, superan las 11.000 Tn —ver Cuadro N° 1—, que según la CNEA, asegurarían por 17 años el funcionamiento de las Centrales Atucha I, Embalse y Atucha II y una cuarta en proyecto.
- Cuadro N° 1
- Los Recursos de Uranio en la Argentina

Fuente: Elaboración propia en base a datos CNEA, Los recursos de uranio en la Argentina. http://caebis.cnea.gov,ar/IdEN/CONOC_LAENERGIA_NUC/CA
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