- Lucha Obrera
- Publicado el 01/08/1969
¿Puede la clase trabajadora superar la valla de los sindicatos como simples “grupos de presión”?
Los acontecimientos de mayo de 1969 marcaron un giro radical en la situación nacional: fijaron un límite definitivo a los planes de la dictadura establecida en junio de 1966, elevaron a un nuevo plano la lucha por la soberanía popular y erigieron a la clase obrera en polo de reagrupamiento del campo popular. Un mes más tarde, Augusto Vandor, jefe de la UOM, eje por entonces del movimiento obrero, fue muerto por un comando de un ignoto Ejército Nacional Revolucionario. La historia del vandorismo en vida de su jefe ocupó un papel central en la historia del movimiento obrero posterior al 55’. Nació en los años de hierro de la resistencia peronista, constituyó la tendencia dirigente de la CGT que ocupó fábricas durante la dictadura de los militares colorados a comienzos de los 60’ y, posteriormente, durante el gobierno radical de Humberto Illía y, finalmente, quedó entrampado en sus propios límites cuando la reestructuración del bloque dominante, desarrollada bajo la dictadura de los Tres Comandantes, estrechó sustancialmente el campo de la lucha sindical.
En agosto de 1969, Lucha Obrera, periódico de Partido Socialista de la Izquierda Nacional, publicó una extensa nota, que aquí se reproduce, analizando el nuevo cuadro de situación abierto por el Cordobazo en el movimiento obrero, y examinando críticamente al vandorismo a la luz de sus límites y contradicciones.
¿Qué significa para el movimiento obrero la muerte de Vandor? Aquí nos interesa el vandorismo como expresión “típica” de un ciclo sindical y político abierto con las grandes movilizaciones del 45’. Para la pequeña burguesía Vandor era la suma infamia sindical, un “instrumento de Onganía” equivalente a Coria o Cavalli. Semejante antivandorismo esconde un antiperonismo real y expresa la pedantería docente del pequeño burgués de izquierda hacia los trabajadores.
La crítica principal que hemos formulado a estas interpretaciones es que personalizan en ciertos dirigentes sin enjuiciar la raíz objetiva del problema, es decir, los límites operativos del movimiento sindical y los del peronismo como tendencia nacional-burguesa.
En otros términos, esas interpretaciones alimentan la utopía de que “buenos dirigentes” resolverán las dificultades sin necesidad de un salto cualitativo en la ideología y en la organización, sin necesidad del partido revolucionario.
Con ello no pretendemos lavar las culpas de nadie, sino situarlas y descubrir sus causas, por un lado, y, por el otro, poner en su lugar a los endiosados de turno. Pues no ha de olvidarse que la misma “izquierda” que fulminaba a Vandor, se enternecía con Framini o Alonso, los “leales regeneradores”. ¡Qué largo y triste capítulo podría escribirse sobre el vandorismo de los antivandoristas!
La burocracia sindical
Precisamente en febrero último, cuando arreciaba la gritería sobre el participacionismo de Coria… y Vandor, nosotros explicábamos por qué Vandor no había concurrido a la audiencia de los participacionistas con Onganía.
“Como en tiempos de Perón —dijimos— (estos últimos) visitan la Casa Rosada. Pero Perón era un antiimperialista burgués y Onganía hace la política del imperialismo. En el primer caso había bases objetivas para un acuerdo nacional, y en el segundo esa base no existe… Por eso, la ausencia de Vandor en el besamanos a Onganía no responde a causas morales sino prácticas. El secretario de la UOM no es un idealista romántico sino un negociador de fuerza de trabajo. El vandorismo parece advertir el despeñadero que se esconde tras la participación”.
Por eso, ante afirmaciones del semanario CGT de que “no haremos la unidad con traidores”, advertíamos:
“Ni siquiera los traidores pueden eludir siempre y en absoluto las circunstancias objetivas del Régimen, su incapacidad de asociar a un sector ponderable de las clase trabajadora. Muchos de ellos serán arrastrados a la lucha… aunque después maniobre y deserten”.
“La clase trabajadora (añadíamos) se pone a menudo en movimiento a partir de sus actuales direcciones… El desenvolvimiento de la lucha, su generalización, es lo que permite superar el nivel presente de conciencia y operatividad y promover una nueva jefatura”. Para impedir esa generalización, el régimen pro imperialista se empeña en fomentar las divisiones sectoriales del proletariado. No queda otro camino que el de la unidad desde abajo. “Pero a la unidad desde abajo sólo se llegará disolviendo en la acción práctica reivindicativa esa diversidad de situaciones y experiencias (que hoy disgregan a la clase trabajadora por razones geográficas, profesionales y de ingresos). Una política de unidad encaminada a lograr acciones comunes circunstanciales o permanentes contra el Régimen resulta indispensable al polo más combativo para aunar en la marcha los distintos ritmos de maduración, impulsar la experiencia, arrastrar a los indecisos, aislar a los traidores y desenmascarar los demagogos de la unidad”.
Lucha y deserción
Pues bien: los burócratas “fueron arrastrados a la lucha”; el proletariado se movilizó “a partir de sus actuales direcciones” y esta “acción práctica y reivindicativa” en parte “disolvió” la “diversidad de situaciones y experiencias”, gracias a que en ciertos lugares (v. gr. Córdoba) una “política de unidad” (no de entrega al aparato vandorista) permitió acciones “comunes” que facilitaron “la generalización de las luchas”.
Como se ve, en contraste con la algarabía vocinglera de los seudo-izquierdistas, no fuimos tomados de sorpresa por giro sindical de mayo y junio. Más aún, también supimos anticipar que la CGT de los Argentinos (que todos consideraban un cadáver a principios de año) había recibido una inyección providencial por el nuevo alineamiento exteriorizado en la audiencia de los participacionistas con Onganía, es decir, gracias a que la política económica impedía al gobierno “dar” y a los burócratas “participar”. “Para la CGT de los Argentinos ha sido una suerte el que Onganía tengan en Krieger a un ministro inconmovible por razones también inconmovibles”.
Las unificaciones en el interior, en efecto, reforzaron a la CGT porque nacieron de la lucha y a impulsos de un grandioso enfrentamiento popular.
Sí, el vandorismo “se vio arrastrado” aunque, fiel a sí mismo, no tardó en “maniobrar y desertar”. El examen de esta deserción conduce a la naturaleza esencial del “vandorismo”.
El acuerdo negociado
Al incorporarse a una movilización que de ningún modo había suscitado, el vandorismo abandona una parálisis de dos años, tras la derrota del “Plan de lucha” del verano del 67’. La vieja acción directa en el marco de un sindicalismo legalizado suponía un doble margen de maniobra: político, aprovechando la escisión entre el poder formal (gobierno) y fuerzas armadas y las limitaciones electoralistas del primero, y económico, en cuanto a la política inflacionaria permitía periódicas concesiones salariales.
Aunque apelase a ocupaciones y otros métodos “revolucionarios”, el movimiento sindical actuaba como grupo de presión sobre las clases dominantes, a cuyo derrocamiento no aspiraba y de cuya legalidad dependía. Pero en 1967 se chocó con un poder concentrado y dispuesto a congelar la inflación. Consumada la derrota, sólo cabía negociar con el gobierno (aceptando sus términos) o elevarse a un nuevo sistema de lucha que no dependiese de la “condescendencia” oficial y obrase contra el régimen, no como grupo de presión dentro del Régimen. Este fue el intento (no resuelto) de la CGT de los Argentinos, mientras los participacionistas imploraban a Onganía que echase a Krieger en nombre de… ¡la revolución argentina!, o ni siquiera de eso.
El vandorismo no tenía alternativas que ofrecer bajo las nuevas circunstancias, pues su “sabiduría” se agotaba en la destreza negociadora, la eficacia del aparato, la movilización para presionar, y esas armas ya no eran suficientes. Tampoco intentó asumir la sorda oposición que germinaba en todos los sectores populares, aunque no pudiera exteriorizarse porque el Régimen golpeaba al primer amago, aislando al sector que reaccionaba y descargando todo el peso contra él.
El vandorismo anhelaba el diálogo, un acuerdo con Onganía, pero un acuerdo negociado, no la entrega lisa y llana de los participacionistas. Cerrado el diálogo, el vandorismo se repliega a segundo plano, emprende la “reconquista” de los gremios adheridos a Paseo Colón, teje y desteje en busca de apoyos militares y espera.
Al estallar la lucha en mayo, el vandorismo comprendió que era preciso volcarse al movimiento general para no distanciarse de las bases y porque causas objetivas lo habían distanciado del gobierno.
Controlar el movimiento
Para Vandor se trataba, sin embargo, no de impulsar a un nivel superior las movilizaciones, sino de montar el potro en pelo y convertirlo en dócil pingo. Por eso clavó el freno cuando todo exigía pasar a las definiciones y congeló al Gran Buenos Aires pensando que así lograría obligar al presidente a agarrarse de él como de un clavo ardiente e imponerle condiciones “nacionales y populares”. Al mismo tiempo, decía al interior y a Ongaro: “Antes de luchar vamos a unificarnos”.
El pretexto aducido era el de impedir un cuartelazo “liberal”, ya que Onganía sería el “mal menor” frente a Lanusse o los colorados. Si por liberal se entiende cipayo, agente de monopolios y estancieros, antiobrero, libreempresista, ignoramos que hay de peor frente a Onganía. Pero el proletariado no puede atarse a tan equívocas evaluaciones. Cuando por su empuje cae un régimen de oprobio oligárquico, la relación de fuerzas cambia a su favor, la experiencia de lucha, la confianza en sí mismas de las masas, el sistema de aliados (por el vuelco global de las clases medias), cualquiera sea el gobierno que transitoriamente te establezca. Ello, sin excluir que a impulso de una gran marejada, un sector minoritario de las fuerzas armadas vire hacia el pueblo alterando decisivamente la situación, como en Santo Domingo en 1965.
Peso del aparato
En cuanto a la exigencia de la unidad antes de lanzarse a la pelea, Vandor la justifica diciendo que de otro modo los laureles habrían correspondido a Ongaro. Sí, el nuevo giro confirmaba la tesis de la CGT de los Argentinos de combatir al Régimen en vez de negociar con él. Pero al margen de que estos cálculos son mezquinos cuando la situación viene en grande, quien sepa asumirla no puede temer debilitarse. Si Vandor hubiera pasado resueltamente a la ofensiva, habría privado a Paseo Colón de su misma razón de ser a los ojos del país entero. Era un manejo burocrático en una situación que debía abordarse revolucionariamente. Vandor no admitía el menor “pluralismo” de direcciones sencillamente porque en caso contrario le sería imposible frenar un movimiento que él quería convertir en un arma más de negociación.
Al alcanzar cierto nivel la lucha, ya no es posible confiar en la relación de fuerzas entre aparatos. A condición de mantener su independencia, el más débil puede pasar al frente si el más poderoso capitula. Y ese peligro era el que Vandor quería suprimir antes de actuar.
Inactualidad
En realidad Vandor abordaba una nueva situación histórica con el espíritu y los métodos de un sindicalismo crecido (legítimamente, por otra parte) bajo el régimen nacional-popular del peronismo, y cuyas luchas posteriores al 55 se habían desarrollado con márgenes necesarios para poder obrar como grupo de presión.
Esta realidad ya era inactual en marzo del 67, pero lo fue de un modo vivo y presente al estallar las grandes movilizaciones y hacerse indispensable un cabeza para el proletariado del Gran Buenos Aires. El “realismo político” de Vandor, su desdén de “hombre práctico” por la ideología revolucionaria, su soberbia de dueño del aparato, le impidieron una vez más asumir (ahora en el momento decisivo) una estrategia. Que la clase obrera tiene como misión histórica el socialismo, era una frase sin sentido para el hombre ensimismado en resolver “lo inmediato”, que finalmente acaba por no resolverse si falta la levadura del gran objetivo ordenador y necesario.
La táctica de apoyar o presionar desde abajo soluciones arbitradas desde arriba corresponde a las condiciones abiertas en 1945. Los hechos parecen demostrar ahora que ya la conducción vandorista empezaba a entrar en conflicto con las aspiraciones concretas de la clase trabajadora.
Política revolucionaria
La repercusión en el Gran Buenos Aires del paro del 30 de junio (totalmente desproporcionada al poderío organizativo de Paseo Colón), el INédito poder de iniciativa conquistado por las regionales del interior, indican un principio de cambio que no cabe desestimar.
La clase obrera, como contingente masivo, estuvo ausente en el entierro de Vandor. Sólo las coronas alcanzaban cifra record. Pero los obreros de base no se manifiestan floralmente. El testimonio del desencanto no podía ser más lapidario.
Para quienes consideran el “participacionismo” un degeneración infernal del sindicalismo, bueno es recordar que los sindicatos, como tales, son en esencia participacionistas es decir, se proponen participar con la presión, el regateo y el diálogo en la fijación que de las condiciones de vida de la clase obrera hacen las clases explotadoras, dueñas del poder político y económico. Lo aberrante del actual “participacionismo”, tan dulce a Onganía, es que se plantea cuando ya no hay como participar.
Pero ir más allá de estos reajustes del sistema es ir más allá de los sindicatos mismos, es promover, organizar y educar a una nueva generación de combatientes obreros en la lucha con las banderas del socialismo revolucionario y la ideología del marxismo nacional.
Después del vandorismo
La muerte de Vandor sobreviene en el crepúsculo político del vandorismo. Pero el crepúsculo del vandorismo no es el de una tendencia particular dentro del movimiento sindical, sino la del movimiento sindical en cuanto grupo de presión orientado a “humanizar” el régimen capitalista, no a suprimirlo, la del movimiento sindical no vertebrado por la vanguardia obrera constituida en partido combatiente. Según la tesis clásica, e indiscutible, el “movimiento sindical puro”, es decir, circunscripto a las reivindicaciones económicas, engendra “tradeunionismo”, es una variante del reformismo burgués. Pero la superación del “trade-unionismo”[1] no consiste en sindicatos con ideología nacional, con programa antiimperialista o socialista revolucionario. Tampoco consiste en la adhesión a movimientos políticos que han implicado un avance histórico por expresar un programa democrático-burgués en una país semicolonial como la Argentina. La superación del “tradeunionismo” consiste en la organización de la vanguardia combatiente en partido socialista revolucionario. No hay modo de trampear esta tarea, y a la luz de su cumplimiento es que seremos juzgados.
La pretensión de que el oportunismo negociador de Vandor es la infamia particular de un hombre, de un grupo de dirigentes, de un sector sindical, es una pretensión ridícula, despreciable, charlatana capituladota e infame, a la vez que hipócrita.
Si de algo Vandor fue el exponente típico, fue de la nueva generación de dirigentes sindicales surgidos en la lucha posterior al 16 de septiembre de 1955, brotados desde el llano y en la adversidad.
Si algo caracterizó a Vandor fue su condición de dirigentes que venía a reemplazar con sangre nueva a aquellos otros ablandados o corrompidos bajo el poder, que defeccionaban cuando era preciso impulsar las banderas desde abajo.
Y si al cabo de un ciclo de grandes luchas el vandorismo aparece como la encarnación del “aparato” sindical negociador y capitulador, desprovisto de una estrategia que atraviese la maraña del sistema vigente y sus opciones, ello nos demuestra, como en una experiencia de laboratorio, que el simple recambio de hombres, los traspasamientos generacionales y demás recauchutajes “éticos” no harán otra cosa que preparar nuevos Vandores, desde el vandorismo y también desde el antivandorismo.
No se trata de renegar del pasado sino de permanecer dignos de él trascendiendo sus límites y elevándonos a las necesidades del nuevo momento histórico, que se caracteriza por la urgencia de enfrentar globalmente el sistema político y económico de las clases explotadoras. Pero tampoco basta con proclamar una decisión, un pensamiento, un principio superador, si renunciamos al compromiso organizativo que da seriedad a estos propósitos. Las movilizaciones de mayo y junio rebasaron manifiestamente a todas las estructuras tradicionales.
Los viejos políticos presenciaron como la clase media (gorila en el 55) se movilizaba a sus espaldas hacia el proletariado. La izquierda de esa moribunda Unión Democrática, empezando por el PC, tironeaba para introducirnos en una “amplia coalición” con los fantasmas. En cuanto a Perón, no dijo nada, no formuló una sola directiva sencillamente porque ante el auge de las movilizaciones nada tenía que decir. Los dirigentes políticos del peronismo ¿dónde estuvieron? Estuvieron en diverso grado los dirigentes sindicales, los activistas y, sobre todo, las masas obreras y estudiantiles. Pero la estructura sindical reveló su impotencia para asumir en continuidad la iniciativa y conducción estratégica del movimiento.
Toda la experiencia empuja férreamente a la conclusión de que la lucha por el poder obrero y popular exige al proletariado estrechar filas hacia la constitución del partido revolucionario, bajo las banderas del socialismo y con la ideología del marxismo latinoamericano y nacional.
- La expresión “trade-unionismo” deriva de las “trade-unions” o sindicatos británicos, caracterizados por su conformismo político y su complicidad con los intereses imperialistas.↑
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