- Socialismo Latinoamericano
- Publicado el 01/04/1993
Malvinas: una espina difícil de tragar*
Gustavo Cangiano
La guerra de Malvinas puso la luz la contradicción fundamental entre el país dependiente y las potencias imperialistas. La naturaleza del antagonismo alineó inmediatamente, del lado del invasor a las clases dominantes y arrastró hacia esa posición a los partidos tradicionales. Pero al mismo tiempo creó las condiciones de una crisis en las filas militares que aún no está cerrada.
Hasta el 19 de abril de 1982 la situación política en el país resultaba transparente aun para el observador más desprevenido. Martínez de Hoz acababa de confundirse en un abrazo con el flamante ministro Roberto Alemann y reconocía exultante: “Estoy muy bien, ustedes son mis mejores muchachos”. El presidente Galtieri, por su parte, se ufanaba de que su gobierno fuera considerado el más pronorteamericano del Cono Sur. Las masas populares, que habían desafiado a la dictadura el 30 de marzo respondiendo a la convocatoria de la CGT, poblaba las cárceles del país y padecían los efectos de los garrotazos policiales. Las cúpulas de los partidos tradicionales, que generosamente habían ofrecido embajadores, intendentes y funcionarios al videlismo, se acomodaban al descontento popular endureciendo hipócritamente su discurso.
Pero el 2 de abril los vientos de Malvinas soplaron intempestivamente sobre todo el país modificando un tablero político que parecía eterno. ¿Qué lógica podía explicar que una dictadura genocida del capital financiero internacional desplazara la mira de sus fusiles, que apuntaban contra los trabajadores y la dirigiera contra la rubia Albion, socia principal del amo yanqui en el mantenimiento del orden imperialista mundial? Cualquiera fuese la explicación, los campos en lucha se reacomodaron inmediatamente. El desenvolvimiento de los hechos condujo a la dictadura a chocar contra los grandes poderes políticos, económicos y militares que hasta entonces la habían mimado y a recoger la adhesión inesperada e incómoda de los masas populares y de países del Tercer Mundo como Cuba, Nicaragua y Libia.
LA CONTRADICCIÓN PRINCIPAL: IMPERIALISMO vs. SEMICOLONIAS
León Trotsky, el gran revolucionario ruso asesinado por Stalin y calumniado por la burguesía mundial, había expresado al obrero argentino Mateo Fossa en 1938: “Supongamos que mañana Inglaterra entrara en un conflicto militar con Brasil. Yo le pregunto: ¿de qué lado del conflicto estará la clase obrera? Le contestaré por mí mismo: yo estaré de parte del Brasil ‘fascista’ contra la Inglaterra ‘democrática’. Porque el conflicto entre esos dos países no será una cuestión de democracia o fascismo. Si Inglaterra triunfara colocaría una doble cadena alrededor de Brasil. Si Brasil fuera el que triunfara, ello daría un poderoso impulso a la conciencia nacional. La derrota de Inglaterra, al mismo tiempo, daría un golpe al imperialismo británico e impulsaría el movimiento revolucionario del proletariado inglés”. Las palabras de Totrsky servían en 1982 para disipar la confusión generada ante la aparente contradicción de que fuera una dictadura antiobrera y antinacional la que se embarcara en una causa patriótica de connotaciones antiimperialistas.
En la época del imperialismo existen antagonismo irreconciliables entre los designios de las grandes potencias y las aspiraciones emancipatorias de los países oprimidos. Cuando los mecanismo de la democracia formal no alcanzan en estos últimos países para mantener la sujeción a las metrópolis, estas recurren a las fuerzas armadas. Así había ocurrido en 1976. Sin embargo, tanto la extracción pequeñoburguesa de los cuadros militares como los propios intereses corporativos de la institución contribuyen a generar en su propio seno una tendencia brumosamente nacionalistas que, cuando se torna hegemónica, confluye con las masas en los movimientos de liberación nacional. El peronismo fue el ejemplo argentino de esta confluencia, tal como lo fueron el velasquismo en Perú, el torrijismo en Panamá o el MNR en Bolivia.
El gobierno de Galtieri estaba lejos de expresar al nacionalismo militar tercermundista. Pero al colocar en primer plano la contradicción entre la Argentina semicolonial y el imperialismo mundial, la guerra de Malvinas alarmó a las clases dominantes. Estas recurrieron entonces a los serviciales políticos de la partidocracia, a quienes ofrecieron el dulce de la “democracia” a cambio de que trabajaran para la derrota. Se puso en marcha el operativo desmalvinización. Así fue como Alfonsín conspiraba en la embajada yanqui proponiendo el recambio de Galtieri por Illia, como Frondizi y Alsogaray advertían contra la “aventura irresponsable” y como hasta el inefable Menem decía por entonces: “ahora podemos afirmar que la guerra fue producto de tres trasnochados comandantes que quisieron aprovechar las circunstancias para perpetuarse en el poder”. Eran las palabras que querían oír Margareth Thatcher y Ronald Reagan. Meses más tarde se fundaría el partido Humanista, proponiendo acabar con las FF.AA. e instaurar el servicio militar optativo.
MALVINAS, LA “GUERRA SUCIA” Y LA DEMOCRACIA COLONIAL
La derrota de Malvinas, tal como había advertido Trotsky, estableció “una doble cadena” alrededor del país oprimido. Los imperialistas no sólo reforzaron su presencia en las tierras irredentas sino que iniciaron la segunda fase del programa depredador de Martínez de Hoz exigiendo la “reinserción en el mundo” y el pago de la deuda externa. A los políticos de la partidocracia se les encomendó cumplir con estas exigencias. Simultáneamente , se descargó sobre el conjunto de la sociedad una ofensiva ideológica democratista, antimilitarista y desmalvinizadora según la cual la disyuntiva entre liberación o dependencia había sido superada por la historia. La intelectualidad pequeñoburguesa de “izquierda” y derecha, la prensa, las universidades, fueron el soporte de la campaña. Mientras que los postperonistas domesticados a los que Chacho Álvarez reunía en su revista “Unidos” despotricaban contra la “humillación nacional en Malvinas”, el filósofo León Rozitchner escribía que “esta guerra ‘limpia’ constituyó la prolongación de aquella otra guerra ‘sucia’ que la requirió”.
En realidad, la guerra de Malvinas encerró un significado opuesto al de la represión procesista. Mientras que esta última, escudándose en la provocación terrorista, se dirigió contra los sectores populares anulando toda resistencia al programa de Martínez de Hoz, la guerra de Malvinas, por el contrario, enseñó a toda una generación de oficiales y suboficiales donde se encontraba el auténtico enemigo de la Patria. La “guerra antisubversiva” había homogeneizado el frente militar bajo la conducción de los altos mandos liberales, y la guerra de Malvinas abrió la posibilidad de que una nueva generación militar, imbuida de posiciones nacionalistas y antiimperialistas, convergiera con las masas populares en un frente patriótico.
MALVINAS HOY
Los gobiernos de Alfonsín y Menem, hijos de la derrota del 14 de junio, desenvolvieron la política desmalvinizadora. Mientras Alfonsín borró del calendario la fecha del 2 de abril y disimuló la capitulación mediante relaciones “diplomáticas”, el traidor de Anillaco impulsó las “relaciones carnales” con los asesinos de nuestros combatientes. La izquierda cipaya, por su parte, continúa caracterizando como “aventura” a la guerra patriótica y llamándo “subproducto de la dictadura” a los héroes de Malvinas (ver “Propuesta”, semanario del PC, 1/04/93).
Los socialistas revolucionarios de la Izquierda Nacional hacemos nuestras las palabras de Walt Whitman: “Todos dicen: es glorioso ganar una batalla. Pues yo digo que es tan glorioso perderla”. Cuando el Frente Nacional y Antiimperialista se reconstruya para poner fin al avasallamiento de la Patria y al hambreamiento del Pueblo, las banderas de Malvinas volverán a flamear junto a las del 17 de Octubre y el Cordobazo.
Pregón del Socialismo Latinoamericano, Año IV, Número 30, Publicaicón del Centro de Izquierda Nacional “Felipe Varela”.
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