- Izquierda Popular
- Publicado el 01/11/1974
La democracia en los sindicatos
Secretaría Gremial Nacional - Frente de Izquierda Popular
Los sindicatos argentinos, en su mayoría, han llegado a obtener un nivel organizativo y un poder financiero que es conocido por todos los trabajadores. La creación de Centro Asistenciales, hoteles turísticos y lugares de esparcimiento para los afiliados, son descriptos con ostentación en las revistas y periódicos sindicales. Toda obra que signifique beneficios para los afiliados es plausible de elogios así como el grado de organización alcanzado por los grandes sindicatos debería ser motivo de orgullo para todos los trabajadores.
La realidad de los talleres
Sin embargo, se elevan airadas voces de protesta que llegan a la repulsa y a la desconfianza total hacia sus dirigentes, desde las grandes fábricas y de los pequeños y medianos talleres que conforman los centros industriales del país. Gran número de esos talleres se encuentran abandonados a su propia suerte, y con ello a la rapiña de los empresarios, fábricas donde perduran los “sobres negros” donde no se pagan las horas extras, acciones cuya insalubridad no es reconocida y que incluso llegan a provocar la incapacidad para toda la vida. Algunos obreros, los más decididos, se acercan al sindicato para afiliarse con la esperanza de terminar con sus penurias y la de sus compañeros. Misteriosamente son despedidos casi de inmediato.
En las grandes fábricas o en aquellas consideradas “gremialmente importantes”, los sindicatos cuidan meticulosamente que el convenio se cumpla. Los trabajadores cobrarían sus haberes como establece la ley a condición de acatar dócilmente las directivas de sus delegados, y estos harán lo propio con las respectivas comisiones directivas a condición de votar a delegados digitados y elegidos por los miembros directivos, a condición de que no se creen listas opositoras. De hacerlo, aun enmarcadas en los canales estatutarios –sus miembros serán “marcados” en principio como eventuales opositores, es decir, como un peligro potencial que debe ser eliminado: un golpe de teléfono al jefe de personal y estos compañeros se encontrarán de pronto con que han perdido su trabajo. En su legajo, que será distribuido en todas las fábricas, figurará con grandes letras rojas: “agitador expulsado de fábrica pro haber tenido problemas con tal o cual seccional”.
En un congreso de delegados o en amenas conversaciones el secretario general u otro miembro directivo llamará a la unidad y pondrá sobre aviso del “peligro de infiltraciones” y dirá: “este local que es la casa de los trabajadores está abierto para todos”. Pero ante la total indiferencia de los obreros comentará después lacónicamente: “las bases están aburguesadas” .
Las viejas agrupaciones
Las agrupaciones, organismos políticos de los sindicatos, que entre otras funciones tienen la atribución legal para hacer surgir de su seno los candidatos para miembros directivos de cada seccional, sólo tienen vigencia a la hora de los votos. También para constituir la Comisión Directiva de la agrupación, se elegirán permanentemente aquellos obreros que reúnen condiciones de “absoluta fidelidad”. Generalmente serán hombres de alguna comisión interna probada por su lealtad a través de ocho o diez años de vigencia.
A los plenarios de agrupación concurrirá un centenar de trabajadores, al menos en condiciones óptimas. Es decir, en tiempos de paz y prosperidad interna. Entre los seguidores estará entremezclada buena cantidad de curiosos que se acercan para ver si algo ha cambiado.
En principio se rendirá un informe de lo actuado, donde se pondrán a disposición del plenario boletas y demás papeles, cantidad de dinero recaudado en alguna rifa, menos los gastos invertidos en los últimos festivales de niños, etc. Como siempre, habrá déficit, a semejanza de los bolsillos de los 500 empedernidos.
Generalmente el plenario mantiene paciente y respetuoso silencio. Al terminar el informe alguien pedirá la palabra y hará moción para que se apruebe. Mecánica y disciplinadamente todos levantarán la mano, luego despaciosamente y en orden, cada asambleísta se dirigirá a su casa. Los directivos, satisfechos: no se ha producido discusión, todo marcha sobre ruedas.
Esta descripción no debe ser tomada como una generalidad aplicable a todos los casos, ya que cada sindicato reúne características propias y en consecuencia las relaciones internas varían acorde a la peculiaridad de cada uno de los gremios. Pero los ejemplos mencionados asumen plena realidad en la medida en que constituyen lo opuesto a una forma de conducción democrática en el seno de los sindicatos. Estas experiencias son harto conocidas y sufridas por los trabajadores que se preguntan el por qué del conservatismo de sus representantes gremiales. Por eso mismo ya no sólo se trata de cambiar a dirigentes “malos” por otros más “buenos”. Esencialmente de lo que se trata es de transformar las relaciones orgánicas internas entre dirigentes y dirigidos. Pero veamos en profundidad las contradicciones de las actuales formas de dirección sindical, someramente descriptas más arriba.
La centralización burocrática
Conforme a las normas del estatuto ellas imponen “una forma de conducción vertical y centralizada” . La centralizació n de la conducción escalonada organizativamente a través de los cuerpos orgánicos que la componen: Comisión Directiva – Comisión Interna – Cuerpo de Delegados – Base, consideradas abstractamente, es correcta. Pero su forma de aplicación concreta es de rigidez de la conducción, de sectarización de la direcciones, de imposición antidemocrática, absolutista y estática, en todas sus formas. Se crean compartimentos estancos en donde se encierra y se fortifica toda conducción amplia y democrática. Con ello se genera un terreno fértil a la descomposició n de sus hombres y a la vez reduce a la impotencia a aquellos que intentan aportar nuevas ideas renovadoras y consecuentes. Con esta forma de conducción, las direcciones sindicales se aíslan de sus bases, las aplastan, no dan lugar a una participación efectiva de sus mejores hombres. Más aún, los separan, persiguen y expulsan de la fábrica. Por ello, forzosamente debe rodearse de un pequeño grupo de “activistas”, faltos por completo de imaginación creadora, esquematizados y encerrados en un sistema igualmente rígido y conservador, temerosos de los miles de hombres y mujeres que representan. Ante esta situación, miles de volantes caen en las fábricas periódicamente. Miles de volantes y decenas de tendencias, todas ellas llamando a la lucha contra la burocracia sindical, por asambleas en fábrica, por la autodefensa (¿?), por el cambio de tal o cual cuerpo de delegados o comisión directiva, etc. Al margen de sus buenas o malas intenciones y de la fracción o partido político que representan, digamos que en su mayoría caen en un grado sumo de profundidad de análisis y por ello incapaces de ofrecer opciones creadoras, incapaces de compenetrarse de los infinitos matices de la realidad misma. Por ello caerán en la oposición ciega igualmente esquemática, anticuada y estúpida. No hay nada más calamitoso que la ignorancia activa.
Las agrupaciones democráticas
De las contradicciones en la conducción de los gremios, de su análisis y comprensión, surgen formas de aplicación concretas capaces de superar la negatividad de las actuales formas de conducción.
La creación de agrupaciones amplias, de marcado carácter democrático, se constituye en un paso esencial para el logro de estos objetivos.
En primera instancia una agrupación de este carácter refuerza la relación existente entre miembros directivos, delegados y obreros. En segundo término elevan el nivel gremial y político general, a la par que incorpora a su seno a los mejores activistas, y a todos los compañeros que demuestren capacidad militante. Una agrupación será tanto más poderosa cuantos más compañeros militen en ella, a condición de que en la misma se impulse la discusión política creadora, la crítica y autocrítica constante.
Allí se vislumbrarán los mejores elementos. De esta forma los trabajadores habremos logrado una unidad conciente, no una mera unidad declamada e impuesta.
Estas agrupaciones no deben ser de ninguna manera sectarias. Deben y podrán afiliarse a ellas todos aquellos trabajadores que, aunque de distinta ideología, acepten y hagan suyos los postulados y reivindicaciones inmediatas o mediatas que la agrupación se proponga realizar. La razón de este principio parte del más profundo sentido de clase de la masa trabajadora. En efecto, a los trabajadores no nos une un principio moral de afecto o simpatías mutuas, tampoco y sin menoscabar la importancia fundamental de la ideología política sino por ello mismo. ¿Qué es lo que nos une? ¿Qué es lo que hace que en los momentos más cruciales de la historia los trabajadores nos movilicemos masivamente en defensa de nuestros intereses? Precisamente lo que nos une son nuestros intereses comunes, esto es, nuestra condición de obreros, nuestra conciencia de explotados, nuestra voluntad transformadora y revolucionaria.
Los límites del sindicalismo
Es un hecho fundamental saber que los sindicatos no son de ninguna manera ajenos a la estructura del Estado, ya que es el Estado quien regula la existencia y desarrollo de las organizaciones sindicales a través de la legislación correspondiente (Ley de Asociaciones Profesionales) .
Los sindicatos crecen y se desarrollan al amparo de la sociedad capitalista. Cuanto más desarrollo capitalista, mayor será la solidez de la estructura sindical, pues mayor será la necesidad de los obreros de unirse para hacer frente a la prepotencia de la burguesía (clase social dueña de los medios de producción). La función de los sindicatos dentro de la sociedad capitalista, sin embargo, está limitada a defender los intereses inmediatos de sus afiliados. De modo que, por su propia naturaleza, un sindicato no puede ir más allá de lo que le dictan los intereses gremiales y económicos de sus adherentes. Si traspasa esos límites, se disuelve en la impotencia. Por otra parte un sindicato no se propone derribar al capitalismo, sino que dentro de ese orden social vigente pugna por mejorar el salario mediante tratativas o métodos más directos de lucha. En esto reside la sustancia “reformista” del sindicato, independientemente de su dirección, sea ésta peronista, “combativa”, “ortodoxa”, “izquierdista” o lo que fuere.
El “reformismo” sindical nace de su función en la sociedad capitalista y solamente en los períodos decisivos de crisis social puede asumir un carácter abiertamente político y revolucionario, aunque subordinado siempre a orientaciones ideológicas que provienen de afuera del sindicato. En efecto, dentro de la sociedad capitalista, la clase obrera no genera “ideología”, ya que es la única clase que ha sido despojada de todo. Su función en el capitalismo, por consiguiente, no es “pensar” sino producir, trabajar, solamente rendir más ganancia al burgués. En estas condiciones el pensamiento revolucionario no surge del seno de la clase obrera sino fuera de ella. Por ejemplo, el 17 de octubre de 1945, cuando los trabajadores para defender sus reivindicaciones inmediatas se ven obligados a defenderlas en el plano político, apoyando a Perón, adoptan una orientación ideológica que no había surgido del movimiento obrero sino de un sector nacionalista del ejército.
Los sindicatos en los países semicoloniales
Hemos dicho que el Estado condiciona el carácter de las direcciones sindicales. Por lo tanto, si varía la naturaleza del Estado, esto se reflejará en los sindicatos.
En un país semicolonial, como la Argentina , el Estado puede representar los intereses oligárquicos y proimperialistas o los intereses nacionales y populares. En el primer caso, el Estado propiciará direcciones sindicales corruptas, sin ninguna representatividad, como forma de mantener a la clase obrera paralizada en sus reclamos, acentuando por consiguiente el carácter burocrático de la cúpula sindical, que pasará a defender los intereses del Estado entreguista. En el segundo caso, es decir cuando el Estado representa los intereses nacionales y populares, las direcciones sindicales más allá de su genuina representatividad, aun en el caso de no serlo como durante los gobiernos peronistas, tendrán un margen de prestigio, de aval de los trabajadores, que surge de la naturaleza popular de las medidas de gobierno. La diferencia que existe entre Espejo –secretario general del la CGT durante parte de la década peronista- y Rucci, es la diferencia que existe entre el gobierno de Perón y el de la dictadura militar oligárquica de Onganía, Levingston y Lanusse. Ambos, Espejo y Rucci, no eran precisamente lo más representativo de la clase obrera. Sin embargo, el primero tenía el marco del gobierno popular, mientras el segundo había sido moldeado por la mao artesana de San Sebastián.
Este condicionamiento de las direcciones sindicales por la naturaleza del Estado es lo que explica que después del 55, cuando los sindicatos tienen que entrar en tratativas con gobiernos de corte oligárquico, aparezca una pléyade de sindicalistas que van desde los “negociadores” tipo Vandor a los “participacionistas” tipo Coria. Estecondicionamient o es, además, el que explica que sindicalistas combativos o “duros” en el llano o en la base, a medida que van conquistando puestos en la cúpula sindical se vayan transformando en conciliadores o “blandos”, tal el caso de Rucci, Miguel, Alonso, Vandor, etc., que de hombres de la “resistencia” pasaron a posiciones notoriamente más “flexibles” a medida que ascendían en el plano de la dirección sindical. Un caso aleccionador es el de Framini, ex dirigente de la Asociación Obrera Textil (AOT), que de hombre de la “resistencia” pasó a ser un blando cuando llegó a los más altos cargos de dirección y nuevamente pasó a posiciones “combativas” cuando estuvo en el llano, y así podría seguir sucediendo ininterrumpidamente… al menos en el caso de Framini.
¿Qué es la burocracia sindical?
En los últimos tiempos un grupo de tendencias ha inundado de volantes las fábricas despotricando contra la burocracia sindical. Parecía como si el huracán de vocales y consonantes fuese a sepultar a ciertos dirigentes. Otros apelaron a métodos más directos, como los actos de terror y el crimen, con resultados tanto o más INútiles que los primeros.
Es que hasta ahora nadie ha definido de manera categórica qué es la burocracia sindical, de dónde ha surgido y cuál es la respuesta organizativa que los trabajadores deben dar.
En primera instancia anotemos que el carácter burocrático de las conducciones sindicales, es decir el alejamiento de las bases, surge de la naturaleza y de la estructura misma del sindicalismo caracterizado por la falta de una ideología revolucionaria, ya que es necesario deponer todo interés político partidario en función de la unidad sindical, y por la dependencia y el condicionamiento que sobre él ejerce el Estado, cualquiera sea su naturaleza y representatividad.
La estructura centralizada del sindicalismo, que es fundamental para su existencia, favorece bajo las condiciones antes enumeradas el aislamiento, la burocratizació n de las direcciones sindicales.
En la Argentina , a este proceso “natural” de burocratizació n, se agregó en los últimos 18 años, a partir de 1955, un nuevo factor: la influencia del Estado oligárquico para corromper a las direcciones sindicales y poner así una mordaza al movimiento obrero en lo que hace a sus reivindicaciones inmediatas. De esta manera, fue conformándose una cúpula sindical que cada vez era menos representativa de los trabajadores y más fiel a las directivas impartidas por los gobiernos de la contrarrevolució n. Los dirigentes fueron incorporando métodos de conducción cada vez más antidemocráticos, como única forma de sostenerse en sus cargos a pesar del repudio generalizado de la masa obrera.
Ya hemos esbozado el origen de la burocracia sindical y sus formas de conducción antidemocráticas. Ahora bien, ¿qué es la burocracia sindical? Es una capa del movimiento obrero sindicalmente organizado que conforma una especie de élite o de aristocracia. Sin embargo, no es una clase social, no es ni la burguesía nacional, dueña de las fábricas argentinas, ni la oligarquía terrateniente, dueña de las tierras más ricas del país, sino un sector de la clase obrera que se ha separado de ella y cuyo único interés común es la permanencia en el cargo que ocupan. Este hecho hace de la tan mentada burocracia sindical algo sumamente inestable. Primero, no conforma un bloque homogéneo, pues la puja por ascender de los que están debajo hace sumamente fácil el recambio, incluso propiciado por el propio estado al que le conviene que ningún sindicalista acumule demasiado poder durante demasiado tiempo. Segundo, carecen de un poder social, como el que puede tener un sindicalista representativo. Su único poder se basa en las cuentas bancarias de los sindicatos. Tercero, son incapaces de imponer ningún proyecto político propio, en primer término porque es dudoso que lo tengan, y en segundo término porque para imponerlo tendrían que apelar a la movilización de sus bases, es decir, suicidarse, o caer bajo el proyecto político de otros sectores que tengan verdadera representatividad social, aunque estos sectores sean los enemigos mortales del pueblo argentino.
Debemos acotar, sin embargo, que no todas las direcciones sindicales y sus dirigentes tienen estas características. Unos poseen más representatividad que otros, la situación varía de un sindicato a otro y aun dentro del mismo sindicato varía de un lugar a otro del país.
A modo de ejemplo podemos decir que no es lo mismo la situación de la UOM que la de los ceramistas, y que no es lo mismo la situación del SMATA Córdoba, que la del SMATA Comodoro Rivadavia.
La lucha sindical
La propia heterogeneidad de las direcciones sindicales, su inestabilidad estructural, hacen que la conducta que debemos adoptar ante ella sea flexible –que no quiere decir blanda- perspicaz, inteligente. Presionar y arrastrar a los dirigentes en las luchas reivindicativas evitando así el posible bloque patronal-direcció n sindical, hacer entrar en juego los intereses antagónicos que puedan tener determinados dirigentes, etc. son algunos principios básicos de la tarea sindical que nos demuestran que el problema de la “burocracia” debemos definirlo concretamente en cada lucha que se nos plantee, y no manejarlo como un caballito de batalla, al estilo de los vociferantes, despojado de todo contenido.
Sin embargo, estos principios de táctica sindical surgidos de la experiencia misma deben enamarcarse dentro de una propuesta organizativa sin la cual todo lo dicho no serviría de nada. Y, ¿cuál es esa propuesta organizativa? Pues son precisamente las agrupaciones sindicales constituidas sobre bases democráticas, cuyas características ya fueron expuestas, que actuarían como herramientas de control, de enlace con la dirección sindical, de gestión de la tarea gremial. Serían, en suma, las encargadas de revertir el proceso de burocratizació n y reconquistar para los sindicatos las formas de conducción democráticas tan necesarias en el actual momento político que viven el país y los trabajadores.
Sin esta propuesta organizativa, la lucha quedaría reducida al ámbito de los dirigentes individualmente considerados, con lo que no haríamos más que cambiar unos por otros. Por eso es que declaramos enfáticamente que el encauzar las reivindicaciones inmediatas de los trabajadores, entre ellas la democracia sindical, a través de agrupaciones, es el más poderoso antídoto contra el infantilismo de “izquierda”, contra los cipayos sectarios y vociferantes y contra algún “aprendiz” de burócrata con las mismas cualidades.
Secretaría Gremial Nacional – Frente de Izquierda Popular
(publicado en Izquierda Popular, órgano del FIP, Nº 43 y 44, noviembre y diciembre de 1974)
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