- Frente Obrero
- Publicado el 22/10/1945
La capitulación de los socialistas y stalinistas ante el imperialismo explica el apoyo obrero a Perón*
Aurelio Narvaja
Los acontecimientos de los días 17 y 18 de este mes han dejado perplejos y confundidos a los stalinistas, socialistas y en general a toda la pequeña burguesía que se halla bajo el influjo ideológico de la oligarquía y el imperialismo. A fuerza de repetir todos los días, en todos los tonos y desde todas las capitales del mundo, que el pueblo argentino —salvo algunos pocos miserables colaboracionistas— repudiaba unánimemente a la dictadura, habían llegado a creer que eso era cierto.
La ofensiva oligárquico-imperialista, que había logrado movilizar a grandes sectores de la pequeña burguesía acomodada, estudiantes y profesionales, se hizo sentir en el seno mismo de la oficialidad, que hasta entonces había apoyado al Coronel. La estrategia peroniana de organizar a la c1ase obrera para apuntalar su política nacionalista parecía haber fracasado. La oficialidad de Campo de Mayo, haciéndose intérprete del resto del Ejército, exigió la renuncia de Perón y sus más inmediatos colaboradores, y ofreció a la oligarquía algunos ministerios a fin de construir un gabinete de conciliación nacional. La clase obrera interpreto esos acontecimientos políticos como el preludio de un inminente ataque a sus condiciones de vida: a pesar de las promesas oficiales de conservar y aun acrecentar las conquistas obreras, empezó a agitarse, infundió un nuevo coraje a las hasta ese momento desorientadas y destartaladas huestes peronistas y salió a la calle para impedir que se estabilizara un cambio político que conducía, inevitablemente, al poder a la burguesía agropecuaria. La huelga general demostró a la oficialidad del Ejército que la política de Perón no era de ningún modo descabellada y éste quedó momentáneamente reivindicado.
Durante los largos meses transcurridos desde el 4 de junio de 1943, los stalinistas, con el apoyo de los socialistas, llamaron en varias ocasiones a la huelga general; salvo algunos sectores de obreros de la construcción, la clase obrera permaneció insensible a sus llamados y el más estrepitoso fracaso corona sus esfuerzos por defender la “democracia”. Y ahora, he aquí que un militar, un recién llegado o poco menos, logra sacar al proletariado de sus fábricas y lanzarlo a la calle, con el solo apoyo de un débil equipo de dirigentes sindicales de alquiler y sin ningún gran diario que apoye su política.
La misma masa popular que antes gritaba “Viva Yrigoyen” grita ahora “Viva Perón”. Así como en el pasado se intentó explicar el éxito del yrigoyenismo aludiendo a la demagogia que atraía a la chusma, a las turbas pagadas, a la canalla de los bajos fondos, etc., así tratan ahora la gran prensa burguesa y sus aliados menores, los periódicos socialistas y stalinistas, de explicar los acontecimientos del 17 y 18 en iguales o parecidos términos. Con una variante: comparan la huelga en favor de Perón con las movilizaciones populares de Hitler y Mussolini. Identificar el nacionalismo de un país semicolonial con el de un país imperialista es una verdadera “proeza” teórica que no merece siquiera ser tratada seriamente; señalemos sin embargo una diferencia: los fascistas utilizaban a las tropas de asalto, compuestas en su mayoría por estudiantes, en contra del movimiento obrero; Perón utilizó al movimiento obrero en contra de los estudiantes en franca rebeldía.
La verdad es que Perón, al igual que antes Yrigoyen, da una expresión débil, inestable y en el fondo traicionera, pero expresión al fin, a los intereses nacionales del pueblo argentino. Al gritar “Viva Perón” el proletariado expresa su repudio a los partidos seudo-obreros cuyos principales esfuerzos en los últimos años estuvieron orientados en el sentido de empujar al país a la carnicería imperialista. Perón se les aparece, entre otras cosas, como el representante de una fuerza que resistió larga y obstinadamente esos intentos y como el patriota que procura defender al pueblo argentino de sus explotadores imperialistas. Ve que los más abiertos y declarados enemigos del Coronel lo constituyen la cáfila de explotadores que quieren enriquecerse vendiéndole al imperialismo anglo-yanqui, junto con la carne de sus novillos, la sangre del pueblo argentino.
Una justa interpretación de los sucesos indicados no puede hacerse sin considerar el momento que vive el mundo. La clase trabajadora de todos los países siente oscuramente que las condiciones han cambiado, que debe reorganizar sus cuadros y rectificar el rumbo seguido en los pasados años. Al proletariado argentino, la política peronista en los sindicatos le ofreció un inesperado apoyo para librarse, en parte, del abrazo asfixiante de los partidos socialistas y comunistas que querían utilizar las fuerzas de la clase obrera para remachar las cadenas de la explotación imperialista.
Sólo un cretino sin remedio puede creer que el proletariado se deje engañar totalmente con las promesas de Perón o se deslumbre con los adornos de su gorra militar. Solo quién desconoce en absoluto la situación del proletariado en la sociedad capitalista puede pretender que un movimiento que surge desde lo profundo de las capas más explotadas tenga desde el principio una expresión de clase correcta. Los dirigentes amarillos encubren habitualmente su política entregadora con una atrayente fraseología proletaria; a la inversa, la clase obrera puede tener manifestaciones de un neto carácter clasista encubiertas con consignas aparentemente reaccionarias. La historia nos lo muestra acabadamente. Tomemos un sólo ejemplo: la revolución de 1905 en Rusia fue encabezada en sus primeras etapas por un cura, el pope Gapón; pocos meses después, el mismo proletariado que había marchado detrás dc los íconos entonando cánticos religiosos designaba a León Trotsky presidente del Soviet de San Petersburgo. Dc nosotros depende que el proletariado argentino que marchó el 17 y 18 de octubre por las calles entonando el Himno Nacional y la Marcha de San Lorenzo y aclamando a un miembro dc la clase explotadora, encuentre las consignas que corresponden al contenido revolucionario de su lucha.
Aquellos que desconocen el sentido y la importancia de las tareas nacionales en nuestra Revolución están incapacitados para comprender estos acontecimientos: en general están incapacitados para comprender nada. Los que se engañaron tomando la movilización de estudiantes burgueses y damas perfumadas por los preludios de la “revolución” juzgan a la huelga general del 17 y 18 de octubre como una especie de aberración, que echa al suelo todas sus teorías. La aberración estaría, en todo caso, en que individuos que se denominan a si mismos marxistas se pongan del lado del imperialismo en sus escaramuzas con algunos sectores de nuestra burguesía semicolonial.
Momentáneamente derrotados, la burguesía agropecuaria y sus aliados imperialistas de Nueva York y Londres reagrupan sus fuerzas buscando nuevas bases y puntos de apoyo para continuar la lucha o para lograr una transacción ventajosa. Por su parte, la clase obrera le ha dado a los acontecimientos señalados el sentido de un verdadero triunfo suyo. Por primera vez en muchos años ha salido a la calle y ha influido de manera importante en el curso político del país. Casi todos los obreros se dan cuenta de ella; los más atrasados magnifican las proporciones de su victoria y las ventajas que obtendrán. Los mas conscientes la interpretan como un simple episodio —el primero—de una larga lucha.
Las grandes masas explotadas se están poniendo de nuevo en movimiento. Darles conciencia del verdadero sentido de su lucha y organizarlas para la misma —ser la expresión consciente del movimiento inconsciente de las masas— es la misión histórica de la vanguardia proletaria.
Aparecido en Frente Obrero, N° 2, octubre de 1945 (por el tema del artículo se deduce que es de fines de octubre).
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