- Izquierda Popular
- Publicado el 08/12/1972
Nacionalizar las grandes estancias de la pampa húmeda*
El desarrollo de las fuerzas del FIP siembra inquietud entre los abogados de las clases explotadoras. Fracasada la “conspiración del silencio”, comienzan ahora a preocuparse por nuestro programa, es decir, por el futuro de la República. Así ocurre que el periódico “Reconstrucción”, uno de los voceros del frondizismo-frigerismo, en un artículo titulado “Una postulación del problema agrario, la nacionalización de la tierra”, informa que esa nacionalización “es reclamada exclusivamente por el Frente de Izquierda Popular”, y se dispone a pulverizarnos.
Descarte
Dejamos a un lado la exhibición de falsa erudición teórica, naturalmente “marxista”, que estos abogados no por cierto gratuitos de los terratenientes e inversores extranjeros realizan con el propósito de imponerse a sus lectores. Por ejemplo, los industriales ingleses de principios del siglo XIX no viven de la renta de la tierra “sino de la ganacia industrial, es decir (¡!), de la plusvalía”, olvidando la verdad elemental de que la plusvalía es la forma general del sobretrabajo en la sociedad capitalista, de la cual se derivan las formas particulares de la ganancia, el interés y la renta; o aquello de que Lenin “una vez en el poder debió ceder ante la exigencia de los social-revolucionarios de izquierda, que postulaban la socialización (¡!) de la tierra”. Por lo visto, un asno con birrete de Oxford no deja de ser un asno, o, para decirlo científicamente, un burro. Vayamos, pues, al grano.
Alcance de la nacionalización
Con aire triunfal pregunta nuestro crítico: “¿Los campesinos, es decir, los chacareros de la pampa húmeda, y aun los pequeños productores de las zonas de cultivo industriales, están dispuestos a que se los despoje de la propiedad de la tierra?”.
Pero, ¿acaso el FIP proclama la nacionalización de la tierra, así en general? Nuestros críticos nos tergiversan con alegre desparpajo. El punto 7 de nuestro programa establece “la nacionalización de las grandes estancias de la pampa húmeda”. No establece, por consiguiente, la nacionalización de la propiedad de los chacareros (que no son campesinos, en sentido teórico, dicho sea de paso), ni siquiera de las pequeñas explotaciones ganaderas, granjas, quintas o tambos. Exclusivamente, la nacionalización de las estancias de la pampa húmeda.
El punto 8 de nuestro programa se refiere al problema agrario fuera de la pampa húmeda, y declara sujetos a nacionalización únicamente los “latifundios”, o sea, las grandes extensiones improductivas o mal cultivadas. Por su parte, el punto 9 se refiere al inmediato uso productivo de esas tierras, a su asignación a los pequeños productores para hacerlas rendir económicamente, sin excluir por lo tanto su asignación en propiedad, lo que también comprende a las tierras arrendadas por chacareros en la pampa húmeda. La distinción es bien clara, y sólo pueden confundir quienes obran con ignorancia o mala fe.
¿Estancieros “industriales”?
Pero nuestros críticos no se dan por vencidos, y emprenden ahora la defensa verdaderamente desvergonzada de los estancieros bonaerenses y litoraleños. “Estos terratenientes… de la pampa húmeda explotan las tierras con métodos industriales, es decir, emplean mano de obra asalariada y utilizan máquinas y productos químicos… Desde el punto de vista teórico, abstracto, expropiar a estos terratenientes equivale a expropiar a los industriales, de los cuales no se diferencian más que por el objeto de su explotación: estos fabrican zapatos, aquellos, trigo y ganado”. Es difícil errar tanto en tan poco.
Los métodos de producción “industrial” son aplicables, indistintamente, a la ciudad o al campo. Ellos no se definen por el producto (calzado o vaca) sino por el empleo de maquinarias, energía y equivalentes (como abonos, forrajes, inseminación artificial, etc. en el campo), susceptibles de multiplicar el rendimiento del trabajo humano viviente.
Tales métodos suponen, por lo tanto, la inversión de un alto porcentaje de las ganancias o excedentes. Llamamos excedente a la diferencia entre la riqueza producida y la riqueza consumida, para producirla (desgaste de máquinas e instalaciones, consumo de los productores, materias primas, etc.). En la sociedad capitalista este excedente es apropiado por las clases dominantes bajo forma general de plusvalía.
Ahora bien, como lo señalara Marx, la burguesía capitalista, a diferencia de las clases dominantes que la precedieron en la historia, sujeta como está a la ley de la competencia industrial, no consume en su integridad el excedente del cual se apropia. Por el contrario, destina un alto porcentaje de ese ingreso para inversiones, es decir, convierte buena parte de su ganancia en nuevo capital, ampliando y revolucionando sin cesar la base técnica de sus empresas. Sin embargo, la clase de los estancieros de la pampa húmeda, dueña de las tierras más fértiles del mundo, no reinvierte sus ganancias, no capitaliza ni tecnifica sus explotaciones. Consume parasitariamente esa ganancia, la evade al exterior, la invierte especulativamente fuera del circuito productivo.
¿Utilizan máquinas, como dicen nuestros críticos? Ya hemos demostrado en números anteriores que, mientras la producción de tractores se mantiene desde hace 12 años por debajo de los índices de 1959-1960, el parasitismo de la demanda efectiva (controlada por las clases dominantes) ha permitido un incesante crecimiento de la industria del automóvil, especialmente de los automóviles de alta cilindrada.
¿Productos químicos? ¡La Argentina tiene uno de los porcentajes más bajos del mundo en empleo de abonos por hectárea y la aventajan países latinoamericanos como México, Chile y Brasil!
El monopolio de la tierra
Ahora bien, ¿es lo mismo un industrial de zapatos y un industrial productor de vacas, como pretenden nuestros críticos? No es lo mismo en este sentido: Un industrial zapatero que no moderniza sus instalaciones, que consume íntegramente sus ganancias, será tarde o temprano superado por la competencia adversaria. Por el contrario, un “industrial ganadero” ejerce (colectivamente con su clase) el monopolio de la tierra, vale decir, de una condición de la producción.
Cuando la clase estanciero no invierte en sus tierras, impide simultáneamente que otros inviertan. Esto le permite mantener el atraso de la economía ganadera e imponer ese atraso al país., estrangulando las exportaciones, encareciendo las importaciones industriales y condenando al hambre al pueblo trabajador. Este monopolio debe ser destruido, pues otorga a una clase parasitaria un porcentaje creciente del ingreso nacional.
Ya hemos visto (y ahora lo repetiremos) que, a precios constantes, el valor de un novillo a principios de 1972 era tres o cuatro veces superior que el valor de los bienes producidos por la industria nacional, si lo comparamos con el valor de ese mismo novillo en 1955. La oligarquía ha triplicado sus ingresos reales entre 1955 y 1972, y esto explica el hambre popular, la quiebra industrial, la dictadura oligárquica, el alza de la mortalidad infantil y la penetración imperialista por “falta de capitales”.
También hemos visto que estas sobreganancias no suscitaron ningún proceso de inversiones en el campo. Un economista burgués nada “avanzado” en sus planteos, el doctor Horacio Giberti, ha calculado que la productividad de la masa ganadera (consistente en dividir las toneladas de carne limpia producidas al año por el número total de cabezas) fue de 50,6 kilos por cabeza entre 1953-1962, de 50,4 kilos en 1967; 50,8 en 1968; 56,8 en 1969; y 53,7 en 1970. Este es un índice definitorio del estancamiento, pues conjuga varios factores: rendimiento de carne por animal faenado; rendimiento del rebaño ganadero, o sea, porcentaje de cabezas faenadas sobre el stock total, el cual a su vez depende del porcentaje de pariciones, mortalidad del ganado, rapidez de engorde, etc. (según cálculos del INTA, el rendimiento del rebaño en la Argentina es de un 25%, contra un 40% en países capitalistas avanzados). Por último, la masa o stock ganadero (número total de cabezas) se mantiene estacionario: los 46 millones de cabezas de 1956 se han convertido en algo más de 50 millones 17 años después. ¡Lindos “industriales” vacunos han descubierto los “desarrollistas” del frondifrigerismo!
Que todo siga igual
Con aire de quien contempla la realidad nacional desde las cumbres del Aconcagua, viendo desfilar las penas como Jerjes sus tropas de cien naciones y provincias, nuestros críticos amonestan que “en el régimen de propiedad privada no se puede afectar a la propiedad de una clase social sin afectar a toda la sociedad; es decir, no se puede nacionalizar la tierra de los terratenientes sin amenazar directamente la tierra de los chacareros”. Este es un enunciado hipócrita, pues oculta la maniobra de querer asustar a los chacareros con la expropiación de los terratenientes; en otras palabras, la tentativa de agitar ante los chacareros el espantajo del “comunismo”, para empujarlos al terreno de la contrarrevolución, para movilizarlos contra el poder obrero y popular, para convertirlos en aliados de la oligarquía, todo esto bajo apariencia de enunciar una especie de “ley sociológica general”.
La realidad es la inversa, precisamente. No puede separarse la propiedad estanciero del control del Estado por la oligarquía, ni éste, del manejo público de los “precios sostén”, el crédito, etc.; en beneficio del bloque de los terratenientes y los capitalistas extranjeros. Cuando el Estado da crédito a Bunge y Born para que compre la cosecha a los productores algodoneros, en vez de prestar a estos para que resistan al comprador monopólico, o cuando la Junta Nacional de Granos fija los precios sostén tardíamente, cuando parte de las cosechas han sido vendidas por el chacarero, de modo que el precio sostén favorece a los traficantes monopolistas, estos hechos no pueden separarse del poder económico, social y político de la oligarquía terrateniente argentina y sus aliados, y demuestran que su expropiación, lejos de atacar a los chacareros, los liberará del despojo sistemático a que se ven sometidos.
Con el mismo argumento que exhiben nuestros críticos, debería censurarse la liberación de los esclavos (que son “propiedad privada” de una “clase social”) pues esa expropiación “amenazaría directamente toda otra forma de propiedad”. O la nacionalización de tierras e implementos agrícola-industriales realizada por el gobierno revolucionario de Perú, o la nacionalización del cobre por la Unidad Popular de Salvador Allende en Chile.
Sentido político de la nacionalización
Por otra parte, a las razones económicas enunciadas se añaden las razones políticas. El poder oligárquico de los terratenientes vacunos distorsiona en tal grado la economía y la sociedad argentinas, que su dominio parásito es incompatible con una real vigencia de la democracia política, de la soberanía popular efectiva. Dos veces en lo que va del siglo las luchas populares impusieron a gobernantes representativos: Yrigoyen y Perón. Dos veces la oligarquía terrateniente se convirtió en el eje interno de la conspiración reaccionaria que frustró esas victorias populares y derribó a esos gobiernos.
El FIP no se propone programas abstractos que dejen a salvo su “buena conciencia socialista” sobre el papel, dividiendo a las clases oprimidas y mayoritarias en beneficio de las minorías explotadoras. La marcha hacia el socialismo es un desarrollo ininterrumpido a partir de ciertas conquistas fundamentales. Como dice nuestro programa en su punto 7, las grandes estancias de la pampa húmeda en poder de la oligarquía son la fuente de una inmensa riqueza potencial “consumida parasitariamente” por la minoría explotadora. Su expropiación será el punto de partida de una gigantesca revolución tecnológica en el agro, de un abaratamiento de los consumos, un incremento de las exportaciones y un mercado interno en expansión de bienes de capital para el campo. Respecto a los pequeños y medianos productores del litoral, a los peones sin tierra, a los campesinos del interior, etc., el poder obrero y popular (como dicen los puntos 8 y 9 de nuestro programa) utilizará parte de la renta hoy consumida parasitrariamente por los estancieros para financiar las obras de infraestructura que hagan rentables las tierras hoy desaprovechadas por falta de riego, aguadas, servicios de sanidad animal, transportes, etc. y “establecerá planes cooperativos y de producción, encuadrados tecnológica, económica y financieramente por el Estado, a fin de superar la contradicción entre la pequeña explotación y la producción en gran escala que posibilite el aumento de la productividad y de la producción”.
La concentración económica
Nuestros críticos reverencian la estancia oligárquica, asignándole el falso carácter de “gran industria”, al mismo tiempo que pretenden aterrorizar al pequeño propietario rural con el fantasma de la “expropiación”. ¿Puede imaginarse un manejo más sin principios de todas las cuestiones? La economía moderna tiende hacia las grandes unidades productivas (tanto urbanas como rurales), porque es una economía fundada en el avance tecnológico y la producción en masa.
Por eso, la expropiación de las estancias no conduce a la división de esas tierras sino a su explotación por los trabajadores rurales, agrónomos, veterinarios y administradores, bajo el control del Estado obrero y popular. Se trata de una administración democrática y no burocrática de la economía, y no –como dicen nuestros críticos- de una administración “por los técnicos y burócratas al servicio del Estado”.
En cuanto a las pequeñas propiedades y explotaciones, tanto las existentes como las que emerjan de la división del latifundio improductivo, el programa del FIP señala un camino también democrático de impedir el minifundio, de impedir la baja tecnología, de facilitar las formas asociadas de trabajo y la introducción de niveles industriales de rendimiento, a través de las cooperativas y a través de los planes de fomento y de producción encuadrados por el poder público. Esto permitirá formas estrechas y no compulsivas de colaboración entre el sector socialista y de gran industria, y el sector privado rural de la economía. Permitirá la concentración económica y técnica, impidiendo al mismo tiempo que esa concentración se produzca en beneficio de minorías parasitarias o (en el otro extremo) que suscite choques innecesarios entre el pequeño productor y el Estado.
El frondizismo-frigerismo al desnudo
Sólo tienen razón nuestros críticos cuando afirman que únicamente el FIP sostiene en su programa la nacionalización de las estancias, y no hay la menor duda de que ni Frondizi, ni Frigerio, ni el MID, ni sus “teóricos” y voceros están de acuerdo con el programa del FIP. Por desgracia para ellos, cuando se trata de fundar ese desacuerdo se desenmascaran a sí mismos como defensores de la inmovilidad social: nada puede ser tocado, pues toda expropiación se convierte en atentado contra “toda propiedad”. Además, ellos han descubierto que el sector más parasitario y retrógrado de las clases dominantes es un sector “industrialista” y casi… ¡revolucionario! ¿Se entiende por qué el FIP denunció al MID como a una corriente reaccionaria que nada tiene que ver con el “movimiento nacional” al que dice, pomposamente, pertenecer? El MID está en el Frente Cívico de Liberación Nacional (Frecilina). ¿Se comprende por qué el FIP no está en el Frente Cívico de Liberación Nacional? ¿Se comprende por qué el FIP retiró sus representantes de la Comisión Interpartidaria, no bien esta Comisión resolvió entrar a considerar “coincidencias económico-sociales” en vez de considerar formas concretas de lucha contra la proscripción?
Artículo siguiente: Ramos – Silvetti: la fórmula de la Izquierda Popular
Artículo anterior: Declaración política y plan de emergencia del Frente de Izquierda Popular

