- Feminismo Socialista
- Publicado el 01/05/1981
La mujer, en la casa, reproduce la fuerza de trabajo sin cobrar salario
María I. Constenla
El siguiente artículo apareció en Tribuna Patriótica, publicación del Frente de Izquierda Popular-Corriente Nacional, en su número 9 correspondiente al mes de mayo de 1981. Su autora, María Isabel Constenla —Yiyí— fue durante casi cuarenta años la compañera de Jorge E. Spilimbergo. Pero a partir de su militancia en la Izquierda Nacional, como así también por su condición de reconocida poeta, Yiyí desarrolló una personalidad propia y destacada. Esa personalidad estuvo signada por su temprana adhesión a las banderas del feminismo concebido como parte de la lucha integral por una sociedad distinta, una sociedad socialista.
Reproducimos también el texto aparecido en Socialismo Latinoamericano (Nº37, abril de 1994) a propósito de su fallecimiento
Importantes estudios antropológicos, sociológicos y económicos dan cuenta de que la familia fue durante largo tiempo la unidad de producción y consumo donde se cumplían funciones sociales que abarcaban las actividades del ser humano desde el nacimiento hasta la muerte.
Este artículo está referido a la situación de la mujer a partir de la revolución industrial, que se desarrolla entre los siglos XVIII y XIX a raíz de las invenciones mecánicas (máquina a vapor) que afecta especialmente a la industria textil, cuya característica fundamental fue la sustitución de la industria doméstica por la gran fábrica y las consecuencias sociales y económicas derivadas de este hecho.
Con la salida del hombre de la casa y su incorporación a la industria sobreviene la ruptura de la familia como “unidad” integrada desde el punto de vista económico. A la salida del esposo seguirá la de la esposa y la de los hijos. Conviene señalar que la estructura familiar no se recompone súbitamente si ambos buscan su sostén económico fuera de la casa. Y no se recompone puesto que la mujer y “su función” dentro del hogar no logran ser fácilmente sustituidos. Desaparece la esposa como socio productivo, maniatada en un laberinto de responsabilidades “propias de su sexo” según lo define la superestructura cultural.
En la sociedad nueva la mujer se ve obligada a asumir dos dilemas: su incorporación al mercado de trabajo y su no reemplazo dentro de la estructura familiar. “Los roles de la mujer han sido ampliados antes que redefinidos”, dice S. Firestone.
La mujer es una prisionera del sistema del hogar, productora sin embargo de “bienes de uso” que busca y produce afuera “bienes de consumo” por un salario mejor. Vale decir que duplica su fuerza por un salario menor y un no-salario. Sin embargo, esta misma compensación que la liga a la vida productiva de la nueva sociedad tiene su aspecto positivo: un atisbo de libertad económica nada desdeñable.
Es dentro de esta “nueva sociedad” que la mujer debe encontrar su nueva identidad. Como muy bien lo señala Betty Fridmann: “Es la necesidad de una nueva identidad la que hizo emprender a las mujeres hace un siglo este apasionado, vilipendiado e incomprendido viaje fuera del hogar”.
Cuando se rompe la unidad de producción que es el núcleo familiar, la mujer queda sola dentro del hogar donde es la única encargada de reproducir la fuerza de trabajo. Sola y sin salario. Pues la “reproducción de la fuerza de trabajo” no se contabiliza en la sociedad capitalista.
Vemos así cómo en los comienzos de la revolución industrial alborea un conflicto económico social que a dos siglos largos está sin resolver.
Con todo, conviene señalar que este esfuerzo que se requiere de la mujer coadyuva al logro de una cierta independencia que posibilita su desarrollo como persona capacitada y creadora. Muchas otras sendas intrincadas la esperan. Hay que tener en cuenta que ni bien ha transpuesto el umbral, encuentra robustecida y creciente una sociedad patriarcal.
Ya en este siglo las catástrofes de la guerra la buscarán como sustituta y mano de obra barata. Con el regreso de los hombres dará un paso atrás, volverá hacia “adentro” donde indudablemente la aguardan “empresas sagradas”.
En los albores del capitalismo el hombre se define como productor de mercancías tanto como poseedor de la propiedad privada de los medios de producción cuanto como herramienta de esos medios a través de la venta de su fuerza de trabajo. La mujer expulsada del universo económico cumple una función económica fundamental (no reconocida) a través de las materias primas que ella transforma en “valores de uso”. Sobrelleva la carga de la alimentación, el vestido, la crianza de los hijos, el cuidado de los enfermos y el mantenimiento de la casa. Ningún capital puede acumular.
La reproducción económica se produce en dos niveles que corresponden a la división del trabajo que venimos señalando. La importancia de la actividad económica que realizan las mujeres es inmensa… inmensa e impaga.
Rota la unidad de producción, la familia monogámica sufre —como si nada fuera- una clara y contundente fijación de roles, que viene en parte de la división del trabajo para uno y otro sexo. Esta división de roles apuntala y consolida una segregación de la mujer en este sentido: mientras el trabajo del hombre se corporiza en objetos y mercancías para entrar en la esfera del intercambio, la mitas del trabajo del a mujer, o sea el que realiza dentro y para el núcleo familiar, es un trabajo invisible e incorpóreo que se desvanece sin reconocimiento económico dentro del hogar.
Hay un desencuentro de la pareja inicial que sin embargo no varía su propuesta de compartir la vida en ese marco de referencia que es la familia. Un miembro y otro de la pareja cumplen ahora roles tan diferenciados, que se puede decir que uno queda “adentro” de ese marco referencial y el otro —el que ha ganado el mercado de trabajo— lo ha ganado afuera.
Para profundizar en este tema de la división del trabajo tendremos por un lado que bucear en la economía, y por otro que investigar en las profundas aguas del la religión, la cultura, la educación, las leyes; y los condicionantes sociales. Por el momento vemos a la mujer sufrir el peso de esas condicionantes y sucumbir una y otra vez asfixiada en el romanticismo, escamoteado el desarrollo de su personalidad en el desenvolvimiento de un rol.
Es hora de preguntarnos: ¿Qué ha traído de bueno la revolución industrial para las mujeres?
Abre la posibilidad de la incorporación de ellas al mundo del trabajo.
Se crea, pese a todas las condicionantes a las que hemos hecho referencia, un proletariado femenino.
Comienza a aparecer el reto de la doble jornada de trabajo que las mujeres aceptamos al no modificar la función dentro de la estructura familiar,.
Se abre un proceso en el que las mujeres deberemos luchar para ganar.
Todo un sistema económico, político, cultural e ideológico debe ser transformado. La revolución comienza allí.
El ya visible esfuerzo que los hombres de este siglo hacen por compartir la problemática aquí planteada alienta la esperanza de transformar este pinto que es primordial. Compartir la crianza de los hijos y las tareas del hogar, como así también aceptar el hecho de que la mujer está explotada por un sistema injusto, y que este sistema que la utiliza como reproductora lo hace también al imponerle —por el trabajo no reconocido que ella realiza en el hogar— una doble carga que la pareja deberá compartir.
¿Llegará entonces otra forma de unidad familiar más acorde con el armónico desarrollo de los seres humanos?
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