• El FIP y el Golpe de Estado de 1976Izquierda Nacional
  • Publicado el 01/11/1975
DERECHA MILITAR Y TERRORISMO

La doble escalada

Jorge Enea Spilimbergo

Cómo y por qué la llamada “guerrilla”, en realidad simple terrorismo, y la doctrina de la “contrainsurgencia”, esgrimida por ambos mandos militares, constituyen de hecho instrumentos complementarios de la estrategia imperialista contra la soberanía de los argentinos. Jorge Enea Spilimbergo, dirigente nacional del Frente de Izquierda Popular, pone al descubierto en este artículo ese funesto juego de pinzas, señalando que si los grupos terroristas son expresión del antiperonismo de seudoizquierda, la doctrina “antisubversiva”, tal como es expuesta en los últimos discursos castrenses, está reñida con la vertiente nacional de la tradición militar —San Martín, Roca, Savio, Perón— y se inspira, por el contrario, en la del otro ejército, faccioso y prooligárquico de Mitre, Justo, Aramburu y Lanusse. El artículo fue publicado originalmente en la revista Izquierda Nacional —tribuna del socialismo revolucionario— N° 41, noviembre de 1975.

Como parte de la ofensiva oligárquica contra el gobierno y las mayorías nacionales, merece destacarse —en las últimas semanas y meses— un brote de oratoria castrense reaccionaria, de claro tono admonitorio y amenazante, cuyo análisis consideramos necesario.

La corriente de la Izquierda Nacional y Popular en la Argentina ha desechado el vacuo palabrerío “antimilitarista” de la vieja izquierda (por lo demás, seudomarxista), que no le impidió por otra parte, ir a la zaga de los militares a condición de que fuesen gorilas, como en 1955.

El Ejército en las semicolonias

Hemos dicho que el Ejército, en tanto custodio armado de un orden social dado, es una institución “profesionalmente” conservadora de ese orden, y en ese sentido se identifica con las clases dominantes, con la naturaleza de clase del Estado como Estado de las clases dominantes. Pero ya Marx había observado, en pleno siglo XIX, la peculiaridad del desarrollo político español, emergente del carácter atrasado y semifeudal de la sociedad peninsular, donde, a partir de la guerra antinapoleónica, el ejército se convirtió en campo de lucha de fuerzas encontradas, algunas de las cuales expresaban las tendencias de la revolución burguesa en pugna con la vieja España retardataria.

Para la Izquierda Nacional y Popular, ya desde el propio año 1945, no fue un misterio ni una aberración el “fenómeno” del 17 de octubre, cuando la clase trabajadora industrial irrumpe en la arena política rescatando al coronel Perón y cifrando en él sus esperanzas de justicia y emancipación. Situaciones semejantes en otras áreas del mundo semicolonial y dependiente corroboraron la normalidad de estos fenómenos, desde Cárdenas y Villarroel a Nasser y los militares peruanos o portugueses.

En la indagación de nuestro pasado, como inexcusable tarea de desalienación ideológica y de lucha por una conciencia nacional revolucionaria, destacamos el origen popular y democrático de las fuerzas armadas argentinas. Ellas se constituyeron aún antes de 1810, como respuesta a las invasiones inglesas y a la defección de la burocracia militar, civil y eclesiástica españolas, a partir de nuestro primer “cordobazo” o “17 de Octubre”, como fue la pueblada de 4000 porteños que impuso al Cabildo el alejamiento de Sobremonte y la designación de Liniers, y la formación de los cuerpos militares de criollos, los cuales se dieron por elección sus propios jefes (incluso Saavedra) y así quedó dispuesto el brazo armado que hizo posible la revolución de mayo de 1810. Ejército imbuido de la ideología más democrática, revolucionaria y transformadora de la época, ligado al impulso histórico de las revoluciones democrático-burguesas que a partir de 1789 sacudieron a Europa y a la propia España, cuya tradición sarmantiniana nada tiene que ver con el reaccionarismo medular de los actuales apóstoles de la “contrainsurgencia”, orientadas sus armas a constituir una nueva sociedad con el apoyo de los de abajo, y no a mantener el oprobio de los privilegios heredados.

Hemos explicado, en suma, que si bien en los países de capitalismo avanzado y decadente, en los países imperialistas superdesarrollados, el Ejército acentúa hasta el paroxismo su naturaleza conservadora de brazo armado de la burguesía monopolista, en los países atrasados y dependientes aparece desgarrado por las contradicciones que afectan al conjunto de la sociedad civil. La inviabilidad creciente de un camino burgués hacia el progreso, que reproduzca con dos siglos de atraso la trayectoria de los países líderes de Europa Occidental, crea un dilema insalvable entre el “orden” y la soberanía; entre el régimen burgués, raquítico, enfeudado y semicolonial, y el desenvolvimiento de las fuerzas productivas.

Generalato gorila

A lo largo de nuestra historia, ha dicho el compañero Ramos, existieron dos ejércitos: el del orden y el de la revolución, vale decir, el de la entrega y el de la independencia nacional; el de la oligarquía y el de las grandes masas populares; el de Mitre, Justo, Aramburu, Onganía o Lanusse, y el de San Martín, Artigas, Roca, Savio o Perón.

¿A qué ejército pertenecen quienes han ocupado la tribuna militar en los últimos tiempos, rompiendo el silencio ominoso a que los había reducido el aplastante triunfo popular del 11 de marzo y del 23 de septiembre? La respuesta es obvia: al ejército “godo”, proyanqui y oligárquico. La expresión más agresiva de este militarismo reaccionario acaba de darla el general Buasso, según el cual los gritos de las multitudes civiles serán siempre menos estentóreos que la voz de mando de los generales; para quien la “ley” prevalece sobre el “número”, o sea, no emana de la soberanía popular sino que la aplasta; y que desde su cátedra cuartelera invectiva a quienes —imbuidos de “falso nacionalismo”— acusan al imperialismo extranjero de nuestros males. No de otro modo, mientras los argentinos defendíamos la soberanía de nuestra patria contra las potencias capitalistas de entonces en la Vuelta de Obligado, los emigrados unitarios de Montevideo tachaban de cerril esta actitud y se ponían a las órdenes del invasor extranjero. Pero la historia oficial la escribieron esos unitarios y sus descendientes políticos, aunque no lograsen explicar cómo el capitán de los Andes, en lugar de rendirles a ellos pleitesía, los anatematizó por un crimen “que ni el sepulcro podrá perdonar” y dio su espada libertadora a Rosas, cuyas ideas reaccionarias no compartía.

Lo importante para la oligarquía fue, en todo caso, que la batalla de Obligado se borrase de los fastos de la patria, en tanto símbolo actual de resistencia al nuevo imperio de la Europa capitalista. ¿Cómo sorprendernos entonces de que otro general haya dirigido su dedo amenazante contra el “revisionismo histórico”, es decir, contra uno de los caminos para la toma de conciencia nacional del pueblo argentino?

Esta pública emergencia de la ideología liberal-oligárquica como expresión oficial del generalato, prueba que las derrotas infligidas por el pueblo argentino en el Cordobazo y otras rebeliones provinciales que abrieron la ruta del 11 de marzo y el 23 de septiembre, a las espadas de la “revolución libertadora” y la “revolución argentina”, no han cambiado la naturaleza del alto mando, que se erige en custodio de la vieja Argentina dependiente y asiste sin rubor al torneo de “defensa continental” que el Pentágono instrumenta este año en Montevideo, olvidando la digna actitud asumida en Caracas en 1973.

“Contrainsurgencia”

El núcleo dinámico de esta reconstitución política es sin duda, como lo acaba de denunciar el manifiesto de la Junta Nacional del FIP conmemorando el 30 aniversario del 17 de Octubre, la “ideología de la contrainsurgencia”. Esta ideología, modelada por las escuelas militares norteamericanas, considera al universo desde el punto de vista del “anticomunismo” y la “lucha contra la subversión”. Brazo armado de los grandes monopolios imperialistas y de su Estado opresor, el Pentágono tildará de “comunista” toda insurgencia de los países débiles y de sus clases explotadas para sacudirse el yugo de los monopolios extranjeros.

El hecho de que la lucha contra la denominada “guerrilla” en la Argentina haya sido puesta bajo el lema de la “contrainsurgencia” enseñada en el canal de Panamá, pone de manifiesto que en ocasión de operativos cuya trascendencia material y política es estrictamente policial (como lo enfatizara el propio general Perón a raíz de los sucesos de Azul) independientemente de las fuerzas que intervengan, se están persiguiendo otras finalidades; ocupar espacio político decisivo para destituir al pueblo de su soberanía, para impedir transformaciones de fondo, ya sea a través de un golpe militar abierto, ya sea mediante un riguroso condicionamiento del poder.

Es algo muy distinto el combatir a bandas armadas que se erigen en contra de un gobierno legitimado por la voluntad mayoritaria, en nombre del programa y doctrina de esas mayorías (que son los de la liberación nacional y la justicia social), que hacerlo en nombre de un orden abstracto, de un “modo tradicional de vida” que, para los argentinos, es el de la injusticia social, la exacción oligárquica y la dependencia del capital extranjero.

Resulta así la llamada “guerrilla”, independientemente de la conciencia subjetiva de unos y otros, el pretexto para un desapoderamiento que nos devuelva a las vísperas del 11 de marzo. Decimos lo mismo, desde otro ángulo, cuando afirmamos que la llamada “guerrilla” actúa como agente provocador del cuartelazo oligárquico. Lo sepan o no sus actores, su accionar entra, por lo tanto, dentro de las miras “desestabilizadoras” del Pentágono… y de la Sociedad Rural. Es el detonante que, si no existiese, habría que inventarlo, y como el cuchillo, según el moreno del “Martín Fierro”, “no ofende a quien lo maneja”.

Guerrilla y acción de masas

Esto nos obliga a algunas consideraciones adicionales, no por reiteradas menos importantes. Nuestro análisis de la denominada “guerrilla” en la Argentina se descompone en dos períodos: antes y después del 11 de marzo.

Antes del 11 de marzo, como pura cuestión de violencia, la respuesta podía ser simple. Cuando el gobierno usurpador de los tres comandantes esgrimía principios “legales” para enfrentar a la “guerrilla”, la hipocresía de tal cuestionamiento estaba fuera de discusión. ¿Qué títulos le asistían a la dictadura militar, que venía usurpando directa o indirectamente desde 1955 el gobierno de la República, para impugnar a quienes, siguiendo su ejemplo, tomaban las armas con la intención de derrocarla? Pero lo referente a la licitud “moral” de esa “guerrilla” no agotaba el problema, pues se trataba de conocer cuál era la eficacia política de ese medio de lucha.

En tal sentido, como la experiencia argentina (sin hablar de los antecedentes históricos y teóricos) lo probó sobradamente, la denominada “guerrilla” era un camino estéril a través del cual pequeños grupos clandestinos, sin nexo político con las masas, que a lo sumo podían aspirar a una vaga y pasiva simpatía de estas últimas, y apelando a métodos unilateralmente “militares”, pretendían confrontar en irreversible desproporción de fuerzas el poder militar del Estado oligárquico.

Pero la única fuerza capaz de quebrantar ese poder no estaba en pequeñas organizaciones que lo reproducían en cuanto a su concepción puramente militar, minoritaria y “aristocrática” de la lucha, sino en la movilización de las clases oprimidas. Hace pocos días, en un asalto suicida que les costó la mitad de sus efectivos, los “montoneros” fracasaron en tomar un cuartel, desde el cual, por otra parte, no habrían podido ocupar la pequeña ciudad de Formosa. En mayo de 1969, los trabajadores de Ika, poniéndose a la cabeza de la clase trabajadora, los estudiantes y los vecindarios de Córdoba, ocuparon efectivamente la segunda ciudad de la República, desintegraron el Estado provincial junto con su policía y, lo que es más importante, sellaron la suerte de Krieger Vasena y Onganía, imprimiendo un viraje decisivo en la historia política del país.

Ninguna acción de la llamada “guerrilla” logró producir, aún en modesta escala, transformaciones semejantes, y no es necesario subrayar que en la concreta capacidad de establecer cambios en la relación de fuerzas reside el mérito o demérito político de una acción.

La insurgencia de Córdoba, legitimada por la voluntad multitudinaria frente a un régimen usurpador (aún en la cabeza de muchos militares movilizados para la represión) tenía el límite de su propia espontaneidad. El paso a una insurrección popular victoriosa habría requerido un nivel de organización política superior, tanto para proyectarse a escala nacional, como para erigir modos de acción permanentes, de programa, de centralización que la inmadurez general del proceso aún negaba.

Pero lo que aquí debe señalarse es que la denominada “guerrilla” jamás se planteó el insertarse en la movilización de masas para elevarla a esos nuevos niveles. Antes bien, es fácil demostrar que esos grupos surgieron a partir del repliegue de las movilizaciones, expresando la exasperación subjetiva de sectores pequeño-burgueses. En general, sus acciones tendieron a congelar la acción de masas, como se vio en abril de 1972 cuando el asesinato del jefe del II Cuerpo de Ejército inmovilizó al país entero cerrando abruptamente el “mendozazo”.[1]

Por otra parte, como los acontecimientos posteriores sobradamente mostrarían, esos grupos, crecientemente adiestrados en el manejo de las armas, ignoraron que —como decía Mao— “es la política la que dirige el fusil y no al revés”. Sus concepciones estratégicas corrían parejas a sus extravíos tácticos: la ideología dominante y subyacente no era sino una variante del viejo antiperonismo de izquierda (cuando no, del nacionalismo católico) superficialmente peronizado en ciertos casos. Así, la denominada “guerrilla urbana” preparaba sus hazañas del siguiente período.

Enemigos complementarios

Pero el significado político de la denominada “guerrilla” ha variado a esta altura fundamentalmente. Lo que antes estaba oculto o indefinido se manifiesta ahora en forma inequívoca, pues quienes aceptan empuñar las armas contra un gobierno sostenido por el pueblo, pretextando sus vacilaciones y contradicciones, aún sus excesos burocráticos y represivos, quieren y desean su derrocamiento, que —como ellos saben— no vendría por la izquierda sino desde la derecha. Resurge así el papel de la vieja izquierda en el juego de pinzas que el imperialismo instrumenta contra los gobiernos populares del continente, a quienes ataca de frente a través de sus representantes abiertos y por retaguardia mediante la provocación seudoizquierdista.

¿En qué consiste entonces el “éxito” de la denominada “guerrilla urbana”? Habiéndose probado la imposibilidad orgánica de su triunfo o, meramente, de que ella altere la relación de fuerzas en sentido favorable al campo popular, su “éxito” sólo puede consistir en brindar la bandera y la posibilidad a los altos mandos militares reaccionarios para ocupar ellos el poder o, al menos, para inmovilizar al gobierno votado por el pueblo y congelar autoritariamente la situación de la clase trabajadora. Tal “éxito” corresponde a un querer objetivo de las formaciones “guerrilleras”, a una ideología, a una trayectoria, que es la de la izquierda gorila, antiperonista y golpista. La misma que, a través del Partido Auténtico, exige la renuncia de Isabel juntamente y a coro con el almirante Rojas, el senador Leopoldo Bravo, Illia, Balbín, Timmerman y demás cómplices.

De esta manera, “guerrilla” y “contrainsurgencia”, en su oposición simétrica, aparecen ligadas a un mismo sistema, se involucran recíprocamente y, lo sepan o no sus actores, obran como peones de la ofensiva oligárquico imperialista contra la soberanía popular y nacional de los argentinos.

Por eso, su accionar arrecia en el preciso instante en el cual, bajo una nueva ofensiva de la movilización de masas, el giro a derecha del gobierno peronista se detiene, caen Rodrigo y el grupo López Rega, y un principio de recomposición nacional del poder se esboza siquiera precariamente.

Las razones que enfrentan a la clase trabajadora y al pueblo argentinos con el accionar de las bandas terroristas de cualquier signo, no son las mismas que enarbolan aquellos mandos militares voceros de la “contrainsurgencia”, los cuales no pueden, por consiguiente, recabar solidaridad alguna para sus propios fines que no son los de las grandes mayorías. Estas sí se reconocen en la tradición viva de los militares emancipadores, que no hablaron el lenguaje del “orden” sino el de la transformación revolucionaria y popular: la tradición de San Martín, Belgrano, Artigas, Güemes, Baldrich, Savio o Perón. Una vez más el dilema está planteado y ahora el centro de la escena van a ocuparlo crecientemente la clase trabajadora y el socialismo.

Notas:
  1. Cabe señalar, por otra parte, que la pretensión de los ideólogos de la “contrainsurgencia” de presentar a los grupos terroristas de la denominada “guerrilla urbana” como expresión del “marxismo” es pura ignorancia o mala fe, debiendo ser conocida la respuesta del marxismo a la violencia de los pequeños grupos al margen y en pugna con la violencia revolucionaria de las masas.
  2. Las consideraciones del texto incluyen a la denominada guerrilla “rural” de Tucumán, en ningún momento implantada como hecho político en el seno de la población agraria.
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