- Izquierda Popular
- Publicado el 15/07/1973
Perón: ¿con quién piensa gobernar?*
Jorge Abelardo Ramos
La inesperada renuncia del doctor Cámpora a la presidencia ha sumido en el estupor a todo el país. Nadie esperaba que sin una discusión pública y una convocatoria a un Congreso amplio del movimiento peronista, por ejemplo, fuese adoptada una resolución de tal trascendencia.
El FIP dio a conocer una declaración, cuyo texto publicamos en otro lugar de este periódico, en el cual recordamos nuestro anuncio anterior a las elecciones, en el sentido de que en caso de triunfar en los comicios del 11 de marzo, nuestros candidatos renunciarían en 60 días, después de realizar una parte decisiva de nuestro programa. Lo habíamos anunciado y estábamos dispuestos a seguir esta línea de conducta, a pesar de las miradas compasivas de muchos peronistas de izquierda o de derecha, y de muchos otros izquierdistas gorilas que “no entendían” el significado de nuestra política. Esa renuncia perseguía el propósito de purificar de toda escoria el comicio del 11 de marzo y permitir así la presentación en nuevas elecciones de la candidatura de Perón. El doctor Cámpora ha realizado lo que nosotros habíamos preconizado. En consecuencia, mal podríamos cuestionar su actitud, a riesgo de ser inconsecuentes con nuestros puntos de vista. Por lo demás, esta es la oportunidad de afirmar que Cámpora y parte de su gabinete (ya explicaremos por qué decimos “parte”) realizaron en muy poco tiempo de gobierno una tarea que con justicia podríamos calificar de “histórica”. Claro está, no hicieron un gobierno “socialista”, ni mucho menos. No formamos parte de la gente que pide “socialismo” al peronismo. Pero hicieron el mejor gobierno nacional-democrático que recuerde la historia del país en muchas décadas. Baste señalar que en una sola noche ratificaron por decreto la liberación de los presos políticos, que las manifestaciones juveniles habían logrado de hecho; disolvieron DIPA y ordenaron la incineración de sus archivos; ordenaron a la policía abandonar sus prácticas represivas; derogaron toda la legislación terrorista de los pasados regimenes; enviaron al Congreso un proyecto de reformas al Código de Procedimientos en lo Criminal que apartaría, de ser aprobado, las manos de los servicios policiales sobre los detenidos; restablecieron relaciones con Cuba y los países de Oriente.
Sin embargo, los dos ministros que impulsaron esa política han sido despedidos de inmediato por el Presidente provisional Lastiri. Fueron premiados con la destitución. Esto permite medir más de cerca la operación de los “catorce enterados” que sabían todo acerca de la renuncia del doctor Cámpora.
Ha corrido como un reguero de pólvora en toda la República que el general Perón se encuentra rodeado de un anillo de acero, integrado básicamente por su secretario López Rega y el ministro de Economía, Gelbard. El sistema de apoyo logístico de este dúo es la estructura archicorrompida del aparato sindical de la CGT, que busca sobrevivir a cualquier costo, sirviendo a una política sin principios. De este modo, López Rega, Gelbard y Rucci formarían el “triángulo de la muerte”. Seguramente son los mejores avales de un “pacto social” que contempla los intereses de comisionistas de negocios, como Gelbard, de aspirantes a Rasputines, como López Rega y de burócratas sin representatividad, como Rucci.
¿Y Perón?, preguntará el lector. Bien sabemos que la historia universal no se agota en la historia menuda que complace a los periodistas burgueses. Perón, en camino hacia su tercera presidencia, deberá decidir si respalda las repugnantes excrescencias nacidas de los grandes sindicatos durante su largo exilio, bajo la protección de los regimenes oligárquicos. Del mismo modo el futuro gobierno de Perón deberán definirse ante peronistas liberales como Gómez Morales, que teme la “inflación” pero no el hambre del pueblo o ministros como Gelbard, que congela los salarios como Krieger Vasena. Cabeza de un gran movimiento nacional en un país dependiente, el general Perón se encuentra ante una Argentina que ha cambiado profundamente desde 1945. Hay 10 millones de habitantes más, una juventud pequeño-burguesa que jamás había militado en el peronismo; hay una nueva clase obrera que va a entrar a la lucha. Una revolución mundial está en marcha hacia el socialismo. Así el jefe del justicialismo afrontará un cerco mucho más severo que puedan tender los conspiradores palaciegos: será el cerco y el juicio pendiente de las grandes masas populares. No hay prestigio adquirido que pueda resistir esa prueba, si quien lo posee no se hace incesantemente digno de él.
Sería absurdo que la revolución prometida fuera sustituida por tibias reformas. Pero mucho más dramático para el peronismo sería que se pretenda reemplazarla por una contrarrevolución urdida por los Rasputines que intrigan en la cumbre.
Si así ocurriera, el destino de Perón y del peronismo estaría sellado. Las masas que lo elevaron al poder, no se detendrían en su camino para contemplar tal decadencia. Porque, al fin y al cabo, la desintegración que amenaza al peronismo no será el fin de la historia, sino el umbral de una nueva edad.
Izquierda Popular, segunda quincena de julio de 1973
Artículo siguiente: El eje socialista en el cauce nacional
Artículo anterior: Adios a un revolucionario

