- Izquierda Popular
- Publicado el 21/12/1972
La burocracia sindical: de Vandor a Rucci y Coria
Furiosos por la candidatura presidencial de Cámpora, los “gremialistas” opusieron 24 horas después su propio “modelo” al proclamar al estanciero Anchorena y al secretario de la UOM de Avellaneda candidatos a la gobernación de Buenos Aires. ¡De Cámpora a Anchorena, que es como decir de Herodes a Pilatos! La indignación de los “gremialistas” aumentaba hasta lo frenético porque ellos han venido “manteniendo” a Perón y a los “políticos”, según se le escapó a Coria por TV. Como si se tratara de su plata y no de las cotizaciones sindicales de la clase trabajadora.
El contubernio entre el oligarca Anchorena y el burócrata Rucci viene de lejos. La única tribuna ocupada por Rucci el 1º de mayo último, fue la del Movimiento Federal de Anchorena. Para Anchorena, como buen oligarca, el país es una instancia, y la “justicia social”, paternalismo con los peones. Para Rucci, el contubernio con Anchorena significa “respetabilidad” y, sobre todo, orden, mano dura. Han nacido el uno para el otro.
Esta burocracia de la CGT y de las 62 capitaneada por Rucci, Coria y Miguel tiene rasgos propios que la diferencian de las anteriores, así como el cadáver en descomposición se distingue del moribundo. Vandor, por ejemplo, ejerció durante años con mano dura su liderazgo sindical desde uno de los gremios más poderosos y combativos. Emergió de la renovación de cuadros que sucedió a la caída de Perón, apeló ocasionalmente con energía a los métodos de la movilización obrera y negoció una y otra vez con el poder desde posiciones de fuerza. Para él no se trataba, ciertamente, de transformar la sociedad argentina, de destruir el andamiaje económico-social de explotación, de buscar un camino hacia el socialismo, sino, en última instancia, de regatear y forcejear dentro del sistema. Cuando el régimen ya no pudo hacer concesiones, es decir, cuando comienza el gobierno de Onganía, Vandor se llama a silencio y la CGT se divide entre la incondicionalidad “participacionista” de Coria y la combatividad del Congreso “Amado Olmos” y la CGT de los Argentinos.
Al sobrevenir el Cordobaza, Vandor intenta utilizarlo para arrinconar y salvar a Onganía. Exige la “reunificación” de la CGT (es decir, el sometimiento de Raimundo Ongaro al aparato) antes de pasar a la lucha, porque no espera derribar a Onganía sino obligarlo a una negociación.
Pero Vandor es asesinado por las oscuras fuerzas que temían algún nuevo pacto militar-sindical como el del 45 (históricamente ya imposible a esta altura de la crisis argentina) y sus sucesores marcan un nuevo paso en esta caída hacia los infiernos.
Rucci, Miguel y Coria son, en efecto, el producto directo de la digitación del Estado oligárquico sobre el movimiento sindical argentino, son la hechura de San Sebastián. No debe olvidarse que el Congreso de la CGT que los nombra, si bien se reunió a principios del gobierno de Levingston, fue preparado por el de Onganía, es decir, por un gobierno que intervenía sindicatos (algunos tan importantes como la Unión Ferroviaria) para privar de su legalidad al Congreso “Amado Olmos” de la CGT, en 1968. Sin la dictadura militar gorila, sin la desvergonzada y prepotente ingerencia del Ministerio de Trabajo, ninguno de ellos habría podido surgir ni mantenerse.
Ahora presionan para copar el aparato político justicialista, no en nombre de los intereses de los trabajadores sino con la razón del matonaje y el dinero, y se oponen a Cámpora porque buscan algo peor, una candidatura militar reaccionaria cocinada entre Lanusse y Coria.
Suponer que esta gente moverá un dedo para defender siquiera los intereses más limitados e inmediatos de la clase trabajadora, es soñar despierto. Ellos abandonaron a su suerte las rebeldías del interior y montan guardia para paralizar la movilización del Gran Buenos Aires. Pero aunque (imaginémoslo sólo un instante) naciera en ellos milagrosamente una fugaz voluntad de lucha, de inmediato se extinguiría, pues Lanusse les hablaría con el lenguaje de las investigaciones contables a sus libros, la congelación de los fondos y los procesos por defraudación. Están agarrados.
Se proclaman “peronistas”, pero ese es el ropaje para vender la mercadería, para justificar sus desafueros. No representan a Perón ante las bases y el gobierno, sino a Lanusse ante Perón y las bases. Al aceptar Perón que ellos son los jefes sindicales auténticos del proletariado argentino; al recibirlso en Madrid y en Gaspar Campos y cerrar las puertas a los sindicalistas combativos; al ungirlos con su presencia en el Congreso de las “62”, Perón decretaba su propia inmovilidad política, se constituía en prisionero de los agentes de Lanusse en el movimiento sindical. Ahora, lso agentes de Lanusse presentan las cuentas y exigen sus dividendos electorales.
La lucha por destruir a la burocracia corrompida y entregada dueña de la alta conducción sindical; la lucha por democratizar de abajo a arriba las organizaciones gremiales argentinas, es uno de los objetivos básicos de la clase trabajadora. Pero esa lucha no podrá consumarse por medios exclusivamente sindicales sino sindical-políticos, y supone destruir la dictadura oligárquica que hoy asfixia al país en su conjunto.
Publicado en “Izquierda Popular” Nº 9, del 21 de diciembre de 1972 al 7 de enero de 1973, página 5.
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