- La Patria Grande
- Publicado el 01/12/1988
“No hay solución sin transformación revolucionaria de la Argentina”*
LPG: Estamos interesados en conocer su opinión sobre la crisis militar.
Jorge Abelardo Ramos: En realidad no hay una crisis militar sino una crisis nacional. Es la Argentina entera la que padece una crisis. Los episodios militares son su manifestación más aguda. No entiendo cómo el sistema partidocrático finge indignarse por la anarquía militar cuando la República vive en perpetuo estado de anarquía precisamente con la ayuda activa de la partidocracia.
LPG: ¿Cómo describiría usted esa anarquía?
JAR: Creo que un país vive en desorden cuando un despótico poder central, manipulado por la banca mundial, reduce a las provincias a la indigencia y las obliga a romper la unidad monetaria, emitiendo bonos provinciales. En nuestro país ya hay varias monedas diferentes en circulación, como hace más de un siglo. Peor aún, si las provincias quieren sobrevivir hasta las elecciones nacionales, no tendrán más remedio que imprimir todavía más bonos. La llamada moneda nacional, el austral, tiene su soberanía limitada por las decisiones de un centro externo, constituido por las grandes potencias cuya voluntad guía al FMI. Ese es un primer ejemplo. La recaudación impositiva es una farsa. Hay una economía secreta, no registrada, que la pequeña y hasta la mediana industria hacen funcionar ilegalmente. Escapan de ese modo a la carga fiscal y a la ausencia de crédito industrial en un mercado interno cada día más estrecho. Los empleados y funcionarios del Estado reciben salarios insignificantes. No hay sistema de educación digno de ese nombre en la Argentina. El antiguo contenido sarmientito ha perdido toda sustancia, porque respondía a una Argentina que ya ha dejado de existir. Pero no ha sido sustituido por otro que responda a la voluntad nacional de erigir una Nación independiente. Hasta el movimiento obrero, otrora tan fuerte en la defensa de sus derechos, tropieza con múltiples divisiones internas y con la resistencia tenaz de un gobierno que asume descaradamente el papel de correa de trasmisión del imperialismo mundial.
LPG: ¿Qué otra manifestación desintegradora percibe usted hoy?
JAR: No hay prensa nacional, ni televisión o radio con espíritu nacional. Hasta los altos mandos de las Fuerzas Armadas han renunciado a una hipótesis de conflicto respecto de Gran Bretaña, que reocupa parte de nuestro territorio después de la gloriosa y olvidada gesta de las Malvinas. Los militares argentinos viajan a Estados Unidos, cómplice de Inglaterra. Tampoco debo omitir que entre los propósitos del gobierno alfonsinista figura trasladar la Capital a Viedma, hacer elegir el intendente de la Capital Federal por el voto directo de la mayoría del electorado cipayo porteño y reducir los poderes del Presidente mediante el nombramiento de un Primer Ministro.
LPG: Tales proyectos tienen un tufillo algo europeo, ¿verdad?
JAR: Por supuesto. Es más sencillo controlar mediante la corrupción a 200 diputados que a un Presidente que concentre todo el Poder. Al imperialismo extranjero le agradan los parlamentos dóciles y los presidentes débiles en América Latina. Alfonsín pretendía reproducir en las condiciones semicoloniales de la sociedad argentina, esencialmente frágil,, una estructura de gobierno político socialmente controlado por una sociedad capitalista como las de Occidente, que han hecho su revolución nacional y su revolución industrial hace varios siglos y son por esa causa, básicamente sólidas, al menos en la actualidad.
LPG: ¿Qué diferencias observa usted entre el capitalismo norteamericano, el europeo y nosotros?
JAR: En EEUU y en Europa la burguesía, es decir, el sistema capitalista, está firmemente arraigado. Los gobiernos están bajo el control de la clase dominante, que es interna. Entre nosotros, la clase dominante es externa y se opone al desarrollo del capitalsmo nacional. Obviamente también se opone al desarrollo de las fuerzas productivas bajo la forma de una revolución nacional o socialista. El estancamiento de la Argentina se explica por la frustración del gran intento de Perón de crear un desarrollo autónomo en el período 1945-1955. De ahí proviene la tendencia hacia la desintegració n del Estado y al imperio de las fuerzas extranjerizantes en el manejo de los problemas argentinos.
LPG: Volvamos por un momento al tema de la crisis en el Ejército. ¿Se trata en realidad de un golpe, de un planteo institucional? ¿Es un problema interno o externo al Ejército? La repetición de Semana Santa, de Monte Caseros y ahora de Villa Martelli, ¿reviste algún significado que haya escapado a la información de la gran prensa comercial?
JAR: No conozco exactamente qué se proponen los militares llamados “rebeldes”. Pero entiendo claramente al general Caridi y al generalato posterior a la Guerra de Malvinas, que goza de la confianza de Alfonsín, y este sólo hecho me basta para no otorgarles ni pizca de crédito. De Aquella gran hazaña del 2 de Abril, ¿brotará una nueva generación militar capaz de unirse al pueblo y reiniciar la Revolución Nacional del 45? Lo veremos. Como usted sabe, hace más de 30 años escribí un tomito titulado “Historia política del Ejército Argentino”. Allí sostenía que siempre, desde San Martín, hemos contado, de manera potencial o explícita, con dos ejércitos.. Este fenómeno reproducía los antagonismos de la sociedad civil inmadura y también el carácter semicolonial de América Latina. Ciertos militares porteños y no pocos civiles “cultos” criticaban el proyecto de San Martín y Belgrano de instaurar la monarquía incaica para asegurar la unidad de los pueblos independizados de España. A San Martín, sus enemigos lo llamaban “el rey José”. A Bolívar, “dictador”, porque postulaba un régimen con una presidencia vitalicia, a fin de conjurar los mismos peligros de dispersión que preocupaban a San Martín. El general colombiano Santander, librecambista, por el contrario, era más “democrático” que Bolívar y mejor visto por la burguesía comercial exportadora y por la opinión civilizada de Europa. El Ejército argentino se dividió muchas veces; de un lado estaban los oficiales de Perón y del otro los amigos de Aramburu, para tomar el ejemplo más conocido En la actualidad, ha aparecido una generación militar forjada en la Guerra de Malvinas y en la lucha contra el terrorismo. Como ha ocurrido siempre, los hombres que vuelven del frente “quieren cambiar el mundo”. Así ocurrió con los oficiales paraguayos y bolivianos después de la Guerra del Chaco. Con mayor razón, los hombres que combatieron contra el imperialismo anglosajón en defensa del suelo patrio quedaron estupefactos al volver. Fueron recibidos fríamente por generales que habían desertado de la Gesta y se habían arreglado con los enemigos. La sociedad civil estaba domesticada por el infame sistema cipayo, avergonzada del heroísmo y colonizada por la prensa corrompida y la universidad servil. Sucios aún de la turba insular, heridos, mutilados o conmovidos por el fuego y la muerte, los soldados de Malvinas regresaron ante el silencio hostil y la doctrina recién forjada por la inteligencia británica de que la lucha en Malvinas había sido una “aventura irresponsable” . El régimen “democrático” que siguió, no sólo se preocupó de destruir la industria nacional, dividir al movimiento obrero, degradar el salario y sumir en la pobreza a las provincias, sino que ante todo se apresuró a cumplir con las normas impuestas por los poderes internacionales.
LPG: ¿Podría decirnos cuáles eran esas normas?
JAR: El propio ex presidente Carter, que visitó la Argentina en 1984, gestionó la paralización del plan nuclear. Al imperialismo no podía convenirle la independencia científica y técnica de la Argentina. Si estamos en condiciones de producir uranio enriquecido, también podemos construir submarinos nucleares y competir en el mercado mundial de armas. Nada de esto satisfacía al poder anglosajón. Tampoco le resultaba conveniente el avance de la Dirección de Fabricaciones Militares, fundada por el general Savio, ni la prosperidad de YPF, fundada por el general Moscón, ni la producción de acero, impulsada por el general Perón. La oposición cipaya de la época llamaba a estos emprendimientos “militarismo”, y al imperio genocida de Estados Unidos, “democracia”. La diferencia entre un ejército de un país imperialista y un ejército de un país semicolonial, resultó cuidadosamente ocultada por la prensa de derecha y de izquierda. Ambas se especializan en la omisión de los verdaderos problemas nacionales. A lo dicho es preciso agregar la reducción drástica del número de conscriptos llamados cada año a recibir instrucción militar, la ausencia de equipos, la pérdida de visión estratégica después de la guerra de Malvinas, la vergüenza de la política exterior, emparchada a base de frases vacías por el canciller innombrable, y la baja de los mejores técnicos entre los suboficiales por causa de los sueldos miserables. Pero esto no es todo.
LPG: Entonces, ¿la crisis del Ejército tiene más razones para manifestarse?
JAR: Sin duda. Agregaría que la más importante para el Ejército, y me animaría a decir que para toda la sociedad argentina, es la cuestión de la dictadura informativa de la democracia colonial.
LPG: Quisiera más precisiones sobre este tema.
JAR: Muy bien. En los EEUU, por ejemplo, o en Francia, “The New York Times” o “Le Monde”, sean de izquierda o de derecha, defienden la economía de sus países respectivos, la cultura respectiva, los intereses propios. Son nacionalistas, aunque expansionistas e imperialistas. En la Argentina, los grandes diarios, las radios, la televisión, las revistas literarias, en suma, el poder informativo, en parte estatal y en parte privado, difunden o defienden las doctrinas económicas librecambistas o aperturistas útiles a los países extranjeros, las críticas más abyectas contra la Iglesia o el Ejército propio, los mensajes más hostiles hacia los dirigentes obreros (máscara más o menos izquierdista para esconder la aversión hacia los obreros criollos) y propagan así la doctrina de la indefensión global: descrédito de la Guerra de Malvinas, ridiculizació n del general Galtieri (a quien notorios dipsómanos del periodismo atribuyen adicción al alcohol), idolatría al perverso rock sajón y a sus andróginos rascatripas ingleses del tipo de Sting. Añada usted que parte de estas campañas sistemáticas de la prensa venal y de la porno-prensa, radial y televisiva, no sólo está bajo el control directo de Alfonsín, mediante los interventores de la mafia de la Coordinadora, sino que sus comentaristas, locutores o editorialistas son terroristas o ex terroristas de los grupos que dieron al país horas de sangre. Los explotadores industriales de los derechos humanos no tocan este tema.
LPG: Una interrupción, si me permite. La “cipayería roja”, ya que también hay de la otra, por lo general suprime toda mención a los atentados que precedieron durante años a la reacción en gran escala de las Fuerzas Armadas contra ellos y también contra no pocos inocentes. Parecería que sólo hubo represión, y antes, nada.
JAR: Desde luego. El influjo coercitivo y la presión psicológica de la prensa pretende hacer olvidar el papel de los grupos terroristas en la década del 70, y su articulación objetiva con la represión antisubversiva. Sin los terroristas, no habría sido fácil a videla derrocar al gobierno de la señora de Perón. Pero es bastante significativo que el terrorismo seudoguerrillero y seudorevolucionario , que todavía goza de buena prensa en Europa, lanza su ola de asesinatos contra obreros, empresarios y militares cuando ejercía el gobierno una presidente constitucional. Dicen ahora haber renunciado a la violencia, justamente bajo el gobierno vendepatria de Alfonsín, al que apoyan de los modos más diversos. Es que en el fondo, tales “revolucionarios” , cuya única doctrina era la dialéctica de las pistolas, si se los rasca un poco, han llegado a ser mansos liberales democráticos.
LPG: Claro que también hay otro tipo de prensa antimilitarista, notoriamente ligada a intereses imperialistas extranjeros.
JAR: En ese sentido le diré que la Argentina tiene el triste privilegio de contar con un diario del espionaje inglés que se publica cotidianamente en castellano, “El Heraldo”. Otro, “Página/12”, reúne a los voceros o ex voceros de tales grupos extremistas –sin excluir a agentes ingleses, como James Neilson- para realizar una tarea de provocación literaria, mientras cuentan, según versiones que sería preciso confirmar, con el apoyo financiero del oficialismo. La televisión, con la presencia de Jacobo Timermann, Patricio Nelly y Bernardo Neustadt, simboliza bien la prosperidad de los servicios de espionaje extranjero, empleados por el gobierno radical, que a su vez es empleado por los gobiernos que tutelan a tales servicios. Tengo la impresión que difamar, humillar y burlarse durante cinco años de las fuerzas Armadas es una prueba demasiado arriesgada, aun para un gobierno tan protegido por Estados Unidos como el de Alfonsín. Este aspecto es más importante, en mi opinión, que los sueldos bajos.
LPG: ¿Usted cree que ha habido un acuerdo entre el coronel Seineldín y el general Caridi?
JAR: Al parecer el acuerdo ha existido. Ignoro si se cumplirá, pues la característica del presidente Alfonsín es faltar a todas sus promesas. En todo caso, despierta intensa sospecha la unanimidad mundial a favor del “sistema democrático”: Reagan, Felipe González, el gobierno alemán, la izquierda marxista y la derecha liberal, Alzogaray, el MAS y el Partido Comunista, sin excusar a numerosos peronistas. Nunca me encontré, a lo largo de mi vida, en compañía de tales personajes, partidos o intereses.
LPG: Me permito observarle que también Fidel Castro envió su apoyo al gobierno de Alfonsín y al “sistema democrático”.
JAR: ¡Qué lástima que Fidel Castro, que es tan notable político para defender, como sea, la soberanía de su propia patria, sea tan torpe para meterse en un asunto que ignora por completo! Esta fue una gran oportunidad para no abrir la boca. Claro que a Fidel Castro lo excusa la distancia, disculpa que no alcanza a los cipayos argentinos.
LPG: Para concluir, ¿podría resumir la esencia de esta crisis?
JAR: Con mucho gusto. Las potencias mundiales no quieren en los países débiles un Ejército fuerte, salvo si está a su servicio. En ese caso, lo apoyan. Tenemos ejemplos próximos. Pero ahora la doctrina de los usureros armados ha cambiado. Le han empezado a desconfiar a los militares, porque en no pocos casos les han salido respondones o les han dado vuelta el poncho. Así ocurrió con Torrijos, Perón, Velasco Alvarado, Villlarroel, torres, Ovando. Y por esa causa el Departamento de Estado prohija la democracia en todas partes. Supone que el “sistema democrático” es más permeable a la persuasión del dinero, de los sobres bajo la mesa y a la compra de ministros y diputados. De ahí el “antimilitarismo” de la potencia más militarista del mundo. Al resistir obstinadamente a las demandas del Ejército, Alfonsín pone al país al borde de la ruptura de la legalidad constitucional. ¿No será acaso esta solución la más inconfesable de sus aspiraciones, al concluir el quinto año de su funesto mandato? ¿No querrá viajar, derrocado, al Occidente “civilizado” para ser aclamado como “héroe de la democracia”? ¿Y no habría de este modo culminado una fase de su carrera política al cerrar el camino al triunfo de Menem o de Angeloz, impidiendo de paso que su correligionario se apodere de la jefatura del radicalismo? Y más allá, agotada la posible dictadura militar –piensa el estratega de Chascomús-, ¿no sería bonito regresar como nuevo candidato a Presidente en dos o tres años? Más allá de estas fantasías del Presidente, la Argentina necesita imperiosamente poner término a su dramática fragmentación. La Revolución Nacional requiere unidad del pueblo y de las Fuerzas Armadas para consumarse. Permítame expresar estas esperanzas al concluir el año.
Publicado en “La Patria Grande”, año VIII Nº 33, Buenos aires, diciembre de 1988.
Artículo siguiente: Ejército y Revolución Nacional
Artículo anterior: El centenario de Hernández

