- Folletos
- Publicado el 07/03/1968
Las desventuras de un izquierdista sin rumbo
Jorge Abelardo Ramos
Los textos siguientes son la reproducción de un folleto aparecido en 1968, en el cual se daba cuenta de una polémica entre el dirigente ultraizquierdista boliviano Guillermo Lora, el escritor nacionalista boliviano Augusto Céspedes, y el dirigente de la Izquierda Nacional argentina Jorge Abelardo Ramos. Acababa de aparecer el libro El Presidente Colgado, en el que Augusto Céspedes denunciaba el golpe imperialista que derrocó al mayor gualberto Villarroel en 1946 y lo colgó en la Plaza Murillo. Los “trotskistas” del estilo de Lora, junto a los stalinistas, participaron de ese golpe pretendiendo darle un tufillo “izquierdista”. Fue un verdadero escándalo, que puso de manifiesto, una vez más, las complicidades entre la izquierda cipaya latinoamericana y las roscas oligárquico-imperialistas.
En el primero de los textos, Lora ataca a Céspedes y a Abelardo Ramos. Céspedes responde en el texto siguiente. Por último, Jorge Abelardo Ramos interviene en la polémica denunciando el falso “trotskismo” del ultraizquierdista boliviano, que tantos discípulos tiene en la ultraizquierda argentina.
La publicación del libro de Augusto Céspedes “El Presidente Colgado”, cuya verdad histórica y la prosa epigramática del autor están demás ponderar, ha dado lugar a un duelo literario asaz desparejo. El señor Guillermo Lora, que dragonea desde hace años como “trotskysta” en Bolivia, se ha permitido mencionar mi nombre en el debate; y Céspedes lo ha zarandeado con su habitual maestría, formulando hacia mi persona un elogio que me ha dejado perplejo. ¡El trotskysta Lora me ataca y el nacionalista Céspedes me defiende! ¡Como para entender la política latinoamericana con la ayuda de la clasificación de izquierda y derecha impuesta por los ujieres de la Revolución Francesa! Lora debería saber que esta antinomia —izquierda y derecha— tiene antecesores europeos y que difícilmente pueden comprenderse con ella los problemas de los países coloniales y semicoloniales.
Es perfectamente natural, por lo demás, que Lora no entienda la observación anterior. Ejerce la ignorancia con respecto al marxismo viviente desde hace tantos años, que aún dormido es capaz de elegir el camino equivocado. Recuerdo a este respecto que cuando en 1947, pocos meses después de la caída de Villarroel —golpe imperialista en que Lora participó como “izquierdista”—, visité Bolivia, perdí muchas horas discutiendo con el Comité Central del POR en La Paz sobre el significado de los acontecimientos del 21 de julio. Me esforcé en señalar que el aspecto más importante del pensamiento marxista para los latinoamericanos residía en el estudio de la cuestión nacional. Que no todo Marx ni todo Lenín eran aplicables a la especificidad latinoamericana y que, en definitiva, no disponíamos de citas omniscientes de los maestros del socialismo para responder a la peculiaridad de América Latina, a cada problema, a cada libro, a cada plato picante y a cada proceso político que se ofreciese a nuestra contemplación. Que, en fin, no había más remedio que pensar con nuestra propia cabeza y redescubrir una interpretación marxista de la realidad sin otra ayuda que el intelecto. Pero como este precioso producto está injustamente repartido en el mundo (tanto en el desarrollado como en el subdesarrollado) Lora permaneció indiferente ante estos razonamientos.
Gozaba a la sazón de una banca de diputado, a título de gratificación por sus buenos oficios en derribar a Villarroel. Los movimientistas derivaron sus votos hacia este intrépido izquierdista, pues el MNR estaba proscripto. El nacionalismo estaba en la ilegalidad, pero el gobierno imperialista de Monje Gutiérrez toleraba en cambio a un “trotskysta” en el Parlamento. Este hecho curioso habría sumido en hondos cavilaciones a políticos serios. Pero Lora se abrazó a la banca con el corazón alegre. Y publicó en el semanario “Lucha Obrera”, órgano del POR, un artículo titulado: “El mito del villarroelismo en las minas” donde vilipendiaba al Presidente mártir, tanto como a los movimientistas que lo habían votado. Esta obstinación era tanto más sorprendente, por cuanto pocos días antes yo había insistido en La Paz ante el Comité Central del POR y ante Lora personalmente, en que el deber imperioso del POR consistía en adoptar el nombre de Villarroel como la bandera gloriosa de ese partido, así como ya lo era para todo el pueblo boliviano y para toda América Latina.
Pero por alguna extraña razón, el licenciado Lora creía que el militar Villarroel, como todos los militares, era sustancialmente un reaccionario. Sustituía así todo el método marxista por un criterio de sastrería: el civilismo era bueno y todo militarismo era malo. En esto no coincidían los mineros de Llallagua. Pues yo viajé poco después de aparecido dicho artículo a los distritos mineros en compañía del malogrado compañero Fernando Bravo, con quien asistí a una reunión de dirigentes mineros de ese distrito. Al comentar el artículo infortunado de Lora, un dirigente dijo lo siguiente: “Hemos hecho diputado a Guillermo y cuando venga a Llallagua lo colgaremos”. Ese minero no conocía a Marx, pero su lógica era irreprochable. Lora era flexible, sin embargo: pues cuando se trataba de derribar a un presidente nacionalista, hasta ciertos militares le resultaban aceptables.
Tales son las razones que me respaldan para poner en duda las afirmaciones de Lora como “experto en Trotsky”. Trotsky era maestro de revolucionarios, no de contrarrevolucionarios. Trotsky apoyó al General Cárdenas; no participó en cambio en ninguna conspiración imperialista para derribarlo. Trotsky dijo que aún cuando rechazaba el régimen de Vargas, estaba dispuesto a apoyar al Brasil de Vargas si entraba en una guerra contra la Inglaterra democrática. Pero Trotsky no hubiera jamás considerado, siguiendo en esto a Lenín, que en Bolivia la contradicción fundamental se da como una “colisión entre el proletario y el imperialismo. Todas las otras contradicciones son secundarias”, (G. Lora, en “Presencia”, 21 de enero de 1968). Esta rutilante gema podría ingresar sin dificultades a un Museo de las Ideologías Raras. Pues hasta un niño sabe que en Bolivia el proletariado, sea minero o fabril, y como es propio de todos los países semicoloniales, se compone de un reducido sector (unos 50.000 o a lo sumo 60.000 obreros), en una población que supera holgadamente los 4 millones de habitantes. En tales condiciones, el proletariado no puede decidir por sí mismo las cuestiones fundamentales de la revolución. Las restantes clases no proletarias de la sociedad boliviana, oprimidas y explotadas por el imperialismo, participan en la revolución, con sus propias ilusiones, que son menos fantásticas sin duda que las del Sr. Lora. Esas clases medias (en Bolivia, en Cuba, en Argelia) integran un vasto frente, en el que participa también el proletariado, aunque no sus intérpretes autoelegidos como Lora, y ocupan la escena política del conflicto que Lenín definía de manera diferente a la de Lora: pues en efecto, como Lenín no era un doctorcito altoperuano sino un revolucionario auténtico, no sostenía como Lora que en los países semicoloniales la lucha se desenvolvía entre “el proletariado y él imperialismo” sino que se trataba en el mundo moderno del enfrentamiento entre “naciones opresoras y naciones oprimidas”. Suena distinto ¿verdad?
En cuanto a las limitaciones del MNR, como dice Lora y a la “degeneración y traiciones de sus dirigentes… que son parte inherente a su condición pequeñoburguesa”, de esto habría mucho que hablar. Con estos clisés que Lora lleva incrustados en su delicado cráneo no se puede avanzar mucho en la comprensión de la política contemporánea. También los revolucionarios cubanos, con Fidel Castro, comenzaron como pequeños burgueses. Pero al parecer ni degeneraron, ni traicionaron. En cambio, en la Unión Soviética, muchos antiguos obreros terminaron en verdugos y degeneraron en burócratas. Para no hablar de Bolivia. Lora no sabe muy bien de qué habla. Pero su participación en el suplemento literario de “Presencia” presta a esa hoja cierto encanto juvenil. Su polémica con Augusto Céspedes me ha permitido, al menos, meditar sobre los ancestros políticos de Lora. Creo que no son justamente Marx, ni Lenín, ni Trotsky. Su remoto maestro es otro doctorcito, Casimiro Olañeta, el que traicionó a su tío el Mariscal, a Sucre y a Santa Cruz.
Buenos Aires, 7 de marzo de 1968
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