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    <title>Izquierda Nacional • Documentos</title>
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    <dc:language>es</dc:language>
    <dc:creator>jaramos@izquierdanacional.org</dc:creator>
    <dc:rights>Copyright 2012</dc:rights>
    <dc:date>2012-05-03T02:51:50+00:00</dc:date>
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      <title>La lucha política en un país semi&#45;colonial</title>
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      <author>Jorge Abelardo Ramos</author> 
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      <description>Después del 16 de junio
Golpe de timón hacia la izquierda
El ocaso del nacionalismo oligárquico
La ideología socialista en la revolución nacional
Un 17 de octubre sin masas
El radicalismo petrificado
El nacionalismo agrario en la tormenta
Sobre la revolución peruana y su repercusión en el Ejército Argentino
¿Quién es el enemigo inmediato?
Balbín o la agonía del radicalismo
Perón y el socialismo
Rasputinismo y pequeña burguesía
Entre Cámpora y Perón
Las tendencias juveniles del peronismo</description>
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      <title>El marxismo de Indias</title>
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      <author>Jorge Abelardo Ramos</author> 
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      <description>Advertencia

El presente volumen persigue el propósito de facilitar al público hispanoamericano el conocimiento de la corriente de ideas conocida en la Argentina, Bolivia y otros países latinoamericanos bajo el nombre de Izquierda Nacional.

Por esa razón se han escogido textos relativos al papel del Ejército en los países semicoloniales, a la crítica marxista de la cultura dependiente, a la revisión socialista de la historia argentina y latinoamericana, en fin, a la malformación histórica de las «izquierdas coloniales» y de las derechas oligárquicas, sin excluir, en suma, tanto una indagación crítica de la historia cubana, del «marxismo de Estado», cuanto un análisis de los teorizantes de la guerrilla.

Se ha puesto de moda en los últimos años, en amplios círculos intelectuales de «avanzada» europeos, simpatizar con la América bolivariana en rebelión. Pero como en lejanos tiempos, se ignora (o se desdeña) el hecho de que ya existe en América latina un pensamiento marxista que pugna para que la revolución logre victorias antes que mártires. Tales círculos europeos, que ejercen acusada influencia en los medios análogos de las capitales latinoamericanas, prefieren, en unos casos, identificar a Europa con Hispanoamérica en cuanto a la conceptualización de sus tareas revolucionarias; otros se inclinan a ver a América latina en estado de naturaleza antes que como nación en actividad histórica. En este último caso más les seducen las armas que las ideas que podrían conducirlas. Se percibe en esta predilección (como en la primera) a los vástagos de Rousseau, Hegel y Buffon. La simpatía paternal por el «buen salvaje» no ha hecho sino cambiar de ropaje. Este libro se dirige justamente contra la desproporcionada europeización del marxismo en América latina. Nos proponemos quebrar la dependencia colonial no sólo en punto al petróleo, a las bananas, el cobre o las finanzas, sino ante todo en relación con la fraseología revolucionaria copiada de Europa y que entre nosotros ha perdido toda sustancia en tanto obstaculiza el conocimiento específico de la realidad latinoamericana. Al decir «Europa» incluimos, por supuesto, a los nuevos portugueses del Oriente, que a través de Europa importan a la América ibérica las novedades de China, Rusia y otros ultramarinos del siglo XX. Esta dependencia, a pesar de su atractivo color, sostiene a la otra. Aspiramos a que concluya de una vez el marxismo de Indias.

Jorge Abelardo Ramos
Buenos Aires, mayo de 1972.

Índice

— Advertencia
— La formación histórica de la izquierda y el peronismo
— Derechas e Izquierda en la Argentina Oligárquica
— Marxismo para latinoamericanos
— La tragedia de bolivia
— Martín Fierro y los bizantinos
— Trotski: “Literatura y Revolución”
— El Ejército en las semicolonias
— Bolivarismo y marxismo

Descargar libro en versión pdf</description>
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      <dc:date>2012-04-24T00:58:37+00:00</dc:date>
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      <title>Peronismo y Bonapartismo</title>
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      <author>Osvaldo Calello</author> 
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      <description>Prólogo

En las vísperas del golpe de estado del 4 de junio de 1943 se crearon las condiciones de un período de inestabilidad política que, a través de distintas fases y con diversos grados de intensidad, se prolongó basta octubre de 1945. En aquellos años se desenvolvió una transición entre las formas agotadas de la democracia fraudulenta, bajo las cuales se enmascaró el poder oligárquico durante la “década infame”, y la irrupción de un régimen de base popular, construido en torno a una estructura que, por su singular equilibrio interno, bien puede ser considerada de tipo bonapartista. Justamente un siglo antes, Carlos Marx había sido el primero en hacer alusión a este tipo de fenómenos históricos, producto de una especial paridad de fuerzas, al estudiar la etapa que media entre la revolución francesa de febrero de 1848 y el golpe de estado de Luis Napoleón de diciembre de 1851. Con singular perspicacia el revolucionario alemán describió una situación de crisis general, en la cual el antagonismo de perspectiva catastrófica entre el proletariado y la burguesía, había dado lugar a la aparición de una jefatura en cierto modo arbitral, cuyo papel fundamental era el de reorganizar compulsivamente al bloque tradicional, debilitado por el fraccionamiento de las clases dominantes y por la escisión ente la clase y sus expresiones políticas. Marx destacaba en ese entonces el juego independiente que adquiría bajo esas circunstancias el aparato del Estado y su influyente burocracia. Sin embargo, el fundador de la Internacional distinguía muy bien el bonapartismo reaccionario que encarnaban Luis Bonaparte o Bismarck, del que habían llegado a expresar a consecuencia de reagrupamientos sociales de naturaleza progresiva, Julio César o Napoleón I. Posteriormente Antonio Gramsci advertirla sobre el carácter polémico&#45;ideológico de la fórmula en cuestión y en consecuencia, sobre la necesidad de examinar cada situación a través de su trama histórica concreta. Para el brillante marxista italiano, el ciclo posible del bonapartismo como mediación entre fuerzas progresivas estaba concluido, y por lo tanto su reaparición en el curso de la lucha entre clases inconciliables, no haría más que agudizar el enfrentamiento.

Pero si en el siglo XX, interpuesta en el campo del antagonismo fundamental entre el proletariado y la burguesía metropolitanos, la solución providencial resultaba francamente reaccionaria, en los países atrasados y dependientes, en los cuales el equilibrio interno había sido alterado por la penetración imperialista, el bonapartismo podía todavía llegar a ser la expresión de una serie de clases sociales empeñadas en el desenvolvimiento de las tareas nacionales y democráticas. León Trotski había observado tal propensión en las jefaturas de ciertos movimientos nacional burgueses de América Latina, particularmente en México de la segunda parte de los años 30’ bajo el gobierno del general Lázaro Cárdenas, cuya naturaleza arbitral se imponía sobre la debilidad de la burguesía nativa y la inmadurez de las masas recientemente proletarizadas, a las que atraía por sus consignas populares y antiimperialistas y sobre las que ejercía un estricto control.

Precisamente en Argentina, el período que se extiende entre principios de 1943 y fines de 1945, exhibe los rasgos característicos de las situaciones en cuyo seno se gestan las soluciones bonapartistas. En ese lapso, que prácticamente abarca la historia del régimen del 4 de junio, los acontecimientos probaron la existencia de una crisis de hegemonía dentro del viejo bloque dominante, que tras la muerte del general Agustín P. Justo carecía de una jefatura capaz de reorganizar en sentido amplio todas sus fuerzas, y de una quiebra de representatividad por parte de los partidos populares, asimilados de una u otra forma al sistema oligárquico. La vieja clase dirigente se había dividido entre conservadores y liberales, y estos últimos, en minoría en el gobierno de Castillo, no contaban con apoyo de la burocracia del estado ni con suficiente influencia en las fuerzas armadas, como para intentar una recomposición del bloque por arriba. A su vez el radicalismo, agotado su contenido original, derivaba en la degradación alvearista y, finalmente, socialistas y comunistas, cada vez más alejados de las grandes masas de reciente proletarización, se erigían en el ala izquierda del frente tradicional.

Simultánea a la crisis de hegemonía y a esa pérdida de representatividad del régimen en su conjunto, el capitalismo que se desarrolló a la sombra de la bancarrota del 29’ y de la guerra mundial, creó nuevas necesidades cuya satisfacción entraba en colisión con el clásico programa librecambista. El nacionalismo militar del 4 de junio constituyó la primera manifestación de esa necesidad, pero ni los hombres del GOU ni la burguesía nacional, tenían capacidad para quebrar el equilibrio inestable que se estableció tras el golpe militar. Por lo tanto la crisis de poder que estalló en octubre de 1945 resolvió de modo original el dilema. Ya que el bloque tradicional no podía seguir ejerciendo la jefatura de la nación, y ni los burgueses nativos ni su expresión subrogante, el nacionalismo uniformado, estaban en condiciones de establecer los principios de su propia hegemonía, la solución a la crisis habría de adquirir un carácter bonapartista. Bajo estas circunstancias, la conducción de Perón encerró un doble significado. De una parte resultó ser la fórmula inevitable de un movimiento signado por la contradicción entre el carácter proletario de su base y el contenido burgués de su programa y, de la otra, fue la consecuencia de un equilibrio, dentro del cual las fuerzas progresivas avanzaron hasta cierto punto, pero dejaron intactas las bases sociales del orden oligárquico&#45;burgués. Precisamente esa particular correlación política y social fue la que fijó en buena medida la progresividad y los limites del peronismo en el poder y el papel de su jefe, cuyas respectivas historias están altamente condicionadas por el período preparatorio que culmina el 17 de octubre de 1945.</description>
      <dc:subject>Libros</dc:subject>
      <dc:date>2012-04-23T04:55:47+00:00</dc:date>
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      <title>La mujer, en la casa, reproduce la fuerza de trabajo sin cobrar salario</title>
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      <author>Administrador</author> 
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      <description>Importantes estudios antropológicos, sociológicos y económicos dan cuenta de que la familia fue durante largo tiempo la unidad de producción y consumo donde se cumplían funciones sociales que abarcaban las actividades del ser humano desde el nacimiento hasta la muerte.

Este artículo está referido a la situación de la mujer a partir de la revolución industrial, que se desarrolla entre los siglos XVIII y XIX a raíz de las invenciones mecánicas (máquina a vapor) que afecta especialmente a la industria textil, cuya característica fundamental fue la sustitución de la industria doméstica por la gran fábrica y las consecuencias sociales y económicas derivadas de este hecho.

Con la salida del hombre de la casa y su incorporación a la industria sobreviene la ruptura de la familia como “unidad” integrada desde el punto de vista económico. A la salida del esposo seguirá la de la esposa y la de los hijos. Conviene señalar que la estructura familiar no se recompone súbitamente si ambos buscan su sostén económico fuera de la casa. Y no se recompone puesto que la mujer y “su función” dentro del hogar no logran ser fácilmente sustituidos. Desaparece la esposa como socio productivo, maniatada en un laberinto de responsabilidades “propias de su sexo” según lo define la superestructura cultural.

En la sociedad nueva la mujer se ve obligada a asumir dos dilemas: su incorporación al mercado de trabajo y su no reemplazo dentro de la estructura familiar. “Los roles de la mujer han sido ampliados antes que redefinidos”, dice S. Firestone.

La mujer es una prisionera del sistema del hogar, productora sin embargo de “bienes de uso” que busca y produce afuera “bienes de consumo” por un salario mejor. Vale decir que duplica su fuerza por un salario menor y un no&#45;salario. Sin embargo, esta misma compensación que la liga a la vida productiva de la nueva sociedad tiene su aspecto positivo: un atisbo de libertad económica nada desdeñable.

Es dentro de esta “nueva sociedad” que la mujer debe encontrar su nueva identidad. Como muy bien lo señala Betty Fridmann: “Es la necesidad de una nueva identidad la que hizo emprender a las mujeres hace un siglo este apasionado, vilipendiado e incomprendido viaje fuera del hogar”.

Cuando se rompe la unidad de producción que es el núcleo familiar, la mujer queda sola dentro del hogar donde es la única encargada de reproducir la fuerza de trabajo. Sola y sin salario. Pues la “reproducción de la fuerza de trabajo” no se contabiliza en la sociedad capitalista.

Vemos así cómo en los comienzos de la revolución industrial alborea un conflicto económico social que a dos siglos largos está sin resolver.

Con todo, conviene señalar que este esfuerzo que se requiere de la mujer coadyuva al logro de una cierta independencia que posibilita su desarrollo como persona capacitada y creadora. Muchas otras sendas  intrincadas la esperan. Hay que tener en cuenta que ni bien ha transpuesto el umbral, encuentra robustecida y creciente una sociedad patriarcal.

Ya en este siglo las catástrofes de la guerra la buscarán como sustituta y mano de obra barata. Con el regreso de los hombres dará un paso atrás, volverá hacia “adentro” donde indudablemente la aguardan “empresas sagradas”.

En los albores del capitalismo el hombre se define como productor de mercancías tanto como poseedor de la propiedad privada de los medios de producción cuanto como herramienta de esos medios a través de la venta de su fuerza de trabajo. La mujer expulsada del universo económico cumple una función económica fundamental (no reconocida) a través de las materias primas que ella transforma en “valores de uso”. Sobrelleva la carga de la alimentación, el vestido, la crianza de los hijos, el cuidado de los enfermos y el mantenimiento de la casa. Ningún capital puede acumular.

La reproducción económica se produce en dos niveles que corresponden a la división del trabajo que venimos señalando. La importancia de la actividad económica que realizan las mujeres es inmensa… inmensa e impaga.

Rota la unidad de producción, la familia monogámica sufre —como si nada fuera&#45; una clara y contundente fijación de roles, que viene en parte de la división del trabajo para uno y otro sexo. Esta división de roles apuntala y consolida una segregación de la mujer en este sentido: mientras el trabajo del hombre se corporiza en objetos y mercancías para entrar en la esfera del intercambio, la mitas del trabajo del a mujer, o sea el que realiza dentro y para el núcleo familiar, es un trabajo invisible e incorpóreo que se desvanece sin reconocimiento económico dentro del hogar.

Hay un desencuentro de la pareja inicial que sin embargo no varía su propuesta de compartir la vida en ese marco de referencia que es la familia.&amp;nbsp; Un miembro y otro de la pareja cumplen ahora roles tan diferenciados, que se puede decir que uno queda “adentro” de ese marco referencial y el otro —el que ha ganado el mercado de trabajo— lo ha ganado  afuera.

Para profundizar en este tema de la división del trabajo tendremos por un lado que bucear en la economía, y por otro que investigar en las profundas aguas del la religión, la cultura, la educación, las leyes; y los condicionantes sociales. Por el momento vemos a la mujer sufrir el peso de esas condicionantes y sucumbir una y otra vez asfixiada en el romanticismo, escamoteado el desarrollo de su personalidad en el desenvolvimiento de un rol.

Es  hora de preguntarnos: ¿Qué ha traído de bueno la revolución industrial para las mujeres?

Abre la posibilidad de la incorporación de ellas al mundo del trabajo.

Se crea, pese a todas las condicionantes a las que hemos hecho referencia, un proletariado femenino.

Comienza a aparecer el reto de la doble jornada de trabajo que las mujeres aceptamos al no modificar la función dentro de la estructura familiar,.

Se abre un proceso en el que las mujeres deberemos luchar para ganar.

Todo un sistema económico, político, cultural e ideológico debe ser transformado. La revolución comienza allí.

El ya visible esfuerzo que los hombres de este siglo hacen por compartir la problemática aquí planteada alienta la esperanza de transformar este pinto que es primordial. Compartir la crianza de los hijos y las tareas del hogar, como así también aceptar el hecho de que la mujer está explotada por un sistema injusto, y que este sistema que la utiliza como reproductora lo hace también al imponerle —por el trabajo no reconocido que ella realiza en el hogar— una doble carga que la pareja deberá compartir.

¿Llegará entonces otra forma de unidad familiar más acorde con el armónico desarrollo de los seres humanos?</description>
      <dc:subject>Feminismo Socialista</dc:subject>
      <dc:date>1981-05-01T03:00:38+00:00</dc:date>
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    <item>
      <title>Por un programa de acción para la clase trabajadora</title>
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      <author>Administrador</author> 
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      <description>Pasemos ahora al diálogo que los secretarios generales de los tres sindicatos del azúcar tucumanos asistentes al plenario de Córdoba mantuvieron después con dirigentes de Sitrac y Sitram. Como se recordará, el compañero González, del Santa Rosa, mencionó la consigna de nacionalización aplicada a los ingenios, como ejemplo de consigna concretamente movilizadora, consigna&#45;puente entre las necesidades vividas por los trabajadores y el objetivo estratégico del gobierno obrero y popular. También señaló que el programa presentado por Sitrac Sitram carecía de consignas semejantes.
El asunto nos parece de capital importancia y merecedor de que lo examinemos en detalle. La simple “propaganda de una idea”, ni siquiera a la luz de los padecimientos lacerantes de la crisis, no nos acerca a la materialización de esa idea. No hay nada parecido a una “iluminación socialista” de las masas, a una “conversión” de las masas (en el sentido religioso del término) al socialismo, independientemente del hecho (indudable) de que la idea socialista está ganando y ganará a sectores crecientes de la clase trabajadora. Pero el nervio del problema no se cifra en “la idea” sino en el camino de su realización. Y esto en un doble sentido.

Los objetivos&#45;puente

El primero se resume en la pregunta “¿Quién le pone el cascabel al gato?”, abrupto final de la conocida fábula. El problema existe pero la moraleja es falsa. Una serie de acciones colectivas, de avances organizativos y políticos, de logros intermedios, batallas parciales y cambios en la relación de fuerzas colmarán el abismo aparente entre lo posible y lo históricamente necesario. Aunque todo ese movimiento no pueda “imaginarse” en sus particularidades, un verdadero programa debe contener, no sólo los grandes objetivos, los “objetivos finales” sino un esbozo de estos objetivos&#45;puente.

Pero el segundo sentido es más importante, todavía, pues nos dice que —desde el punto de vista de la conciencia colectiva, no de tales o cuales cabezas de individuos u grupos— la lucha por estos objetivos es la que lleva a descubrir el meollo de las grandes cuestiones y cómo ellas se resuelven, única y necesariamente, por la vía del poder obrero y popular hacia el socialismo.

En realidad, los dos sentidos son la misma cosa, pues se trata de dar nacimiento, no a la “convicción” de que “sería bueno” o que es “acertado” el socialismo sino que necesariamente, a la luz de un proceso de experiencia activa donde se han disipado las confusiones, ambigüedades o ilusiones bajo la prueba de los hechos, debemos abrazar el socialismo, insistimos, no como mera “convicción” sino como objetivo, y que ese objetivo es posible, gracias a que ya nos estábamos acercando a él.

El papel de las consignas&#45;puente o experiencia activa genera la conciencia colectiva del objeto, es el que ha ido creando las fuerzas prácticas para alcanzarlo (organización, peso social, tradiciones, combativa, relación de fuerzas, etcétera), bajo determinadas condiciones ofrecidas por el desarrollo histórico (situación internacional, crisis interna, quebrantamiento y aislamiento del bloque oligárquico, etcétera).

El papel de las consignas&#45;puente (u objetivos puente) consiste en dar respuesta a problemas inmediatamente percibidos y sometidos  por vastas capas oprimidas, de modo tal que las impulsen a actuar, o les faciliten el hacerlo, o les precisen lo que deben proponerse, o (mejor aún) les revelen lo que oscuramente buscaban; y que al hacerlo vayan ellas mismas descubriendo las salidas fundamentales y cubriendo las etapas de su logro, no como quien lee en un mapa y viaja “con la imaginación”, sino como quien abre una picada en la selva y termina orientándose por ese laberinto.

La consigna formulada por los compañeros tucumanos es un buen ejemplo y nos remite a la experiencia de CONASA, que recordaremos brevemente. Los ingenios de la Compañía Azucarera Tucumana, cuya hazañosa delincuencia económica es de pública notoriedad, fueron nacionalizados por Levingston como quien pesca en el aire una granada que le lanzan, no con el fin de atesorarla y volar despanzurrado, sino para arrojarla bien lejos al instante. El ex presidente, con loable instinto de conservación, quería evitar un estallido de imprevisibles consecuencias en el polvorín tucumano, y puesto que la banda de “legítimos propietarios” no podía seguir con los ingenios, el Estado se encargó provisoriamente de tenerlos abiertos. Por ley posterior se fijó término para su privatización.

Pero el Código Penal tiene sus peligros para el que busque ubicarse en la realidad, ya que divide al género humano en “honrados” y “delincuentes”, que serían la excepción. En nuestro caso, lo fundamental no es la delincuencia de la Compañía Azucarera Tucumana sino su “honradez”, no lo que tuvo de diferente, sino lo que tuvo de común con la burguesía azucarera del norte.

La oligarquía de los ingenios, a diferencia de la oligarquía ganadera bonaerense no extrajo sus formidables ingresos de un monopolio natural, el de las tierras más fértiles del mundo que le permitieron enriquecerse como millonarios ausentistas con mínimas inversiones. Extrajo sus ingresos de la tarifa aduanera que con el fin de lograr un cierto equilibrio interior le otorgó generosamente, a fines del siglo pasado, la propia oligarquía porteña.

Fuera de ello, las barones tucumanos del azúcar se comportaron exactamente como sus hermanos mayores del sur respecto a sus entradas: por descontado, este impuesto extraído por décadas al conjunto de los consumidores argentinos no libró a los trabajadores tucumanos del hambre y la tuberculosis; pero tampoco las ganancias fueron reinvertidas en tecnificar las explotaciones ni, mucho menos, en diversificar la agricultura tucumana e industrializar la provincia.

El dinero iba desde los consumidoras hacia Tucumán, se aposentaba brevemente en los bolsillos de la oligarquía azucarera y se evadía afuera dejando al “Jardín de la República” hecho un baldío populoso.

La crisis sobrevino al desarrollarse la competencia en otras provincias, pero sólo porque el parasitismo de la oligarquía tucumana la había hecho posible con su producción irracional y el monocultivo. En ésta, como en otras cosas, la “Revolución Argentina” trajo sus drásticos “remedios” que consistieron en dejar hundirse a la industria suprimiendo los subsidios. ¡Había que “equilibrar el presupuesto”! Con esto se castigo a los tucumanos, no a sus tradicionales explotadores, cuyas fortunas están afuera de la provincia donde fueron obtenidas, mucho más que adentro. Y como “de paso, cañazo”, no faltó el escándalo del ministro Salimei y Cia., usando sus influencias para comprar con monedas empresas quebradas mientras parloteaban el cuento del tío del “operativo Tucumán” y las “radicaciones”.

El aspecto delictivo de las operaciones de la CAT consistió en defraudar a trabajadores, cañeros independientes, proveedores, bancos y Gobierno, clavando a medio mundo mientras adquirían con esa plata empresas industriales, comerciales y agrícolas fuera de la provincia, a muy buen precio por otra parte, dada la crisis económica general. Llevó hasta el límite el viejo negociado de la oligarquía azucarera. Fue una exageración, no una excepción. Y esto es importante por lo que se va a ver ahora.

Al margen de la intención de Levingston, que en esto representaba el interés abstracto de las altas clases dominantes, la burocracia del Estado —como dice el ingeniero Alzogaray— creó sus propios fines “expansivos” respecto a los tres ingenios de la CAT transferidos a CONASA, es decir, sospechó que la flamante empresa pública podía cumplir una actividad permanente.

Pero fueron los sindicatos de obreros y empleados los que ahondaron el problema y un programa desde el punto de vista conjunto y complementario de los trabajadores y los intereses nacionales. Lo mas importante del programa, con ser ello muy importante, no es su racionalidad indiscutible, sino que logró un sorprendente efecto movilizado en las bases. O sea, lo más importante fue su representatividad, que a su vez se nutría, no de ilusiones sino de la dura experiencia de la gente. Pero eso mismo, porque sacaba a luz la lógica profunda y objetiva de la situación, este programa salido de la clase trabajadora tucumana, elaborado a partir de sus experiencias y necesidades, ofrecía puntos de confluencia otros sectores sociales (cañeros, industriales proveedores, sectores nacionales de la burocracia) y al conjunto de la población laboriosa tucumana. Es decir, por un lado, expresaba y movilizaba a los trabajadores del azúcar en situación de defender sus condiciones de vida a través de una defensa de sus fuentes de trabajo. Por el otro, con una consigna concreta e inmediata, proyectaba hacia las otras clases el germen vivo de un programa de frente nacional bajo la dirección del proletariado.

El planteo consistió en consolidar CONASA como empresa del Estado, con control obrero, y proyectarla en relación al conjunto de la economía azucarera y provincial tucumana. Es decir, en primer término, expropiar e incorporar a CONASA, todos los ingenios que no cumpliesen sus obligaciones cayendo en cesación de pagos. Nada más lógico pues, como se ha visto, la Compañía Azucarera Tucumana sólo había “exagerado” el mecanismo económico tradicional de toda la oligarquía dueña de ingenios.

En segundo lugar, dado que CONASA, en su presente dimensión, cubría un porcentaje apreciable de la cuota de azúcar tucumana, debía utilizársela como reguladora del mercado e instrumento de una política nacional del azúcar.

En tercer término, los sindicatos exigieron la reinversión masiva de las ganancias (invirtiendo así su tradicional desvío fuera de la provincia) con un doble propósito: reequipamiento y tecnificación, por un lado; diversificación agraria e industrial, por el otro.

Esto significa la transformación de CONASA, en un verdadero trust de Estado capaz de generar una acumulación dinámica y diversificadora de capital, transfiriendo así las soluciones —como tendencia— de los subsidios del Estado nacional a la recuperación y útil empleo de los excedentes del trabajo tucumano, haciendo de paso rentables los subsidios (que ahora tapan agujeros sin resolver los problemas). Así, la Compañía Azucarera del Estado tendería a convertirse en un instrumento de capitalización y transformación económica global, en un complejo productivo al modo del IRI italiano (ejemplo que naturalmente olvidan los que baten el parche del “milagro”).

En un sentido inmediato, este programa salía al cruce de la programada privatización, eventualmente en beneficio de inversores extranjeros o sátrapas “nativos” y, de hecho, la movilización obrera frenó los planes concertados.

También salía al paso de la burocracia, de FOTIA, partidaria de “cooperativizar” los ingenios, o sea, de arrojar sobre los trabajadores el fardo de un déficit heredado, separarlos de la solidaridad de clase y convertirlos en esclavos autoexprimidos de la propiedad privada… cooperativa.

La nacionalización de los ingenios a partir de su quiebra por el parasitismo oligárquico, no sólo para salvar fuentes de trabajo sino para crearlas, o sea, para recuperar e invertir los excedentes generados en la misma provincia, es una “medida burguesa consecuente”. En tal sentido, satisface de un modo racional “inmediato” al conjunto de las clases y sectores con exclusión de una pequeña minoría parásita: a los industriales proveedores y a los cañeros independientes, al asegurarles mercado y el pago de sus créditos; a los funcionarios no corrompidos, volcándolos en una actividad útil; al comercio e industria, locales, abriéndolas al mercado de consumo; al pueblo tucumano, deteniendo y revirtiendo el formidable éxodo, etcétera.

Pero, al mismo tiempo, como toda “medida burguesa consecuente” (más aún en una estructura semicolonial en crisis como la. Argentina), está más allá del alcance de “la burguesía”, del reaccionario sistema económico&#45;político de nuestras clases dominantes. En consecuencia, la lógica de la situación la vuelve, más que una “medida de gobierno”, un programa de acción. Por razones económicas, políticas, sociales y hasta culturales e ideológicas, la lucha por ese programa sólo puede encabezarla la clase trabajadora; ella puede asumirlo porque da respuesta a su problema vital inmediato, la fuente de trabajo, sin exigir más toma de conciencia que la dictada por la realidad cruda y directa. Formalmente ese programa no contradice el “orden constituido”; su justicia y racionalidad se imponen con evidencia de hierro. En consecuencia, da un objeto a la movilización y la estimula; atrae de su lado a sectores intermedios; aisla a la oligarquía azucarera; desenmascara de antemano la oposición que surja del Estado oligárquico.

En suma, la consigna de nacionalizar los ingenios quebrados no es un número más de un “programa de medidas”, expresión de deseos o promesa de futuro gobierno. Es una consigna de transición que no se limita a ofrecer una mera “solución inmediata” (tipo “cooperativizar”, o “incautación provisoria por el gobierno”), pero que formalmente no traspasa los límites del sistema; no obstante lo cual su defensa nos conduce colectivamente más allá de esos límites, sin aislarnos, aislando al enemigo, ya sea que éste se resista, ya sea que ceda parcialmente. En este último caso se habrá obtenido una conquista que levanta la moral combativa, mejora material y políticamente la posición de los trabajadores, los acerca a una experiencia de conducción económica y genera un precedente para toda la clase.

¿Cómo respondía a estos requerimientos el programa llevado al Plenario por Sitram&#45;Sitrac? ¿Cuáles eran sus “consignas&#45;puente”? En el ejemplo nacionalización, ¿cabe plantear la de las plantas de automotores? Continuaremos nuestro análisis en el próximo número.

SOLIDARIDAD CON FIAT 

La patronal de FIAT y el Estado persiguen un claro fin al obstruir provocativamente el convenio con ofertas irrisorias: desmoralizar y aislar a sectores de vanguardia, convencer que “la rebeldía no es negocio”. Es decir, a través del caso FIAT, atacan a toda la clase trabajadora. El Partido Socialista de la Izquierda Nacional considera que la solidaridad con los trabajadores de FIAT es un deber esencial de todas las organizaciones sindicales, especialmente cordobesas, y exige la concertación de paros, activos y otras acciones de solidaridad. Una derrota en FIAT sería una derrota de toda la clase trabajadora.</description>
      <dc:subject>Lucha Obrera</dc:subject>
      <dc:date>1971-07-01T03:00:00+00:00</dc:date>
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      <title>La nueva generación obrera</title>
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      <author>Administrador</author> 
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      <description>Al terminar el Plenario de sindicatos combativos realizado el 23 y 24 de mayo en Córdoba, un grupo de dirigentes tucumanos entrevistó a miembros de la dirección de Sitrac y Sitram, entre ellos al adjunto del primero de los sindicatos de FIAT. El diálogo fue sustancioso y merecedor de análisis.

Los visitantes eran los siguientes secretariados generales: Véliz, del Sindicato Obrero, y González, del de Empleados, del ingenio Santa Rosa; y López, del Sindicato Obrero del Ingenio La Esperanza. Los acompañaba el compañero Arroyo, delegado observador del Sindicato de Empleados Públicos de Tucumán.

Los compañeros Véliz, López y Gonzáñes, en nombre de sus sindicatos, habían presentado al plenario el programa de puntos que transcribimos en recuadro, que también mereció la adhesión de los compañeros Guillén (FOETRA), Aguirre (ATE de Rosario) y de la Intersindical de San Lorenzo. Además de este programa, que refleja el punto de vista de la corriente de izquierda nacional, fueron presentados el de las “62 Organizaciones, Córdoba”, Sitrac&#45;Sitram y MUCS.&amp;nbsp; En tanto el programa de los compañeros tucumanos mereció atención y aplausos, el del MUCS –una ensalada liberal&#45;codovillista– sólo cosechó rechiflas, y su expositor tuvo que abreviar su intransitable perorata.

Los acuerdos del plenario consultan el estado actual de la cuestión. Se resolvió estimular los contactos recíprocos, facultar a la CGT de Córdoba para convocar a un nuevo plenario y girar a las bases y organizaciones los diversos proyectos para su discusión.

Frente Único

Pasemos a la entrevista, realizada en el local de Sitrac&#45;Sitram. Los dueños no ocultaban su desagrado ante lo que juzgaban “una nueva maniobra disfrazada de combatividad del peronismo burgués” y anticipaban nuevos contactos para realizar un plenario “realmente combativo”. Sin duda el plenario de Córdoba había aclamado con unánime entusiasmo la moción exigiendo el retorno del general Perón, pero esto no puede considerarse una maniobra burocrática sino la expresión de una estado de espíritu abrumadoramente mayoritario.

En consecuencia, esa consigna es la forma concreta que asume en estos momentos la defensa de la “soberanía popular efectiva, sin fraudes ni proscripciones”, como dice el punto 14 del programa de los compañeros tucumanos, y obliga a todo militante consecuente, independientemente de su posición tendencial respecto del peronismo.

Es cierto que nada semejante al punto 14 de los compañeros tucumanos figura en el programa de Sitrac&#45;Sitram por razones que oportunamente explicaremos.

Este programa enumera, muy prolijamente, rubro por rubro, [rama por rama], industria por industria, un plan de nacionalizaciones con participación de los trabajadores en la dirección empresaria pública y privada. En el aspecto político propugna un “gran frente de liberación social y nacional” que aglutine “bajo la dirección de los trabajadores a todos los demás sectores oprimidos” [e instaure] “mediante la lucha popular y las movilizaciones de masas un gobierno popular revolucionario dirigido por la clase obrera” concretando la “revolución democrática, antimonopolista y antiimperialista en marcha continua hacia el socialismo”. Proclama su solidaridad con los pueblos del tercer mundo que luchan por su liberación pero nada dice de la unidad nacional&#45;revolucionaria de América Latina, ni de Cuba, Perú, Bolivia o Chile.

Uno de los visitantes, el compañero González, inició el diálogo [observando] que el “programa presentado por ustedes parece abstracto, no establece objetivos inmediatos capaces de estimular la lucha de vastos sectores obreros y elevarla, por la experiencia colectiva, hacia la comprensión de sus fines revolucionarios”. Los dueños de casa se sorprendieron un poco y admitieron que el programa era demasiado general y debían elaborarse puntos inmediatos de movilización.

En rigor, y prescindiendo por ahora de varios puntos y consignas objetables, el programa de Sitram&#45;Sitrac, parece avanzar de adelante hacia atrás, del fin hacia el principio, pues constituye un conjunto de realizaciones cuyo obrador natural es el “gobierno popular revolucionario dirigido por la clase obrera”. No es un programa para el triunfo de la revolución triunfante, sino más bien un programa de la revolución triunfante. Todos sus puntos re refieren a lo que hará el poder revolucionario. No hay puntos cuyo logro, partiendo de los actuales niveles de conciencia y organización, nos acerque a la conquista de ese poder.

Continuando en este orden de ideas mencionó el compañero a título de ejemplo, de qué modo los trabajadores de los ingenios de CONASA se movilizaron multitudinariamente en apoyo del plan sindical de nacionalización con control obrero de la industria y comercialización del azúcar, enfrentando a la burocracia de la FOTIA, partidaria de la “cooperativización” de los ingenios en dificultades y naturalmente, a la tendencia privatizadora del Estado oligárquico. “¿No tienen ustedes, preguntó González, una consigna semejante para las grandes plantas automotrices?”.

La respuesta fue muy vaga y desembocó en lo siguiente: “Ustedes saben que nosotros, aquí en la Fiat, tenemos gran dependencia con las plantas de Italia. Lo que aquí hacemos, fundamentalmente, es armar, y si se nacionaliza ahora no solucionamos nada pues seguiremos dependientes de los suministros italianos”.

El compañero Véliz, secretario del sindicato obrero del Santa Rosa, observó entonces que la nacionalización no puede fundarse en consideraciones tecnocráticas sino en política económica. Volveremos más adelante sobre esta cuestión central.

Antes de retirarse, los dirigentes tucumanos expresaron su sorpresa por el hecho de que Sitrac&#45;Sitram planteasen por un lado, la lucha masiva, mientras por el otro, hacían divisionismo en los hechos al no integrase en la CGT&#45;Córdoba, donde se puede discutir y actual como minoría consecuente.

“En algunos casos hay que saber [perder]”, respondieron los interpelados, [sin] aclarar con eso la cuestión, que es cuando se debe y cuándo no se debe romper. Si la unidad se condiciona a que las otras direcciones sean “verdaderamente revolucionarias”, estamos poniendo el carro delante de los caballos, nos aislamos sectariamente de la experiencia general de la lucha de un sector avanzado de la clase trabajadora, el proletariado cordobés. Sólo en el cauce de esa experiencia manteniendo allí la independencia crítica, se puede ayudar a que ella se profundice, afiance y depure. En el “abc” del frente único.

Quizás aquí sea oportuno introducir un paréntesis para referirnos a la “explicación” intentada por una tendencia estudiantil “pro&#45;china”, el TUPAC, en defensa de esa actitud de los dirigentes de Sitrac. Según estos “pro&#45;chinos” (de cuya paternidad Mao Tse Tung no es ciertamente responsable, sino Américo Ghioldi y Juan B. Justo, antiperonistas cipayos de la cabeza a los pies) la actitud de Sitrac es semejante a la de la CGT de los Argentinos, que “surge…, desde el seno de la CGT participacionista” para constituirse en “polo político antidictatorial de convocatoria para el conjunto de la clase obrera y demás sectores populares”.

Gorilas “prochinos”

Por supuesto, quienes entonces instaban a reunificar “a las dos CGT”, obraban como agentes objetivos de Vandor; pero es una mala comparación salvo que pensemos que la CGT de Azopardo y a la CGT de Córdoba son lo mismo que Atilio López y Tosco. Ciertamente, para el almirante Rojas son lo mismo, todos son que piensa Por las mismas razones de “una manga de peronistas”, que es lo gorilismo envenenado el Tupac, con la ventaja sobre Rojas de una cobertura ágil y eficiente: ¡el “marxismo”! Pero cierto que los dirigentes del Sitrac no siguen en esto a sus mortales “defensores”. 

Por otra parte tampoco ignoran que la CGT de los Argentinos no “surge” de una ruptura con la CGT Azopardo” ni “del seno de la CGT partipacionista”, denigración retrospectiva del movimiento sindical muy explicable en gorilas de frente peluda y pésima memoria. La CGT de los Argentinos surge del Congreso “Amado Olmos” de la CGT, mejor dicho, es la CGT, en su Congreso funcionando con quórum propio, que elige a Ongaro por mayoría y del cual se retiran los de Azopardo (ellos son los que rompen, no al revés), permaneciendo en sesión la mayoría de las delegaciones. Hay una pequeña diferencia, por lo visto,, y el ejemplo aplasta a sus sostenedores.

En efecto, si alguien, en 1968 (¡y vaya si los hubo, señores ultraizquierdistas!) sostenía que Ongaro eran tan “burgués” como Vandor, decía una imbecilidad o una infamia, pues aunque adjudiquemos inconsecuencias, limitaciones, lastres “burgueses” o lo que sea a Ongaro, es evidente que representaba una opción superadora, un nivel más elevado del movimiento real (y no de la teoría “pura” de los ideólogos). Sólo si uno se coloca en la “teoría pura” (o en el más impuro antiperonismo) Ongaro y Vandor son la misma cosa… ¡sindicalistas burgueses!

Marginarse ahora d ela CGT cordobesa no es lo mismo que “romper” con Azopardo en 1968, sino todo lo contrario. Marginarse ahora de la CGT cordobesa es decir que Tosco y López son igual que Rucci, representan la misma cosa. Es repetir la actitud de los sectarios que en 1968 sabotearon la CGT de los Argentinos en nombre de una política “verdaderamente” revolucionaria, arguyendo que entre Ongaro y Vandor no había diferencias sustanciales. ¡Refutando a los sectarios de 1968 los TUPAC demuestran… que hay que imitarles en 1971! Esto se llama una actitud seria y responsable ante las cuestiones políticas.

Un punto de partida

La CGT cordobesa, con ventaja respecto de la CGT de los Argentinos que no pudo salvarse de la desintegración, tiene a sus espaldas al proletariado de Córdoba, el 29 de mayo, un nivel de lucha conquistado que no es ciertamente el punto de llegada, ¡pero que es un nuevo punto de partida! Quienes aspiren realmente a avanzar hacia un nuevo punto de llegada no pueden hacerlo desconociendo el nuevo punto de partida, vale decir, la CGT Córdoba; quienes aspiren a superar a Atilio López y Tosco no pueden hacerlo desde afuera del frente único sindical, porque entonces la independencia crítica se transforma en su contrario, en divisionismo. Es lógico que los pequeños burgueses antiperonistas del TUPAC sostengan lo que sostienen y es ilógico que los compañeros de Sitrac y Sitram digan tan a destiempo que a veces hay que saber romper. Y es ilógico porque ellos representan una dinámica real de lucha que necesita enriquecer el movimiento general y enriquecerse en el movimiento general.

A nuestro juicio, el peligroso error táctico que tan oportunamente señalaron los compañeros tucumanos necesita ser explicado en causas, pues de otro modo podríamos caer en conclusiones simplistas, unilateralmente condenatorias.

Del gran ascenso sindical del 45 surgieron un grupo de organismo troncales, entre ellos la Unión Obrera Metalúrgica. Para introducir una cuña a favor, los monopolios imperialistas del automotor con plantas de armado en la Argentina impulsaron y obtuvieron el desglose sindical de SMATA logrando un convenio nacional para la industria. De cualquier modo el hecho es irreversible ante el ulterior desarrollo de la fabricación nacional de automotores, que da nuevo carácter a SMATA. Tan es así que la empresa FIAT, repitiendo la maniobra contra el sindicato de industria, consigue impedir la afiliación de sus personales y les impone sindicatos de empresa dirigidos por una burocracia patronal.

Las luchas victoriosas de 1969 , encabezas por la rama IKA del proletariado del automotor, producen un deshielo nacional a cuyo impulso el personal de las plantas de FIAT derriba a los agentes patronales y democratiza de abajo hacia arriba sus sindicatos, en un grado sin parangón con el resto del movimiento obrero, incluso cordobés. También en las luchas sociales se dan los fenómenos del desarrollo desigual y los últimos pasan a ser los primeros. Bastaría esto último para mirar hoy con desconfianza extrema cualquier planteo de unidad en SMATA, antes de haber resuelto el problema de la democratización orgánica de SMATA; o de unidad de la rama automotor en la UOM, en las mismas condiciones. Se trataría de una unidad policial y burocrática. “A veces hay que saber romper”.

Pero esta independencia no puede extenderse a una central regional de facto como la CGT cordobesa, porque adherir a ella no pone en cuestión la autonomía y plantea la unidad por su nivel actual más alto, por el más atrasado

(Continúa en el próximo número)</description>
      <dc:subject>Lucha Obrera</dc:subject>
      <dc:date>1971-06-15T03:00:00+00:00</dc:date>
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      <title>A un año del Gran Comienzo</title>
      <link>http://www.izquierdanacional.org/documentos/articulos/a_un_ano_del_gran_comienzo/</link>
      <author>Administrador</author> 
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      <description>Hace un año el país entero era sacudido por una ola de insurrección popular. Parecía como si el sistema, crujiendo en sus propias bases, anunciara su propio ocaso. Las clases dominantes, su prensa, el ejército, el mismo pueblo, fueron sorprendidos por hechos que aparentemente no denunciaban una casualidad clara. ¿Cómo era posible que una bala en la cabeza del estudiante Cabral desatara acontecimientos de tal magnitud? Esta pregunta, que para el miserable Borda constituía la base del problema, no fue tampoco rápidamente contestada por los propios protagonistas de la insurrección. En realidad la explicación imponía un análisis profundo de las causas también profundas que habrían determinado los hechos.
El ocaso de la restauración oligárquica

La contrarrevolució n del 55 había derrotado al movimiento nacional peronista luego de una década de ascenso general expresada en las conquistas económicas y sociales del pueblo argentino. La oligarquía en el poder intentará una restauración a todas luces dificultada por la crisis crónica del país y en una situación mundial más precaria para las fuerzas opresoras. La represión del movimiento obrero, la proscripción de las grandes mayorías populares, en fin, el fraude electoral, aparecían como la manifestación externa de una crisis que impedía siquiera que la ficción “democrática” jugara su rol apaciguador frente a la opinión generalizada del país. La historia reabría el escenario del drama y los viejos rostros del sistema oligárquico reaparecían blandiendo su cada vez más desprestigiado indumento. El camino hacia la restauración del régimen no era en verdad más que el camino hacia el abismo. Aramburu, Frondizi, Guido, Illia, son los mojones que marcan las etapas del inevitable desastre. Pero en este tránsito la clase media sufre en la misma proporción del deterioro general, imposibilitada ya de participar en la “democracia” del régimen en tanto las bases económicas que sustentaban la vieja alianza oligárquica&#45;pequeñ oburguesa se desmoronaba a ritmo acelerado.

Si la clave de la hegemonía oligárquica se había fundado en su dictadura económica, haciendo posible a su vez el “libre juego” de las instituciones para dar base popular a su política antinacional, era porque en el reparto de la renta las clases medias obtenían un porcentaje que aseguraba su papel de socias menores de la oligarquía. A partir del 55 esta alianza comienza a resquebrajarse. La desnacionalizació n de la industria, desmantelada por la penetración del imperialismo, no sólo esfuma las conquistas sociales y políticas de la clase obrera, sino todos los privilegios que el viejo régimen había podido otorgar a la clase media en los períodos dorados.

La “Revolución Libertadora” se profundiza

El 28 de junio de 1966 el ejército desmantela el sistema político del régimen. Lo hace como una fuerza ciega que actúa presionada por las necesidades objetivas que ya habían desplazado las posibilidades de su sobrevivencia. Los viejos partidos oligárquicos apenas si están capacitados para emitir imperceptibles quejidos, el peronismo no puede dar una alternativa de poder en tanto él mismo no constituye ya una opción para la nueva situación que se está gestando. El desconcierto de la vieja política abona el terreno en donde el Onganiato se autoestimula pensando que efectivamente había vuelto la calma al país y era posible construir sobre el “orden” la “grandeza argentina”. Su nacionalismo “apolítico” en pugna con el “liberalismo decadente” no era sin embargo otra cosa que el apoliticismo antinacional del nacionalismo militar, resucitado en condiciones favorables pero sumamente provisorias. Los reglamentos militares sustituían a la vida misma, ilusión común a los esbirros que la historia suele utilizar de cuando en cuando para cumplir sus fines. Detrás de este apoliticismo “eficiente” actúan los eficientísimos gerentes del imperialismo, cuyo rostro es tanto más duro cuanto más profunda es la crisis que corroe a la sociedad argentina. Este apoliticismo quiere decir: vía libre para la política de entrega y sometimiento.

Pero así como la historia sigue su curso para que en ella abreven los opresores de adentro y afuera, así también prepara el terreno en donde los oprimidos afilan su cuchilla justiciera.

El país revolucionario

Tres años bastaron para que el régimen mostrara su verdadero signo, sin las mediaciones del a espúrea política del fraude, sin que el propio sindicalismo peronista sospechara la magnitud de los acontecimientos que abrían una nueva etapa. Las tentativas heroicas de la ultraizquierda pequeñoburguesa expresadas en un abstracto insurreccionalismo, parecían juego de niños ante la marea obrero&#45;estudiantil y popular que protagonizan los hechos de Rosario y Córdoba. Las viejas fórmulas eran barridas por la fuerza incontenible de un proletariado maduro y consecuente con sus propias tradiciones de lucha junto a un estudiantado que efectivizaba en los hechos la cacareada consigna de la unidad obrero estudiantil. La realidad habló por sí sola y en Córdoba, epicentro del ensayo revolucionario, nacía la nueva e indestructible alianza. Esa alianza quedaba sintetizada en las consignas que la multitud levantaba como irrefutable verdad ante las tentativas sectarias que pretendieron encasillarlas. La “lucha por un gobierno obrero y popular” expresaba, a la vez que la superación del peronismo histórico, impotente ya para dar una política a la clase obrera, la superación del democratismo pequeñoburgués, válvula de escape de la política antinacional del régimen oligárquico que había logrado efectivizarse a través del antagonismo histórico entre la pequeña burguesía y el proletariado. El Cordobaza era la respuesta del país revolucionario por imponer un nuevo “estilo de vida” enfrentado al “tradicional estilo de vida” de la oligarquía y el imperialismo.

Revolución y Partido Revolucionario

Pero si Córdoba fue la síntesis, lo fue a condición de ser al mismo tiempo el comienzo del porvenir que se abre a su paso triunfante. La decisión de un paro de protesta que se transforma en una espontánea insurrección obrera y popular, muestra a la par que su invencible signo, su debilidad circunstancial. Al margen de los escepticismos librescos, del insustancial voluntarismo subjetivista o del, aunque heroico, insuficiente nihilismo pequeñoburgués, la historia muestra palmariamente cómo han de transitarse sus caminos si se pretende el logro victorioso de los objetivos revolucionarios.

El Partido Socialista de la Izquierda Nacional ha visto plenamente confirmadas sus pretensiones para ocupar el lugar que le corresponde en la búsqueda del camino más apto para la revolución. Su inflexible y sistemática lucha contra la mistificación de stalinistas, ultraizquierdistas, “peronistas” recién llegados y cipayos en general, le ha valido la injuria de quienes por su odio al movimiento nacional peronista se alistaron siempre en el bando de la contrarrevolució n. El tiempo nos ha dado la razón, mas esto no hace más que señalarnos el largo camino que aún queda por recorrer.

El arma más poderosa de la liberación la constituye el Partido Revolucionario; esa es la lección más trascendente del Cordobaza. Sin él, sin los instrumentos que el mismo pone a disposición de los oprimidos, sólo se opera en el vacío de un espontaneísmo en donde fructifican los agoreros, el oportunismo y el desconcierto. El partido, como necesidad, brota de las entrañas mismas del contexto sociohistórico en el que se proyecta. Por eso sus expresiones más visibles, el programa que se sintetiza en sus banderas, aparece como el resumen de la experiencia vivida de los protagonistas reales del proceso revolucionario. Pero muy lejos estaríamos de la propia realidad si pretendiéramos vestirnos con el ropaje de un abstracto “internacionalismo” pasando por alto las peculiaridades nacionales que hacen a la lucha por el socialismo a escala mundial. Ese “internacionalismo” se lo dejamos a los stalinistas, maestros de la política antiobrera.

Nuestras banderas son las del pueblo: independencia económica, justicia social, soberanía política; la alternativa, el Gobierno Obrero y Popular, no hace más que expresar las necesidades de un proletariado maduro como para protagonizar en su persona histórica la tarea de liberar a la patria emancipándose a sí mismo como clase.

El grito de Córdoba es también nuestro grito, en el que está expresada la estrategia de la batalla inmediata: la construcción de un poderoso partido obrero capaz de aglutinar en un solo haz a todos los oprimidos en la perspectiva del rescate de nuestra Patria Grande, Latinoamérica.

El futuro es comenzado, la tarea es recorrerlo

Luche, luche, luche

no deje de luchar

por un gobierno obrero,

obrero y popular.</description>
      <dc:subject>Lucha Obrera</dc:subject>
      <dc:date>1970-06-01T05:52:15+00:00</dc:date>
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      <title>¿Puede la clase trabajadora superar la valla de los sindicatos como simples “grupos de presión”?</title>
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      <author>Administrador</author> 
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      <description>¿Qué significa para el movimiento obrero la muerte de Vandor? Aquí nos interesa el vandorismo como expresión “típica” de un ciclo sindical y político abierto con las grandes movilizaciones del 45’. Para la pequeña burguesía Vandor era la suma infamia sindical, un “instrumento de Onganía” equivalente a Coria o Cavalli. Semejante antivandorismo esconde un antiperonismo real y expresa la pedantería  docente del pequeño burgués de izquierda hacia los trabajadores. 

La crítica principal que hemos formulado a estas interpretaciones es que personalizan en ciertos dirigentes sin enjuiciar la raíz objetiva del problema, es decir, los límites operativos del movimiento sindical y los del peronismo como tendencia nacional&#45;burguesa.

En otros términos, esas interpretaciones alimentan la utopía de que “buenos dirigentes” resolverán las dificultades sin necesidad de un salto cualitativo en la ideología y en la organización, sin necesidad del partido revolucionario.

Con ello no pretendemos lavar las culpas de nadie, sino situarlas y descubrir sus causas, por un lado, y, por el otro, poner en su lugar a los endiosados de turno. Pues no ha de olvidarse que la misma “izquierda” que fulminaba a Vandor, se enternecía con Framini o Alonso, los “leales regeneradores”. ¡Qué largo y triste capítulo podría escribirse sobre el vandorismo de los antivandoristas!

La burocracia sindical

Precisamente en febrero último, cuando arreciaba la gritería sobre el participacionismo de  Coria… y Vandor, nosotros explicábamos por qué Vandor no había concurrido a la audiencia de los participacionistas con Onganía.

“Como en tiempos de Perón —dijimos— (estos últimos) visitan la Casa Rosada. Pero Perón era un antiimperialista burgués y Onganía hace la política del imperialismo. En el primer caso había bases objetivas para un acuerdo nacional, y en el segundo esa base no existe… Por eso, la ausencia de Vandor en el besamanos a Onganía no responde a causas morales sino prácticas. El secretario de la UOM no es un idealista romántico sino un negociador de fuerza de trabajo. El vandorismo parece advertir el despeñadero que se esconde tras la participación”.

Por eso, ante afirmaciones del semanario CGT de que “no haremos la unidad con traidores”, advertíamos:

“Ni siquiera los traidores pueden eludir siempre y en absoluto las circunstancias objetivas del Régimen, su incapacidad de asociar a un sector ponderable de las clase trabajadora. Muchos de ellos serán arrastrados a la lucha… aunque después maniobre y deserten”. 

“La clase trabajadora (añadíamos) se pone a menudo en movimiento a partir de sus actuales direcciones… El desenvolvimiento de la lucha, su generalización, es lo que permite superar el nivel presente de conciencia y operatividad y promover una nueva jefatura”. Para impedir esa generalización, el régimen pro imperialista se empeña en fomentar las divisiones sectoriales del proletariado. No queda otro camino que el de la unidad desde abajo. “Pero a la unidad desde abajo sólo se llegará disolviendo en la acción práctica reivindicativa esa diversidad de situaciones y experiencias (que hoy disgregan a la clase trabajadora por razones geográficas, profesionales y de ingresos). Una política de unidad encaminada a lograr acciones comunes circunstanciales o permanentes contra el Régimen resulta indispensable al polo más combativo para aunar en la marcha los distintos ritmos de maduración, impulsar la experiencia, arrastrar a los indecisos, aislar a los traidores y desenmascarar los demagogos de la unidad”. 

Lucha y deserción

Pues bien: los burócratas “fueron arrastrados a la lucha”; el proletariado se movilizó “a partir de sus actuales direcciones” y esta “acción práctica y reivindicativa” en parte “disolvió” la “diversidad de situaciones y experiencias”, gracias a que en ciertos lugares (v. gr. Córdoba) una “política de unidad” (no de entrega al aparato vandorista) permitió acciones “comunes” que facilitaron “la generalización de las luchas”.

Como se  ve, en contraste con la algarabía vocinglera de los seudo&#45;izquierdistas, no fuimos tomados de sorpresa por giro sindical de mayo y junio. Más aún, también supimos anticipar que la CGT de los Argentinos (que todos consideraban un cadáver a principios de año) había recibido una inyección providencial por el nuevo alineamiento exteriorizado en la audiencia de los participacionistas con Onganía, es decir, gracias a que la política económica impedía al gobierno “dar” y a los burócratas “participar”. “Para la CGT de los Argentinos ha sido una suerte el que Onganía tengan en Krieger a un ministro inconmovible por razones también inconmovibles”.

Las unificaciones en el interior, en efecto, reforzaron a la CGT porque nacieron de la lucha y a impulsos de un grandioso enfrentamiento popular.

Sí, el vandorismo “se vio arrastrado” aunque, fiel a sí mismo, no tardó en “maniobrar y desertar”. El examen de esta deserción conduce a la naturaleza esencial del “vandorismo”.

El acuerdo negociado

Al incorporarse a una movilización que de ningún modo había suscitado, el vandorismo abandona una parálisis de dos años, tras la derrota del “Plan de lucha” del verano del 67’. La vieja acción directa en el marco de un sindicalismo legalizado suponía un doble margen de maniobra: político, aprovechando la escisión entre el poder formal (gobierno) y fuerzas armadas y las limitaciones electoralistas del primero, y económico, en cuanto a la política inflacionaria permitía periódicas concesiones salariales. 

Aunque apelase a ocupaciones y otros métodos “revolucionarios”, el movimiento sindical actuaba como grupo de presión sobre las clases dominantes, a cuyo derrocamiento no aspiraba y de cuya legalidad dependía. Pero en 1967 se chocó con un poder concentrado y dispuesto a congelar la inflación. Consumada la derrota, sólo cabía negociar con el gobierno (aceptando sus términos) o elevarse a un nuevo sistema de lucha que no dependiese de la “condescendencia” oficial y obrase contra el régimen, no como grupo de presión dentro del Régimen. Este fue el intento (no resuelto) de la CGT de los Argentinos, mientras los participacionistas imploraban a Onganía que echase a Krieger en nombre de… ¡la revolución argentina!, o ni siquiera de eso.

El vandorismo no tenía alternativas que ofrecer bajo las nuevas circunstancias, pues su “sabiduría” se agotaba en la destreza negociadora, la eficacia del aparato, la movilización para presionar, y esas armas ya no eran suficientes. Tampoco intentó asumir la sorda oposición que germinaba en todos los sectores populares, aunque no pudiera exteriorizarse porque el Régimen golpeaba al primer amago, aislando al sector que reaccionaba y descargando todo el peso contra él. 

El vandorismo anhelaba el diálogo, un acuerdo con Onganía, pero un acuerdo negociado, no la entrega lisa y llana de los participacionistas. Cerrado el diálogo, el vandorismo se repliega a segundo plano, emprende la “reconquista” de los gremios adheridos a Paseo Colón, teje y desteje en busca de apoyos militares y espera.

Al estallar la lucha en mayo, el vandorismo comprendió que era preciso volcarse al movimiento general para no distanciarse de las bases y porque causas objetivas lo habían distanciado del gobierno.

Controlar el movimiento

Para Vandor se trataba, sin embargo, no de impulsar a un nivel superior las movilizaciones, sino de montar el potro en pelo y convertirlo en dócil pingo. Por eso clavó el freno cuando todo exigía pasar a las definiciones y congeló al Gran Buenos Aires pensando que así lograría obligar al presidente a agarrarse de él como de un clavo ardiente e imponerle condiciones “nacionales y populares”. Al mismo tiempo, decía al interior y a Ongaro: “Antes de luchar vamos a unificarnos”.

El pretexto aducido era el de impedir un cuartelazo “liberal”, ya que Onganía sería el “mal menor” frente a Lanusse o los colorados. Si por liberal se entiende cipayo, agente de monopolios y estancieros, antiobrero, libreempresista, ignoramos que hay  de peor frente a Onganía. Pero el proletariado no puede atarse a tan equívocas evaluaciones. Cuando por su empuje cae un régimen de oprobio oligárquico, la relación de fuerzas cambia a su favor, la experiencia de lucha, la confianza en sí mismas de las masas, el sistema de aliados (por el vuelco global de las clases medias), cualquiera sea el gobierno que transitoriamente te establezca. Ello, sin excluir que a impulso de una gran marejada, un sector minoritario de las fuerzas armadas vire hacia el pueblo alterando decisivamente la situación, como en Santo Domingo en 1965.

Peso del aparato

En cuanto a la exigencia de la unidad antes de lanzarse a la pelea, Vandor la justifica diciendo que de otro modo los laureles habrían correspondido a Ongaro. Sí, el nuevo giro confirmaba la tesis de la CGT de los Argentinos de combatir al Régimen en vez de negociar con él. Pero al margen de que estos cálculos son mezquinos cuando la situación viene en grande, quien sepa asumirla no puede temer debilitarse. Si Vandor hubiera pasado resueltamente a la ofensiva, habría privado a Paseo Colón de su misma razón de ser a los ojos del país entero. Era un manejo burocrático en una situación que debía abordarse revolucionariamente. Vandor no admitía el menor “pluralismo” de direcciones sencillamente porque en caso contrario le sería imposible frenar un movimiento que él quería convertir en un arma más de negociación.

Al alcanzar cierto nivel la lucha, ya no es posible confiar en la relación de fuerzas entre aparatos. A condición de mantener su independencia, el más débil puede pasar al frente si el más poderoso capitula. Y ese peligro era el que Vandor quería suprimir antes de actuar.

Inactualidad

En realidad Vandor abordaba una nueva situación histórica con el espíritu y los métodos de un sindicalismo crecido (legítimamente, por otra parte) bajo el régimen nacional&#45;popular del peronismo, y cuyas luchas posteriores al 55 se habían desarrollado con márgenes necesarios para poder obrar como grupo de presión.

Esta realidad ya era inactual en marzo del 67, pero lo fue de un modo vivo y presente al estallar las grandes movilizaciones y hacerse indispensable un cabeza para el proletariado del Gran Buenos Aires. El “realismo político” de Vandor, su desdén de “hombre práctico” por la ideología revolucionaria, su soberbia de dueño del aparato, le impidieron una vez más asumir (ahora en el momento decisivo) una estrategia. Que la clase obrera tiene como misión histórica el socialismo, era una frase sin sentido para el hombre ensimismado en resolver “lo inmediato”, que finalmente acaba por no resolverse si falta la levadura del gran objetivo ordenador y necesario.

La táctica de apoyar o presionar desde abajo soluciones arbitradas desde arriba corresponde a las condiciones abiertas en 1945. Los hechos parecen demostrar ahora que ya la conducción vandorista empezaba a entrar en conflicto con las aspiraciones concretas de la clase trabajadora.

Política revolucionaria

La repercusión en el Gran Buenos Aires del paro del 30 de junio (totalmente desproporcionada al poderío organizativo de Paseo Colón), el inédito poder de iniciativa conquistado por las regionales del interior, indican un principio de cambio que no cabe desestimar.

La clase obrera, como contingente masivo, estuvo ausente en el entierro de Vandor. Sólo las coronas alcanzaban cifra record. Pero los obreros de base no se manifiestan floralmente. El testimonio del desencanto no podía ser más lapidario.

Para quienes consideran el “participacionismo” un degeneración infernal del sindicalismo, bueno es recordar que los sindicatos, como tales, son en esencia participacionistas es decir, se proponen participar con la presión, el regateo y el diálogo en la fijación que de las condiciones de vida de la clase obrera hacen las clases explotadoras, dueñas del poder político y económico. Lo aberrante del actual “participacionismo”, tan dulce a Onganía, es que se plantea cuando ya no hay como participar. 

Pero ir más allá de estos reajustes del sistema es ir más allá de los sindicatos mismos, es promover, organizar y educar a una nueva generación de combatientes obreros en la lucha con las banderas del socialismo revolucionario y la ideología del marxismo nacional.

Después del vandorismo

La muerte de Vandor sobreviene en el crepúsculo político del vandorismo. Pero el crepúsculo del vandorismo no es el de una tendencia particular dentro del movimiento sindical, sino la del movimiento sindical en cuanto grupo de presión orientado a “humanizar” el régimen capitalista, no a suprimirlo, la del movimiento sindical no vertebrado por la vanguardia obrera constituida en partido combatiente. Según la tesis clásica, e indiscutible, el “movimiento sindical puro”, es decir, circunscripto a las reivindicaciones económicas, engendra “tradeunionismo”, es una variante del reformismo burgués. Pero la superación del “trade&#45;unionismo”[1] no consiste en sindicatos con ideología nacional, con programa antiimperialista o socialista revolucionario. Tampoco consiste en la adhesión a movimientos políticos que han implicado un avance histórico por expresar un programa democrático&#45;burgués en una país semicolonial como la Argentina. La superación del “tradeunionismo” consiste en la organización de la vanguardia combatiente en partido socialista revolucionario. No hay modo de trampear esta tarea, y a la luz de su cumplimiento es que seremos juzgados. 

La pretensión de que el oportunismo negociador de Vandor es la infamia particular de un hombre, de un grupo de dirigentes, de un sector sindical, es una pretensión ridícula, despreciable, charlatana capituladota e infame, a la vez que hipócrita. 

Si de algo Vandor fue el exponente típico, fue de la nueva generación de dirigentes sindicales surgidos en la lucha posterior al 16 de septiembre de 1955, brotados desde el llano y en la adversidad.

Si algo caracterizó a Vandor fue su condición de dirigentes que venía a reemplazar con sangre nueva a aquellos otros ablandados o corrompidos bajo el poder, que defeccionaban cuando era preciso impulsar las banderas desde abajo.

Y si al cabo de un ciclo de grandes luchas el vandorismo aparece como la encarnación del “aparato” sindical negociador y capitulador, desprovisto de una estrategia que atraviese la maraña del sistema vigente y sus opciones, ello nos demuestra, como en una experiencia de laboratorio, que el simple recambio de hombres, los traspasamientos generacionales y demás recauchutajes “éticos” no harán otra cosa que preparar nuevos Vandores, desde el vandorismo y también desde el antivandorismo. 

No se trata de renegar del pasado sino de permanecer dignos de él trascendiendo sus límites y elevándonos a las necesidades del nuevo momento histórico, que se caracteriza por la urgencia de enfrentar globalmente el sistema político y económico de las clases explotadoras. Pero tampoco basta con proclamar una decisión, un pensamiento, un principio superador, si renunciamos al compromiso organizativo que da seriedad a estos propósitos. Las movilizaciones de mayo y junio rebasaron manifiestamente a todas las estructuras tradicionales.

Los viejos políticos presenciaron como la clase media (gorila en el 55) se movilizaba a sus espaldas hacia el proletariado. La izquierda de  esa moribunda Unión Democrática, empezando por el PC, tironeaba para introducirnos en una “amplia coalición” con los fantasmas. En cuanto a Perón, no dijo nada, no formuló una sola directiva sencillamente porque ante el auge de las movilizaciones nada tenía que decir. Los dirigentes políticos del peronismo ¿dónde estuvieron? Estuvieron en diverso grado los dirigentes sindicales, los activistas y, sobre todo, las masas obreras y estudiantiles. Pero la estructura sindical reveló su impotencia para asumir en continuidad la iniciativa y conducción estratégica del movimiento. 

Toda la experiencia empuja férreamente a la conclusión de que la lucha por el poder obrero y popular exige al proletariado estrechar filas hacia la constitución del partido revolucionario, bajo las banderas del socialismo y con la ideología del marxismo latinoamericano y nacional.</description>
      <dc:subject>Lucha Obrera</dc:subject>
      <dc:date>1969-08-02T01:19:00+00:00</dc:date>
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      <title>La Izquierda Nacional ante la muerte de John William Cooke</title>
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      <author>Administrador</author> 
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      <description>John William Cooke acaba de morir. Se extingue así la vida de un luchador con quien hemos disentido muchas veces, pero frente al cual no cabía sino el respeto personal y político, cosa bastante rara en nuestro medio. La razón es simple. Cooke comenzó su vida política muy joven, cuando la revolución de junio de 1943 y los acontecimientos del 45 habían dividido profundamente al país. Elegido diputado nacional en 1946, designado luego profesor de Economía Política en la Facultad de Derecho de la UBA, el “cursus honores” de Cooke auguraba una brillante carrera política dentro del peronismo. Formaba parte, realmente, del elenco dirigente de un partido en el poder. ¿Qué más podía pedir el joven político según las normas que dicta a una ambición legítima la sociedad burguesa? Concluido su mandato legislativo, Cooke fundó la revista semanal De Frente. Esta publicación se convirtió en la mejor revista de su género que probablemente se haya publicado en el país en los últimos 20 años. Cooke le infundió una vitalidad, una amplitud y un nacionalismo democrático realmente poco usual. Basta echar una mirada a las revistas “de noticias” de hoy, con su repugnante adulonería hacia los poderes constituidos del imperialismo, para apreciar en su valor lo que significó De Frente.

Cuando algunos de los hombres que hoy integran la Izquierda Nacional lanzaron en 1954 la iniciativa de realizar un homenaje nacional a Manuel Ugarte, con motivo de la llegada de sus restos a la Argentina, Cooke integró la Comisión de homenaje y brindó las oficinas de De Frente como sede de dicha Comisión. Del mismo modo pronunció un discurso en el Salón Augusteo, en el Funeral Cívico.

La parálisis interna del peronismo y la actitud conspirativa de le oposición cipaya en 1953&#45;54 inspiraron a Perón la necesidad de remodelar el aparato dirigente de su movimiento. Así, fue designado Presidente del Peronismo Alejandor Leloir, y Cooke interventor en ese movimiento en la Capital Federal. Su contraofensiva política sobre la cuestión del petróleo, junto a Bustos Fierro, Rumbo y otros, demostró las reservas de energía intelectual que yacían bajo la losa de la burocracia peronista, en tanto movimiento nacionalista burgués.

Cooke aplastó literalmente, junto a los nombrados, a la banda de “antiimperialistas del petróleo”, los Silenzi de Stagni y compañía, que medraban en la época con su apolillada ciencia del trépano. Con la caída del régimen peronista, Cooke no se refugió en la vida privada, sino que demostró en la acción su coraje personal y político. Enviado a Ushuaia, al siniestro penal que Perón había clausurado y que la Revolución Libertadora reabrió para uso del peronismo, se fugó espectacularmente y llegó a Chile con un grupo de compañeros.

Desde 1955 la vida de Cooke fue un constante deambular por América Latina y Europa. Intervino en las negociaciones que condujeron al pacto de Perón con Frondizi, aunque muy pronto hizo conocer su decepción por los resultados de dicho acuerdo. Bajo el gobierno de Frondizi influyó en la conducción de la huelga del Frigorífico “Lisandro de la torre”, contribuyó a organizar la frustrada guerrilla de los Uturuncos y finalmente viajó a Cuba socialista, donde permaneció un largo período. Volvió de la Isla persuadido de que el pensamiento marxista era el único que podía guiar a la revolución argentina y latinoamericana en esta época. Aquel joven parlamentario agobiado de éxitos y honores había quedado muy atrás. Su entereza para superar teóricamente la formación intelectual de toda su vida no fue menor que aquella que guió desde ese momento sus pasos en la lucha revolucionaria.

Cooke se consideraba un peronista revolucionario y no juzgaba incompatible esa bandera con sus opiniones marxistas. Creemos que no es el momento para discutir ese punto, ni para debatir nuestras divergencias en cuanto a la aplicabilidad universal y genérica de la táctica guerrillera en que Cooke creía, sino para subrayar el valor integral del hombre que fue, del amigo que perdimos y del combatiente argentino y latinoamericano que abrazó el camino de la revolución desdeñando a los prudentes filisteos.</description>
      <dc:subject>Lucha Obrera</dc:subject>
      <dc:date>1968-10-02T03:38:01+00:00</dc:date>
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      <title>Sindicatos y liberación nacional</title>
      <link>http://www.izquierdanacional.org/documentos/articulos/sindicatos_y_liberacion_nacional/</link>
      <author>Administrador</author> 
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Los sindicatos ocupan una función dual en la sociedad capitalista. Por un lado, encuadran y movilizan a los trabajadores en pos de sus reivindicaciones inmediatas, establecen el primer grado de enfrentamiento con las clases opresoras, tienden a reunir al conjunto de la clase trabajadora sin distinción de niveles de conciencia, opiniones y particularismos.

Por el otro, los sindicatos permanecen ligados a las condiciones de la explotación capitalista, ya que tanto en las huelgas como en las negociaciones se proponen mejorar las condiciones salariales y de trabajo sin discutir la relación capital&#45;salario como tal. Es que, para gravitar en su función, los sindicatos deben reunir al conjunto de los trabajadores de su respectiva rama, incluso a los sectores medios y relativamente atrasados.

De ahí que el sindicalismo, espontáneamente, tienda a generar políticas que son variantes de la política burguesa, y que los líderes sindicales, en cuanto tales, hagan de las organizaciones grupos de presión dentro del orden capitalista y no instrumento de una estrategia revolucionaria para la clase oprimida. Los sindicatos norteamericanos sirven al Departamento de Estado; los británicos refuerzan el centro y la derecha del Partido Laborista al cual están integrados; los alemanes han impuesto a su Social&#45;democracia la renuncia al viejo programa declarativamente socialista. En todos estos casos, ellos han funcionado como mecanismo de integración del proletariado a un horizonte “nacional” común, es decir, imperialista.

2

En las semicolonias, allí donde la penetración imperialista se efectúa erigiendo e injertando una plataforma modernizada que incluye una clase obrera marginal (servicios públicos, industrias de exportación, etc.) suele suceder que los sindicatos renuncien a ensamblar a las formaciones obreras con el conjunto de la nación oprimida, y procuren en cambio arrancar prerrogativas dentro de la plataforma imperialista, a cambio de su adhesión y sometimiento. La hostilidad del viejo sindicalismo frente a Yrigoyen y Perón no reconoce otro origen. Su “independencia” y su lenguaje “clasista” cesaban frente a los intereses básicos de la colonia agropecuaria.

3

De ahí que los procesos de crecimiento interno descolocasen al viejo sindicalismo pro&#45;imperialista, y que la alianza nacional del 45, obrero&#45;burguesa, abriese un nuevo período para el movimiento sindical. Los rasgos diferenciales del nuevo sindicalismo fueron:

1) Su carácter masivo, en contraste con los viejos sindicatos minoritarios;
2) El predominio de los gremios de industria, acorde con las transformaciones económicas a partir de la gran crisis, desplazando a los de servicios públicos, etc.;
3) La unidad, que se logró aglutinando a las viejas y nuevas formaciones obreras, a las de origen inmigrante y a las de procedencia provinciana en torno a la jefatura bonapartista y el programa nacionalista&#45;burgués de Perón;
4) La institucionalización del movimiento sindical, es decir, protección y control simultáneos del estado burgués;
5) La inestabilidad contradictoria de las direcciones sindicales, sometidas a la doble presión vertical y de las bases;
6) La despolitización ideológica, modo de control bonapartista al par que reflejo de la prosperidad transitoria en el marco de un capitalismo nacional.

4

La derrota de 1955 enfrentó a este movimiento, nacido en el cauce de una movilización nacional&#45;democrática, con una tentativa que ya sólo podía ser parcial de restauración oligárquica. El gobierno de Frondizi procura sancionar este compromiso mediante la nueva Ley de Asociaciones y la entrega negociada de la CGT. Pero la contradicción básica no puede resolverse: por un lado, el movimiento sindical está incorporado a la tradición y conciencia nacionales tan profundamente que ya es parte de la “constitución real”; por el otro, el sistema carece de margen de maniobras para negociar la integración de jefaturas sindicales encargadas de “graduar” las tensiones de clase: lo impide la quiebra de la estructura semicolonial argentina. Pero el peronismo (por tradición, estructura, ideología) no contribuye a superar sino a afianzar las tendencias burguesas generadas espontáneamente por todo aparato sindical.

Esta contradicción ha empujado al movimiento sindical más allá de sus “límites naturales”, llevándolo a cuestionar la estructura misma de la sociedad oligárquica y dependiente, por mera presencia “incompatible”, por acciones de lucha y por planteos formales (aunque, nótese bien, nunca ideológicos). Pero, al mismo tiempo, las direcciones no consiguen desplegarse con fuerza operativa frente al régimen: vacilan, se desorientan, entran en crisis, se corrompen, carecen de una estrategia de poder (aún si formulan programas “avanzados”), y terminan a la zaga de cualquier combinación burguesa.

5

La contradicción se superará, únicamente, cuando una nueva selección de cuadros, aglutinada en torno a un eje socialista&#45;revolucionario, pueda a su vez vertebrar, imprimirle un derrotero propio (que no quiere decir aislado, “corporativo”) a la política sindical. La clase obrera no puede diluirse en el movimiento nacional (en el frente antiimperialista) porque éste necesita de la jefatura de la clase obrera para poder triunfar; pero la clase que aspira a un liderazgo debe empezar por afirmar su propia autonomía e independencia. Ahora bien: si esta independencia ha de conquistarse ha de ser creando los órganos a través de los cuales el común denominador sindical impreso al todo por los niveles medios y bajos de conciencia política que predominan en la afiliación masiva, no paralice a los elementos de vanguardia. El partido revolucionario resulta así el órgano de la vanguardia del proletariado, que si le preexiste en germen sólo se plasma, educa y realiza por él y a través de él. La vanguardia es una función de la clase, sólo se delimita de ella para poder reunificarla en la asunción de su misión histórica. Y esta función requiere su órgano, el partido revolucionario, es decir un sistema estable y firme de cuadros, relaciones, centralización, ideología, programa, experiencias, medios, selección, jerarquías, tácticas, nexos con el conjunto de la clase, política de alianzas, etc. El aparato sindical no puede suplir esta organización específica. Dirigentes con tensión e ideas revolucionarias al frente de un sindicato, si carecen del instrumento operativo de un partido revolucionario se exponen a no poder trascender (aunque subjetivamente lo deseen) el “techo” del reformismo sindical.

6

El fondo de la cuestión es entonces que el nivel sindical conquistado en 1945 ahora debe ser defendido apelando a una estrategia de poder. Pero la presión de las clases dominantes, sus enormes recursos, su influencia ideológica sobre los sectores medios y atrasados, si bien, el coincidir con su crisis y decadencia, no les permite asimilar al movimiento sindical —cuya mera presencia es así revolucionaria— sí les permite paralizarlo, hasta tanto del cauce de ese movimiento emerja la vangaurdia que le infunda una estrategia.

Ante este problema tan decisivo importa recordar a cierto oportunismo un par de verdades tan antiguas como olvidadas: es la idea que crea los cuadros, no hay acción revolucionaria sin ideología revolucionaria.</description>
      <dc:subject>Izquierda Nacional</dc:subject>
      <dc:date>1966-05-01T07:00:00+00:00</dc:date>
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