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Los trabajadores resisten el plan capitalista
del ala liberal de la burocracia

La lucha de clases en la Unión Soviética se aproxima a un desenlace

OSVALDO CALELLO

 
Artículo aparecido en Socialismo Latinoaméricano, Año I, Nº 13, pág. 2 de junio de 1990. Publicación del Círculo de la Patria Grande.

Alexander Yakovlev, integrante del Consejo Presidencial (considerado el segundo del régimen) ha declarado que el objetivo de la reforma en la URSS es “el avance rápido hacia la libertad económica”. Por su parte Stanislav Shatalin, estrecho colaborador del presidente Gorbachov, adelantó que en 1991 comenzará a privatizar las empresas estatales y que luego igual suerte correrá la propiedad de la tierra. ¿Hacia dónde va el sistema soviético? En la década del 30 el stalinismo reestructuró con mano de hierro la sociedad que había dado a luz la Revolución de Octubre. Una rígida estratificación social y una no menos estricta división del trabajo, consolidó un régimen a mitad de camino entre el capitalismo y el socialismo. Sin embargo la transición no tenía un sentido definitivo. La ausencia de un desenvolvimiento socialista y el carácter anacrónico de la centralización burocrática, amenazan ahora con hundir a la URSS en una explosiva crisis económico-social. Bajo esta presión formidable, en el ala liberal de la burocracia ha encontrado expresión abierta el contenido burgués que en buena medida conservaron las relaciones de producción en la sociedad soviética La fracción de Boris Yeltsin ha levantado el programa de la contrarrevolución. Pero ni el grupo de Gorbachov ni los conservadores garantizan un rumbo diferente. Los trabajadores, en cambio, han comenzado a reagruparse para el resistir el frente único que intenta la burocracia con el imperialismo.

Las últimos acontecimientos en la Unión Soviética han puesto en evidencia que tras seis décadas de petrificación burocrática las luchas sociales han reaparecido con toda intensidad y avanzan hacia un desenlace que pone en cuestión los fundamentos del régimen existente. El programa de la reforma económica, a medida que hace evidente a los ajos de las más amplias masas populares las consecuencias de la puesta en marcha de la llamada “economía de mercado”, despierta una resistencia creciente. Naturalmente el clima de descontento general ha repercutido directamente en los círculos dirigentes, acentuando las diferencias y abriendo una etapa de lucha por el poder. En aquellas regiones donde el ala conservadora de la burocracia mantiene posiciones en el partido y en el gobierno, como Ucrania y Bielorusia, la oposición al programa de reforma ha adquirida un carácter abierto. Sin embargo, críticas no menos intensas han partido desde la Federación Rusa, bastión de la fracción liberal, cuyo jefe Boris Yeltsin, ha prometida la soberanía de la República en los próximos 100 días y ha reclamada la renuncia del primer ministro Ryzhsov y la presentación de un nuevo programa. Unos y otros se diferencian rápidamente del gobierno sosteniendo alternativas aparentemente encontradas. Los primeros consideran que lo reforma debe aplicarse gradualmente y con reservas, mientras que los segundos reclaman rápidos cambios estructurales como en Polonia, y la apertura del país al capital extranjero. De todas formas la organización de una “economía de mercado” es el horizonte común de ortodoxos y renavodores. Nadie habla de una profundización de las tronsformaciones en un sentido socialista. Tampoco el grupo que encabeza Gorbachov. Por el contrario, funcionarios muy próximas al presidente proclaman un “avance rápido hacia la libertad económica” y anticipan que en 1991 la URSS comenzará a privatizar las empresas estatales y que otro tanto hará más adelante con la tierra.

¿Hacia dónde va el régimen soviético? Los interrogantes que abre la actual situación no son nuevos, tienen que ver con una vieja discusión no saldada en las filas del socialismo sobre la verdadera naturaleza de la sociedad que se consolidó sobre el antiguo imperio de los zares, una vez que se extinguiera la onda original de la Revolución de Octubre. En 1936 León Trotsky, exiliada en Noruega, analizó en un significativo trabajo —La Revolución Traicionada— las tendencias fundamentales del régimen que bajo una presión de hierro estaba edificando la dictadura stalinista. Quien fuera junto con Lenin jefe de la primera revolución obrera victoriosa, definió en ese entonces a la URSS como uno sociedad intermedia entre el capitalismo y el socialismo; régimen de transición que estaba apoyado en la nacionalización del suelo, de las medios de producción, de las transportes y de buena parte del intercambio, y también en el monopolio del comercio exterior, y que en consecuencia podía ser caracterizado como un Estado proletario. Según Trotsky el desenvolvimiento de las fuerzas productivas no alcanzaba para conferir a la propiedad del Estado un carácter socialista y era esa insuficiencia la que imponía la necesidad de un período de acumulación primitiva. Bajo estas condiciones las normas burguesas de reparto constituían el origen de la diferenciación social en favor de una capa privilegiada. Esa capa había llegado a transformarse en una casta incontrolable, extraña al socialismo. Algo más que una simple burocracia como las que en Occidente administran el poder de la burguesía. Era en realidad la única fuerza dominante en la sociedad soviética, cuyo ejercicio del poder estatal le otorgaba una posición decisiva en el control de los medios de producción. Esa burocracia gobernante había expropiado políticamente al proletariado pero mantenía a su modo las conquistas fundamentales de la revolución. Precisamente esas conquistas constituían la línea histórica de diferenciación del régimen de transición. Por lo demás, más tarde o más temprano los contradicciones que esa sociedad había acumulado habrían de decidir el curso hacia el socialismo o la vuelta al capitalismo.

No existía ninguna “ley histórica” ni tendencia objetiva que garantizase la continuidad del proceso revolucionario. Sólo la lucha de las fuerzas fundamentales de la sociedad soviética descifraría la incógnita.

La huella del stalinismo

Lo que Trotsky tenía a la vista en 1936 no era ya la sociedad viviente y contradictoria que emergía directamente de la Revolución de Octubre, sino una formación social en buena medida cristalizada tras los procesos de fragua de la colectivización forzosa y la industrialización acelerada. Por ese entonces ya no quedaban vestigios de la democracia soviética de los primeros tiempos ni de la clase obrera fabril que había sido el nervio motor de la insurrección antizarista; en el lugar de los antiguos órganos proletarios de poder se erigían impotentes aparatos estatales de estructura piramidal y un partido monolítico, centralizado rígidamente en torno a la figura de su secretario general. La lucha de tendencias prácticamente había cesada a fines de 1927 tras la derrota de la Oposición de Izquierda encabezada por Trotsky, Zinóviev y Kámenev, y ya estaba todo listo para el montaje de los siniestros “procesos de Moscú” que terminaron por liquidar lo que quedaba de la vieja guardia bolchevique. La sociedad mientras tanto había experimentado transformaciones fundamentales. Las tendencias igualitarias que una y otra vez agitaron al proletariado soviético en las primeros años habían sido aplastadas y los sindicatos transformados en un aparato más de la burocracia, mientras las fábricas se ponían bajo el mando de administradores (muchas de ellos provenientes del antiguo régimen) que desplazaban a los directores obreros y estimulaban el trabajo a destajo y la diferenciación salarial.

 En el inicio de la década del 30 el régimen soviética presentaba una apariencia desconocida. Una formidable aplanadora estatal había nivelado hasta cierto punta el terreno social en al campo, liquidando a buena parte del campesinado rico e introduciendo a la fuerza las capas medias y bajos en koljós, grandes granjas que primero tuvieron una estructura comunal (sus integrantes cobraban salario) y luego cooperativa (el salario fue reemplazado par el reparto de ganancias y existía posesión individual sobre pequeñas parcelas). En las ciudades las transformaciones exhibieron la misma escala monumental. Un proceso de acumulación acelerada y de proletarización forzosa echó los fundamentos de la gran industria, mientras una planificación cada vez más centralizada definía la marcha de los planes quinquenales. Bajo estas condiciones el crecimiento de las fuerzas productivas resultó prodigioso, al punto de que hacia fines de la década del 30 los registros de producción de la industria y la minería soviética ya estaban próximos a los de las economías más avanzadas de Europa, mientras que las cosechas de trigo superaban en 30 ó 40 millones de toneladas el volumen alcanzado bajo el régimen de cultivo individual.

¿Avanzaba ahora sí, decididamente hacia el socialismo el régimen de transición surgido de la Revolución de Octubre? Al fin y al cabo las deformaciones burocráticas que presionaban sobre el sistema soviético habían sido consideradas por la mayor parte de los dirigentes bolcheviques como el producto del atraso material y cultural de la sociedad prerrevolucionaria. Un gigantesco salto hacia adelante de las fuerzas productivas debía por lógica crear las condiciones objetivas para una modificación profunda en el sistema de relaciones de producción, que era el eje en torno al que giraba el orden social. No fue así sin embargo. La correspondencia entre el nivel de la producción material y las relaciones sociales no se establece a través de un encadenamiento mecánico y en realidad, bajo las condiciones del régimen soviético de la década del 30, en el cual las corrientes revolucionarias habían sido aplastadas o se habían asimilado al nuevo orden, mientras una ola de reacción se abatía sobre la clase obrera europea, el sostenido crecimiento de las fuerzas de producción favoreció el enraizamiento de una estructura de relaciones sociales, que si bien se diferenciaban de las que imperaban en el antigua régimen, no podían ser consideradas por su contenido como próximas al socialismo.

¿Propiedad estatal: socialismo?

En efecto, el giro que hacia fines de 1929 imprimió Stalin a la política del Estado soviético consolidó las conquistas fundamentales de lo revolución en materia de nacionalización y colectivización de las medios de producción y al mismo tiempo creó las condiciones, mediante el impulso a la gran industria, para un importante desarrollo de las fuerzas de la clase trabajadora. Sin embargo ni la nacionalización ni la propiedad estatal de los medios de producción constituyen de por si el socialismo. Detrás de los cambios en los formas de propiedad, subsistía una trama de relaciones de producción asentadas en una rígida división social del trabajo, en la cual roles habituales en el orden burgués eran asumidos por nuevas figuras de la estratificación social.

 El alto funcionario, el director de empresa, el especialista y el jerarca del partido, se convirtieron en los protagonistas privilegiados de crecientes diferencias sociales, que si bien no llegaban a cristalizar en una nueva clase dirigente, si otorgaban a la burocracia gobernante una autonomía que excedía en mucho su ubicación como simple capa administradora de un Estado obrero. Se ha dicho una y otra ves que la inexistencia de mecanismos capitalistas de reparto de la plusvalía y ausencia del derecho de herencia que consolidase la propiedad de los enriquecidos funcionarios, han impedido la transformación de esa burocracia en una nueva burguesía al estilo Occidental. Sin embargo el contenido burgués de muchas de las relaciones que el grupo dirigente ha establecido con las más amplias masas es indudable. La persistencia de categorías tales como la mercancía, la tasa de ganancia y el salario no son, luego de más de siete décadas, simples supervivencias ideológicas del viejo orden.

En las fábricas los obreros siguen siendo productores de plusvalía tan enfrentados con los medios de producción y con el resultado de su trabajo, como en cualquier empresa capitalista. Esa rígida división social del trabajo está indicando que a la sombra del nuevo régimen de propiedad pública que instauró la revolución bolchevique, el contenido de las viejas relaciones de producción no desapareció totalmente sino que adquirió un nuevo aspecto.

Ese contenido es el que ahora ha entrado en conflicto con las formas jurídicas de la propiedad. Para los marxistas el carácter transitorio y el destino definitivo del sistema soviético siempre dependió del desenlace de la contradicción establecida entre la propiedad nacionalizada de los medios de producción y la naturaleza burguesa de las normas de distribución de la riqueza. Estaba fuera de duda que todo avance histórico que registrase esa sociedad guardaría correspondencia con el desenvolvimiento de las formas socializadas en el proceso de la producción y con la abolición de la desigualdad en la distribución. Curiosamente, buena parte de la actual burocracia dirigente ha llegado a similar conclusión, sólo que en sentido inverso, y ha salido a librar batalla para desmontar la estructura fundamental que define el carácter específico del orden soviético: lo propiedad estatal de los medios de producción, particularmente de la Rama I, centro de la industria pesada y de la fabricación de maquinaria y equipos. Por esa vía se dirige rectamente hacia la restauración capitalista. Sin embargo ha encontrada en su camino un obstáculo inquietante: la resistencia de los grandes masas trabajadoras, que hartas de décadas de autocracia y explotación no parecen dispuestas a cambiar la opresión de la burocracia por el yugo del capital.

 
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