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    <title>Izquierda Nacional • Documentos</title>
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      <title>Por un programa de acción para la clase trabajadora</title>
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      <author>Administrador</author> 
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      <description>Pasemos ahora al diálogo que los secretarios generales de los tres sindicatos del azúcar tucumanos asistentes al plenario de Córdoba mantuvieron después con dirigentes de Sitrac y Sitram. Como se recordará, el compañero González, del Santa Rosa, mencionó la consigna de nacionalización aplicada a los ingenios, como ejemplo de consigna concretamente movilizadora, consigna&#45;puente entre las necesidades vividas por los trabajadores y el objetivo estratégico del gobierno obrero y popular. También señaló que el programa presentado por Sitrac Sitram carecía de consignas semejantes.
El asunto nos parece de capital importancia y merecedor de que lo examinemos en detalle. La simple “propaganda de una idea”, ni siquiera a la luz de los padecimientos lacerantes de la crisis, no nos acerca a la materialización de esa idea. No hay nada parecido a una “iluminación socialista” de las masas, a una “conversión” de las masas (en el sentido religioso del término) al socialismo, independientemente del hecho (indudable) de que la idea socialista está ganando y ganará a sectores crecientes de la clase trabajadora. Pero el nervio del problema no se cifra en “la idea” sino en el camino de su realización. Y esto en un doble sentido.

Los objetivos&#45;puente

El primero se resume en la pregunta “¿Quién le pone el cascabel al gato?”, abrupto final de la conocida fábula. El problema existe pero la moraleja es falsa. Una serie de acciones colectivas, de avances organizativos y políticos, de logros intermedios, batallas parciales y cambios en la relación de fuerzas colmarán el abismo aparente entre lo posible y lo históricamente necesario. Aunque todo ese movimiento no pueda “imaginarse” en sus particularidades, un verdadero programa debe contener, no sólo los grandes objetivos, los “objetivos finales” sino un esbozo de estos objetivos&#45;puente.

Pero el segundo sentido es más importante, todavía, pues nos dice que —desde el punto de vista de la conciencia colectiva, no de tales o cuales cabezas de individuos u grupos— la lucha por estos objetivos es la que lleva a descubrir el meollo de las grandes cuestiones y cómo ellas se resuelven, única y necesariamente, por la vía del poder obrero y popular hacia el socialismo.

En realidad, los dos sentidos son la misma cosa, pues se trata de dar nacimiento, no a la “convicción” de que “sería bueno” o que es “acertado” el socialismo sino que necesariamente, a la luz de un proceso de experiencia activa donde se han disipado las confusiones, ambigüedades o ilusiones bajo la prueba de los hechos, debemos abrazar el socialismo, insistimos, no como mera “convicción” sino como objetivo, y que ese objetivo es posible, gracias a que ya nos estábamos acercando a él.

El papel de las consignas&#45;puente o experiencia activa genera la conciencia colectiva del objeto, es el que ha ido creando las fuerzas prácticas para alcanzarlo (organización, peso social, tradiciones, combativa, relación de fuerzas, etcétera), bajo determinadas condiciones ofrecidas por el desarrollo histórico (situación internacional, crisis interna, quebrantamiento y aislamiento del bloque oligárquico, etcétera).

El papel de las consignas&#45;puente (u objetivos puente) consiste en dar respuesta a problemas inmediatamente percibidos y sometidos  por vastas capas oprimidas, de modo tal que las impulsen a actuar, o les faciliten el hacerlo, o les precisen lo que deben proponerse, o (mejor aún) les revelen lo que oscuramente buscaban; y que al hacerlo vayan ellas mismas descubriendo las salidas fundamentales y cubriendo las etapas de su logro, no como quien lee en un mapa y viaja “con la imaginación”, sino como quien abre una picada en la selva y termina orientándose por ese laberinto.

La consigna formulada por los compañeros tucumanos es un buen ejemplo y nos remite a la experiencia de CONASA, que recordaremos brevemente. Los ingenios de la Compañía Azucarera Tucumana, cuya hazañosa delincuencia económica es de pública notoriedad, fueron nacionalizados por Levingston como quien pesca en el aire una granada que le lanzan, no con el fin de atesorarla y volar despanzurrado, sino para arrojarla bien lejos al instante. El ex presidente, con loable instinto de conservación, quería evitar un estallido de imprevisibles consecuencias en el polvorín tucumano, y puesto que la banda de “legítimos propietarios” no podía seguir con los ingenios, el Estado se encargó provisoriamente de tenerlos abiertos. Por ley posterior se fijó término para su privatización.

Pero el Código Penal tiene sus peligros para el que busque ubicarse en la realidad, ya que divide al género humano en “honrados” y “delincuentes”, que serían la excepción. En nuestro caso, lo fundamental no es la delincuencia de la Compañía Azucarera Tucumana sino su “honradez”, no lo que tuvo de diferente, sino lo que tuvo de común con la burguesía azucarera del norte.

La oligarquía de los ingenios, a diferencia de la oligarquía ganadera bonaerense no extrajo sus formidables ingresos de un monopolio natural, el de las tierras más fértiles del mundo que le permitieron enriquecerse como millonarios ausentistas con mínimas inversiones. Extrajo sus ingresos de la tarifa aduanera que con el fin de lograr un cierto equilibrio interior le otorgó generosamente, a fines del siglo pasado, la propia oligarquía porteña.

Fuera de ello, las barones tucumanos del azúcar se comportaron exactamente como sus hermanos mayores del sur respecto a sus entradas: por descontado, este impuesto extraído por décadas al conjunto de los consumidores argentinos no libró a los trabajadores tucumanos del hambre y la tuberculosis; pero tampoco las ganancias fueron reinvertidas en tecnificar las explotaciones ni, mucho menos, en diversificar la agricultura tucumana e industrializar la provincia.

El dinero iba desde los consumidoras hacia Tucumán, se aposentaba brevemente en los bolsillos de la oligarquía azucarera y se evadía afuera dejando al “Jardín de la República” hecho un baldío populoso.

La crisis sobrevino al desarrollarse la competencia en otras provincias, pero sólo porque el parasitismo de la oligarquía tucumana la había hecho posible con su producción irracional y el monocultivo. En ésta, como en otras cosas, la “Revolución Argentina” trajo sus drásticos “remedios” que consistieron en dejar hundirse a la industria suprimiendo los subsidios. ¡Había que “equilibrar el presupuesto”! Con esto se castigo a los tucumanos, no a sus tradicionales explotadores, cuyas fortunas están afuera de la provincia donde fueron obtenidas, mucho más que adentro. Y como “de paso, cañazo”, no faltó el escándalo del ministro Salimei y Cia., usando sus influencias para comprar con monedas empresas quebradas mientras parloteaban el cuento del tío del “operativo Tucumán” y las “radicaciones”.

El aspecto delictivo de las operaciones de la CAT consistió en defraudar a trabajadores, cañeros independientes, proveedores, bancos y Gobierno, clavando a medio mundo mientras adquirían con esa plata empresas industriales, comerciales y agrícolas fuera de la provincia, a muy buen precio por otra parte, dada la crisis económica general. Llevó hasta el límite el viejo negociado de la oligarquía azucarera. Fue una exageración, no una excepción. Y esto es importante por lo que se va a ver ahora.

Al margen de la intención de Levingston, que en esto representaba el interés abstracto de las altas clases dominantes, la burocracia del Estado —como dice el ingeniero Alzogaray— creó sus propios fines “expansivos” respecto a los tres ingenios de la CAT transferidos a CONASA, es decir, sospechó que la flamante empresa pública podía cumplir una actividad permanente.

Pero fueron los sindicatos de obreros y empleados los que ahondaron el problema y un programa desde el punto de vista conjunto y complementario de los trabajadores y los intereses nacionales. Lo mas importante del programa, con ser ello muy importante, no es su racionalidad indiscutible, sino que logró un sorprendente efecto movilizado en las bases. O sea, lo más importante fue su representatividad, que a su vez se nutría, no de ilusiones sino de la dura experiencia de la gente. Pero eso mismo, porque sacaba a luz la lógica profunda y objetiva de la situación, este programa salido de la clase trabajadora tucumana, elaborado a partir de sus experiencias y necesidades, ofrecía puntos de confluencia otros sectores sociales (cañeros, industriales proveedores, sectores nacionales de la burocracia) y al conjunto de la población laboriosa tucumana. Es decir, por un lado, expresaba y movilizaba a los trabajadores del azúcar en situación de defender sus condiciones de vida a través de una defensa de sus fuentes de trabajo. Por el otro, con una consigna concreta e inmediata, proyectaba hacia las otras clases el germen vivo de un programa de frente nacional bajo la dirección del proletariado.

El planteo consistió en consolidar CONASA como empresa del Estado, con control obrero, y proyectarla en relación al conjunto de la economía azucarera y provincial tucumana. Es decir, en primer término, expropiar e incorporar a CONASA, todos los ingenios que no cumpliesen sus obligaciones cayendo en cesación de pagos. Nada más lógico pues, como se ha visto, la Compañía Azucarera Tucumana sólo había “exagerado” el mecanismo económico tradicional de toda la oligarquía dueña de ingenios.

En segundo lugar, dado que CONASA, en su presente dimensión, cubría un porcentaje apreciable de la cuota de azúcar tucumana, debía utilizársela como reguladora del mercado e instrumento de una política nacional del azúcar.

En tercer término, los sindicatos exigieron la reinversión masiva de las ganancias (invirtiendo así su tradicional desvío fuera de la provincia) con un doble propósito: reequipamiento y tecnificación, por un lado; diversificación agraria e industrial, por el otro.

Esto significa la transformación de CONASA, en un verdadero trust de Estado capaz de generar una acumulación dinámica y diversificadora de capital, transfiriendo así las soluciones —como tendencia— de los subsidios del Estado nacional a la recuperación y útil empleo de los excedentes del trabajo tucumano, haciendo de paso rentables los subsidios (que ahora tapan agujeros sin resolver los problemas). Así, la Compañía Azucarera del Estado tendería a convertirse en un instrumento de capitalización y transformación económica global, en un complejo productivo al modo del IRI italiano (ejemplo que naturalmente olvidan los que baten el parche del “milagro”).

En un sentido inmediato, este programa salía al cruce de la programada privatización, eventualmente en beneficio de inversores extranjeros o sátrapas “nativos” y, de hecho, la movilización obrera frenó los planes concertados.

También salía al paso de la burocracia, de FOTIA, partidaria de “cooperativizar” los ingenios, o sea, de arrojar sobre los trabajadores el fardo de un déficit heredado, separarlos de la solidaridad de clase y convertirlos en esclavos autoexprimidos de la propiedad privada… cooperativa.

La nacionalización de los ingenios a partir de su quiebra por el parasitismo oligárquico, no sólo para salvar fuentes de trabajo sino para crearlas, o sea, para recuperar e invertir los excedentes generados en la misma provincia, es una “medida burguesa consecuente”. En tal sentido, satisface de un modo racional “inmediato” al conjunto de las clases y sectores con exclusión de una pequeña minoría parásita: a los industriales proveedores y a los cañeros independientes, al asegurarles mercado y el pago de sus créditos; a los funcionarios no corrompidos, volcándolos en una actividad útil; al comercio e industria, locales, abriéndolas al mercado de consumo; al pueblo tucumano, deteniendo y revirtiendo el formidable éxodo, etcétera.

Pero, al mismo tiempo, como toda “medida burguesa consecuente” (más aún en una estructura semicolonial en crisis como la. Argentina), está más allá del alcance de “la burguesía”, del reaccionario sistema económico&#45;político de nuestras clases dominantes. En consecuencia, la lógica de la situación la vuelve, más que una “medida de gobierno”, un programa de acción. Por razones económicas, políticas, sociales y hasta culturales e ideológicas, la lucha por ese programa sólo puede encabezarla la clase trabajadora; ella puede asumirlo porque da respuesta a su problema vital inmediato, la fuente de trabajo, sin exigir más toma de conciencia que la dictada por la realidad cruda y directa. Formalmente ese programa no contradice el “orden constituido”; su justicia y racionalidad se imponen con evidencia de hierro. En consecuencia, da un objeto a la movilización y la estimula; atrae de su lado a sectores intermedios; aisla a la oligarquía azucarera; desenmascara de antemano la oposición que surja del Estado oligárquico.

En suma, la consigna de nacionalizar los ingenios quebrados no es un número más de un “programa de medidas”, expresión de deseos o promesa de futuro gobierno. Es una consigna de transición que no se limita a ofrecer una mera “solución inmediata” (tipo “cooperativizar”, o “incautación provisoria por el gobierno”), pero que formalmente no traspasa los límites del sistema; no obstante lo cual su defensa nos conduce colectivamente más allá de esos límites, sin aislarnos, aislando al enemigo, ya sea que éste se resista, ya sea que ceda parcialmente. En este último caso se habrá obtenido una conquista que levanta la moral combativa, mejora material y políticamente la posición de los trabajadores, los acerca a una experiencia de conducción económica y genera un precedente para toda la clase.

¿Cómo respondía a estos requerimientos el programa llevado al Plenario por Sitram&#45;Sitrac? ¿Cuáles eran sus “consignas&#45;puente”? En el ejemplo nacionalización, ¿cabe plantear la de las plantas de automotores? Continuaremos nuestro análisis en el próximo número.

SOLIDARIDAD CON FIAT 

La patronal de FIAT y el Estado persiguen un claro fin al obstruir provocativamente el convenio con ofertas irrisorias: desmoralizar y aislar a sectores de vanguardia, convencer que “la rebeldía no es negocio”. Es decir, a través del caso FIAT, atacan a toda la clase trabajadora. El Partido Socialista de la Izquierda Nacional considera que la solidaridad con los trabajadores de FIAT es un deber esencial de todas las organizaciones sindicales, especialmente cordobesas, y exige la concertación de paros, activos y otras acciones de solidaridad. Una derrota en FIAT sería una derrota de toda la clase trabajadora.</description>
      <dc:subject>Lucha Obrera</dc:subject>
      <dc:date>1971-07-01T03:00:00+00:00</dc:date>
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      <title>La nueva generación obrera</title>
      <link>http://www.izquierdanacional.org/documentos/articulos/la_nueva_generacion_obrera/</link>
      <author>Administrador</author> 
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      <description>Al terminar el Plenario de sindicatos combativos realizado el 23 y 24 de mayo en Córdoba, un grupo de dirigentes tucumanos entrevistó a miembros de la dirección de Sitrac y Sitram, entre ellos al adjunto del primero de los sindicatos de FIAT. El diálogo fue sustancioso y merecedor de análisis.

Los visitantes eran los siguientes secretariados generales: Véliz, del Sindicato Obrero, y González, del de Empleados, del ingenio Santa Rosa; y López, del Sindicato Obrero del Ingenio La Esperanza. Los acompañaba el compañero Arroyo, delegado observador del Sindicato de Empleados Públicos de Tucumán.

Los compañeros Véliz, López y Gonzáñes, en nombre de sus sindicatos, habían presentado al plenario el programa de puntos que transcribimos en recuadro, que también mereció la adhesión de los compañeros Guillén (FOETRA), Aguirre (ATE de Rosario) y de la Intersindical de San Lorenzo. Además de este programa, que refleja el punto de vista de la corriente de izquierda nacional, fueron presentados el de las “62 Organizaciones, Córdoba”, Sitrac&#45;Sitram y MUCS.&amp;nbsp; En tanto el programa de los compañeros tucumanos mereció atención y aplausos, el del MUCS –una ensalada liberal&#45;codovillista– sólo cosechó rechiflas, y su expositor tuvo que abreviar su intransitable perorata.

Los acuerdos del plenario consultan el estado actual de la cuestión. Se resolvió estimular los contactos recíprocos, facultar a la CGT de Córdoba para convocar a un nuevo plenario y girar a las bases y organizaciones los diversos proyectos para su discusión.

Frente Único

Pasemos a la entrevista, realizada en el local de Sitrac&#45;Sitram. Los dueños no ocultaban su desagrado ante lo que juzgaban “una nueva maniobra disfrazada de combatividad del peronismo burgués” y anticipaban nuevos contactos para realizar un plenario “realmente combativo”. Sin duda el plenario de Córdoba había aclamado con unánime entusiasmo la moción exigiendo el retorno del general Perón, pero esto no puede considerarse una maniobra burocrática sino la expresión de una estado de espíritu abrumadoramente mayoritario.

En consecuencia, esa consigna es la forma concreta que asume en estos momentos la defensa de la “soberanía popular efectiva, sin fraudes ni proscripciones”, como dice el punto 14 del programa de los compañeros tucumanos, y obliga a todo militante consecuente, independientemente de su posición tendencial respecto del peronismo.

Es cierto que nada semejante al punto 14 de los compañeros tucumanos figura en el programa de Sitrac&#45;Sitram por razones que oportunamente explicaremos.

Este programa enumera, muy prolijamente, rubro por rubro, [rama por rama], industria por industria, un plan de nacionalizaciones con participación de los trabajadores en la dirección empresaria pública y privada. En el aspecto político propugna un “gran frente de liberación social y nacional” que aglutine “bajo la dirección de los trabajadores a todos los demás sectores oprimidos” [e instaure] “mediante la lucha popular y las movilizaciones de masas un gobierno popular revolucionario dirigido por la clase obrera” concretando la “revolución democrática, antimonopolista y antiimperialista en marcha continua hacia el socialismo”. Proclama su solidaridad con los pueblos del tercer mundo que luchan por su liberación pero nada dice de la unidad nacional&#45;revolucionaria de América Latina, ni de Cuba, Perú, Bolivia o Chile.

Uno de los visitantes, el compañero González, inició el diálogo [observando] que el “programa presentado por ustedes parece abstracto, no establece objetivos inmediatos capaces de estimular la lucha de vastos sectores obreros y elevarla, por la experiencia colectiva, hacia la comprensión de sus fines revolucionarios”. Los dueños de casa se sorprendieron un poco y admitieron que el programa era demasiado general y debían elaborarse puntos inmediatos de movilización.

En rigor, y prescindiendo por ahora de varios puntos y consignas objetables, el programa de Sitram&#45;Sitrac, parece avanzar de adelante hacia atrás, del fin hacia el principio, pues constituye un conjunto de realizaciones cuyo obrador natural es el “gobierno popular revolucionario dirigido por la clase obrera”. No es un programa para el triunfo de la revolución triunfante, sino más bien un programa de la revolución triunfante. Todos sus puntos re refieren a lo que hará el poder revolucionario. No hay puntos cuyo logro, partiendo de los actuales niveles de conciencia y organización, nos acerque a la conquista de ese poder.

Continuando en este orden de ideas mencionó el compañero a título de ejemplo, de qué modo los trabajadores de los ingenios de CONASA se movilizaron multitudinariamente en apoyo del plan sindical de nacionalización con control obrero de la industria y comercialización del azúcar, enfrentando a la burocracia de la FOTIA, partidaria de la “cooperativización” de los ingenios en dificultades y naturalmente, a la tendencia privatizadora del Estado oligárquico. “¿No tienen ustedes, preguntó González, una consigna semejante para las grandes plantas automotrices?”.

La respuesta fue muy vaga y desembocó en lo siguiente: “Ustedes saben que nosotros, aquí en la Fiat, tenemos gran dependencia con las plantas de Italia. Lo que aquí hacemos, fundamentalmente, es armar, y si se nacionaliza ahora no solucionamos nada pues seguiremos dependientes de los suministros italianos”.

El compañero Véliz, secretario del sindicato obrero del Santa Rosa, observó entonces que la nacionalización no puede fundarse en consideraciones tecnocráticas sino en política económica. Volveremos más adelante sobre esta cuestión central.

Antes de retirarse, los dirigentes tucumanos expresaron su sorpresa por el hecho de que Sitrac&#45;Sitram planteasen por un lado, la lucha masiva, mientras por el otro, hacían divisionismo en los hechos al no integrase en la CGT&#45;Córdoba, donde se puede discutir y actual como minoría consecuente.

“En algunos casos hay que saber [perder]”, respondieron los interpelados, [sin] aclarar con eso la cuestión, que es cuando se debe y cuándo no se debe romper. Si la unidad se condiciona a que las otras direcciones sean “verdaderamente revolucionarias”, estamos poniendo el carro delante de los caballos, nos aislamos sectariamente de la experiencia general de la lucha de un sector avanzado de la clase trabajadora, el proletariado cordobés. Sólo en el cauce de esa experiencia manteniendo allí la independencia crítica, se puede ayudar a que ella se profundice, afiance y depure. En el “abc” del frente único.

Quizás aquí sea oportuno introducir un paréntesis para referirnos a la “explicación” intentada por una tendencia estudiantil “pro&#45;china”, el TUPAC, en defensa de esa actitud de los dirigentes de Sitrac. Según estos “pro&#45;chinos” (de cuya paternidad Mao Tse Tung no es ciertamente responsable, sino Américo Ghioldi y Juan B. Justo, antiperonistas cipayos de la cabeza a los pies) la actitud de Sitrac es semejante a la de la CGT de los Argentinos, que “surge…, desde el seno de la CGT participacionista” para constituirse en “polo político antidictatorial de convocatoria para el conjunto de la clase obrera y demás sectores populares”.

Gorilas “prochinos”

Por supuesto, quienes entonces instaban a reunificar “a las dos CGT”, obraban como agentes objetivos de Vandor; pero es una mala comparación salvo que pensemos que la CGT de Azopardo y a la CGT de Córdoba son lo mismo que Atilio López y Tosco. Ciertamente, para el almirante Rojas son lo mismo, todos son que piensa Por las mismas razones de “una manga de peronistas”, que es lo gorilismo envenenado el Tupac, con la ventaja sobre Rojas de una cobertura ágil y eficiente: ¡el “marxismo”! Pero cierto que los dirigentes del Sitrac no siguen en esto a sus mortales “defensores”. 

Por otra parte tampoco ignoran que la CGT de los Argentinos no “surge” de una ruptura con la CGT Azopardo” ni “del seno de la CGT partipacionista”, denigración retrospectiva del movimiento sindical muy explicable en gorilas de frente peluda y pésima memoria. La CGT de los Argentinos surge del Congreso “Amado Olmos” de la CGT, mejor dicho, es la CGT, en su Congreso funcionando con quórum propio, que elige a Ongaro por mayoría y del cual se retiran los de Azopardo (ellos son los que rompen, no al revés), permaneciendo en sesión la mayoría de las delegaciones. Hay una pequeña diferencia, por lo visto,, y el ejemplo aplasta a sus sostenedores.

En efecto, si alguien, en 1968 (¡y vaya si los hubo, señores ultraizquierdistas!) sostenía que Ongaro eran tan “burgués” como Vandor, decía una imbecilidad o una infamia, pues aunque adjudiquemos inconsecuencias, limitaciones, lastres “burgueses” o lo que sea a Ongaro, es evidente que representaba una opción superadora, un nivel más elevado del movimiento real (y no de la teoría “pura” de los ideólogos). Sólo si uno se coloca en la “teoría pura” (o en el más impuro antiperonismo) Ongaro y Vandor son la misma cosa… ¡sindicalistas burgueses!

Marginarse ahora d ela CGT cordobesa no es lo mismo que “romper” con Azopardo en 1968, sino todo lo contrario. Marginarse ahora de la CGT cordobesa es decir que Tosco y López son igual que Rucci, representan la misma cosa. Es repetir la actitud de los sectarios que en 1968 sabotearon la CGT de los Argentinos en nombre de una política “verdaderamente” revolucionaria, arguyendo que entre Ongaro y Vandor no había diferencias sustanciales. ¡Refutando a los sectarios de 1968 los TUPAC demuestran… que hay que imitarles en 1971! Esto se llama una actitud seria y responsable ante las cuestiones políticas.

Un punto de partida

La CGT cordobesa, con ventaja respecto de la CGT de los Argentinos que no pudo salvarse de la desintegración, tiene a sus espaldas al proletariado de Córdoba, el 29 de mayo, un nivel de lucha conquistado que no es ciertamente el punto de llegada, ¡pero que es un nuevo punto de partida! Quienes aspiren realmente a avanzar hacia un nuevo punto de llegada no pueden hacerlo desconociendo el nuevo punto de partida, vale decir, la CGT Córdoba; quienes aspiren a superar a Atilio López y Tosco no pueden hacerlo desde afuera del frente único sindical, porque entonces la independencia crítica se transforma en su contrario, en divisionismo. Es lógico que los pequeños burgueses antiperonistas del TUPAC sostengan lo que sostienen y es ilógico que los compañeros de Sitrac y Sitram digan tan a destiempo que a veces hay que saber romper. Y es ilógico porque ellos representan una dinámica real de lucha que necesita enriquecer el movimiento general y enriquecerse en el movimiento general.

A nuestro juicio, el peligroso error táctico que tan oportunamente señalaron los compañeros tucumanos necesita ser explicado en causas, pues de otro modo podríamos caer en conclusiones simplistas, unilateralmente condenatorias.

Del gran ascenso sindical del 45 surgieron un grupo de organismo troncales, entre ellos la Unión Obrera Metalúrgica. Para introducir una cuña a favor, los monopolios imperialistas del automotor con plantas de armado en la Argentina impulsaron y obtuvieron el desglose sindical de SMATA logrando un convenio nacional para la industria. De cualquier modo el hecho es irreversible ante el ulterior desarrollo de la fabricación nacional de automotores, que da nuevo carácter a SMATA. Tan es así que la empresa FIAT, repitiendo la maniobra contra el sindicato de industria, consigue impedir la afiliación de sus personales y les impone sindicatos de empresa dirigidos por una burocracia patronal.

Las luchas victoriosas de 1969 , encabezas por la rama IKA del proletariado del automotor, producen un deshielo nacional a cuyo impulso el personal de las plantas de FIAT derriba a los agentes patronales y democratiza de abajo hacia arriba sus sindicatos, en un grado sin parangón con el resto del movimiento obrero, incluso cordobés. También en las luchas sociales se dan los fenómenos del desarrollo desigual y los últimos pasan a ser los primeros. Bastaría esto último para mirar hoy con desconfianza extrema cualquier planteo de unidad en SMATA, antes de haber resuelto el problema de la democratización orgánica de SMATA; o de unidad de la rama automotor en la UOM, en las mismas condiciones. Se trataría de una unidad policial y burocrática. “A veces hay que saber romper”.

Pero esta independencia no puede extenderse a una central regional de facto como la CGT cordobesa, porque adherir a ella no pone en cuestión la autonomía y plantea la unidad por su nivel actual más alto, por el más atrasado

(Continúa en el próximo número)</description>
      <dc:subject>Lucha Obrera</dc:subject>
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      <title>A un año del Gran Comienzo</title>
      <link>http://www.izquierdanacional.org/documentos/articulos/a_un_ano_del_gran_comienzo/</link>
      <author>Administrador</author> 
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      <description>Hace un año el país entero era sacudido por una ola de insurrección popular. Parecía como si el sistema, crujiendo en sus propias bases, anunciara su propio ocaso. Las clases dominantes, su prensa, el ejército, el mismo pueblo, fueron sorprendidos por hechos que aparentemente no denunciaban una casualidad clara. ¿Cómo era posible que una bala en la cabeza del estudiante Cabral desatara acontecimientos de tal magnitud? Esta pregunta, que para el miserable Borda constituía la base del problema, no fue tampoco rápidamente contestada por los propios protagonistas de la insurrección. En realidad la explicación imponía un análisis profundo de las causas también profundas que habrían determinado los hechos.
El ocaso de la restauración oligárquica

La contrarrevolució n del 55 había derrotado al movimiento nacional peronista luego de una década de ascenso general expresada en las conquistas económicas y sociales del pueblo argentino. La oligarquía en el poder intentará una restauración a todas luces dificultada por la crisis crónica del país y en una situación mundial más precaria para las fuerzas opresoras. La represión del movimiento obrero, la proscripción de las grandes mayorías populares, en fin, el fraude electoral, aparecían como la manifestación externa de una crisis que impedía siquiera que la ficción “democrática” jugara su rol apaciguador frente a la opinión generalizada del país. La historia reabría el escenario del drama y los viejos rostros del sistema oligárquico reaparecían blandiendo su cada vez más desprestigiado indumento. El camino hacia la restauración del régimen no era en verdad más que el camino hacia el abismo. Aramburu, Frondizi, Guido, Illia, son los mojones que marcan las etapas del inevitable desastre. Pero en este tránsito la clase media sufre en la misma proporción del deterioro general, imposibilitada ya de participar en la “democracia” del régimen en tanto las bases económicas que sustentaban la vieja alianza oligárquica&#45;pequeñ oburguesa se desmoronaba a ritmo acelerado.

Si la clave de la hegemonía oligárquica se había fundado en su dictadura económica, haciendo posible a su vez el “libre juego” de las instituciones para dar base popular a su política antinacional, era porque en el reparto de la renta las clases medias obtenían un porcentaje que aseguraba su papel de socias menores de la oligarquía. A partir del 55 esta alianza comienza a resquebrajarse. La desnacionalizació n de la industria, desmantelada por la penetración del imperialismo, no sólo esfuma las conquistas sociales y políticas de la clase obrera, sino todos los privilegios que el viejo régimen había podido otorgar a la clase media en los períodos dorados.

La “Revolución Libertadora” se profundiza

El 28 de junio de 1966 el ejército desmantela el sistema político del régimen. Lo hace como una fuerza ciega que actúa presionada por las necesidades objetivas que ya habían desplazado las posibilidades de su sobrevivencia. Los viejos partidos oligárquicos apenas si están capacitados para emitir imperceptibles quejidos, el peronismo no puede dar una alternativa de poder en tanto él mismo no constituye ya una opción para la nueva situación que se está gestando. El desconcierto de la vieja política abona el terreno en donde el Onganiato se autoestimula pensando que efectivamente había vuelto la calma al país y era posible construir sobre el “orden” la “grandeza argentina”. Su nacionalismo “apolítico” en pugna con el “liberalismo decadente” no era sin embargo otra cosa que el apoliticismo antinacional del nacionalismo militar, resucitado en condiciones favorables pero sumamente provisorias. Los reglamentos militares sustituían a la vida misma, ilusión común a los esbirros que la historia suele utilizar de cuando en cuando para cumplir sus fines. Detrás de este apoliticismo “eficiente” actúan los eficientísimos gerentes del imperialismo, cuyo rostro es tanto más duro cuanto más profunda es la crisis que corroe a la sociedad argentina. Este apoliticismo quiere decir: vía libre para la política de entrega y sometimiento.

Pero así como la historia sigue su curso para que en ella abreven los opresores de adentro y afuera, así también prepara el terreno en donde los oprimidos afilan su cuchilla justiciera.

El país revolucionario

Tres años bastaron para que el régimen mostrara su verdadero signo, sin las mediaciones del a espúrea política del fraude, sin que el propio sindicalismo peronista sospechara la magnitud de los acontecimientos que abrían una nueva etapa. Las tentativas heroicas de la ultraizquierda pequeñoburguesa expresadas en un abstracto insurreccionalismo, parecían juego de niños ante la marea obrero&#45;estudiantil y popular que protagonizan los hechos de Rosario y Córdoba. Las viejas fórmulas eran barridas por la fuerza incontenible de un proletariado maduro y consecuente con sus propias tradiciones de lucha junto a un estudiantado que efectivizaba en los hechos la cacareada consigna de la unidad obrero estudiantil. La realidad habló por sí sola y en Córdoba, epicentro del ensayo revolucionario, nacía la nueva e indestructible alianza. Esa alianza quedaba sintetizada en las consignas que la multitud levantaba como irrefutable verdad ante las tentativas sectarias que pretendieron encasillarlas. La “lucha por un gobierno obrero y popular” expresaba, a la vez que la superación del peronismo histórico, impotente ya para dar una política a la clase obrera, la superación del democratismo pequeñoburgués, válvula de escape de la política antinacional del régimen oligárquico que había logrado efectivizarse a través del antagonismo histórico entre la pequeña burguesía y el proletariado. El Cordobaza era la respuesta del país revolucionario por imponer un nuevo “estilo de vida” enfrentado al “tradicional estilo de vida” de la oligarquía y el imperialismo.

Revolución y Partido Revolucionario

Pero si Córdoba fue la síntesis, lo fue a condición de ser al mismo tiempo el comienzo del porvenir que se abre a su paso triunfante. La decisión de un paro de protesta que se transforma en una espontánea insurrección obrera y popular, muestra a la par que su invencible signo, su debilidad circunstancial. Al margen de los escepticismos librescos, del insustancial voluntarismo subjetivista o del, aunque heroico, insuficiente nihilismo pequeñoburgués, la historia muestra palmariamente cómo han de transitarse sus caminos si se pretende el logro victorioso de los objetivos revolucionarios.

El Partido Socialista de la Izquierda Nacional ha visto plenamente confirmadas sus pretensiones para ocupar el lugar que le corresponde en la búsqueda del camino más apto para la revolución. Su inflexible y sistemática lucha contra la mistificación de stalinistas, ultraizquierdistas, “peronistas” recién llegados y cipayos en general, le ha valido la injuria de quienes por su odio al movimiento nacional peronista se alistaron siempre en el bando de la contrarrevolució n. El tiempo nos ha dado la razón, mas esto no hace más que señalarnos el largo camino que aún queda por recorrer.

El arma más poderosa de la liberación la constituye el Partido Revolucionario; esa es la lección más trascendente del Cordobaza. Sin él, sin los instrumentos que el mismo pone a disposición de los oprimidos, sólo se opera en el vacío de un espontaneísmo en donde fructifican los agoreros, el oportunismo y el desconcierto. El partido, como necesidad, brota de las entrañas mismas del contexto sociohistórico en el que se proyecta. Por eso sus expresiones más visibles, el programa que se sintetiza en sus banderas, aparece como el resumen de la experiencia vivida de los protagonistas reales del proceso revolucionario. Pero muy lejos estaríamos de la propia realidad si pretendiéramos vestirnos con el ropaje de un abstracto “internacionalismo” pasando por alto las peculiaridades nacionales que hacen a la lucha por el socialismo a escala mundial. Ese “internacionalismo” se lo dejamos a los stalinistas, maestros de la política antiobrera.

Nuestras banderas son las del pueblo: independencia económica, justicia social, soberanía política; la alternativa, el Gobierno Obrero y Popular, no hace más que expresar las necesidades de un proletariado maduro como para protagonizar en su persona histórica la tarea de liberar a la patria emancipándose a sí mismo como clase.

El grito de Córdoba es también nuestro grito, en el que está expresada la estrategia de la batalla inmediata: la construcción de un poderoso partido obrero capaz de aglutinar en un solo haz a todos los oprimidos en la perspectiva del rescate de nuestra Patria Grande, Latinoamérica.

El futuro es comenzado, la tarea es recorrerlo

Luche, luche, luche

no deje de luchar

por un gobierno obrero,

obrero y popular.</description>
      <dc:subject>Lucha Obrera</dc:subject>
      <dc:date>1970-06-01T05:52:00+00:00</dc:date>
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      <title>¿Puede la clase trabajadora superar la valla de los sindicatos como simples “grupos de presión”?</title>
      <link>http://www.izquierdanacional.org/documentos/articulos/puede_la_clase_trabajadora_superar_la_valla_de_los_sindicatos/</link>
      <author>Administrador</author> 
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      <description>¿Qué significa para el movimiento obrero la muerte de Vandor? Aquí nos interesa el vandorismo como expresión “típica” de un ciclo sindical y político abierto con las grandes movilizaciones del 45’. Para la pequeña burguesía Vandor era la suma infamia sindical, un “instrumento de Onganía” equivalente a Coria o Cavalli. Semejante antivandorismo esconde un antiperonismo real y expresa la pedantería  docente del pequeño burgués de izquierda hacia los trabajadores. 

La crítica principal que hemos formulado a estas interpretaciones es que personalizan en ciertos dirigentes sin enjuiciar la raíz objetiva del problema, es decir, los límites operativos del movimiento sindical y los del peronismo como tendencia nacional&#45;burguesa.

En otros términos, esas interpretaciones alimentan la utopía de que “buenos dirigentes” resolverán las dificultades sin necesidad de un salto cualitativo en la ideología y en la organización, sin necesidad del partido revolucionario.

Con ello no pretendemos lavar las culpas de nadie, sino situarlas y descubrir sus causas, por un lado, y, por el otro, poner en su lugar a los endiosados de turno. Pues no ha de olvidarse que la misma “izquierda” que fulminaba a Vandor, se enternecía con Framini o Alonso, los “leales regeneradores”. ¡Qué largo y triste capítulo podría escribirse sobre el vandorismo de los antivandoristas!

La burocracia sindical

Precisamente en febrero último, cuando arreciaba la gritería sobre el participacionismo de  Coria… y Vandor, nosotros explicábamos por qué Vandor no había concurrido a la audiencia de los participacionistas con Onganía.

“Como en tiempos de Perón —dijimos— (estos últimos) visitan la Casa Rosada. Pero Perón era un antiimperialista burgués y Onganía hace la política del imperialismo. En el primer caso había bases objetivas para un acuerdo nacional, y en el segundo esa base no existe… Por eso, la ausencia de Vandor en el besamanos a Onganía no responde a causas morales sino prácticas. El secretario de la UOM no es un idealista romántico sino un negociador de fuerza de trabajo. El vandorismo parece advertir el despeñadero que se esconde tras la participación”.

Por eso, ante afirmaciones del semanario CGT de que “no haremos la unidad con traidores”, advertíamos:

“Ni siquiera los traidores pueden eludir siempre y en absoluto las circunstancias objetivas del Régimen, su incapacidad de asociar a un sector ponderable de las clase trabajadora. Muchos de ellos serán arrastrados a la lucha… aunque después maniobre y deserten”. 

“La clase trabajadora (añadíamos) se pone a menudo en movimiento a partir de sus actuales direcciones… El desenvolvimiento de la lucha, su generalización, es lo que permite superar el nivel presente de conciencia y operatividad y promover una nueva jefatura”. Para impedir esa generalización, el régimen pro imperialista se empeña en fomentar las divisiones sectoriales del proletariado. No queda otro camino que el de la unidad desde abajo. “Pero a la unidad desde abajo sólo se llegará disolviendo en la acción práctica reivindicativa esa diversidad de situaciones y experiencias (que hoy disgregan a la clase trabajadora por razones geográficas, profesionales y de ingresos). Una política de unidad encaminada a lograr acciones comunes circunstanciales o permanentes contra el Régimen resulta indispensable al polo más combativo para aunar en la marcha los distintos ritmos de maduración, impulsar la experiencia, arrastrar a los indecisos, aislar a los traidores y desenmascarar los demagogos de la unidad”. 

Lucha y deserción

Pues bien: los burócratas “fueron arrastrados a la lucha”; el proletariado se movilizó “a partir de sus actuales direcciones” y esta “acción práctica y reivindicativa” en parte “disolvió” la “diversidad de situaciones y experiencias”, gracias a que en ciertos lugares (v. gr. Córdoba) una “política de unidad” (no de entrega al aparato vandorista) permitió acciones “comunes” que facilitaron “la generalización de las luchas”.

Como se  ve, en contraste con la algarabía vocinglera de los seudo&#45;izquierdistas, no fuimos tomados de sorpresa por giro sindical de mayo y junio. Más aún, también supimos anticipar que la CGT de los Argentinos (que todos consideraban un cadáver a principios de año) había recibido una inyección providencial por el nuevo alineamiento exteriorizado en la audiencia de los participacionistas con Onganía, es decir, gracias a que la política económica impedía al gobierno “dar” y a los burócratas “participar”. “Para la CGT de los Argentinos ha sido una suerte el que Onganía tengan en Krieger a un ministro inconmovible por razones también inconmovibles”.

Las unificaciones en el interior, en efecto, reforzaron a la CGT porque nacieron de la lucha y a impulsos de un grandioso enfrentamiento popular.

Sí, el vandorismo “se vio arrastrado” aunque, fiel a sí mismo, no tardó en “maniobrar y desertar”. El examen de esta deserción conduce a la naturaleza esencial del “vandorismo”.

El acuerdo negociado

Al incorporarse a una movilización que de ningún modo había suscitado, el vandorismo abandona una parálisis de dos años, tras la derrota del “Plan de lucha” del verano del 67’. La vieja acción directa en el marco de un sindicalismo legalizado suponía un doble margen de maniobra: político, aprovechando la escisión entre el poder formal (gobierno) y fuerzas armadas y las limitaciones electoralistas del primero, y económico, en cuanto a la política inflacionaria permitía periódicas concesiones salariales. 

Aunque apelase a ocupaciones y otros métodos “revolucionarios”, el movimiento sindical actuaba como grupo de presión sobre las clases dominantes, a cuyo derrocamiento no aspiraba y de cuya legalidad dependía. Pero en 1967 se chocó con un poder concentrado y dispuesto a congelar la inflación. Consumada la derrota, sólo cabía negociar con el gobierno (aceptando sus términos) o elevarse a un nuevo sistema de lucha que no dependiese de la “condescendencia” oficial y obrase contra el régimen, no como grupo de presión dentro del Régimen. Este fue el intento (no resuelto) de la CGT de los Argentinos, mientras los participacionistas imploraban a Onganía que echase a Krieger en nombre de… ¡la revolución argentina!, o ni siquiera de eso.

El vandorismo no tenía alternativas que ofrecer bajo las nuevas circunstancias, pues su “sabiduría” se agotaba en la destreza negociadora, la eficacia del aparato, la movilización para presionar, y esas armas ya no eran suficientes. Tampoco intentó asumir la sorda oposición que germinaba en todos los sectores populares, aunque no pudiera exteriorizarse porque el Régimen golpeaba al primer amago, aislando al sector que reaccionaba y descargando todo el peso contra él. 

El vandorismo anhelaba el diálogo, un acuerdo con Onganía, pero un acuerdo negociado, no la entrega lisa y llana de los participacionistas. Cerrado el diálogo, el vandorismo se repliega a segundo plano, emprende la “reconquista” de los gremios adheridos a Paseo Colón, teje y desteje en busca de apoyos militares y espera.

Al estallar la lucha en mayo, el vandorismo comprendió que era preciso volcarse al movimiento general para no distanciarse de las bases y porque causas objetivas lo habían distanciado del gobierno.

Controlar el movimiento

Para Vandor se trataba, sin embargo, no de impulsar a un nivel superior las movilizaciones, sino de montar el potro en pelo y convertirlo en dócil pingo. Por eso clavó el freno cuando todo exigía pasar a las definiciones y congeló al Gran Buenos Aires pensando que así lograría obligar al presidente a agarrarse de él como de un clavo ardiente e imponerle condiciones “nacionales y populares”. Al mismo tiempo, decía al interior y a Ongaro: “Antes de luchar vamos a unificarnos”.

El pretexto aducido era el de impedir un cuartelazo “liberal”, ya que Onganía sería el “mal menor” frente a Lanusse o los colorados. Si por liberal se entiende cipayo, agente de monopolios y estancieros, antiobrero, libreempresista, ignoramos que hay  de peor frente a Onganía. Pero el proletariado no puede atarse a tan equívocas evaluaciones. Cuando por su empuje cae un régimen de oprobio oligárquico, la relación de fuerzas cambia a su favor, la experiencia de lucha, la confianza en sí mismas de las masas, el sistema de aliados (por el vuelco global de las clases medias), cualquiera sea el gobierno que transitoriamente te establezca. Ello, sin excluir que a impulso de una gran marejada, un sector minoritario de las fuerzas armadas vire hacia el pueblo alterando decisivamente la situación, como en Santo Domingo en 1965.

Peso del aparato

En cuanto a la exigencia de la unidad antes de lanzarse a la pelea, Vandor la justifica diciendo que de otro modo los laureles habrían correspondido a Ongaro. Sí, el nuevo giro confirmaba la tesis de la CGT de los Argentinos de combatir al Régimen en vez de negociar con él. Pero al margen de que estos cálculos son mezquinos cuando la situación viene en grande, quien sepa asumirla no puede temer debilitarse. Si Vandor hubiera pasado resueltamente a la ofensiva, habría privado a Paseo Colón de su misma razón de ser a los ojos del país entero. Era un manejo burocrático en una situación que debía abordarse revolucionariamente. Vandor no admitía el menor “pluralismo” de direcciones sencillamente porque en caso contrario le sería imposible frenar un movimiento que él quería convertir en un arma más de negociación.

Al alcanzar cierto nivel la lucha, ya no es posible confiar en la relación de fuerzas entre aparatos. A condición de mantener su independencia, el más débil puede pasar al frente si el más poderoso capitula. Y ese peligro era el que Vandor quería suprimir antes de actuar.

Inactualidad

En realidad Vandor abordaba una nueva situación histórica con el espíritu y los métodos de un sindicalismo crecido (legítimamente, por otra parte) bajo el régimen nacional&#45;popular del peronismo, y cuyas luchas posteriores al 55 se habían desarrollado con márgenes necesarios para poder obrar como grupo de presión.

Esta realidad ya era inactual en marzo del 67, pero lo fue de un modo vivo y presente al estallar las grandes movilizaciones y hacerse indispensable un cabeza para el proletariado del Gran Buenos Aires. El “realismo político” de Vandor, su desdén de “hombre práctico” por la ideología revolucionaria, su soberbia de dueño del aparato, le impidieron una vez más asumir (ahora en el momento decisivo) una estrategia. Que la clase obrera tiene como misión histórica el socialismo, era una frase sin sentido para el hombre ensimismado en resolver “lo inmediato”, que finalmente acaba por no resolverse si falta la levadura del gran objetivo ordenador y necesario.

La táctica de apoyar o presionar desde abajo soluciones arbitradas desde arriba corresponde a las condiciones abiertas en 1945. Los hechos parecen demostrar ahora que ya la conducción vandorista empezaba a entrar en conflicto con las aspiraciones concretas de la clase trabajadora.

Política revolucionaria

La repercusión en el Gran Buenos Aires del paro del 30 de junio (totalmente desproporcionada al poderío organizativo de Paseo Colón), el inédito poder de iniciativa conquistado por las regionales del interior, indican un principio de cambio que no cabe desestimar.

La clase obrera, como contingente masivo, estuvo ausente en el entierro de Vandor. Sólo las coronas alcanzaban cifra record. Pero los obreros de base no se manifiestan floralmente. El testimonio del desencanto no podía ser más lapidario.

Para quienes consideran el “participacionismo” un degeneración infernal del sindicalismo, bueno es recordar que los sindicatos, como tales, son en esencia participacionistas es decir, se proponen participar con la presión, el regateo y el diálogo en la fijación que de las condiciones de vida de la clase obrera hacen las clases explotadoras, dueñas del poder político y económico. Lo aberrante del actual “participacionismo”, tan dulce a Onganía, es que se plantea cuando ya no hay como participar. 

Pero ir más allá de estos reajustes del sistema es ir más allá de los sindicatos mismos, es promover, organizar y educar a una nueva generación de combatientes obreros en la lucha con las banderas del socialismo revolucionario y la ideología del marxismo nacional.

Después del vandorismo

La muerte de Vandor sobreviene en el crepúsculo político del vandorismo. Pero el crepúsculo del vandorismo no es el de una tendencia particular dentro del movimiento sindical, sino la del movimiento sindical en cuanto grupo de presión orientado a “humanizar” el régimen capitalista, no a suprimirlo, la del movimiento sindical no vertebrado por la vanguardia obrera constituida en partido combatiente. Según la tesis clásica, e indiscutible, el “movimiento sindical puro”, es decir, circunscripto a las reivindicaciones económicas, engendra “tradeunionismo”, es una variante del reformismo burgués. Pero la superación del “trade&#45;unionismo”[1] no consiste en sindicatos con ideología nacional, con programa antiimperialista o socialista revolucionario. Tampoco consiste en la adhesión a movimientos políticos que han implicado un avance histórico por expresar un programa democrático&#45;burgués en una país semicolonial como la Argentina. La superación del “tradeunionismo” consiste en la organización de la vanguardia combatiente en partido socialista revolucionario. No hay modo de trampear esta tarea, y a la luz de su cumplimiento es que seremos juzgados. 

La pretensión de que el oportunismo negociador de Vandor es la infamia particular de un hombre, de un grupo de dirigentes, de un sector sindical, es una pretensión ridícula, despreciable, charlatana capituladota e infame, a la vez que hipócrita. 

Si de algo Vandor fue el exponente típico, fue de la nueva generación de dirigentes sindicales surgidos en la lucha posterior al 16 de septiembre de 1955, brotados desde el llano y en la adversidad.

Si algo caracterizó a Vandor fue su condición de dirigentes que venía a reemplazar con sangre nueva a aquellos otros ablandados o corrompidos bajo el poder, que defeccionaban cuando era preciso impulsar las banderas desde abajo.

Y si al cabo de un ciclo de grandes luchas el vandorismo aparece como la encarnación del “aparato” sindical negociador y capitulador, desprovisto de una estrategia que atraviese la maraña del sistema vigente y sus opciones, ello nos demuestra, como en una experiencia de laboratorio, que el simple recambio de hombres, los traspasamientos generacionales y demás recauchutajes “éticos” no harán otra cosa que preparar nuevos Vandores, desde el vandorismo y también desde el antivandorismo. 

No se trata de renegar del pasado sino de permanecer dignos de él trascendiendo sus límites y elevándonos a las necesidades del nuevo momento histórico, que se caracteriza por la urgencia de enfrentar globalmente el sistema político y económico de las clases explotadoras. Pero tampoco basta con proclamar una decisión, un pensamiento, un principio superador, si renunciamos al compromiso organizativo que da seriedad a estos propósitos. Las movilizaciones de mayo y junio rebasaron manifiestamente a todas las estructuras tradicionales.

Los viejos políticos presenciaron como la clase media (gorila en el 55) se movilizaba a sus espaldas hacia el proletariado. La izquierda de  esa moribunda Unión Democrática, empezando por el PC, tironeaba para introducirnos en una “amplia coalición” con los fantasmas. En cuanto a Perón, no dijo nada, no formuló una sola directiva sencillamente porque ante el auge de las movilizaciones nada tenía que decir. Los dirigentes políticos del peronismo ¿dónde estuvieron? Estuvieron en diverso grado los dirigentes sindicales, los activistas y, sobre todo, las masas obreras y estudiantiles. Pero la estructura sindical reveló su impotencia para asumir en continuidad la iniciativa y conducción estratégica del movimiento. 

Toda la experiencia empuja férreamente a la conclusión de que la lucha por el poder obrero y popular exige al proletariado estrechar filas hacia la constitución del partido revolucionario, bajo las banderas del socialismo y con la ideología del marxismo latinoamericano y nacional.</description>
      <dc:subject>Lucha Obrera</dc:subject>
      <dc:date>1969-08-02T01:19:00+00:00</dc:date>
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    <item>
      <title>La Izquierda Nacional ante la muerte de John William Cooke</title>
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      <author>Administrador</author> 
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      <description>John William Cooke acaba de morir. Se extingue así la vida de un luchador con quien hemos disentido muchas veces, pero frente al cual no cabía sino el respeto personal y político, cosa bastante rara en nuestro medio. La razón es simple. Cooke comenzó su vida política muy joven, cuando la revolución de junio de 1943 y los acontecimientos del 45 habían dividido profundamente al país. Elegido diputado nacional en 1946, designado luego profesor de Economía Política en la Facultad de Derecho de la UBA, el “cursus honores” de Cooke auguraba una brillante carrera política dentro del peronismo. Formaba parte, realmente, del elenco dirigente de un partido en el poder. ¿Qué más podía pedir el joven político según las normas que dicta a una ambición legítima la sociedad burguesa? Concluido su mandato legislativo, Cooke fundó la revista semanal De Frente. Esta publicación se convirtió en la mejor revista de su género que probablemente se haya publicado en el país en los últimos 20 años. Cooke le infundió una vitalidad, una amplitud y un nacionalismo democrático realmente poco usual. Basta echar una mirada a las revistas “de noticias” de hoy, con su repugnante adulonería hacia los poderes constituidos del imperialismo, para apreciar en su valor lo que significó De Frente.

Cuando algunos de los hombres que hoy integran la Izquierda Nacional lanzaron en 1954 la iniciativa de realizar un homenaje nacional a Manuel Ugarte, con motivo de la llegada de sus restos a la Argentina, Cooke integró la Comisión de homenaje y brindó las oficinas de De Frente como sede de dicha Comisión. Del mismo modo pronunció un discurso en el Salón Augusteo, en el Funeral Cívico.

La parálisis interna del peronismo y la actitud conspirativa de le oposición cipaya en 1953&#45;54 inspiraron a Perón la necesidad de remodelar el aparato dirigente de su movimiento. Así, fue designado Presidente del Peronismo Alejandor Leloir, y Cooke interventor en ese movimiento en la Capital Federal. Su contraofensiva política sobre la cuestión del petróleo, junto a Bustos Fierro, Rumbo y otros, demostró las reservas de energía intelectual que yacían bajo la losa de la burocracia peronista, en tanto movimiento nacionalista burgués.

Cooke aplastó literalmente, junto a los nombrados, a la banda de “antiimperialistas del petróleo”, los Silenzi de Stagni y compañía, que medraban en la época con su apolillada ciencia del trépano. Con la caída del régimen peronista, Cooke no se refugió en la vida privada, sino que demostró en la acción su coraje personal y político. Enviado a Ushuaia, al siniestro penal que Perón había clausurado y que la Revolución Libertadora reabrió para uso del peronismo, se fugó espectacularmente y llegó a Chile con un grupo de compañeros.

Desde 1955 la vida de Cooke fue un constante deambular por América Latina y Europa. Intervino en las negociaciones que condujeron al pacto de Perón con Frondizi, aunque muy pronto hizo conocer su decepción por los resultados de dicho acuerdo. Bajo el gobierno de Frondizi influyó en la conducción de la huelga del Frigorífico “Lisandro de la torre”, contribuyó a organizar la frustrada guerrilla de los Uturuncos y finalmente viajó a Cuba socialista, donde permaneció un largo período. Volvió de la Isla persuadido de que el pensamiento marxista era el único que podía guiar a la revolución argentina y latinoamericana en esta época. Aquel joven parlamentario agobiado de éxitos y honores había quedado muy atrás. Su entereza para superar teóricamente la formación intelectual de toda su vida no fue menor que aquella que guió desde ese momento sus pasos en la lucha revolucionaria.

Cooke se consideraba un peronista revolucionario y no juzgaba incompatible esa bandera con sus opiniones marxistas. Creemos que no es el momento para discutir ese punto, ni para debatir nuestras divergencias en cuanto a la aplicabilidad universal y genérica de la táctica guerrillera en que Cooke creía, sino para subrayar el valor integral del hombre que fue, del amigo que perdimos y del combatiente argentino y latinoamericano que abrazó el camino de la revolución desdeñando a los prudentes filisteos.</description>
      <dc:subject>Lucha Obrera</dc:subject>
      <dc:date>1968-10-02T03:38:01+00:00</dc:date>
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    <item>
      <title>Sindicatos y liberación nacional</title>
      <link>http://www.izquierdanacional.org/documentos/articulos/sindicatos_y_liberacion_nacional/</link>
      <author>Administrador</author> 
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Los sindicatos ocupan una función dual en la sociedad capitalista. Por un lado, encuadran y movilizan a los trabajadores en pos de sus reivindicaciones inmediatas, establecen el primer grado de enfrentamiento con las clases opresoras, tienden a reunir al conjunto de la clase trabajadora sin distinción de niveles de conciencia, opiniones y particularismos.

Por el otro, los sindicatos permanecen ligados a las condiciones de la explotación capitalista, ya que tanto en las huelgas como en las negociaciones se proponen mejorar las condiciones salariales y de trabajo sin discutir la relación capital&#45;salario como tal. Es que, para gravitar en su función, los sindicatos deben reunir al conjunto de los trabajadores de su respectiva rama, incluso a los sectores medios y relativamente atrasados.

De ahí que el sindicalismo, espontáneamente, tienda a generar políticas que son variantes de la política burguesa, y que los líderes sindicales, en cuanto tales, hagan de las organizaciones grupos de presión dentro del orden capitalista y no instrumento de una estrategia revolucionaria para la clase oprimida. Los sindicatos norteamericanos sirven al Departamento de Estado; los británicos refuerzan el centro y la derecha del Partido Laborista al cual están integrados; los alemanes han impuesto a su Social&#45;democracia la renuncia al viejo programa declarativamente socialista. En todos estos casos, ellos han funcionado como mecanismo de integración del proletariado a un horizonte “nacional” común, es decir, imperialista.

2

En las semicolonias, allí donde la penetración imperialista se efectúa erigiendo e injertando una plataforma modernizada que incluye una clase obrera marginal (servicios públicos, industrias de exportación, etc.) suele suceder que los sindicatos renuncien a ensamblar a las formaciones obreras con el conjunto de la nación oprimida, y procuren en cambio arrancar prerrogativas dentro de la plataforma imperialista, a cambio de su adhesión y sometimiento. La hostilidad del viejo sindicalismo frente a Yrigoyen y Perón no reconoce otro origen. Su “independencia” y su lenguaje “clasista” cesaban frente a los intereses básicos de la colonia agropecuaria.

3

De ahí que los procesos de crecimiento interno descolocasen al viejo sindicalismo pro&#45;imperialista, y que la alianza nacional del 45, obrero&#45;burguesa, abriese un nuevo período para el movimiento sindical. Los rasgos diferenciales del nuevo sindicalismo fueron:

1) Su carácter masivo, en contraste con los viejos sindicatos minoritarios;
2) El predominio de los gremios de industria, acorde con las transformaciones económicas a partir de la gran crisis, desplazando a los de servicios públicos, etc.;
3) La unidad, que se logró aglutinando a las viejas y nuevas formaciones obreras, a las de origen inmigrante y a las de procedencia provinciana en torno a la jefatura bonapartista y el programa nacionalista&#45;burgués de Perón;
4) La institucionalización del movimiento sindical, es decir, protección y control simultáneos del estado burgués;
5) La inestabilidad contradictoria de las direcciones sindicales, sometidas a la doble presión vertical y de las bases;
6) La despolitización ideológica, modo de control bonapartista al par que reflejo de la prosperidad transitoria en el marco de un capitalismo nacional.

4

La derrota de 1955 enfrentó a este movimiento, nacido en el cauce de una movilización nacional&#45;democrática, con una tentativa que ya sólo podía ser parcial de restauración oligárquica. El gobierno de Frondizi procura sancionar este compromiso mediante la nueva Ley de Asociaciones y la entrega negociada de la CGT. Pero la contradicción básica no puede resolverse: por un lado, el movimiento sindical está incorporado a la tradición y conciencia nacionales tan profundamente que ya es parte de la “constitución real”; por el otro, el sistema carece de margen de maniobras para negociar la integración de jefaturas sindicales encargadas de “graduar” las tensiones de clase: lo impide la quiebra de la estructura semicolonial argentina. Pero el peronismo (por tradición, estructura, ideología) no contribuye a superar sino a afianzar las tendencias burguesas generadas espontáneamente por todo aparato sindical.

Esta contradicción ha empujado al movimiento sindical más allá de sus “límites naturales”, llevándolo a cuestionar la estructura misma de la sociedad oligárquica y dependiente, por mera presencia “incompatible”, por acciones de lucha y por planteos formales (aunque, nótese bien, nunca ideológicos). Pero, al mismo tiempo, las direcciones no consiguen desplegarse con fuerza operativa frente al régimen: vacilan, se desorientan, entran en crisis, se corrompen, carecen de una estrategia de poder (aún si formulan programas “avanzados”), y terminan a la zaga de cualquier combinación burguesa.

5

La contradicción se superará, únicamente, cuando una nueva selección de cuadros, aglutinada en torno a un eje socialista&#45;revolucionario, pueda a su vez vertebrar, imprimirle un derrotero propio (que no quiere decir aislado, “corporativo”) a la política sindical. La clase obrera no puede diluirse en el movimiento nacional (en el frente antiimperialista) porque éste necesita de la jefatura de la clase obrera para poder triunfar; pero la clase que aspira a un liderazgo debe empezar por afirmar su propia autonomía e independencia. Ahora bien: si esta independencia ha de conquistarse ha de ser creando los órganos a través de los cuales el común denominador sindical impreso al todo por los niveles medios y bajos de conciencia política que predominan en la afiliación masiva, no paralice a los elementos de vanguardia. El partido revolucionario resulta así el órgano de la vanguardia del proletariado, que si le preexiste en germen sólo se plasma, educa y realiza por él y a través de él. La vanguardia es una función de la clase, sólo se delimita de ella para poder reunificarla en la asunción de su misión histórica. Y esta función requiere su órgano, el partido revolucionario, es decir un sistema estable y firme de cuadros, relaciones, centralización, ideología, programa, experiencias, medios, selección, jerarquías, tácticas, nexos con el conjunto de la clase, política de alianzas, etc. El aparato sindical no puede suplir esta organización específica. Dirigentes con tensión e ideas revolucionarias al frente de un sindicato, si carecen del instrumento operativo de un partido revolucionario se exponen a no poder trascender (aunque subjetivamente lo deseen) el “techo” del reformismo sindical.

6

El fondo de la cuestión es entonces que el nivel sindical conquistado en 1945 ahora debe ser defendido apelando a una estrategia de poder. Pero la presión de las clases dominantes, sus enormes recursos, su influencia ideológica sobre los sectores medios y atrasados, si bien, el coincidir con su crisis y decadencia, no les permite asimilar al movimiento sindical —cuya mera presencia es así revolucionaria— sí les permite paralizarlo, hasta tanto del cauce de ese movimiento emerja la vangaurdia que le infunda una estrategia.

Ante este problema tan decisivo importa recordar a cierto oportunismo un par de verdades tan antiguas como olvidadas: es la idea que crea los cuadros, no hay acción revolucionaria sin ideología revolucionaria.</description>
      <dc:subject>Izquierda Nacional</dc:subject>
      <dc:date>1966-05-01T07:00:00+00:00</dc:date>
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      <title>Clase Obrera y Poder</title>
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      <author>Administrador</author> 
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      <description>La afirmación de que padecemos una crisis de estructura se ha convertido en un capcioso lugar común. ¿Cuál es la estructura argentina que debe ser cambiada? La del régimen de propiedad, la naturaleza y jerarquía de las clases sociales, la organización social de la producción. Esta estructura determina, a su vez, la naturaleza del poder político, incompatible con una democracia de soberanía popular.</description>
      <dc:subject>Historia de la Izquierda Nacional</dc:subject>
      <dc:date>1964-08-01T10:50:00+00:00</dc:date>
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    <item>
      <title>El imperialismo yanqui y la burguesía argentina</title>
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      <author>Administrador</author> 
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      <description>A pesar de que hace ya varios meses que las Naciones Unidas han obtenido la victoria, el imperialismo yanqui continúa su campaña contra el gobierno argentino. Durante mucho tiempo la misma se basó en la penetración nazi, el espionaje y en supuestas tentativas de Alemania de crear un frente diversionista en América del Sur (incluso el plan de invasión de los Estados Unidos por los argentinos, denunciado en la prensa yanqui por Emil Ludwig). Ante la imposibilidad de continuar con semejante patrañas, los agentes de Wall Street simulan ahora interesarse por el porvenir democrático del pueblo argentino.
No creemos necesario abundar en argumentos y ejemplos sobre la falacia de las pretendidas simpatías democráticas de los gobernantes yanquis, agentes del gran capital. Cualquiera puede encontrar todos los días, en la prensa, las noticias sobre colaboración amistosa entre el Departamento de Estado y los regímenes mas brutalmente reaccionarios de todo el mundo. 
En la actualidad la prensa de los Estados Unidos, así como la mayoría de los diarios de América Latina, bajo el control de los pulpos financieros de Wall Street, realizan una sistemática campaña en contra del pueblo argentino, encubriéndola en una lucha contra su gobierno. Escritores, músicos, políticos, periodistas, poetas, sabios, etc., formulan periódicamente declaraciones y escriben artículos en la prensa continental “explicando” la apatía del pueblo argentino ante su gobierno nazi. Los editorialistas de los grandes diarios de América Latina y los comentaristas radiotelefónicos simulan defender a sus “hermanos” argentinos de la imputación —que ellos mismos hacen— de que en nuestro país sus habitantes sólo se interesan por los placeres materiales y el fútbol. Con más o menos habilidad, con mayor o menor éxito, el “problema” argentino es debatido en estos términos una y otra vez; y así, durante meses y años. La huelga del 17 y 18 de octubre explicó suficientemente la “apatía” del proletariado. Una derivación dolorosa de todo esto es la franca actitud de antipatía y desconfianza que ciertos círculos de obreros avanzados de América latina y de Estados Unidos demuestran ante nuestra actividad revolucionaria. Quieren “aconsejarnos”, “ayudarnos”, sin advertir el paralelismo sospechoso de su actitud con las normas propagandísticas que dicta el Departamento de Estado. La verdad es que la penetración del imperialismo yanqui en el movimiento obrero de América Latina está lejos de ser únicamente ideológica: el dinero yanqui, más o menos disfrazado, juega un gran papel.

Es necesario preguntarse a qué se debe el despilfarro de dinero de las Sesenta Familias, en esta cuestión. Excluida la hipótesis de que pueda tratarse de un interés lírico por la democracia argentina, debemos buscar en causas mas materiales la explicación de su actitud. La misma no se encuentra en la tradicional separación o falta de comprensión entre las clases dominantes de Argentina y Estados Unidos debido a la similitud de su producción agropecuaria, que las hizo, en el pasado, competir en los mercados europeos. Tampoco en la estrecha ligazón económica existente entre la burguesía agropecuaria argentina y el imperialismo inglés, que ha colocado a éste en nuestro mercado de mercancías y capitales en situación de invariable superioridad con respecto a su rival yanqui. Aunque ambos factores tienen una influencia poderosa, no explican por sí solos la áspera disputa. Esos factores han existido en el pasado y no se han desarrollado ahora más que entonces. Sin embargo, las relaciones tenían un tono diplomáticamente correcto. Ahora las cosas han cambiado. Todos los disimulos se han dejado de lado, y en los altos círculos de Estados Unidos lo único que se discute son los métodos a adoptar en una lucha en la que todos ellos están de acuerdo.

La causa inmediata de esta actitud reside en el nacimiento de una joven burguesía argentina, en gran parte ligada al capital europeo, que intenta competir con los productos industriales yanquis. La causa mediata, aunque la única decisiva y que lo explica todo, está en el temor de que con la base de un cierto desarrollo industrial argentino se estructure una federación de países de Latinoamérica. Como ya se ha dicho, los imperialistas yanquis, apoyándose en el poderío derivado de la Unión de los Estados norteamericanos en su actual gran nación, quieren impedir que los países sudamericanos construyan su Estado nacional unificado.

La política yanqui con respecto al sector actualmente dominante de la burguesía argentina es sólo un aspecto de una más amplia y general frente a los que están en situación similar en el resto de América Latina. Lejos estamos de querer jugar con analogías peligrosas. La situación de los Estado latinoamericanos es tan distinta entre sí como puede serlo la de países semicoloniales de un mismo origen, que han basado su economía en la venta a los países imperialistas de uno o dos productos básicos ya los que la crisis general del capitalismo y la consiguiente de su economía básica ha obligado a una cierta industrialización. Y, podemos agregarlo, que tienden a caer todos bajo la hegemonía de una sola metrópoli imperialista: los Estados Unidos. Es decir, que dentro de sus grandes diferencias tienen profundas analogías. Así Brasil, basada su economía en la exportación de café (que en 1921 representaba el 60 % del total de la misma, para caer en 1942 a sólo el 26 %), cuyo principal comprador lo constituía los Estados Unidos. Toda la vieja oligarquía fazendeira es abiertamente enemiga de la industrialización realizada en los Estados de San Pablo y Minas Geraes, cuyo principal mercado exterior lo constituye la Argentina. A su vez, la burguesía industrial brasileña, aunque ligada al imperialismo, tiene interés en unir su economía con la de nuestro país, que además de ser un buen mercado, le puede suministrar abundantes alimentos para su proletariado.

En ambos países —Argentina y Brasil— (en otra ocasión hablaremos de Chile) existen intereses partidarios y enemigos de estrechar su vinculación económica. La tendencia favorable se traduce, por el momento, en una política ferroviaria y caminera, distinta de la tradicional —que unía el interior con los puertos de exportación—, tendiente a facilitar la vinculación económica de ambos países; amén de estudios y proyectos de tratados aduaneros que conducirían a una eventual Unión Aduanera. El imperialismo yanqui se apoya en los poderosos intereses económicos que resultarían hondamente perjudicados por una transformación económica tan radical (cultivadores de café y ganaderos de Río Grande, en Brasil; terratenientes y productores de azúcar y yerba mate, en Argentina, por ejemplo). Como no está seguro de poder mantener por ese medio la situación actual, prepara ideológicamente al pueblo norteamericano y al de los distintos países de Latinoamérica contra la Argentina “fascista” para una intervención más directa. El pequeño Uruguay, super&#45;artificial creación del imperialismo, continúa desempeñando su papel de Gibraltar sudamericano.

Las jóvenes burguesías argentina y brasileña, llegadas demasiado tarde, se ven enfrentadas ante una tarea que excede enormemente sus propias fuerzas; las burguesías de los otros países latinoamericanos, Méjico inclusive, están en peores condiciones aún. El temor de la revolución proletaria les quita el aliento y ante el primer amago de una seria movilización de las masas correrán a cobijarse bajo las alas protectoras del águila yanqui. Cualquier clase de ilusión a este respecto, cualquier sobre estimación de las posibilidades revolucionarias de las burguesías latinoamericanas, sólo puede conducir a la case trabajadora al desastre.

Las tareas nacionales incumplidas, en esta época en que el socialismo está a la orden del día, sólo pueden ser realizadas por el proletariado. Es a él al que le corresponde denunciar abiertamente el papel expoliador y esclavizante de las Sesenta Familias, su mentida democracia, su apoyo a los dictadorzuelos sangrientos del Caribe, su ilegal ocupación de Puerto Rico, el régimen inhumano que impera en las empresas industriales que posee en nuestros países. Es a él al que le corresponde explicar la mentira y la impotencia del antiimperialismo burgués, que es incapaz aún de plantearse claramente sus objetivos nacionales; es él quien debe dar las razones de por qué en los momentos decisivos los burgueses “antiimperialistas” se pondrán inevitablemente del lado del amo o, en el mejor de los casos, de parte de un amo imperialista en contra de otro. Es a la clase trabajadora a la que le corresponde la tarea de explicar a los pueblos de América Latina la conveniencia de llegar a una federación de Estados que se daría una constitución, a través de una Asamblea Constituyente democráticamente elegida.

Para llevar adelante esta grandiosa tarea histórica el proletariado latinoamericano no necesita renegar de sus objetivos de clase. Es mas, sólo logrará cumplirla si lucha abiertamente por los mismos, si no se deja paralizar por la mentirosa teoría que identifica sus intereses con los de las burguesías nativas. Bajo la dirección de su partido de clase el proletariado debe conducir una lucha independiente por sus objetivos de clase, sin postergar ninguno de ellos en aras de la solidaridad con la burguesía.

El proletariado argentino debe, en la acción, desenmascarar al antiimperialismo burgués exigiendo la confiscación sin indemnización de los frigoríficos, ferrocarriles, teléfonos, servicios de luz y aguas corrientes, en manos de las empresas extranjeras. Debe exigir la nacionalización del petróleo y la fusión de todos los bancos en un banco único del Estado. Sólo en la acción podrá poner de manifiesto la estrecha vinculación que existe entre los partidos y dirigentes sindicales “democráticos” y el imperialismo.</description>
      <dc:subject>Frente Obrero</dc:subject>
      <dc:date>1945-10-22T03:55:00+00:00</dc:date>
    </item>

    <item>
      <title>La capitulación de los socialistas y stalinistas ante el imperialismo explica el apoyo obrero a Perón</title>
      <link>http://www.izquierdanacional.org/documentos/articulos/la_capitulacion_de_los_socialistas_y_stalinistas_ante_el_imperialismo/</link>
      <author>Administrador</author> 
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      <description>Los acontecimientos de los días 17 y 18 de este mes han dejado perplejos y confundidos a los stalinistas, socialistas y en general a toda la pequeña burguesía que se halla bajo el influjo ideológico de la oligarquía y el imperialismo. A fuerza de repetir todos los días, en todos los tonos y desde todas las capitales del mundo, que el pueblo argentino —salvo algunos pocos miserables colaboracionistas— repudiaba unánimemente a la dictadura, habían llegado a creer que eso era cierto.
La ofensiva oligárquico&#45;imperialista, que había logrado movilizar a grandes sectores de la pequeña burguesía acomodada, estudiantes y profesionales, se hizo sentir en el seno mismo de la oficialidad, que hasta entonces había apoyado al Coronel. La estrategia peroniana de organizar a la c1ase obrera para apuntalar su política nacionalista parecía haber fracasado. La oficialidad de Campo de Mayo, haciéndose intérprete del resto del Ejército, exigió la renuncia de Perón y sus más inmediatos colaboradores, y ofreció a la oligarquía algunos ministerios a fin de construir un gabinete de conciliación nacional. La clase obrera interpreto esos acontecimientos políticos como el preludio de un inminente ataque a sus condiciones de vida: a pesar de las promesas oficiales de conservar y aun acrecentar las conquistas obreras, empezó a agitarse, infundió un nuevo coraje a las hasta ese momento desorientadas y destartaladas huestes peronistas y salió a la calle para impedir que se estabilizara un cambio político que conducía, inevitablemente, al poder a la burguesía agropecuaria. La huelga general demostró a la oficialidad del Ejército que la política de Perón no era de ningún modo descabellada y éste quedó momentáneamente reivindicado.

Durante los largos meses transcurridos desde el 4 de junio de 1943, los stalinistas, con el apoyo de los socialistas, llamaron en varias ocasiones a la huelga general; salvo algunos sectores de obreros de la construcción, la clase obrera permaneció insensible a sus llamados y el más estrepitoso fracaso corona sus esfuerzos por defender la “democracia”. Y ahora, he aquí que un militar, un recién llegado o poco menos, logra sacar al proletariado de sus fábricas y lanzarlo a la calle, con el solo apoyo de un débil equipo de dirigentes sindicales de alquiler y sin ningún gran diario que apoye su política. 

La misma masa popular que antes gritaba “Viva Yrigoyen” grita ahora “Viva Perón”. Así como en el pasado se intentó explicar el éxito del yrigoyenismo aludiendo a la demagogia que atraía a la chusma, a las turbas pagadas, a la canalla de los bajos fondos, etc., así tratan ahora la gran prensa burguesa y sus aliados menores, los periódicos socialistas y stalinistas, de explicar los acontecimientos del 17 y 18 en iguales o parecidos términos. Con una variante: comparan la huelga en favor de Perón con las movilizaciones populares de Hitler y Mussolini. Identificar el nacionalismo de un país semicolonial con el de un país imperialista es una verdadera “proeza” teórica que no merece siquiera ser tratada seriamente; señalemos sin embargo una diferencia: los fascistas utilizaban a las tropas de asalto, compuestas en su mayoría por estudiantes, en contra del movimiento obrero; Perón utilizó al movimiento obrero en contra de los estudiantes en franca rebeldía.

La verdad es que Perón, al igual que antes Yrigoyen, da una expresión débil, inestable y en el fondo traicionera, pero expresión al fin, a los intereses nacionales del pueblo argentino. Al gritar “Viva Perón” el proletariado expresa su repudio a los partidos seudo&#45;obreros cuyos principales esfuerzos en los últimos años estuvieron orientados en el sentido de empujar al país a la carnicería imperialista. Perón se les aparece, entre otras cosas, como el representante de una fuerza que resistió larga y obstinadamente esos intentos y como el patriota que procura defender al pueblo argentino de sus explotadores imperialistas. Ve que los más abiertos y declarados enemigos del Coronel lo constituyen la cáfila de explotadores que quieren enriquecerse vendiéndole al imperialismo anglo&#45;yanqui, junto con la carne de sus novillos, la sangre del pueblo argentino.

Una justa interpretación de los sucesos indicados no puede hacerse sin considerar el momento que vive el mundo. La clase trabajadora de todos los países siente oscuramente que las condiciones han cambiado, que debe reorganizar sus cuadros y rectificar el rumbo seguido en los pasados años. Al proletariado argentino, la política peronista en los sindicatos le ofreció un inesperado apoyo para librarse, en parte, del abrazo asfixiante de los partidos socialistas y comunistas que querían utilizar las fuerzas de la clase obrera para remachar las cadenas de la explotación imperialista.

Sólo un cretino sin remedio puede creer que el proletariado se deje engañar totalmente con las promesas de Perón o se deslumbre con los adornos de su gorra militar. Solo quién desconoce en absoluto la situación del proletariado en la sociedad capitalista puede pretender que un movimiento que surge desde lo profundo de las capas más explotadas tenga desde el principio una expresión de clase correcta. Los dirigentes amarillos encubren habitualmente su política entregadora con una atrayente fraseología proletaria; a la inversa, la clase obrera puede tener manifestaciones de un neto carácter clasista encubiertas con consignas aparentemente reaccionarias. La historia nos lo muestra acabadamente. Tomemos un sólo ejemplo: la revolución de 1905 en Rusia fue encabezada en sus primeras etapas por un cura, el pope Gapón; pocos meses después, el mismo proletariado que había marchado detrás dc los íconos entonando cánticos religiosos designaba a León Trotsky presidente del Soviet de San Petersburgo. Dc nosotros depende que el proletariado argentino que marchó el 17 y 18 de octubre por las calles entonando el Himno Nacional y la Marcha de San Lorenzo y aclamando a un miembro dc la clase explotadora, encuentre las consignas que corresponden al contenido revolucionario de su lucha.

Aquellos que desconocen el sentido y la importancia de las tareas nacionales en nuestra Revolución están incapacitados para comprender estos acontecimientos: en general están incapacitados para comprender nada. Los que se engañaron tomando la movilización de estudiantes burgueses y damas perfumadas por los preludios de la “revolución” juzgan a la huelga general del 17 y 18 de octubre como una especie de aberración, que echa al suelo todas sus teorías. La aberración estaría, en todo caso, en que individuos que se denominan a si mismos marxistas se pongan del lado del imperialismo en sus escaramuzas con algunos sectores de nuestra burguesía semicolonial.

Momentáneamente derrotados, la burguesía agropecuaria y sus aliados imperialistas de Nueva York y Londres reagrupan sus fuerzas buscando nuevas bases y puntos de apoyo para continuar la lucha o para lograr una transacción ventajosa. Por su parte, la clase obrera le ha dado a los acontecimientos señalados el sentido de un verdadero triunfo suyo. Por primera vez en muchos años ha salido a la calle y ha influido de manera importante en el curso político del país. Casi todos los obreros se dan cuenta de ella; los más atrasados magnifican las proporciones de su victoria y las ventajas que obtendrán. Los mas conscientes la interpretan como un simple episodio —el primero—de una larga lucha.

Las grandes masas explotadas se están poniendo de nuevo en movimiento. Darles conciencia del verdadero sentido de su lucha y organizarlas para la misma —ser la expresión consciente del movimiento inconsciente de las masas— es la misión histórica de la vanguardia proletaria.</description>
      <dc:subject>Frente Obrero</dc:subject>
      <dc:date>1945-10-22T03:50:00+00:00</dc:date>
    </item>

    <item>
      <title>Bases económicas de la política burguesa argentina</title>
      <link>http://www.izquierdanacional.org/documentos/articulos/bases_economicas_de_la_politica_burguesa_argentina/</link>
      <author>Administrador</author> 
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      <description>La época reaccionaria que hemos vivido se ha manifestado en el campo ideológico por la confusión teórica. La clase trabajadora argentina ha sido llamada a apoyar en la lucha las consignas abstractas de: democracia, fascismo, panamericanismo, neutralidad, intransigencia, etc., al margen de su contenido de clase.
Desde hace mucho tiempo, sin embargo, en el acervo ideológico del proletariado se ha incorporado como una indiscutible verdad que la política es la expresión concentrada de la economía. Ninguna otra clase social tiene interés en exponer a la luz del día las fuerzas económicas que hallan su expresión en los conceptos abstractos que hemos indicado mas arriba y otros del mismo calibre. Incluso el stalinismo —sujeto a frecuentes y a veces radicales virajes— no puede desenmascarar a sus enemigos de hoy, posibles aliados de mañana.

La voz del proletariado, la voz de Frente Obrero, fue acallada en los últimos años; como consecuencia de ello nos vemos forzados a replantear la cuestión desde el principio y en sus verdaderos términos. Es la única manera de echar los cimientos de una firme y consecuente política de clase. Pero, de la misma manera como las consecuencias organizativas de una época de retroceso no pueden solucionarse con la simple aparición de un periódico revolucionario. tampoco se puede en un articulo periodístico superar largos meses de confusionismo y de inocuidad teórica.

Así como Frente Obrero aspira a resolver en la acción el problema del reagrupamiento de la vanguardia proletaria, así estas líneas —esquemáticas, como no pueden serlo de otra manera— tienden a colocar los primeros mojones de una renovada y pujante actividad teórica del proletariado argentino.

Fuerzas económicas esenciales

Las fuerzas económicas de nuestro país, o mejor dicho, las de la gran burguesía y burguesía media (la pequeña trota habitualmente detrás de ellas) pueden dividirse en dos grandes grupos: las que tiene su mercado en el interior del país y cuyas condiciones económicas no le permiten aspirar a competir con éxito en los mercados extranjeros, y aquellas que cubren holgadamente el mercado interno y colocan sus excedentes, en victoriosa competencia, en el mercado externo. En cl seno de cada uno de estos grupos existen intereses contrapuestos y, a la inversa, la burguesía argentina en su conjunto posee muchos intereses comunes, el principal y básico de los cuales reside en el mantenimiento del sistema capitalista, basado en la explotación del proletariado y de la pequeña burguesía rural urbana. Esta necesidad de conservar el régimen capitalista es también compartida por el imperialismo y constituye el límite máximo de todas las sus diferencias. Ante el proletariado amenazador, la solidaridad de clase de la burguesía en su conjunto se torna granítica. 

No podría decirse con entero acierto que la divergencia más arriba señalada lo sea entre industriales y terratenientes, aunque el primer grupo esté acaudillado por poderosos industriales de la Capital Federal y alrededores y el segundo por la llamada oligarquía, maridaje de terratenientes del Litoral, que venden sus ganados a Inglaterra, con los grandes exportadores e importadores del puerto de la Capital. Pero la verdad es que, en ambos grupos, hay intereses ligados fundamentalmente a la tierra e intereses industriales.

Concretemos un poco: los productores de yerba mate de Misiones, los industriales azucareros (en sus dos formas de explotación), en cierta medida, también, la industria cuyana del vino, no solamente no pueden aspirar a competir en el exterior, sino que necesitan para subsistir de la protección aduanera. Las industrias molinera y frigorífica, en cambio, que llenan totalmente el mercado interno, sólo pueden expandirse mediante la ampliación de sus mercados extranjeros. Los ganaderos del interior, al igual que los quinteros, venden en el mercado interno y están interesados en la ampliación de este; mientras que los plantadores de cereales y lino y los ganaderos de la provincia de Buenos Aires y sur de Santa Fe venden sus productos en Brasil y Europa principalmente. La producción algodonera difícilmente pueda competir en los mercados extranjeros y necesita para su desarrollo la ampliación de la industria textil local; ésta, y las otras industrias livianas, así como los elementos embrionarios de la industria pesada, necesitan protección aduanera para desarrollarse. Al expresar los distintos intereses económicos del país, hacemos abstracción de su ligazón entre sí, personal o a través de los bancos, y de sus relaciones con el imperialismo extranjero. 

El sector librecambista 

El grupo acaudillado por la oligarquía bonaerense, organizada en la Sociedad Rural Argentina y en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, cuyos principales portavoces son los diarios La Nación y La Prensa y cuya expresión política la constituye el Partido Demócrata Nacional de Buenos Aires, el alvearismo y el antipersonalismo (subagencia: la tendencia repetitiva predominante en el Partido Socialista) es furiosamente librecambista y argumenta de la siguiente manera: Nuestro país debe producir aquello para lo que está mejor dispuesto por la naturaleza; intervenir con sus productos en los mercados mundiales e importar los que se produzcan en mejores condiciones en otros países; no deben levantarse barreras aduaneras que protejan industrias parasitarias, las que encarecen los productos básicos; debe atraerse al capital extranjero para que fomente nuestro progreso, etc., etc. 

El sector proteccionista 

El grupo acaudillado por los industriales tiene intereses no menos definidos y claros y una tradición de lucha bastante considerable. Pero por razones derivadas de su propia debilidad frente a las poderosísimas industrias de los países capitalistas con los cuales compite, no ofrece una expresión organizativa tan clara como los terratenientes (al frente de la Unión Industrial Argentina, por ejemplo, tienen colocado un figurón, ligado estrechamente al capital inglés), ni tiene portavoces periodísticos tan definidos. El temor a una política de discriminación en su contra por parte de los trusts imperialistas, de los cuales depende para muchas de sus materias primas y maquinarias, le priva de dar una expresión abierta a sus intereses. Durante la guerra, el temor a la lista negra los hizo doblemente hipócritas y ladinos. En ese, periodo tampoco pudieron editar ningún gran diario, debido al monopolio del papel ejercido por un comité de Nueva York, que se lo hubiera negado. Su modo de razonar es bastante coherente: Nuestro país debe conquistar al par de su independencia política, su independencia económica. Para ello necesita una industria fuerte, la que, en sus primeros pasos, no puede desarrollarse plenamente sino con el apoyo del Estado y con una política aduanera adecuada. EI desarrollo de la industria poblará el país y creara un mercado interno lo suficiente grande como para absorber los productos agrícolas y ganaderos que hoy se exportan. 

El imperialismo

Dejaremos para otra ocasión el análisis de las formas concretas de ligazón económica de nuestro país con los imperialismos ingles y yanqui y de sus mutuas relaciones y rivalidades. Nos limitaremos a esbozar sus principales intereses y a señalar al final la expresión política que el conjunto de esos intereses (que están lejos de ser homogéneos) han tenido en estos últimos años. Anotemos sus principales inversiones: en el transporte, Inglaterra es propietaria de la mayor parte de la red ferroviaria y tranviaria, mientras Estados Unidos vende casito dos los automotores que compiten con los primeros; en la industria frigorífica, los norteamericanos son dueños de los más importantes establecimientos (Swift, Armour) los que están ligados con los ingleses (Anglo&#45;Ciabasa) por un convenio en el cual se dividen las cuotas del mercado de Smithfield, con preeminencia yanqui; el trust mundial norteamericano de los teléfonos, Internacional Telegraph Telephone, por medio de su filial la U.T. ha desalojado casi completamente a los europeos (ingleses y suecos principalmente); casi todas las usinas eléctricas pertenecen a los trusts internacionales ANSEC y SOFINA, en los que hay intereses ingleses y yanquis, aunque en el interior del país se han notado avances de estos últimos; en la ganadería, colonización, industria yerbatera, del tanino, ingenios azucareros, plantaciones de fruta (Bovril, Compañía Azucarera, Argentine Leand Company, La Forestal, etc.) hay intereses ingleses predominantemente. En la industria quimica el “cartel” angloyanqui Dupont de Nermours&#45;Duperial intenta aniquilar a sus competidores ligados a la industria química alemana. En el algodón, europeos y yanquis (Bunge y Born y Anderson Clayton) se disputan la hegemonía; en la comercialización de los granos, hasta hace poco, reinaba el capital franco&#45;belga&#45;ingles (Dreyfus y Bunge y Born). La economía argentina, en su conjunto, esta ligada al imperialismo yanqui y europeo por medio de los bancos y la deuda pública externa. Si bien la deuda pública en libras ha sido casi totalmente repatriada, los bancos ingleses de nuestro país tienen en su poder grandes cantidades de títulos de la deuda interna, al igual que los norteamericanos. Por medio del capital hipotecario, los bancos extranjeros canalizan a su favor parte de la renta de la tierra y por los prestamos comerciales e industriales se ligan con el resto de la economía. 

Dificultades de la cuestión 

Como se ve, el panorama está lejos de ser sencillo; de allí al fracaso de todos aquellos que se acercan al problema en forma antidialéctica, es decir, que no lo analizan concretamente en sus múltiples concatenaciones y contradicciones, y además, en su desarrollo histórico, Faltos de suficiente dominio del método o faltos del conocimiento de la realidad analizada, o de ambas cosas a la vez, lo que es más frecuente, quieren explicárselo todo por medio de alguna idea abstracta escuchada por allí y lo único que logran es servir de instrumento de cualquiera de las fuerzas económicas. 

Ya que no nos es posible analizar integralmente la cuestión, trataremos de dar una formulación sintética de la misma. Una formulación revolucionaria que exprese lo fundamental y no una formulación oportunista que tome un elemento accesorio para oscurecer lo principal (por ejemplo: el gobierno inglés ve con buenos ojos algunas actitudes del gobierno argentino; de allí sacan la conclusión que Perón es un agente inglés. ¿Con que finalidad? Para poder apoyar, sin excesivas cargas de conciencia, la política dictada por el embajador de Estados Unidos).

Yrigoyenismo y peronismo 

El yirigoyenismo es la expresión política tradicional del sector nacionalista&#45;protección. El peronismo (llamémosle así) es la continuación del irigoyenismo. Pero continuación no quiere decir identidad; el yrigoyenismo, al transformarse en el peronismo, no ha cambiado sólo de nombre. La pequeña industria de la época de Yrigoyen se ha transformado en la gran industria de nuestros días (con gérmenes de capital financiero); además el capitalismo mundial ha entrando en agonía, una de cuyas manifestaciones es precisamente la industrialización acelerada de los países atrasados, industrialización de la que el gobierno de Perón es una consecuencia.

Desarrollo histórico 

Históricamente, las cosas ocurrieron así: al iniciarse la preparación ideológica de la guerra que acababa de terminal, la fuerza combinada de la oligarquía terrateniente, el imperialismo democrático y el stalinismo llegó a ser tan formidable que en 1935, desalojo al yrigoyenismo, aun de la dirección de la Unión Cívica Radical. El sector proteccionista se encontró sin ningún partido popular que sostuviera sus posiciones, aunque con tendencias a su favor en todos ellos, las que por falta de prensa no podían aspirar a convertirse en mayoría. 

Su poderío económico, en cambio, iba en aumento. La crisis agraria de 1930 vino inesperadamente a zanjar en favor de los industriales una vieja lucha. La caída de los precios de los productos de la tierra y su falta de mercado obligó a la oligarquía en el poder (Justo&#45;Pinedo) a tomar una serie de medidas que importaban, sin proponérselo, una enorme protección a la industria. La desvalorización del peso, el adicional aduanero, el control de los cambios con los diferentes precios para la compra y venta de divisas y más tarde los permisos previos para la importación, aunque manipulados por los oligarcas, impulsaron la industrialización del país. Más tarde, cuando a consecuencia de la guerra se podían haber abandonado todas estas medidas por la abundancia de cambio en el exterior, la misma guerra se encargó de eliminar la competencia extranjera. Así las casas, los industriales comenzaron a subvencionar secretamente a elementos nacionalistas totalitarios, mientras confiaban en un eventual triunfo del Eje o en una guerra que agotaría a sus directos enemigos. Llevaron una intensa propaganda en el seno de la burocracia del Estado y especialmente en la oficialidad del Ejército, la que, por razones profesionales y de clase, es muy permeable a toda propaganda nacionalista y autoritaria.

Ortiz y Castillo 

Al tiempo de empezar la guerra, las dos fuerzas fundamentales del país se nuclearon en torno de Ortiz y de Castillo. El primero quería alinear el país con el imperialismo angloyanqui y llegar a acuerdos económicos por los que se aseguraban los suministros industriales necesarios al país a cambio de los productos de la tierra. El segundo quería mantener la neutralidad hasta ver el lado en que se inclinaba la balanza, aprovechar las circunstancias para industrializar el país y crear la propia marina mercante al margen del pool naviero aliado, Ortiz contaba con el apoyo de grandes sectores populares, trabajado por una inteligente propaganda que había explotado en su provecho el odio popular hacia el fascismo y la irresistible simpatía hacia la URSS; Castillo, en cambio, era fuerte en el Ejército por las razones más arriba expresadas y por las simpatías de los oficiales hacia el nazismo y la técnica militar prusiana.

El 4 de junio

Desaparecido Ortiz, las mismas fuerzas se reflejaron dentro del gabinete de Castillo: Culaciatti&#45;Tonazzi por un lado. Rothe&#45;Ruiz Guiñazú por el otro. El ejército impuso la sustitución de Tonazzi por Ramírez. Cuando Castillo no pudo imponer un sucesor (Rothe) que continuara su política, ante el jaque de los ganaderos de la provincia de Buenos Aires encabezados por Rodolfo Moreno, debió ceder en un candidato de transacción, en la persona de Patrón Costas, y el Ejército salió a la calle el 4 de junio. Así como una persona no se juzga por cl concepto que ella tenga de si misma, sino por lo que es en realidad, la revolución del 4 de junio no debe juzgarse por lo que Rawson o Ramírez creyeron que era, sino por lo que es en realidad. Perón y la oficialidad joven que lo rodeaba daban una expresión más consecuente con la fuerza económica que los impulsaba y por eso desalojaron a sus compañeros de armas. La derrota del Eje y el desprestigio del fascismo cuyas exterioridades ideológicas inspiraron los actos primeros de la revolución, les crearon una situación comprometida y los obligaron a buscar nuevos puntos de apoyo y una nueva cubierta ideológica. Los encontraron —como no podía ser de otra manera— en el irigoyenismo democrática y pequeño burgués.

La burguesía impotente 

En estos últimos años, se ha mostrado en toda su crudeza la debilidad y la cobardía de la burguesía nacional argentina. Perón, que se hace el “guapo” con los oligarcas y sus agentes y con los obreros en huelga, no se atreve a denunciar públicamente al imperialismo, aunque este lo hostigue de la manera más abierta. Con los decretos nacionalistas, que poco tiempo después eran derogados, se podría confeccionar un buen programa de antiimperialismo burgués, Recordemos algunos: decreto por el que se daba al Correo tres meses de plazo para proponer un plan de nacionalización de los teléfonos; decreto sobre comercialización de granos; sobre creación obligatoria de cooperativas agrarias; sobre revisión e investigación de las concesiones eléctricas; creación de una agencia informativa nacional; comisión de estudios de la unión aduanera con Chile y países limítrofes, etc. etc. 

Sin embargo, no todo ha caído. Algo ha quedado en pie  y, según los industriales, merece defenderse; creación del Banco Industrial; protección aduanera con facultad de aumentar los derechos a un 50 %; facultades para subvencionar las industrias necesarias para la defensa nacional; política ferroviaria y caminera tendiente a lograr la vinculación con los mercados de los países limítrofes; nacionalización de elevadores de granos y Compañía de Gas; desarrollo con la ayuda estatal, de la producción de combustibles y minerales ferrosos y cúpricos; apoyo a la industria aeronáutica civil (IMPA); creación de una red de fabricas militares y de empresas mixtas como base para un desarrollo industrial argentino autónomo. 

Actitud del imperialismo 

EI imperialismo yanqui resiste la política de los nacionalistas argentinos porque teme que el país sirva de centro de atracción para la construcción de un gran Estado Latinoamericano. Carece de la poderosa arma económica que posee Inglaterra, que es el principal comprador del tipo de carne producida por los tradicionales gobernantes del país. Con una producción agrícola ganadera análoga a la nuestra, se ve obligado a hacer sentir su enorme poder financiero derivado de su hegemonía industrial. El imperialismo inglés, a pesar de su posición privilegiada, se ha visto obligado a seguir a la cola del yanqui en su política con respecto a la Argentina. No porque sus intereses fueran coincidentes, ni mucho menos, sino por la dependencia económica a que lo obligó la guerra. Sin embargo, no ha dejado de manifestar cierta complacencia por la resistencia del gobierno argentino a la política panamericanista de Wall Street, aunque en general ha mantenido una actitud ambigua y dilatoria, confiando en que la terminación de la guerra significará el fin de la enojosa tutoría a que lo tiene sometido su rival yanqui. Tradicionalmente, Inglaterra compra a la Argentina productos de la tierra y paga las compras con el producido de sus inversiones y con productos industriales. La pérdida de gran parte de sus capitales en el exterior la obliga a acrecentar la venta de artículos industriales o a suspender las compras. Eso sólo mostraría el abismo de ridículo que supone creer a un gobierno empeñado en la industrialización como agente inglés. El imperialismo inglés debe resolver en los próximos meses un problema cuya importancia oscurece momentáneamente todos los otros: el destino de sus ferrocarriles, que constituyen más de la mitad de sus inversiones en el país. Ante la terminación de la vigencia de la Ley Mitre, que regula su funcionamiento y que lo libera de impuestos y derechos aduaneros sobre el material que utiliza, pretende “encajarle” al Estado este negocio, que tiende progresivamente a empeorar, transformando sus malas acciones ferroviarias en buenos títulos de la deuda pública. 

No pretendemos haber agotado con las líneas precedentes al análisis de nuestra realidad política; muchas cuestiones importantísimas han sido apenas rozadas. Pretendemos, eso si, haber encarado la realidad con el único método que puede llevar al  proletariado a comprender, a fin de poder utilizar en su provecho, las contradicciones de los distintos sectores de la burguesía, en sus relaciones con los imperialismos y no a ser utilizado por ellos, como desgraciadamente ocurre ahora. Método que —hay que decirlo— ha estado ausente en las publicaciones obreras de nuestro país, en los veintisiete meses de forzado silencio de Frente Obrero.</description>
      <dc:subject>Frente Obrero</dc:subject>
      <dc:date>1945-09-02T02:15:00+00:00</dc:date>
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