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El derrumbe de los estados socialistas de Europa oriental y la crisis en la URSS han echado por tierra varios de los conceptos sobre la mecánica interna de los procesos de transición revolucionaria. El hecho de que la perspectiva del socialismo se planteara en los países periféricos (y no en el centro), enfrentó al marxismo al mayor de los desafíos. Hoy buena parte de la obra original de los grandes jefes revolucionarios del siglo XX ha desaparecido. Sin embargo la necesidad de trascender los límites del orden social capitalista, basado en la explotación y la alienación, que ha condenado a la miseria y la expoliación a la mayor parte de la humanidad, está tan presente como siempre. También estén presentes con especial vigencia las lecciones sobre los orígenes teóricos de las derrotas y los fracasos. Conviene tenerlas en cuenta.
Artículo aparecido en Socialismo Latinoaméricano, Año I, Nº 13, de diciembre de 1990. Publicación del Círculo de la Patria Grande.
Facsimil de la página 2, del número Nº 13 de Pregón del Socialismo Latinoaméricano de diciembre de 1990
I. Lo que no hay de socialista en la URSS (desigualdad muy amplia, privilegios de la burocracia, ausencia de autodeterminación de los productores, etc.) representa un producto del pasado y es consecuencia del cerco capitalista. En modo alguno puede considerárselo como el embrión de una nueva sociedad.
El teórico trostkista Ernest Mande (III Tomo del “Tratado de Economía Marxista”) es el responsable de esta proposición. El trabajo de Mandel fue escrito a comienzos de la década del 60, cuando una formación social que se correspondía cada vez menos a tendencias de desenvolvimiento socialista, estaba plenamente configurada en la URSS. En todo caso la creciente desigualdad social, el carácter privilegiado do la burocracia y la liquidación paulatina de las formas de la democracia proletaria coincidió con las condiciones desfavorables por las que tuvo que atravesar la Revolución de Octubre en la década del 20, luego de la guerra civil, de cara a la presión imperialista y en medio de un atraso histórico que en muchos aspectos revestía un carácter precapitalista. Sin embargo, la “segunda revolución” iniciada por Stalin a fines de los años 20 a través de la industrialización acelerada y la colectivización forzosa, consolidó un sistema de relaciones sociales que ya no podía considerarse como una simple desfiguración del socialismo, resabio de condiciones objetivas y subjetivas en proceso de superación. Más bien por entonces se estaba en presencia de una nueva formación social, en la que convivían formas fragmentarias de un modo de producción capitalista (pequeña propiedad campesina, producción simple de mercancías) que de una u otra forma perduraba, y componentes de un modo de producción de tipo colectivista (sin socialización de los medios de producción), basado en la nacionalización de las ramas fundamentales do la producción y el comercio, la banca y el transporte. Y si bien durante todo un período la burocracia mantuvo unido su interés de capa diferenciada al sostenimiento del orden colectivo, en modo alguno su defensa de la propiedad estatal representó un avance en los objetivos socialistas. Sus intereses se habían independizado a tal punto que ya no constituían una simple deformación, sino que eran la expresión social de una determinada forma de reproducción de las condiciones materiales.
II. La burocracia de los llamados Estados obreros reviste un carácter históricamente necesario.
El derrumbe de las regímenes de Europa oriental, seguido de un proceso de reconversión capitalista que incluye a la propia URSS, han probado la índole errónea de esta tesis sostenida por Rudolf Bahro en “La Alternativa”. Según este marxista del este alemán, el Estado que se configura en los países atrasados que inician un proceso de industrialización, sólo puede ser un Estado burocrático. Sostiene este punto de vista a partir de la conclusión de que la enajenación que experimenta la clase obrera bajo el capitalismo la inhibe de comprender su misión histórica universal y en consecuencia apenas puede alcanzar la conciencia de un antagonismo económico con la burguesía. En todo caso el desplazamiento es inevitable y se produce durane la propia revolución, como ocurrió en el curso de la experiencia soviética en favor de los intelectuales revolucionarios.
Por los resultados de siete décadas de “socialismo real”, si la burocracia representa alguna necesidad histórica, ésta no es por cierto la necesidad del socialismo. En realidad la hegemonía de una capa social cada vez más diferenciada, con una marcada tendencia a desarrollar una rígida división del trabajo, es la consecuencia de una estructura de relaciones sociales de producción que bajo un aspecto socializante mantuvo una parte sustancial de su anterior contenido capitalista. En más de un sentido esa burocracia dominante, integrada en buena medida por cuadros de las antiguas clases gobernantes, cumplió roles semejantes a los de la burguesía occidental hasta que, por fin, el colapso de un régimen basado en la nacionalización de las principales fuentes de producción la comercialización y el transporte comenzaron a convertirse en una traba para la tendencia de acumulación del capital.
III. El desarrollo acelerado de las fuerzas productivas, en especial la construcción de la industria pesada y de la rama productora de maquinaria y equipos, crea las condiciones del socialismo, es decir, de la transformación de las relaciones sociales.
Stalin fue quien más decididamente formuló este punto de vista hacia fines de la década del 20, cuando se aprestaba a lanzar el programa de colectivización forzosa. Por entonces estaba seguro de que la incorporación de maquinaria en gran escala y un nuevo tipo de organización quebraría la psicología individualista del campesinado. Se trata de la concepción de “la revolución por arriba” que distingue, al Estado como fuerza principal de la edificación socialista. Stalin era por entonces jefe de una burocracia en ascenso, que apelaba a medidas de tipo socializante para consolidar un régimen económico y social que la tenía por protagonista privilegiada. En consecuencia, no tuvo nada de extraño el hecho de que fuera el organizador de los Procesos de Moscú quien en 1939 revisara explícitamente la concepción marxista acerca de la extinción del Estado.
Fuera de esto, el planteo encuentra cierto arraigo en un matiz de la ideología bolchevique inclinada a considerar la perspectiva del desarrollo de las fuerzas productivas a partir de los aparatos económicos del Estado, como punto de arranque de una transformación social. Hay pasajes en “El Estado y la Revolución” de Lenin, que otorgan preeminencia a ese desenvolvimiento, e incluso en la primera formulación de la NEP, orientada hacia una expansión del capitalismo de Estado. Sin embargo fue el propio Lenin el que más tarde retomó la perspectiva del cambio en la base misma de la relación social como principio revolucionario, y el que reactualizó posiciones de Marx y Engels posteriores a 1850 que señalan el curso de socialización como el rumbo principal de la lucha de clases tras la victoria de los trabajadores.
Precisamente Mao tuvo en cuenta el mismo problema al impulsar a fines de 1958 la transformación de la sociedad china, basándose en la construcción de las fallidas comunas populares. Los errores cometidos en este proceso de construcción así como la imposibilidad de afianzar los cambios en las relaciones sociales por la vía del control obrero en los albores de la Revolución de Octubre, no han dado para nada la razón a quienes sostienen la necesidad de una etapa diferenciada de “acumulación socialista primitiva”, semejante a la que creó las condiciones históricas para la irrupción del modo de producción capitalista en les siglos XVI, XVII y XVIII. En realidad esa forma de acumulación acentuó rasgos característicos del capitalismo tales como la transfarmación del trabajo en valor y la mercantilización de la fuerza de trabajo, y otros específicos como la fusión de los sindicatos en la estructura estatal y el proceso de centralización administrativa que vació de contenido a los organismos de masas en el plano político y en el terreno económico elevó a un papel dominante a los gerentes y los especialistas en detrimento de los comités de fábrica.
IV. La formación del mercado constituye una transición en el camino de la disolución del “estatismo” primera etapa que asume la apropiación por parte de la sociedad de los medios de producción.
La tesis corresponde a los yugoslavos. Por ejemplo, para Mijalk Todorovic (“Veinte años de autogestión obrera”) la desestatización y el desenvolvimiento de relaciones de autogestión son producto de un doble proceso. Por una parte se trata de liberar las leyes de mercado y “otras leyes económico-sociales objetivas” para hacer frente a los lazos burocráticos. Por la otra, resulta fundamental la asociación da los autogestores y la integración de las asociaciones. Entre ambos desenvolvimientos debía mediar el principio de planificación. Pero la experiencia yugoeslava demostró que si el mercado se reveló capaz de minar la estructura estatista, el resultado no fue una profundización de la autogestión. Si bien es cierto que la existencia del marcado en un régimen de transición es la manifastación objetiva de relaciones económicas fundadas en la vigencia del valor fijado en los productos del trabajo, y en este sentido expresa un determinado grado de desarrollo de las fuerzas productivas, no es menos cierto que el desenvolvimiento de las categorías mercantiles no constituye simplemente el reflejo en el plano de los conceptos de un estado de cosas ya superado: es la evidencia de que determinadas relaciones sociales de producción, afianzadas en la división del trabajo, persisten o ganan terreno bajo una forma estatal colectiva de propiedad.
Este tendencia no se neutraliza simplemente apelando al plan o contraponiendo el principio de planificación a la ley del valor. El plan, basado en las categorías de un modo de producción anterior, mantiene buena parte del contenido, aunque no la forma, de las antiguas relaciones de producción y termina cristalizando en los marcos de hierro del régimen burocrático. En definitiva, la irracionalidad y el despilfarro de este tipo de planificación provocan a la larga el colapso general de todo el sistema y la configuración de poderosas fuerzas políticas que emergen como portadoras de los cambios que se han ido dando en el fondo de la sociedad, como está a la vista en la URSS y en Europa del Este.
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