- Izquierda Popular
- Publicado el 15/08/1974
Los ganaderos engordan con el trabajo ajeno*
Enrique Rozenberg
La oligarquía argentina es una clase social compuesta por dos sectores: el de los grandes terratenientes ganaderos, en especial los invernadotes que ocupan las mejores tierras del litoral y el oeste de la provincia de Buenos Aires, y la burguesía comercial, intermediaria en las operaciones de importación y exportación vinculadas íntimamente a los grandes monopolios imperialistas (Bunge y Born, Dreyfus, de Ridder y otros).
Esta clase puede ser caracterizada como capitalista, pero no burguesa. Capitalista por haberse formado y producir para el mercado mundial capitalista, por las formas legales con que reviste su monopolio de la tierra y por explotar trabajo asalariado, aunque no base su ganancia en éste sino en la renta diferencial
No se la puede considerar burguesa, ya que sus ganancias no son reinvertidas, sino dilapidadas en gastos suntuarios y todo tipo de extravagancias improductivas. A diferencia del burgués típico no realiza acumulación alguna de capital. El carácter rentístico y especulativo de su dominio le ha impreso hábitos puramente consumistas, parasitarios y ausentistas. La oligarquía conformó con los intereses imperialistas un bloque social que controló el país durante la mayor parte de su historia.
La Argentina dominada por este bloque oligárquico imperialista se transformó en una semicolonia, esto es, formalmente soberana pero, en los hechos, sometida a los dictados de los países metropolitanos. La apariencia política es de independencia, la realidad económica de dependencia.
Durante el “ciclo dorado” 1870-1930, en el que no por casualidad se respetó, al menos formalmente, la continuidad institucional, la fabulosa productividad natural de la pampa húmeda aseguró al país una situación de privilegio respecto a otras colonias y semicolonias (cosa que también aconteció con Uruguay). Los beneficios extraordinarios derivados de la renta diferencial fueron parcialmente retenidos por la oligarquía y gastados, también, en parte en el sistema de ciudades puerto que vertebran el litoral: Santa Fe, rosario, Buenos Aires, Mar del Plata, Bahía Blanca.
Esta “prosperidad” dependiente aseguró la base económica de una clase media urbana numerosa (fenómeno desconocido en otras regiones semicoloniales), vinculada a los servicios, el transporte, los empleos públicos, la banca, el comercio, la administración, etc., que participó, en alguna medida, de los beneficios de la renta diferencial y compartió el sistema de valores y la mitología de la oligarquía.
Los rasgos exteriores de esa prosperidad asemejaban a la región pampeana con las metrópolis imperialistas, no obstante, este modernismo no se correspondía con un desarrollo industrial sino con el azar de la naturaleza. La situación de las provincias interiores era la contracara a la que nadie prestaba atención.
En 1930 se produce la gran crisis mundial en el mercado capitalista y con ella comienza a diluirse el espejismo de nuestra idílica situación. El papel de “granero del mundo” y proveedor de carnes, cueros y lana barata que nos fuera asignado en la división internacional del trabajo revela la clave de nuestra debilidad y atraso. La renta diferencial es desgastada por los avances de la productividad en el agro europeo, estadounidense y australiano basado en la tecnificación, uso intensivo de abonos químicos, grandes obras de riego, mecanización, etc.
El precio de las materias primas y productos menos elaborados baja constantemente en relación con los productos industriales. A esto va a dársele el nombre de “deterioro de los términos del intercambio”. Argentina recibirá cada vez menos por sus ventas de productos agropecuarios en el extranjero.
Comienza lentamente la industrialización y la formación de la clase obrera moderna como rebote de la crisis mundial. La producción agraria estancada se destinará cada vez en mayor medida al mercado interno.
La oligarquía y el dólar
La política monetaria se reveló desde el primero momento como un instrumento apto para que la oligarquía asegure e incremente sus ganancias. A lo largo de toda su historia los ganaderos fueron partidarios de la desvalorización del peso respecto de las monedas extranjeras. En tal sentido actuó en 1866 con la estabilización y en 1899 con la ley de conversión. Entre 1901 y 1971 el peso se devaluó aproximadamente en 40.000%. No obstante ello, la política de devaluaciones periódicas y sistemáticas sólo comenzó a aplicarse cuando la crisis comenzó a golpear ferozmente en las puertas del “granero del mundo”.
Convendrá que a este respecto hagamos una aclaración. La inflación puede deberse sustancialmente a dos causas: a) debido a un aumento de la demanda, consecuencia de un desarrollo de las fuerzas productivas y a una mejor distribución de la riqueza, tal lo acontecido durante la década de gobierno peronista donde hubo una inflación limitada como consecuencia de la expansión del mercado interno, altos niveles de ocupación y de salarios; b) puede deberse a una situación de estancamiento estructural y de atraso de algún sector en especial, tal lo sucedido entre 1955 y 1973, período de inflación galopante y penetración imperialista en nuestra economía. En 1959 se registra una tasa de inflación de 114% (Alzogaray), y en 1972 una del 70% con Lanusse.
Dado el carácter monopólico de la producción ganadera, no es competitiva ni responde a los estímulos estatales o del mercado destinados a elevar la producción. Dentro de este esquema la inflación opera como una transferencia de beneficios de toda la sociedad hacia el bolsillo de los ganaderos. Entre 1955 y 1971 el valor de una vaca, en términos reales, se multiplicó por 2,5 respecto de los bienes industriales producidos en el mercado interno, es decir que la oligarquía, por la sencilla razón de no producir, se apropia en 1971 de 250% más bienes que 15 años antes. He aquí la clave de las devaluaciones sistemáticas de este periodo.
La situación de privilegio de esta clase, al ser la principal proveedora de divisas que el país imperiosamente necesita, le otorga una ventaja suplementaria, en base a ella los ganaderos chantajean continuamente a los gobiernos amenazando con disminuir la ya escasa producción, sacrificar hacienda, etc. Sobre esta amenaza reclama permanentes aumentos en los precios de la carne para el mercado interno, exenciones impositivas, desgravación de las exportaciones, créditos para salubridad animal o para mejoras que rara vez se concretan, préstamos suculentos para retener o aumentar hacienda, etc. etc.
La ecuación de la oligarquía se reduce a producir cada vez menos para ganar cada vez más. Que cada vez menos personas coman carne cada vez más cara. Que el peso y el trabajo argentinos valgan cada vez menos. Es por ello que la contradicción entre los intereses de la oligarquía, aliada natural del imperialismo, y el pueblo argentino son irreconciliables. No existe unidad nacional posible con ellos sino en su contra. ¡Pueblo u oligarquía! Desde el fondo de nuestra historia los argentinos de esta hora recibimos el mandato histórico de destruir a esta clase que ha bebido de la sangre, el sudor y el sufrimiento de generaciones de compatriotas.
Publicado en Izquierda Popular, Nº 39, 2ª quincena de agosto de 1974, página 5
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