- Izquierda Popular
- Publicado el 15/10/1972
Para comer carne hay que “faenar” a los ganaderos*
El señor Manrique, nuestro incomparable ministro de “Bienestar Social”, ha lanzado una campaña multimillonaria instando a consumir menos carne para impedir que su precio siga subiendo. Esta genial idea se parece a la de aquel intendente que resolvió el problema del transporte metiendo presos a los pasajeros que hacían colas en las esquinas.
En efecto, si la escasez de carne se debiera a una situación transitoria y accidental, se podría combatir el alza de precios acudiendo a otros consumos.
Pero la escasez de carne se funda en la Argentina en una causa orgánica y permanente. Se funda en la estructura de nuestra ganadería, dominada por una oligarquía parásita.
La oligarquía vacuna exprime el esfuerzo de los argentinos cobrando caro la carne que obtiene casi gratis de un aprovechamiento extensivo (es decir, con escaso capital y mano de obra por hectárea) de las llanuras más fértiles del mundo.
Esta oligarquía parásita obtiene, mediante un sistema de precios internos cada vez más favorable, un porcentaje creciente de ingreso nacional, que sustrae al ingreso popular, a la inversión industrial e incluso a la propia inversión de capitales en el campo.
Al congelar el desarrollo de la productividad ganadera, se genera pro fuerza una creciente escasez de carne, lo que hace subir los precios constantemente.
En teoría (hablamos de la falsa teoría económica que se enseña en las universidades y se difunde por la “prensa seria” para ser aplicada por los “hombres de gobierno”) estas alzas de precios, estas fabulosas superganancias, deberían impulsar a los ganaderos a hacer grandes inversiones en sus estancias, bajar los costos, aumentar la producción. Por este camino (según se nos ha dicho y repetido desde hace más de 15 años) una medida “impopular” como el encarecimiento de la carne llegaría a convertirse en un beneficio general, pues transcurridos algunos años habría… más carne disponible.
Con más carne disponible y más barata (gracias a una producción tecnificada) no sólo aumentaría el consumo popular sino que, además, habría mayores saldos exportables a precios competitivos, es decir, más dólares que el país podría emplear para su desarrollo industrial, la multiplicación de empleos, el ascenso de la prosperidad general.
Nada de esto ocurre en la realidad de los hechos, sin embargo.
El parasitismo
Que los ganaderos obtienen hoy, a igualdad de producción, dos o tres veces más bienes que hace 15 años (o sea, que han duplicado o triplicado su ingreso real por novillo vendido) es algo que surge de la propia estadística oficial.
Según el “Boletín de Estadísticas; enero-marzo de 1972” del INDEC, el precio del ganado subió 69 veces entre 1956 y 1971, y los productos industriales sólo 33 veces. Esto significa que, con el precio que hoy cobran con un novillo, los ganaderos pueden comprar dos veces más productos industriales que en 1956. Pero si de los precios industriales eliminamos el rubro “alimentos y bebidas”, naturalmente influido por la propia alza de la carne, la conclusión es más grave aún.
a) Entre 1956 y 1971 el novillo se valorizó dos veces y media respecto a textiles, madera, caucho, derivados del petróleo, piedras, vidrio, cerámica, metales, etc
b) Se valorizó tres veces respecto a productos químicos, papel, cartón, vehículos, maquinaria no eléctrica y productos de la industria extractiva.
c) Se valorizó cuatro veces respecto a maquinaria y aparatos eléctricos.
Hambre y quiebra
Este es un impuesto que el país entero paga. Los trabajadores, soportando una reducción general de nuestro consumo. La industria, por la reducción del mercado interno, el crédito, y por el aumento de los costos. Entre 1966 y 1971 el consumo de leche en la Capital bajó del nivel 100 al 75,6. Entre 1970 y 1971, el consumo de carne cayó de 100 a 76; el de huevos, de 100 a 75; el de aves y pescado se mantuvo estacionario (95 y 106, respectivamente); ¡el de papas subió de 100 a 146, para satisfacción, sin duda, del insigne Manrique! ¡Y la Capital Federal es el “centro” de una superciudad cuyos barrios obreros y marginales constituyen los partidos del Gran Buenos Aires!
Si consideramos la cosa desde el punto de vista de la producción, el estrangulamiento de la industria desemboca en el cierre, el desempleo y el copamiento por los grandes consorcios internacionales.
Parálisis agraria
Hemos visto que el poder adquisitivo del novillo se ha triplicado entre el 56 y el 71. También vimos que esa superganancia es riqueza sustraída al consumo y al desarrollo industrial. Veremos ahora que los oligarcas ganaderos, lejos de utilizarla para vigorizar la producción, la despilfarran en consumos de lujo, inversiones especulativas o depositándola en el exterior.
Las existencias de ganado vacuno, que en 1956 eran de 46 millones de cabezas, no sobrepasan actualmente los 50 millones. Aun este leve aumento es producto de la simple retención de ganado ante sus actuales precios fabulosos. A su vez, la productividad de la masa ganadera, calculada en 50,6 kilos por cabeza para 1953-1962, en 1970 era de 53,7 kilogramos. En otros términos, el número de cabezas permanece estancado y la productividad por cabeza sigue siendo la misma. Esto significa que de los cientos y miles de millones de dólares de superganancia anual que los ganaderos roban a la economía argentina, nada se invierte en tecnificar las explotaciones.
Expropiar a los ganaderos
Mientras esta situación se mantenga, seguirá la desnutrición, la carestía, el estrangulamiento industrial, la parálisis de nuestras exportaciones. Pero esta situación no cambiará con remedios superficiales sino con resueltas y radicales transformaciones de fondo. El Frente de Izquierda Popular ha planteado claramente la salida: es preciso expropiar todas las estancias de la pampa húmeda mayores de 500 hectáreas; colocarlas bajo administración de los trabajadores rurales, los técnicos y el Estado; poner en marcha un programa de revolución tecnológica que en diez años puede duplicar el volumen de la producción de carnes abaratando sustancialmente sus costos.
Sólo suprimiendo a la oligarquía de estancieros las ganancias del campo podrán retornar al campo bajo forma de inversiones útiles que eleven la productividad de nuestras fértiles llanuras.
¡Para resolver el problema de la carne hay que empezar “faenando” a los señores ganaderos!
Publicado en Izquierda Popular Nº 4, 2ª quincena de octubre de 1972, página 8.
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