- Publicado el 30/01/1973
Lenin en 1905*
Jorge Abelardo Ramos
La Revolución Rusa de 1905 y sus enseñanzas son mucho menos conocidas que la revolución triunfante en 1917. Sin embargo, esta última sería inconcebible sin la grandiosa experiencia teórica y práctica de aquélla, llamada justamente por Lenin el “ensayo general” de la insurrección de octubre. Ocurre con frecuencia que la seducción del éxito deslumbra a ese tipo de “revolucionario platónicos” que sólo adhieren a las revoluciones estabilizadas; el género es muy rico y la Revolución Rusa no tuvo nunca amigos más interesados que cuando la contrarrevolución stalinista se instaló en ella, después de fusilar a los grandes jefes de Octubre. Desde entonces, a partir de la muerte de Lenin, la historia de las dos revoluciones rusas fue incesantemente depurada por los censores literarios de la política soviética, atentos a las exigencias cotidianas de la burocracia, que rehacían el pasado revolucionario para justificar su oportunismo del presente. Por esa razón, la bibliografía oficial acerca de las revoluciones de 1905 y de 1917 inspira las mayores reservas en cuanto a su seriedad científica.
Por otra parte, la canonización de la historia soviética contemporánea se propuso obstaculizar la comprensión de las generaciones nuevas sobre el significado íntimo de la lucha de Lenin y las diferencias notorias entre su táctica de 1905 y la de 1917. Esto último no sólo es imputable al stalinismo, sino en general a todas las variantes de “izquierda” que se declaran a sí mismas “marxistas”. El fundamento de esta confusión deliberada entre nosotros debe buscarse en la resistencia a encontrar en nuestra propia realidad latinoamericana la clave de la revolución. El estudio de 1905 lleva directamente a la iluminación de las tareas nacionales de la revolución latinoamericana, pues, ¿qué otro interés podría poner un revolucionario en investigar las revoluciones del pasado si no fuera para extraer de ellas las lecciones útiles a las revoluciones del presente?
Si la revolución de octubre de 1917 y su triunfo espectacular sumió en cierto modo en la sombra la gran experiencia de 1905, no sólo se debe a que la victoria suscita más interés que la derrota, por más enseñanzas que de ésta se desprendan, sino también al hecho de que el marxismo en Latinoamérica nos llegó de Europa totalmente elaborado y con la aureola respetable de una doctrina definitiva. El criterio dominante en el mundo, después de 1924, era que el proletariado, dueño del poder en la Rusia multinacional, expropiaba económica y políticamente a la burguesía, se proponía colectivizar la agricultura y edificar la sociedad socialista. En el otoño de 1924, Stalin, reduciendo ese planteo al absurdo, dirá que era totalmente legítimo “construir el socialismo en un solo país”. No hacía un año que Lenin había cerrado definitivamente los ojos, cuando el triste epígono formulaba la doctrina tranquilizadora de la burocracia autosatisfecha. De esta manera, los europeos de los países avanzados comprendieron muy bien lo que mejor correspondía a la realidad de sus países metrópolis: los aspectos socialistas de la Revolución Rusa.
Si se considera que para los países europeos desarrollados las tareas nacionales o democráticas del desarrollo histórico habían sido cumplidas uno o dos siglos antes por sus burguesías, era perfectamente claro que tan sólo podían plantearse en Francia, Inglaterra o Alemania las tareas de la revolución socialista. Pero como los países del Viejo Mundo dominaban a su vez la vida económica y política de la Argentina, transfirieron a nuestro medio las ideas socialistas que llegaban de la Rusia posterior a Lenin, y la “izquierda” de la Argentina semi-colonial fue educada en la imagen congelada de un marxismo para consumo metropolitano. De las tareas nacionales o democráticas de la revolución en los países atrasados poco se decía en ese marxismo, ruso de origen, pero transvasado a nuestro medio por la vía europea. La evolución oportunista de la burocracia soviética consolidó y perfeccionó esa imagen falsificada de la Revolución Rusa. La exportación de un “internacionalismo abstracto” llegó a nuestras fronteras, y su rasgo descollante fue ocultar o colocar en el último plano de interés no sólo los escritos de los maestros del marxismo sobre la cuestión nacional, sino sobre todo enseñar que la Revolución Rusa se había originado y había triunfado como una “revolución socialista”. No se momificaron solamente los restos mortales de Lenin en la Plaza Roja, sino sobre todo la médula de su pensamiento y el sentido de su acción. Todo el marxismo y el leninismo se presentaron desde entonces como las manifestaciones más ortodoxas y ciegas de las posiciones “anticapitalistas” y “antiburguesas”. La abstracción radical del concepto reducía a la nada las enormes diferencias en el desarrollo histórico de los países imperialistas y de los países coloniales, cuyo antagonismo nadie mejor que Lenin había señalado para fundar en él toda la estrategia nacional de la clase obrera.
A casi medio siglo de la revolución de octubre, el “socialismo” no se ha realizado todavía la Unión Soviética, ni podía “realizarse”, por otra parte, con o sin Stalin, con o sin teoría del “socialismo en un solo país”. Kruschev, a pesar de sus fanfarronadas, admitió que la agricultura soviética tropieza con crecientes dificultades y que es menester “alentar” al campesino, lo que implícitamente significa confesar que la colectivización forzosa no ha rendido los resultados esperados. Si el éxito del régimen socialista deberá medirse por la productividad del trabajo, estamos ante la evidencia de que el socialismo no se ha “realizado” en la Unión Soviética, sino que aun, a pesar de sus grandiosos triunfos técnicos, se está luchando por él. Esto no es un crimen; lo criminal reside en ocultar la verdad, pues con ella la lucha por el socialismo se verá acelerada. La “coexistencia” de Kruschev significa que en último análisis la “teoría del socialismo en un solo país” de Stalin continúa siendo la doctrina oficial de la burocracia.
Por esas razones, el marxismo latinoamericano debe estudiar con la mayor atención las experiencias de la Revolución Rusa de 1905. Para contribuir a ese estudio publicamos un notable trabajo de Lenin, tan poco conocido como el pensamiento del gran revolucionario sobre la cuestión nacional.
La gran polémica que la revolución de 1905 originó entre las variadas fracciones de la socialdemocracia rusa giraba en torno a una cuestión capital: si, como todos admitían, la Revolución Rusa era “burguesa” (pues debía proclamar la república democrática y abrir el paso al desarrollo de las fuerzas productivas estranguladas por la estructura feudal) ¿qué táctica debían adoptar los socialistas consecuentes? Los mencheviques, cuyo portavoz teórico más eminente era Pléjanov, asimilaban el desarrollo histórico de Rusia a las etapas seguidas por Occidente. Fundados en esa identificación, puramente estática, sostenían que del carácter burgués de la Revolución Rusa se desprendía la hegemonía de la burguesía liberal en el proceso revolucionario. Al proletariado tan sólo le restaba colaborar desde “la izquierda” con la burguesía en el poder y reproducir de ese modo las condiciones clásicas del parlamentarismo europeo. La revolución socialista, lógica sucesora de la revolución burguesa, se situaba bajo esta perspectiva en un futuro indeterminado. Pléjanov insistía a este respecto en que la socialdemocracia no debía inquietar con su “falta de tacto” a la burguesía liberal, a fin de permitirle cumplir su papel conductor en la revolución democrática con la misma urbanidad con que lo hacían los socialistas de los países avanzados ante su respectiva burguesía imperialista. Esta división de tareas definía mejor el carácter del menchevismo que la naturaleza real de las clases en la revolución rusa.
Lenin y los bolcheviques, por el contrario, sostenían que si la revolución era sin duda burguesa, el proletariado no podía reducirse a desempeñar un papel puramente contemplativo en su desarrollo. Antes bien, de la iniciativa revolucionaria de la clase obrera y de su partido dependía en alto grado que la revolución democrática profundizase su cauce, alcanzara sus objetivos burgueses con los métodos plebeyos del proletariado y los campesinos, y abriese un ancho camino para el desenvolvimiento del capitalismo y de la lucha de clases en él implícita, que permitiera plantear la lucha por el socialismo. En el pensamiento de Lenin, la lucha contra la autocracia y por la República no podía desvincularse de la cuestión agraria que reputaba el verdadero eje de la revolución burguesa. Precisamente por ese hecho, si la revolución democrática debía alcanzar sus fines sólo podría hacerlo mediante una estrecha alianza entre las dos clases fundamentales de la sociedad rusa: el proletariado y los campesinos. Estos semipropietarios, cuya inmensa masa pequeño burguesa era la única capaz de sostener a las ciudades proletarias y a los sectores revolucionarios de la burguesía y pequeña burguesía urbanas, debían participar en la creación de un gobierno provisional revolucionario, junto a los obreros y a las clases interesadas en la República democrática. Aquí surgía la segunda divergencia con el menchevismo, que como los socialistas y comunistas de la Argentina de hoy, eran revolucionarios de palabra y oportunistas en los hechos. El menchevismo rechazaba la posibilidad de que la socialdemocracia interviniese en un gobierno provisional semejante. Su negativa se fundaba no solamente en que debía dejarse a la burguesía liberal el supuesto privilegio acordado por la historia de responsabilizarse del poder en “su revolución”, sino en que la participación de la socialdemocracia en un gobierno burgués revestiría un carácter de “millerandismo, o, dicho en otros términos, de oportunismo. Millerand era un famoso político socialista francés que se había permitido formar parte de un gabinete burgués, revelando así la profunda degradación política del socialismo en Francia. Su apellido sirvió desde entonces para señalar la traición a los principios del socialismo. El menchevismo, con aire triunfal e invocando el ejemplo de un país que ya había realizado sus tareas democráticas, negaba al proletariado de un país que aun no la había realizado el derecho y el deber de intervenir en el proceso vivo de la revolución popular. Bajo el majestuoso manto de los “principios” del “socialismo puro”, el menchevismo escondía su impotencia para encabezar a las grandes masas no proletarias. Los doctrinarios cedían el paso a la burguesía liberal, complacida por el determinismo histórico de los mencheviques, que contemplaba, tan acertadamente sus intereses inmediatos.
¿Cuál fue la posición de Lenin ante este problema? Precisamente la opuesta. Si por un lado la burguesía liberal rusa había demostrado, como todas las burguesías de los países atrasados, una profunda mezquindad y estrechez histórica originadas en un nacimiento tardío, por el otro, el peso del proletariado ruso era mucho mayor que el de la burguesía si se tiene en cuenta la inversión del capital extranjero en la industria rusa. Las tendencias al compromiso con la autocracia, evidenciadas reiteradamente por la burguesía liberal, exigían perentoriamente del partido obrero la más resuelta participación en la formación de un gobierno provisional revolucionario, y la mayor audacia en el ahondamiento del proceso revolucionario, precisamente para conjurar las vacilaciones, retrocesos o traiciones de la burguesía liberal en el curso de la “revolución burguesa”. Pues esta revolución burguesa no se realizaba en la época del ascenso de la burguesía mundial, sino en la era de su declinación definitiva.
La hegemonía incuestionable de la burguesía en la realización de las revoluciones nacionales y democráticas de los siglos anteriores se derivaba férreamente del amorfismo social del proletariado, pues el desarrollo industrial era muy precario en esa época y la burguesía comercial y manufacturera dominaban la escena económica, sin temor a la competencia de un artesanado tan múltiple como disperso. Pero en el siglo XX la burguesía como clase ha perdido ya toda viabilidad histórica; sin duda que en los países atrasados aun está en condiciones de participar o incluso encabezar la revolución nacional y democrática. Pero a su lado se levanta el proletariado, que para librar en el plazo más breve posible su propia lucha por el socialismo —y modernizar la nación— se ve obligado a impulsar el proceso revolucionario nacional hasta la realización de todas las tareas burguesas y democráticas incumplidas —o retaceadas— por la burguesía misma.
¿Cómo negarse en consecuencia, decía Lenin, a participar lo más activamente posible en la formación de un gobierno provisional revolucionario junto a representantes de la burguesía? ¿Cómo podían los mencheviques asimilar la situación de la Rusia zarista —imperio opresor y semicolonia del capital anglo francés a un tiempo— con la Francia imperialista? Entrar en un gobierno que hubiera derrocado a la autocracia en Rusia difería por completo del ingreso a un gabinete burgués en la República imperialista. Si en esta última tan sólo podía hablarse de realizar el socialismo, en el país atrasado la cuestión misma del socialismo era inconcebible sin plantear ante todo la República democrática y la liquidación de la barbarie precapitalista. No faltaban voces que en nombre de la “revolución socialista” se negaban a considerar la intervención de la social democracia en el gobierno provisional. Lenin les explicaba: “La socialdemocracia, que actúa en el terreno de la sociedad burguesa, no puede participar en la política sin marchar, en casos aislados, al lado de la democracia burguesa”. Y agregaba: “En países tales como Rusia, la clase obrera sufre no tanto de capitalismo como de la insuficiencia del desarrollo de este último. Por eso la clase obrera está absolutamente interesada en el desarrollo más vasto, más libre, más rápido del capitalismo… Por eso, la revolución burguesa es extremadamente beneficiosa para el proletariado… De esta conclusión, dicho sea de paso, se desprende asimismo la tesis de que, en cierto sentido, la revolución burguesa es más beneficiosa para el proletariado que para la burguesía. He aquí en qué sentido es indiscutible esta tesis: a la burguesía le conviene apoyarse en algunas de las supervivencias del viejo régimen contra el proletariado: por ejemplo, en la monarquía, en el ejército permanente, etc.”[1] A los teóricos del “marxismo impoluto” —que tanto abundan en nuestro país— y que manifestaban un santo horror por la expresión misma de “revolución burguesa”, Lenin les respondía con una de sus fórmulas lapidarias: “Es completamente absurda la idea de que la revolución burguesa no expresa en lo más mínimo los intereses del proletariado”. Pléjanov, por ejemplo, dirá en esa polémica que participar en el gobierno revolucionario con “los representantes de la pequeña burguesía es traicionar al proletariado”.[2] El precursor del pensamiento marxista ruso expresaba en esos términos su incomprensión típicamente “occidental” de los fenómenos revolucionarios de un país atrasado: trasladaba a Rusia lo que era correcto para Alemania Un cuarto de siglo más tarde, el stalinismo remitirá desde Rusia al mundo entero fórmulas no menos abstractas y peligrosas, aunque del vuelo teórico de Pléjanov ya no quedarán rastros.
El lector del presente libro de Lenin podrá estudiar el pensamiento del revolucionario bajo la presión de los acontecimientos que lo espoleaban: es la revolución de 1905 y la actitud del partido hacia ella lo que constituye el tema de los trabajos de Lenin. A los mencheviques, que tan sólo deseaban presionar a la burguesía liberal “desde abajo”, Lenin opone: “Desde abajo y también desde arriba”. Quien desee luchar tan sólo desde abajo en la revolución democrática, “sostiene un principio anarquista”. En este mismo volumen, son particularmente relevantes las observaciones de Lenin acerca de la política a seguir frente al ejército, a las sediciones militares (que Engels tanto como Lenin juzgaban en ciertos casos útiles al desarrollo de la revolución democrática) y al carácter resuelto con que el partido revolucionario debía lanzarse hacia el centro mismo del movimiento de masas, junto a los clases no proletarias, para inspirarlas, alentarlas y poder así disputar con la burguesía la conducción del torrente revolucionario. On engager et aprés voir[3], tal era la fórmula napoleónica que Lenin citaba con preferencia. Se comprende el asombro de la escuela marxista tradicional de Rusia ante este marxismo viviente, penetrado de especificidad nacional, propuesto por el jefe bolchevique a los maestros venerables del menchevismo, imbuidos de respeto por la socialdemocracia alemana y su cautelosa táctica parlamentaria. Del mismo modo que los mencheviques rusos vivían prisioneros del modelo europeo, que aspiraban a imponer a la realidad de un país atrasado, los izquierdistas de la izquierda cipaya argentina oponen a nuestra realidad modelos no menos extraños, sean éstos de procedencia europea o soviética. Se niegan en todo caso a comprender la cuestión nacional desde el punto de vista marxista y esta ceguera los ha conducido a la impotencia más completa. La lectura atenta de esta obra de Lenin contribuirá a esclarecer ciertos aspectos fundamentales de la táctica proletaria en la revolución democrática —y también a comprender por qué Lenin condujo a su partido a la victoria—. Si en el debate con Pléjanov, su antiguo maestro y figura descollante de la inteligencia revolucionaria rusa, Lenin no vacila en emplear todas sus armas polémicas, hará lo mismo con Trotsky, en cuya fórmula de la “revolución permanente” temía no estuviera representado con suficiente claridad el papel que debía jugar la burguesía liberal y el campesinado en la revolución democrática. Esas grandes figuras cambiaban golpes porque podían soportarlos, y porque en la polémica se jugaba el destino de millones de hombres. Tan sólo en nuestro país los “izquierdistas” temen analizarse recíprocamente en aras de la “unidad podrida” de la izquierda cipaya. El estilo de Lenin no era tan complaciente.
Las posiciones de los actores y las clases de 1905 cambiarán radicalmente en 1917. La primera guerra imperialista desnudará por completo la sumisión de la burguesía liberal rusa a los designios de la Entente anglo–francesa y su renuncia a llevar adelante la “revolución burguesa”, a tocar la tierra y a hacer la paz. Lenin adoptará en abril de 1917, al llegar de la emigración, una posición totalmente diferente a la de 1905. Al verificar la total deserción de la burguesía liberal del frente revolucionario, extraerá de un golpe todas las conclusiones necesarias y lanzará la fórmula: “Todo el poder a los Soviets” y “Abajo los diez ministros capitalistas”. Caído el zarismo, impotente la burguesía para profundizar la revolución, al proletariado no le quedaba otro camino que asumir la dirección de los campesinos y de la revolución, a riesgo de hundir el país en el caos. En ese momento, la burguesía liberal y Pléjanov, con los mencheviques que hacían frente con ella, acusarán a Lenin de haberse pasado al “trotskysmo”. Naturalmente, Trotsky estará al lado de Lenin en el gran momento de la insurrección de octubre, pues si Lenin se había vuelto “trotskysta” al adoptar la fórmula del gobierno obrero, Trotsky se había vuelto leninista al abrazar la concepción bolchevique del partido, punto capital de sus antiguas divergencias.
Si Pléjanov consideraba como una “traición al socialismo” el ingreso de la social–democracia a un gobierno provisional en 1905, en 1917 invertirá su posición, y sus amigos formarán parte del gobierno provisional. A su vez, Lenin, Trotsky y los bolcheviques calificarán a esa actitud de “ministerialismo” y de traición al socialismo. Ni los mencheviques, ni los bolcheviques, sin embargo, podían ser acusados de inconsecuencia. Por el contrario, el viraje radical de ambas tendencias obedecía a las mismas causas: la caída del zarismo, que se había desplomado como un árbol putrefacto, había lanzado a la burguesía liberal a los brazos del capital imperialista exterior y de la reacción monárquica interior, espantados todos por el ascenso revolucionario de las masas. Participar del gobierno provisional en 1917 era renunciar a la revolución burguesa, es decir a la revolución agraria; y rehusarse en 1905 a participar del gobierno provisional revolucionario implicaba abandonar en manos de la burguesía liberal la bandera de las reivindicaciones democráticas, renunciando a conducir al país. Si la fórmula de la revolución permanente de Trotsky parecía a Lenin demasiado abstracta en 1905, esa fórmula interpretará la compleja realidad de 1917: en nombre de las masas populares y de las tareas democráticas, el proletariado y su partido se arrojarán a la lucha introduciendo en su desarrollo las primeras medidas socialistas. La revolución democrática y la revolución socialista se confundirán en un mismo proceso, sin compartimientos estancos. Sólo podrían alcanzar su definitiva realización no en el marco del Estado soviético, sino en el de la Europa avanzada, y no solamente en sus límites, sino en el del planeta entero. El leninismo será acusado de “trotskysta” por la reacción burguesa de 1917. Después de 1924, el stalinismo condenará al “trotskysmo” para sepultar el legado ideológico de Lenin antes de fusilar a sus herederos.
(Prólogo al libro de Lenin. “El proletariado en la revolución democrática”, Ed. Coyoacán, 1981)
Un héroe de nuestra época
“La Revolución Rusa pudo ser cruel, pero era verídica”, observaba veinte años más tarde Trotsky. Una gran causa, coronada por la victoria, despertó los más nobles resortes de la naturaleza humana, y el heroísmo, la abnegación y el arrojo intelectual caracterizaron aquellos años decisivos de la historia universal. La reacción que sobrevino no fue menos profunda. El arribismo y la cobardía moral, la mediocridad del pensamiento y el conformismo ante el poder constituyeron la secuela de la contrarrevolución encabezada por Stalin. Las obras de Trotsky desaparecieron de los anaqueles. Su nombre fue expurgado de la Enciclopedia soviética, de los archivos de los diarios y de las bibliotecas. En el resto del mundo, incluido nuestro país, los libros del organizador de Ejército Rojo raramente se editaron. La mentira sistemática ocupó el lugar de la historia objetiva, y Trotsky fue borrado de los textos o infamado bajo la acusación de espía. La torpeza de la burocracia rusa la indujo a creer que eliminar a una personalidad de los manuales equivalía a suprimirla de la historia.
Un silencio completo o una publicidad sospechosa y malévola rodeó el nombre de Trotsky. La Argentina no fue una excepción. No era un hecho casual que Trotsky no encontrara acogida en nuestras editoriales, porque tampoco nada auténticamente popular y revolucionario podía expresarse en un país agobiado por el imperialismo y sus nativos turiferarios de izquierda y derecha. Vivíamos la era del “estatuto legal del coloniaje”, y si el pensamiento nacional de la propia burguesía carecía de expresión definida, ¿qué podía esperarse del pensamiento revolucionario del proletariado? Un perfecto sistema de pinzas asfixiaba a la patria de los argentinos: el radicalismo era Alvear, Repetto el socialismo, Pinedo la economía, Victoria Ocampo encarnaba la literatura, Levene la historia, y Stalin el marxismo. El presidente era el General Justo, y con eso está dicho todo. Sobre el conjunto revoloteaba el espíritu del Frente Popular. Pretender para Trotsky, un indocumentado sin poder ni recursos, un lugar de excepción, sería exigir de la musa de la historia privilegios excesivos. A cada cual su hora. Precisamente durante la década del 30 Trotsky fue expulsado de la U.R.S.S. por la camarilla de Stalin. El caudillo se hizo publicista. Su poderoso pensamiento, prolongación de una rica tradición de un siglo de luchas sociales, no pudo ser ahogado por el aparato de la Internacional Comunista, en manos de los jerarcas rusos.
La formación de la burocracia soviética
Haciendo frente a la creciente burocratización del Estado, del partido de Lenin y de la Internacional Comunista, surgió en Rusia primero, y luego en todo el mundo, una corriente llamada “Oposición de Izquierda”, inspirada por Trotsky. Si al principio Stalin debió resignarse al debate, muy rápidamente la maquinaria administrativa del partido ahogó toda discusión, encarceló a los opositores y los desterró; más tarde los fusiló y los difamó. En todas partes aparecieron núcleos juveniles de la Oposición, incluso en la Argentina. Stalin, que si no era un cerebro privilegiado tenía al menos el mérito inventivo de buscar nombre tajantes para sus enemigos, creó la palabra “trotskysta”. Buscaba designar de algún modo a los socialistas revolucionarios que rehusaban aceptar la política de una nueva casta parasitaria. Los arribistas rusos, después de estrangular la revolución en su propio país, pretendían exportar las derrotas al resto del mundo.
La Revolución Rusa había removido hasta sus cimientos al Imperio multinacional del zarismo agonizante. El proletariado expropió el poder económico y político de la monarquía tumefacta, barrió de la escena a los detritus feudales y a la mezquina burguesía rusa, y emprendió el camino de la planificación socialista. Su vanguardia política, el bolchevismo ruso, resultó destruída por la guerra civil y por el nacimiento de una burocracia conservadora, que remató con la represión policial los últimos restos de la vieja guardia. La nueva casta reservó para sí la parte más importante de la renta nacional y el usufructo del poder político, pero debió moverse en el cuadro social creado por la revolución, y a su manera, con un despilfarro cimentado en el crimen, llevó adelante las grandes líneas del poder revolucionario. Como lo explicara Trotsky incomparablemente, la burocracia nacía no sólo de los “peligros profesionales del poder”, según la expresión de Rakovsky, sino, ante todo, de la miseria rusa y del atraso cultural, así como de la indigencia industrial legada por la burguesía. El socialismo, de acuerdo a las nociones clásicas, no podía erigirse sino como una continuación del alto nivel tecnológico creado por la burguesía precedente; la misión capital del proletariado era reorganizar el inmenso dispositivo industrial heredado de la vieja sociedad, someterlo a un plan racional y promover una economía de abundancia en sustitución del lucro engendrado por la propiedad privada.
La realidad se mostró más compleja, y el proletariado tomó el poder en un país sin herencia. Si la cultura rusa recién se desprendía del pasado bizantino, su economía industrial, creada primordialmente por el capital anglo francés, constituía un islote en medio de la estepa campesina. Muy poco había para repartir, y el nuevo gobierno debió “socializar la miseria”. Así surgió el “gendarme”, de acuerdo a la imagen de Trotsky, que debía distribuir el escaso pan existente entre muchos hambrientos. Ese gendarme fue la burocracia. Si la revolución había devorado centenares de los militantes más intrépidos, la guerra civil subsiguiente diezmó las filas revolucionarias. El partido quedó raleado de aquella generación de hierro que había soportado sobre sus hombros una guerra y una revolución; la desmoralización cundió entre las grandes masas, un poco antes resueltas y ardientes. El gobierno obrero y campesino no sólo no significó la abundancia, sino que impuso nuevas obligaciones y penurias. La desorganización de la industria, la inexistencia de los alimentos más esenciales, el bloqueo internacional, después de los primeros años de heroica tensión de las masas, produjeron un fenómeno inverso: “el reflujo del «orgullo plebeyo» tuvo por consecuencia un aflujo de arribismo y pusilanimidad.” “Estas mareas llevaron al poder a una capa de dirigentes”, escribía Trotsky examinando las causas sociales del triunfo burocrático. Por otra parte, la desmovilización de millones de soldados del Ejército Rojo después de la guerra civil prestó a la administración del Estado un inesperado aporte. “Los comandantes victoriosos tomaron los puestos importantes en los soviets locales, en la producción, en las escuelas, y a todas partes llevaron obstinadamente el régimen que les había hecho ganar la guerra civil. Las masas fueron eliminadas poco a poco de la participación efectiva del poder”.
Debe agregarse a tales fenómenos la aplicación de la Nueva Política Económica (NEP), que si reanimó la economía exhausta, también dio nuevos bríos al comercio privado, a la especulación, a los nuevos ricos, al “nepman” —como se lo designó—, y en resumen, a toda la pequeña burguesía urbana y rural que la revolución había aterrorizado un momento sin destruirla, y que salía tanto más firmemente a la luz cuanto más bajo caía el nivel revolucionario de las masas. Las exigencias de personal para manejar la maquinaria del Estado absorbió así a los antiguos funcionarios zaristas, que se volvían “oficialistas” para conservar el empleo y la cabeza, y que frecuentemente apartaban con el codo al revolucionario auténtico, incapaz de callar sus críticas ante los errores de los círculos dirigentes. Las derrotas de la revolución internacional, en fin, acentuaron la depresión moral de la clase obrera soviética, cuyo jefe fue Stalin. En “La revolución traicionada” Trotsky estudió de manera magistral ese trágico proceso.
Encerrados en sus fronteras por la inercia de la revolución europea en la cual confiaba Lenin, los rusos se encontraron en un callejón sin salida. La traición socialista sostuvo a la burguesía occidental. Apoyada en la explotación de las colonias, ésta pudo reconstruirse en la década siguiente y preparar su contraofensiva.
El ciclo de las derrotas
Pero a partir del año 30 una crisis económica devastadora sacude al mundo capitalista. Parece que ha llegado la hora del fin irrevocable. Un solo hecho salva al régimen moribundo: es la política contrarrevolucionaria de la burocracia soviética. Lejos de abrir una etapa decisiva en la lucha por el poder, la década del 30 presencia el apogeo del poder stalinista y las más trágicas derrotas mundiales de la clase obrera: la derrota de la revolución alemana a causa de la parálisis de la Internacional Comunista, el aplastamiento sangriento de los obreros austríacos, y la imborrable traición stalinista en la revolución española. El retroceso es totalitario, se expande a lo ancho y a lo largo de las clases en juego, y abraza la derecha y la izquierda, la burguesía y el proletariado, las metrópolis y las colonias. Los argentinos hemos designado ese período como la “década infame”.
La burguesía mundial se ve interpretada por Hitler y Mussolini. Pero si los fascistas encarnan la reacción en el campo burgués y pequeño burgués, Stalin y su camarilla la expresan en el terreno del comunismo y del movimiento obrero internacional. Ambos sistemas coinciden en paralizar las manos de la clase obrera para una política independiente. Al aliarse a los bandidos imperialistas “democráticos” para enfrentar a Hitler, Stalin transforma el problema del nazismo, que debía ser solucionado por la revolución proletaria, en un problema nacional alemán De este modo contribuye a soldar el pueblo detrás de Hitler. A ningún alemán podía ocurrírsele que el capitalismo inglés o francés era más seductor que el capitalismo del Tercer Reich. La sustitución de los métodos de clase por los métodos “democráticos”, realizada por Stalin, alejó al proletariado alemán de toda perspectiva revolucionaria y precipitó el estallido de la segunda guerra mundial. Esta infame política stalinista determinó que durante los doce años de hegemonía nazi en Alemania, Hitler careciese de problemas políticos interiores. Esta misma política, ejercida en el mundo colonial, empujó a los comunistas a aliarse con las oligarquías nativas más reaccionarias contra todas las “tendencias populares y nacionales” que luchaban contra el imperialismo.
Ahora comprenderá el lector por qué Trotsky ha carecido de editores entusiastas durante el largo ciclo de reacción.
Mientras tanto, en Europa, Laval estrechaba la mano a Litvinov; la Sociedad de las Naciones manejada por los ingleses acogía en su seno a la Unión Soviética, cuya respetabilidad había aumentado considerablemente ante los ojos de la burguesía mundial al aplastar a la Oposición de Izquierda. De acuerdo al consejo de Chamberlain, Stalin se disponía a fusilar a los compañeros de Lenin. Cuando eso ocurrió y Kamenev, Zinoviev y Bujarín fueron ejecutados, Mussolini escribió un editorial en “Il Poppolo d’Italia” «firmando: “Se trata del mejor servicio que podía prestarse al fascismo”. La consigna mundial lanzada por la burocracia soviética, a su vez, era luchar contra el fascismo, no con los métodos de la revolución proletaria preconizados por Trotsky, líbrenos Dios de semejante aventura, sino mediante convenios formales con los imperialistas que competían con Hitler y Mussolini en los mercados internacionales. Como pago de la benevolencia “democrática” hacia la burocracia soviética, Stalin depositó en el regazo del bloque anglo francés la ofrenda del Frente Popular. Su significado no era indiferente al imperialismo. El Frente Popular implicaba la supresión de la lucha de los pueblos coloniales contra el imperialismo opresor, y su reemplazo por la divisa de la guerra santa contra el fascismo. Ahora bien, como los nazis y fascistas carecían de colonias, el Frente Popular remachaba las cadenas que unían a las potencias “democráticas” con sus millones de esclavos.
El planeta sin visado
Expulsado de Alma Ata, cerca de la frontera china y en el corazón de la estepa, Trotsky busca asilo en la isla de Prinkipo, frente a Constantinopla, donde escribe su obra maestra: “Historia de la Revolución Rusa”. Nuevamente obligado a abandonar su refugio, se convierte en un exilado errante a través de todos los mares. Desde 1929 a 1937 el mundo fue para él “un planeta sin visado”. Toda la canalla que siempre se levanta contra un gran vencido estaba eufórica. La ralea fascista de Europa clamaba contra los permisos de residencia transitoria: Noruega, Dinamarca, Francia, Turquía. Y la rabiosa jauría stalinista, munida de los recursos de un poderoso Estado, con prensa internacional adicta y con la intelectualidad de “izquierda” más sumisa que nunca, exigía de los gobiernos “democráticos” la expulsión del revolucionario. El crimen de Trotsky había sido, al fin y al cabo, la osadía de afirmar las ideas revolucionarias contra la corriente, llamar a las cosas por su nombre y reivindicar la tradición del pensamiento marxista en la época de los thermidorianos. Para los stalinistas bien pagados (los Codovilla, los Browder y los Thorez formaban legión), Trotsky era un fascista. Para los fascistas, a su vez, era el organizador del Ejército Rojo. Había que hacérselo pagar bien caro. ¡Edificante coincidencia! Las obras de Lenin, maliciosamente seleccionadas y aisladas de su contexto histórico, eran profusamente editadas, lo mismo que los catecismos de Stalin, aunque jamás en obras completas fuera de Rusia Estaban precedidas por mentirosas rapsodias de historiadores diligentes que escribían con la pistola en la nuca. El símbolo funerario del espectáculo lo proporcionaban los restos mortales de un Lenin que, tan embalsamado como su inmensa herencia, se ofrecía a la silenciosa contemplación de la multitud en la Plaza Roja de las viejas jornadas. El caudillo convertido en momia sacra, el usurpador, como un falso Demetrio, en el Kremlin, y el revolucionario vivo condenado a la impotencia y entregado a la difamación internacional: he aquí el clásico esquema en la contramarea de la historia. Si consideramos que este drama envolvía otro más profundo, podremos comprenderlo en su adecuada perspectiva, porque al fin y al cabo el proceso histórico no debe medirse con la pérdida de una generación y la adulteración de los textos, sino por la magnitud de los cambios que se verifican en la estructura de las clases.
La hora de la canalla triunfante
Época singular: en los imperios “democráticos” pululaban los amigos de la burocracia, cáfila de intelectuales liberales que hacían su pequeña fama, sin arriesgar nada, adulando a Stalin y a Roosevelt simultáneamente. Era una razonable división del trabajo. El primero se ocupaba en fusilar a los fundadores del Estado Soviético. Y el segundo, después de implantar por vía compulsiva el idioma inglés en Puerto Rico, condenaba con severidad cuáquera a los dictadores europeos desde su doméstica chimenea de la Casa Blanca. Para un gremio tan bien amaestrado como “los amigos de la U.R.S.S.” Stalin era un bolchevique; según cabía esperar de un método interpretativo semejante, Roosevelt, a su vez, era considerado por estas gentes como un “demócrata”. Como para este tipo de cipayos la opresión imperialista en la Argentina parecía un mandato de la ley natural, también la burocracia soviética se les antojaba la encarnación de la Revolución de Octubre. Esta adhesión puramente platónica, por otra parte, en nada podía incomodarles; al contrario, les proporcionaba buena prensa, editoriales solícitas y turismo con gastos pagos. En nuestros días las fronteras geográficas de la Cortina de Hierro se han ensanchado, pero los intelectuales son los mismos de ayer: las excursiones proliferan como nunca. Según la expresión de Trotsky, adherían a una revolución ocurrida hace mucho tiempo en un país lejano; este amor los agotaba y carecían de energías para ocuparse de la revolución en su propio país. Tal era el cipayaje de “izquierda” en aquellos días. Porque hay, no lo olvidemos, cipayos imperialistas y cipayos soviéticos. De los primeros sabemos bastante. De estos últimos, sólo diremos ahora que se caracterizan, entre otros muchos rasgos, por considerar más importante para la Argentina un dique en Siberia que nuestro modesto San Roque. Las estadísticas rusas conmueven a estos turistas; su emoción es frecuentemente recompensada. La lectura de “Propósitos” y la prosa de Barletta satisfacen el hambre de su intelecto. Puesto que la naturaleza ha sido tan inclemente con ellos sería injusto exigirles más. Ya indica piadosamente el Evangelio que el número de tontos es infinito; y Lenin agregó que el socialismo solucionará muchos problemas, menos la supresión radical de los imbéciles. Parece que tienen porvenir bajo cualquier régimen.
Cárdenas ofrece asilo a Trotsky
La odisea de Trotsky había llegado a una decisiva encrucijada. La visación de su pasaporte le fue negada por los gobiernos de más de cincuenta países. Stalin ya había confesado a sus íntimos que la expulsión de Trotsky de Rusia había constituído “un gran error”. El georgiano comprendía demasiado tarde que el creador del Ejército soviético, a pesar de su aislamiento, de su falta de recursos y del apoyo de un aparato, contaba con el formidable arsenal de sus ideas. Indiferente a las cosas que no podían tocarse, Stalin debió rendirse a la evidencia de que un Trotsky vivo y escribiendo constituía un peligro siempre latente. Entonces comenzó a preparar el cerco y el asesinato. Trotsky ya había escrito “Mi vida”, reconstruyendo en un estilo vívido medio siglo de lucha revolucionaria, y situando a sus actores de acuerdo a la verdad histórica. Se difundían en varios idiomas “La Revolución Permanente”, “La Revolución Desfigurada” y “La Internacional Comunista después de Lenin”, con un agudo examen de los monstruosos errores cometidos por Stalin durante la segunda revolución china. Jóvenes de distintos países y viejos militantes mantenían ya una estrecha vinculación epistolar con el exilado. Comenzaban a tenderse las líneas para una reorganización del movimiento marxista internacional.
Moscú presionó entonces a los armadores noruegos interesados en el comercio con la Unión Soviética, para que exigieran al gobierno de Oslo la detención y expulsión de Trotsky. El gabinete “socialista” noruego cedió a las reclamaciones de los vendedores de pescado y pactó con Moscú la prisión del exilado. Así, éste pudo meditar en una celda escandinava sobre las curiosidades del régimen democrático. Por la radio comenzaban a difundirse las primeras noticias aterradoras de los Procesos de Moscú. Toda una generación revolucionaria era conducida al pelotón de ejecución por Stalin, bajo la acusación de estar en connivencia con Hitler, Mussolini y el Mikado.
Tal era la situación de Trotsky en el exilio, y de sus amigos en la Rusia que habían fundado, durante esos días de 1936. En esos momentos llegó un telegrama de México ofreciendo un asilo al luchador. El pintor Diego Rivera había intercedido ante el Presidente Cárdenas. El gobierno azteca abrió las puertas de América Latina al obstinado indeseable. En las jornadas amargas e inciertas a través del Atlántico, bajo la mirada vigilante de un policía noruego que Trotsky ha evocado en “Los Crímenes de Stalin”, el perseguido lee libros sobre México y busca explicarse la causa profunda que motivaba su salvación.
Con el general Lázaro Cárdenas remataba su ciclo la revolución democrática que iniciara Francisco Madero en 1910, y en cuyo desenvolvimiento vertieran su sangre los heroicos guerrilleros de Emiliano Zapata. Durante la década infame los movimientos nacionales en América Latina estuvieron reducidos a la impotencia. La responsabilidad recaía en primer lugar sobre la política stalinista, aliada al imperialismo mediante la trampa del Frente Popular. En México, en cambio, se dieron pasos importantes en la revolución agraria. Ésta llevó al poder a un jefe militar, síntesis de una alianza de pequeña burguesía, clase obrera y campesinado. Aunque no se trataba de un fenómeno histórico nuevo, debía ser reinterpretado a la luz de la experiencia latinoamericana. Trotsky adelantó en esa oportunidad ideas notablemente fecundas.
El ejército en las semicolonias
Frente al antimilitarismo abstracto de las izquierdas sudamericanas, advirtió que un general mexicano difería, por las circunstancias históricas de su país, de sus congéneres europeos imperialistas. En la Rusia zarista, en la Francia colonial o en la Alemania del Kaiser, el ejército se constituía en el brazo armado del capital financiero, y a veces se definía como una casta nobiliaria divorciada del pueblo.
Aun en estos casos, Trotsky indicaba algunos rasgos positivos del ejército en el desarrollo histórico: “Sin extasiarnos sobre la civilización específica extendida por el militarismo burgués, no es posible, sin embargo, que desconozcamos que numerosos hábitos útiles al progreso han sido introducidos en las masas populares por medio del ejército; y no es una casualidad que los soldados y los suboficiales se hayan encontrado a la cabeza de las sublevaciones en todos los movimientos revolucionarios y, principalmente, en los movimientos campesinos”.
El Ejército en México había surgido de la pólvora de las guerras civiles y de la insurrección agraria, a la manera de nuestras montoneras clásicas, en cuyo seno informe se gestó el viejo ejército mexicano. Como muchos otros latinoamericanos, había formado espadones gratos a los petroleros o déspotas rurales, pero procedía en su mayor parte de abajo. Nucleado en el revoltijo plebeyo de la revolución campesina, estaba nutrido del coraje creador de nuestros pueblos en la pelea por la independencia nacional. Cárdenas era el indio de uniforme. Esa fue la razón del asilo al perseguido irreductible. Una revolución popular salvó a Trotsky en 1936, momentáneamente al menos, de la cárcel “socialista” noruega y de los pistoleros del stalinismo.
Los penetrantes escritos de Trotsky sobre América Latina, que constituyen su postrer legado a las nuevas generaciones y que publicamos en varias oportunidades, nacen precisamente de ese hecho; significan una aplicación dialéctica de la política nacional leninista a la revolución latinoamericana. Como respondiendo por anticipado a ciertos epígonos que aparecerían luego, para adulterar las enseñanzas del maestro en nombre de un “internacionalismo” tan abstracto como sospechoso. Trotsky elogió a Cárdenas por su nacionalización del petróleo en estos términos: “Es precisamente porque México pertenece todavía al número de los países atrasados que deben conquistar su independencia, que engendra entre sus hombres de Estado una osadía de pensamiento más grande que la de los epígonos conservadores de una grandeza pasada. ¡Tal fenómeno se encuentra más de una vez en la historia!…” Y ante las acusaciones imperialistas que lo implicaban en las nacionalizaciones agregaba: “Yo consideraría como un honor el tener aunque no fuera más que una parte de responsabilidad por la medida audaz y progresiva del gobierno mexicano”.
Los penetrantes escritos de Trotsky sobre los países semicoloniales residía en condenar la noción de una “revolución socialista” en estado puro que ignorase las tareas nacionales no realizadas. Esgrimida de tal manera, la agitación por la “revolución socialista” y el desdén olímpico por la realidad semicolonial de nuestros países sólo podía satisfacer los designios del capital extranjero, interesado en divorciar al proletariado de las masas rurales o pequeño burguesas. La consigna del Frente Único Antiimperialista era de aplicación en las semicolonias, así como en las metrópolis imperialistas la fórmula del Frente Único Proletario. La transferencia mecánica de ésta a las colonias sólo podía concebirse como una deformación ideológica producida por la presión imperialista sobre nuestros países. En estas condiciones, la derrota del proletariado y su aislamiento de las masas populares era inevitable. Esto no sólo acarrearía la impotencia obrera para acaudillar a toda la nación, sino, en último análisis, la capitulación general ante el imperialismo.
El patriotismo y los imbéciles
Valorando el problema a la luz de la revolución china, Trotsky juzgaba a este género de “ultra–izquierdistas” con palabras poco académicas. Al estudiar los documentos de estos bolcheviques de lechería que ponían en un mismo plano al Japón imperialista que a la China semicolonial (a Braden lo mismo que a Perón), y juzgaban tan burgués a Hirohito como a Chiang Kai–Shek, volviendo las espaldas a la lucha bajo el pretexto de que había que “derribar a ambos”, Trotsky escribía: “Estamos frente a verdaderos traidores o frente a verdaderos imbéciles. Pero la imbecilidad elevada a este nivel equivale a la traición”. En la Argentina hemos conocido también a este poco atrayente género de “izquierdistas”. Defendieron “La Prensa” de Gainza Paz contra la expropiación gubernamental en nombre de la “libre expresión”, propusieron la destrucción de la C.G.T. peronista en nombre de “la revolución proletaria”, y condenaron a Perón en nombre del “internacionalismo socialista”. Trotsky supo calificarlos “avant la lettre” y nada tenemos que agregar a sus palabras. A nosotros, que coincidimos con Perón en la lucha contra el imperialismo extranjero sin identificarnos con él, se nos acusó de “nacionalistas”, de “vendidos al peronismo” y de “patriotas burgueses”. En cuanto al patriotismo, como argentinos difícilmente podríamos desmentir la acusación, si es que es concebible una acusación semejante en boca de quien no sea apátrida o cipayo. El patriotismo es uno de los más poderosos resortes del progreso histórico. Yace no sólo en el inconsciente colectivo de las grandes creaciones culturales de la humanidad y de las comunidades unidas por el radio idiomático, sino que constituye una de las más profundas energías espirituales en la lucha de un pueblo. Esto ya lo había observado Lenin, y es cierto aunque Lenin no lo hubiese observado, aunque en la teología de los epígonos del marxismo, doctrina viva y revolucionaria por naturaleza, nada que los maestros no hayan dicho parece munido de autoridad. Pero que una tendencia suscite la adhesión de infradotados no significa en modo alguno que los infradotados estén calificados para dirigirla.
Por otra parte, la idea de Patria nace precisamente con el Estado Nacional y el triunfo de la burguesía europea. La naturaleza del patriotismo en el Occidente capitalista modifica su significación con la aparición contemporánea del capitalismo; cuando el patriotismo de los jacobinos se transforma en el patriotismo de León Slum o De Gaulle, entra en crisis, agotada su progresividad histórica, y se vuelve una traba para el desarrollo de la historia. El patriotismo de Churchill o de Hitler se manifestaba como una tendencia a oprimir a otros pueblos, como una forma especial de chauvinismo internacional. Para ese tipo de patriotismo opresor y reaccionario, Marx escribió que “un pueblo que oprime a otro no merece ser libre”. Muy distinta es la situación del patriotismo en los países semicoloniales que luchan por civilizarse y adquirir su autodeterminación. En este caso, la idea de la Patria posee una fertilidad semejante a la de aquellos patriotas de París, que asombraban al mundo por su intrepidez revolucionaria en 1789. Trotsky ha señalado con toda precisión las diferencias entre el patriotismo imperialista y el patriotismo de un país colonial: “Si el Japón es un país imperialista, si la víctima del imperialismo es China, nosotros estamos del lado de China El patriotismo japonés es la máscara del bandidaje mundial. El patriotismo chino es legítimo y progresivo. Poner a los dos en el mismo plano y hablar de social patriotismo sólo puede hacerlo quien no ha leído nada de Lenin, quien no ha comprendido la actitud de los bolcheviques durante la guerra imperialista y quien no puede más que comprometer y prostituir las enseñanzas del marxismo”.
La burguesía nativa en la revolución Latinoamericana
Trotsky postuló claramente en su exilio mexicano que nuestros pueblos sólo podrían escapar a la degradación económica y a la impotencia política reuniéndose en una poderosa Federación Latinoamericana. Retomaba así, expresándola en términos modernos, la idea fundamental de toda nuestra historia. Señalaba, sin embargo, que poco podía esperarse de la débil burguesía latinoamericana, siempre dispuesta a pactar por un plato de lentejas con el imperialismo, y más temerosa de un movimiento independiente de las masas que de su voraz adversario extranjero. Amonestaba también contra ese ultraizquierdismo que empobrecía la realidad mezclando en un mismo saco a la burguesía nacional y al imperialismo; esta política adolece, por lo menos, de la tara de la abstracción. Es imposible determinar por anticipado la actitud concreta de la burguesía nacional frente al enemigo del país en todo tiempo y lugar. La política de esta última estará sujeta siempre a la relación de fuerzas, a las exigencias del imperialismo, y también a la política proletaria y a la situación económica. La burguesía nacional puede marchar durante un tiempo con la revolución, romper luego con ella, coquetear con el imperialismo o hacer un frente son él, y pasar inesperadamente de nuevo al campo de la revolución. Trotsky enseñó, y la vida misma lo confirma cada mañana, que las burguesías coloniales no se mueven en política por ideales ni principios fijos, sino bajo la presión de sus intereses de clase. Chiang Kai–Shek encabezó en el pasado la lucha del pueblo chino contra el invasor japonés y enfrentó asimismo a los insolentes procónsules de las zonas extraterritoriales enquistadas en el suelo chino; se alió luego con ellos, pactó más tarde con los comunistas y terminó arrojándolos en Cantón a las calderas de las locomotoras. En verdad, la burguesía de los países semicoloniales vive en un estado permanente de indeterminación, originada por una conciencia cada vez más aguda de que su función en el siglo XX no podrá ejercerse hasta el fin, y de que la crisis mundial del capitalismo —que a pesar de todo la incluye aunque ella recién aparezca en escena— la arrastrará fatalmente a su abismo histórico. Está muy lejos de emular las horas de Robespierre esta clase industrial nueva y medrosa, que antes de afrontar la lucha revolucionaria contra el feudalismo oligárquico se hace saltar los sesos en la persona de Vargas. Piensa con terror en el hecho de que si su ejemplar antecesora, la burguesía francesa, pudo destruir el viejo orden fue solamente porque carecía de competidores interiores y porque el proletariado, cuya cabeza asomaba amenazante entre los dolores del parto, aun revestía la forma infusa de los “sans-culottes” de París. En nuestra época, por el contrario, joven aun y ya senil, la burguesía colonial observa con una mezcla de despecho y asombro que la clase obrera es la fuerza más concentrada y audaz de la sociedad, y los problemas nacionales creados por la crisis imperialista. La simple presencia del proletariado es la razón más persuasiva para enfriar los ardores revolucionarios de la burguesía nacional; es útil observar que este hecho inquietante no la transforma automáticamente en “agente del imperialismo”, ya que nadie lucha contra sus propios intereses, sino que presta a esa lucha un carácter doble, esquivo y traicionero. Por otra parte, y aquí debemos rendir tributo a su sagacidad por escasa que ella sea, la burguesía colonial comprende a fondo que los dos términos polares del drama mundial se encarnan inexorablemente en el proletariado y el imperialismo. De ahí la política vacilante y frecuentemente capituladora de la burguesía latinoamericana. Si a veces amenaza al imperialismo con movilizar a la clase obrera y a ésta con aliarse al imperialismo, termina generalmente firmando un compromiso ambiguo con los peores enemigos del país. Esta impotencia más o menos radical de la burguesía nativa para dirigir la revolución nacional dio origen a un sistema de poder, característico de los países atrasados, que Trotsky examinó de modo certero. Nos referimos al bonapartismo.
Trotsky y el bonapartismo en América Latina
Se hace necesario destacar aquí que ciertos “izquierdistas” un poco obtusos confunden con la mejor voluntad “gobierno burgués” con “gobierno bonapartista”. A estos roedores de la política no se les ha ocurrido, además, que pocas veces la burguesía ejerce el poder directamente, y que en América Latina la inepcia de la burguesía es tan manifiesta que no solamente ha sido incapaz de tornar el timón del gobierno, sino que ni siquiera ha logrado crear su propio partido político. Hablando en general, los partidos políticos latinoamericanos reflejan en sus filas con mayor fuerza los intereses oligárquicos o los de la burguesía comercial importadora, que los de aquellos sectores industriales ligados a la producción nacional. En consecuencia, los movimientos de masas hasta ahora han expresado sus aspiraciones por medio de regímenes bonapartistas. Así, por ejemplo, el régimen peronista, aunque por la naturaleza de su política económica y su ideología era un gobierno burgués, no era el gobierno de la burguesía, sino un típico poder bonapartista, esto es, un gobierno de la burocracia civil y militar. La burguesía argentina carece de tradiciones políticas propias y explícitas; está compuesta en gran parte por extranjeros inasimilados aun por entero a la vida nacional, o vinculados estrechamente a los partidos tradicionales caducos. De ahí que las más poderosas tendencias nacionales surjan en las filas del Ejército. Como por otra parte la construcción de la industria pesada está en manos de las Fuerzas Armadas, lo mismo que numerosas industrias conexas, se establece una alianza espontánea entre la democracia civil y militar que dirige la economía del Estado; este grupo es más compacto y lúcido que la propia burguesía industrial. Esta última alberga en sus filas con frecuencia a más especuladores de materias primas que productores reales. Es esclava de los mitos técnicos y de los abalorios ideológicos del imperialismo. Depende, en fin, de las maquinarias importadas. Carece de conciencia nacional, salvo pequeños núcleos, y es antiintervencionista por definición, principio que en un país semicolonial equivale a dejar inerme al país ante los grandes monopolios internacionales. Dejemos sentado desde ya que el “antiestatismo” y el “antiburocratismo” en general, en un país atrasado, se imbuye de un contenido profundamente reaccionario, ya que el Estado es la única maquinaria centralizada e independiente del país capaz de contrabalancear, junto a las masas obreras, el poder monstruoso del imperialismo extranjero. En tales circunstancias resulta evidente de qué manera las tendencias nacionales de la economía estatal y de las industrias militares sustituyen a la burguesía nacional, como pudo demostrarse en el golpe del 4 de junio de 1943. Luego se ven obligadas a apoyarse en las masas populares para resistir al imperialismo, al advertir su propia impotencia para hacerlo: el ejemplo histórico está ofrecido por el 17 de octubre de 1945. Créase así un poder “sui generis”, que elige un jefe y lo impone al país con el apoyo del pueblo. Cuenta desde el principio con el odio irreprimible de la oligarquía proimperialista, de los partidos pequeño–burgueses y de la burguesía industrial. Esta última retrocede ante los altos salarios impuestos por el régimen bonapartista para conquistar el apoyo popular, y desdeña el contenido industrialista del gobierno que en realidad la favorece sin consultarla. Trotsky dilucidó la cuestión del bonapartismo en América Latina del siguiente modo: “Dado que el papel principal en los países atrasados no lo desempeña el capitalismo nacional sino el capitalismo extranjero, la burguesía del país, en lo que respecta a su situación social, ocupa una posición mucho menos importante que la correspondiente al desarrollo de la industria. Teniendo en cuenta que el capitalismo extranjero no importa obreros, sino que proletariza a la población nativa, el proletariado del país comienza bien pronto a desempeñar el papel más importante en la vida de la Nación. En estas condiciones, el gobierno nacional, en la medida que procure resistir al capitalismo extranjero, está obligado en mayor o menor grado a apoyarse en el proletariado. Por otra parte, los gobiernos de estos países atrasados que consideran inevitable o más ventajoso marchar hombro con hombro con el capitalismo extranjero, destruyen las organizaciones obreras e implantan un régimen más o menos totalitario.
“Así, la debilidad de la burguesía nacional, la ausencia de una tradición de gobierno comunal propio, la presión del capitalismo extranjero y el crecimiento relativamente rápido del proletariado minan las bases de cualquier régimen democrático estable. Los gobiernos de países atrasados, es decir, coloniales y semicoloniales, asumen en todas partes un carácter bonapartista o semibonapartista. Difieren uno de otro en esto: que algunos tratan de orientarse en una dirección democrática, buscando apoyo en los trabajadores y campesinos, mientras que los otros instauran una forma de gobierno cercana a la dictadura policíaco–militar. Esto determina asimismo el destino de los sindicatos. Ellos están bajo el patronato especial del Estado, o sometidos a una cruel persecución. El tutelaje por parte del Estado está dictada por dos tareas que éste tiene que afrontar: 1) atraer a la clase obrera, ganando así un apoyo para su resistencia contra las pretensiones excesivas por parte del imperialismo; 2) al mismo tiempo regimentar a los trabajadores, poniéndolos bajo el control de su burocracia”.
Las palabras citadas, que merecen un cuidadoso estudio, pertenecen a un artículo dictado por Trotsky poco antes de ser asesinado, y que se encontró entre sus papeles póstumos. Deseamos subrayar el hecho de que sus últimos pensamientos estuvieron consagrados a estudiar los problemas de nuestra revolución. Cuando el zapapicos del asesino al servicio de Stalin destruyó el cerebro prodigioso, el 20 de agosto de 1940, la reacción mundial había alcanzado el último límite. Hitler dominaba Europa, el movimiento obrero estaba destruído por las movilizaciones, y todos los bandidos del capital imperialista —desde Roosevelt hasta Goering— se disponían a ajustar sus cuentas recíprocas con la sangre de millones de hombres. Con el asesinato de Trotsky concluía la segunda etapa en el drama de la Revolución Rusa, y el régimen stalinista se definía a sí mismo. Krushev diría tres lustros más tarde quién era Stalin, aunque se olvidaría de definir a la burocracia que lo sustentaba y de la que el mismo Krushev formaba parte.
El ciclo sombrío concluye con la segunda guerra imperialista: en ella se hunden los imperios fascistas, queda momentáneamente dislocado el poder ofensivo de las democracias imperialistas y se abre para las masas coloniales un vasto teatro de operaciones Las revoluciones coloniales levantan la cabeza en todas partes y en nuestro país las masas obreras intervienen por primera vez como un todo en la lucha política. La larga noche de reacción toca a su fin. Si desde 1915 hasta 1930 la revolución había paseado orgullosamente su estandarte ante el aterrorizado mundo capitalista, los tres lustros siguientes contemplaron la revancha del viejo régimen. La dialéctica de la historia ha vuelto ahora por sus fueros y traza ante nuestros ojos una gran perspectiva revolucionaria. Esa es la razón profunda que permite hoy la publicación de las Obras Escogidas de Trotsky.
En defensa del marxismo
Durante el año que precedió a su asesinato, Trotsky entabló una polémica con un grupo de dirigentes del Partido Obrero Socialista de los Estados Unidos. En dicho partido habían surgido dos tendencias que se disputaban la dirección. La mayoría, de indudable carácter obrero, estaba encabezada por el veterano James P. Cannon; y la minoría, de composición social predominantemente pequeño–burguesa, tenía como jefes al periodista Max Shachtman y al profesor de filosofía de la Universidad de Nueva York, James Burnham. El debate comenzó por cuestiones políticas: el carácter de clase de la Unión Soviética y la vigencia de la consigna de Trotsky “por la defensa incondicional de la Unión Soviética”. La minoría rechazaba esta última fórmula, pues negaba que la U.R.S.S. continuase siendo un estado obrero; argüía, con fórmulas especiosas, que la burocracia se había transformado, en realidad, en una nueva clase social explotadora y que la política exterior del Kremlin en poco difería, por su naturaleza, de la del imperialismo occidental. El ardor de la polémica, y como Trotsky observó, su lógica interna, llevó a los contendientes al examen de los fundamentos filosóficos del marxismo. Shachtman adoptó una actitud indiferente, o si se prefiere agnóstica, ante la dialéctica. A su juicio carecía de importancia y no tenía relación directa con los problemas políticos. Burnham, por el contrario, combatía la dialéctica materialista, a la que consideraba como “una nueva religión”, en nombre de una ciencia que no lograba definir. Así fue como la polémica abrazó bien pronto todos los campos de la sociología y la filosofía, la política y la economía. Trotsky ingresó en ella con la lúcida pasión que lo distinguía y probó en el desarrollo de la lucha, de manera irrefutable, el carácter de clase del debate.
En esa lucha toda la razón estaba de parte de Cannon, pero no será obvio señalar que la presión monstruosa del imperialismo demostraría que tampoco Cannon había comprendido el pensamiento dialéctico en cuanto se refería a los problemas de América Latina. Tanto Shachtman como Cannon coincidían en una formidable incomprensión de la realidad latinoamericana, y olvidaron de este modo que el primer deber de un revolucionario metropolitano es apoyar la lucha nacional de los pueblos que oprime su imperialismo, pues para el proletariado norteamericano, como lo afirmó Marx hace un siglo, esa es la condición primera de su propia emancipación. A este respecto, Cannon permanecía confinado en el dominio estéril de un “socialismo puro”; éste era el resultado dramático de que la lucha de Cannon por la construcción de un partido proletario debía desenvolverse en el medio histórico de un país imperialista, en el apogeo de su prosperidad y de su poder mundial. Esta circunstancia objetiva tenía más peso que la voluntad personal de los revolucionarios norteamericanos, y condicionaba férreamente su pensamiento.
Durante doce años de régimen peronista en la Argentina, Cannon se refirió siempre, como la United Press, al “dictador Juan Perón”, y la dialéctica que tan brillantemente había defendido con la ayuda de Trotsky sobre la cuestión rusa, no le proporcionó mayores auxilios. Después de la caída de Perón, las intrigas inglesas en la Argentina irritaron un poco al imperialismo yanqui; el contrato de la California, que no era entreguista por otra parte, había modificado un tanto la actividad de Wall Street hacia el pasado régimen, que se volvía más tratable. Fue entonces que Cannon pareció “comprender” la necesidad de admitir que Perón no era un “dictador”, sino un representante de la nueva Argentina industrial, que con apoyo obrero había realizado algunas cosas dignas de interés. Los fundamentos mundiales de este cambio en la política de Cannon parecen transparentes. Y algunos de sus epígonos en la Argentina se esfuerzan por renegar de su pasado cipayo y reentender nuestra realidad. En este camino, caen en cierto neoperonismo de ribetes más o menos ortodoxos, carente de autenticidad. Allá ellos y sus relaciones con la dialéctica. Lo que importa destacar aquí es que “En defensa del marxismo” reúne los principales artículos teóricos de Trotsky, escritos con motivo del debate Burnham–Cannon. Constituyen una invalorable fuente de enseñanzas para los jóvenes que deseen aprender un marxismo no escolástico. La filosofía aparece en esta obra clásica como un instrumento de liberación, lejos de toda arrogancia profesoral, nutriéndose en la vida y en la lucha de un partido obrero.
Recientemente el escritor uruguayo Alberto Methol Ferré nos acusaba de cierta “despreocupación filosófica” y de nuestra carencia de “una voluntad de plantear, en el orden intelectual, su problemática. Quizás, entre otras cosas —agregaba dicho autor— porque el marxismo es también una máquina de guerra que exige seguridad en el pulso y la cabeza. El peligro de esta actitud es el de una degradada enajenación filosófica”. La objeción se funda en un equívoco, y es propia de un intelectual, aunque de un intelectual honesto que busca su camino. El socialismo revolucionario posee una filosofía, una concepción del mundo, fundada en el materialismo dialéctico. No es el invento de un catedrático, similar a aquellos múltiples “sistemas” filosóficos que brotaban en cada profesor alemán en los tiempos de Engels, y que no sólo respondían al genio sistemático de la cultura alemana sino al florecimiento ideológico que rodeó el proceso de su unificación nacional. La dialéctica materialista se fue desenvolviendo en un país que se distinguía por su tradición filosófica, por su temperamento filosófico diríamos, y cobró forma en el pensamiento de Marx y Engels. El hecho no era fortuito. Ambos eran discípulos de Hegel y remataban, en su crítica al maestro, toda la evolución teórica del Occidente europeo en la época del proletariado, que anunciaba un nuevo mundo y exigía una cosmovisión nueva. La dialéctica marxista surgió como una filosofía de la acción, que sólo en la práctica podía realizarse. Marx reivindicó el pensamiento dialéctico griego, pese a las insuficiencias derivadas del escaso conocimiento helénico de los problemas de la naturaleza hegeliana, despojándola de la bruma idealista propia del genial prusiano, “para descubrir bajo la envoltura mística el núcleo racional”. Lo que distingue la titánica tarea filosófica de Marx y Engels no es el propósito de fundar una nueva filosofía contemplativa, sino el de proporcionar al proletariado, sucesor histórico de la burguesía, las armas metodológicas para reorganizar la sociedad moderna. Es sobre todo una teoría del conocimiento, pero proyectada hacia la historia, que realizada por los hombres desdeña la revelación divina, se explica a sí misma y se desenvuelve a través de sus negaciones. El concepto central de la dialéctica es el movimiento. La idea del cambio como categoría absoluta, si reducida al templo concluso de los especulativos carecía de implicaciones inquietantes, propagada al campo de la historia, la economía, la política y las instituciones, revelaba un peligroso germen revolucionario.
Después de inyectar al materialismo vulgar la dialéctica hegeliana, de “volverla sobre sus pies”, Marx aplicó su método a la economía capitalista, que los apologistas de la burguesía suponían eterna, y demostró su carácter históricamente necesario y su inevitable agotamiento. Al asociar la dialéctica a la crítica del Derecho y del Estado, de la Historia de la Familia, introdujo la noción del movimiento y transformó las categorías absolutas, dadas de una vez y para siempre, en fenómenos históricos mutables, sometidos a la ley del cambio. Lejos de intentar —como su maestro Hegel— la creación de un sistema cerrado capaz de explicarlo todo, puso de relieve que la realización de 1a filosofía consistía en suprimirla, aunque de un modo no teórico, sino práctico, mediante la plena realización de! hombre en la humanidad, esto es, por la supresión de la esclavitud económica y el reintegro total de su espíritu soberano alienado por el dinero.
Nuestro supuesto desdén por la “filosofía” no sería —en consecuencia— sino nuestra forma humana, histórica, de filosofar, es decir, de negarla como idea pura y convertirla en realidad. La asociación indestructible de idea y realidad, que el pensamiento vulgar generalmente divorcia en dos unidades estáticas, es el fundamento mismo del marxismo, la forma específica de la creación, y la fuente de todo conocimiento científico. La contribución de Marx y Engels a la inteligencia de la historia fue considerarla como un proceso. Difícilmente puede limitarse la importancia de este aporte, que ya había adelantado Hegel bajo una forma idealista, pero que Marx replanteó con un criterio materialista. Si a la formula hegeliana de que “todo lo que nace es digno de perecer” se la proyectaba hacia la idea del Estado, de la propiedad privada, de las instituciones en general, adquiría un resplandor inesperado y el filósofo se hacía político.
Que las cuestiones filosóficas no son extrañas al movimiento socialista revolucionario de nuestro tiempo, por otra parte, lo prueban las obras de Plejanov, Labriola, Lenin, y el propio Trotsky. Resulta de interés observar que precisamente Trotsky consagró los últimos meses de su vida a una polémica ardorosa sobre la dialéctica en la política práctica de un partido obrero.
Trotsky enseñó de manera eminente a fundir la filosofía del proletariado con la actividad práctica, mostró al desnudo el mecanismo interior de la dialéctica y por sobre todas las cosas enseñó a pensar como revolucionario, en un mundo en crisis caracterizado precisamente por un increíble estatismo ideológico y que opone las ideas de ayer a la nueva realidad, y el mundo de los muertos al mundo de los vivos. Del mismo modo que la visión religiosa impregnó todo el universo medieval —su literatura y su filosofía, su arte y su política—, el liberalismo fue la ideología dominante en el período de expansión mundial de la burguesía. Y si de una manera u otra el pensamiento político del siglo XIX cedía bajo la presión de las ideas liberales dominantes, en nuestros días el método marxista de aproximarse a la realidad gana prosélitos que se ignoran. Muchos adversarios ingenuos del marxismo “hablan en prosa sin saberlo”. Marx ya había señalado que el proletariado anuncia su victoria por los triunfos de grandes batallas intelectuales. Debe atribuirse al socialismo revolucionario de la Argentina el mérito inocultable de haber empleado la dialéctica, no sólo para la reinterpretación de la historia de los argentinos, sino para una labor mucho más difícil y que constituye la función específica del arte político: el diagnóstico correcto del presente histórico. Hablando en general, cuando el método dialéctico se emplea en el examen del pasado, las disidencias revisten un carácter académico, a veces erudito, pero en pocas ocasiones la sangre entra en ebullición. La masa física de las clases y sus héroes representativos han desaparecido; figuran en las iconografías. Ni sus lejanos parientes se inquietan mucho por los juicios retrospectivos. Pero cuando el método dialéctico ilumina los fenómenos políticos y sociales de la actualidad, todas las fuerzas del pasado se ponen en tensión hasta en las propias filas del movimiento revolucionario, haciéndose intérpretes de los intereses enemigos, no sólo porque las clases refractan su influencia en el seno de las tendencias revolucionarias, sino por ese particular conservatismo del pensamiento en la naturaleza verdaderamente dialéctica de que hablara Trotsky alguna vez, y que yace en la naturaleza verdaderamente dialéctica de las ideas y los hombres. Situar al primer Bonaparte como representante militar de la burguesía francesa y descubrir bajo su toga cesárea las relaciones capitalistas de producción, ya es un lugar común entre los marxistas, y no sólo entre ellos. Pero discernir la verdadera significación de Perón y el peronismo, la función de los industriales, el carácter del bonapartismo latinoamericano, la hegemonía proletaria en la revolución democrática y el papel político del Ejército argentino, ya esto resulta algo nuevo, que destruye los esquemas preestablecidos y sume en la confusión a los repetidores de frases que han hecho de Marx un tótem con virtudes mágicas. De ahí debe deducirse la importancia capital que “En defensa del marxismo” reviste para las nuevas generaciones. Trotsky muestra en carne viva las luchas interiores de un partido obrero, el carácter de clase de los agrupamientos fraccionales y la indigencia ideológica que el imperialismo norteamericano ha transmitido, bajo la máscara del empirismo, al propio seno de los partidos marxistas en los Estados Unidos. La filosofía se une así realmente a la estrategia, la economía y la política, en una unidad superior que se llama “dialéctica”, ciencia de las leyes del movimiento, que es “por su esencia crítica y revolucionaria, y que no retrocede ante nada”.
En su último libro estaba todo el hombre, el héroe de tres revoluciones, el jefe de la insurrección de Octubre, el organizador del Ejército Rojo, el fundador de la diplomacia revolucionaria y el brillante escritor de sesenta libros capitales en la historia del pensamiento marxista.
Antes de morir a manos del sicario de Stalin, ya lo habían destruido: su generación había sido exterminada en los procesos de Moscú, sus cuatro hijos asesinados por la burocracia, siete secretarios secuestrados y ejecutados. Era la última gran figura de un drama. Sujeto a una lucha prometeica en una época reaccionaria, frente a la desolación de un mundo que parecía condenado, pudo decir un día “La revolución liberará al hombre de la oscura noche del Yo circunscripto”. Su optimismo revolucionario jamás fue vencido, ni en la soledad, ni en la derrota. La historia ha justificado ese optimismo, que se fundaba en sus leyes. Sus restos descansan en nuestra gran Patria Latinoamericana.
“Lenin 1905”; Jorge Ableardo Ramos, Marxismo para Latinamericanos, Editorial Plus Ultra, 1973, Buenos Aires, pág. 205
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